Schweitzer y el rol de las ideas

Alberto Benegas Lynch (h)
Presidente del Consejo Académico at

Doctor en Economia y Doctor en Ciencias de Dirección, miembro de las Academias Nacionales de Ciencias Económicas y de Ciencias.

tener ideas

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Los seres humanos nos manejamos con el lenguaje que trasmite ideas, de lo contrario habría que retrotraerse a los ruidos guturales y a los gestos primitivos. A su vez, los pensamientos y las ideas influyen para que los hechos sean de tal o cual manera. De allí es que resulten tan importantes los debates abiertos y la plena libertad de expresión. En este contexto, es en el que navega el proceso evolutivo de aprendizaje y los resultados serán acordes con los esfuerzos de cada cual en uno o en otro sentido.

Albert Schweitzer ha escrito en su libro de mayor peso y trascendencia, The Philosophy of Civilization, que “Cada época vive en la conciencia de lo que ha sido provisto por los pensadores bajo cuya influencia se opera. Su supremacía es diferente y más elevada que la elaboración y promulgación de leyes y ordenanzas que dan efecto a la autoridad oficial. Aquellos son los oficiales del staff que se ubican en la última línea pensando con mayor o menor clarividencia los detalles de la batalla que se peleará. Los que actúan a la luz pública son los oficiales subordinados que convierten a sus unidades en las órdenes según las directivas del staff, es decir, que las fuerzas se moverán en tal momento y en tal dirección para ocupar este o aquel lugar. Kant y Hegel han comandado a millones que nunca leyeron una línea de sus escritos y que ni siquiera supieron que estaban obedeciendo sus órdenes. Aquellos que ejecutan, ya sea en pequeña o gran escala solo pueden hacerlo en la medida en que ya estaba listo el pensamiento de la época […] Si los pensadores de cierto período producen una fértil teoría del universo, entonces las ideas pasarán a la práctica con garantía de progreso; si no son capaces de esa producción, entonces la decadencia aparecerá de una forma u otra”.

Debido a que el autor que comentamos menciona a Hegel, es de interés destacar que este personaje ha influido decisivamente en las dos corrientes de pensamiento más nefastas de nuestra época (estrechamente emparentadas entre si): los nazi-fascistas y los comunistas. Hegel ha escrito en su Filosofía del derecho que “el Estado es la voluntad divina” y por ello afirma que “el Estado debe tomar bajo su protección a la verdad objetiva” puesto que “todo debe estar subordinado a los intereses elevados del Estado”. Por su parte, en su Enciclopedia de las ciencias filosóficas apunta que “la voluntad del Estado todo lo sostiene y todo lo decide, la más alta cima del Estado y la verdad que lo contiene todo: el poder gobernante del príncipe” y que “el Estado en cuanto a tal, en cuanto forma que el principio existe, contiene la verdad absoluta”. Por último, para ilustrar uno de los ejes centrales de su pensamiento, en su Filosofía de la historia, concluye que “En las naciones civilizadas, la verdadera valentía consiste en la diligencia para consagrarse por entero al servicio del Estado”.

Respecto a cuales ideas adhería Schweitzer, en la misma obra mencionada más arriba nos dice que “Adam Smith, el filósofo moral, debido a que estaba dotado de un optimismo racional, es también el fundador de la doctrina económica del laissez-faire de la Escuela de Manchester. El encauzó a la industria y al comercio en su lucha por la liberación del  ruinoso e injurioso tutelaje de la autoridad”. Hoy podemos calibrar la grandeza de los logros de esta gigante intelectual y benefactor de la humanidad, cuando la vida económica está otra vez empañada entre la gente con ideas de muy corta visión respecto “de autoridades que nunca piensan en términos económicos”.

Sin duda que nuestro personaje tenía muchas facetas como médico, como filántropo, como músico, como teólogo, como pastor protestante y como protector de los animales y la naturaleza, pero todo estaba conducido por sus profundos y meditados conocimientos de filosofía liberal. Igual que con el rol de las ideas donde, como queda dicho, aparecen a la vista del público quienes ejecutan y no quienes concibieron la idea, del mismo modo, en este caso, se lo presenta a Schweitzer con sus diversas acciones pero habitualmente se ocultan los principios y las motivaciones éticas de su proceder.

Enfatiza la importancia del coraje para expresar las propias ideas alejado de la aprobación de los demás, en este sentido escribe que “Es el destino de todas las verdades el ser objeto de burla hasta que son reconocidas de modo generalizado”. Y agregamos que en el contexto de la importancia decisiva de las idas, las que son dañinas incluso operan con fuerza aunque los hechos muestren una y otra vez los fracasos estrepitosos de sus recetas, aunque los propios ejecutores declaren el fracaso tal como ocurrió con Henry Morgenthau -el Secretario del Tesoro de F. D. Roosevelt- quien escribió que ese gobierno terminó en un  desempleo descomunal y con gastos públicos siderales y astronómica deuda estatal. (La crisis se revirtió debido a que Truman, a regañadientes, eliminó el control de precios, redujo sustancialmente el gasto en armamentos y prescindió de funcionarios radicalizados, al tiempo que Europa y Japón adquirían bienes de Estados Unidos en el contexto de una relativa apertura del comercio exterior en el mundo de posguerra).

El afán de autoperfeccionamiento de Schweitzer y su deseo de trasmitir sus conocimientos y en general su marcada devoción por hacer el bien a los demás, indudablemente constituyen ejemplos a seguir. A veces le han dicho que sus tareas humanitarias en África se diluirían con el tiempo pero, igual que la Madre Teresa, consideraba que al agregar su granito de arena en el desierto este nunca sería igual. Y esto lo hacían estas personas en su interés, lo cual reflejaba sus calidades humanas, puesto que como enfatiza Fernando Savater (quien habitualmente retoma la mejor tradición clásica) todo lo hacemos en interés de nuestras propias personas.

Muchas veces en medio de la vorágine diaria se reclaman soluciones inmediatas y se subestiman las faenas más profundas que a veces tardan en dar frutos, pero son las que perduran y calan hondo en la naturaleza de las cosas. La ansiedad por introducir modificaciones de superficie y de corto plazo compromete severamente la meta, lo cual naturalmente termina por agravar la situación. Las explicaciones frívolas postergan el necesario giro copernicano que muchas veces requieren las circunstancias. No se trata de tomarse demasiado en serio puesto que nuestras acciones son infinitesimales en el contexto cósmico, pero tampoco se puede vivir como si se estuviera exento de una misión responsable que cumplir.

Apunta Schweitzer, siempre en la obra citada, que “En el movimiento de la civilización que comenzó con el Renacimiento hubo fuerzas tanto materiales como ético-espirituales en juego como si estuvieran en competencia una con la otra y esto continuó. Pero algo sorpresivo ocurrió: la energía ética del hombre se extinguió mientras las conquistas ganadas por su espíritu en la esfera material continuó creciendo. Entonces, durante varias décadas nuestra civilización disfrutó de los grandes adelantos de su progreso material sin prácticamente sentir las consecuencias de los moribundos movimientos éticos. La gente vivió bajo las condiciones producidas por ese movimiento sin ver con claridad que su posición ya no era sustentable […] De este modo, nuestra propia era, sin tomarse el trabajo de reflexionar, llegó a la opinión que la civilización consiste principalmente en logros científicos, técnicos y artísticos y que pudo lograr su objetivo sin principios éticos”.

La subestimación del estudio y la comprensión de los valores y principios que subyacen en los cimientos y basamentos de la civilización es a todas luces suicida. Es natural, razonable y conveniente que cada uno se dedique a sus asuntos personales legítimos, pero resulta vital que se incorpore la idea de que una parte sustancial de esos temas personales consiste en contribuir a las fundamentos morales del respeto recíproco, de lo contrario el naufragio es seguro.

Si no se tiene alguna claridad en las ideas y principios, la dirección siempre será ambigua e indefinida. Lewis Carrol en Alicia en el país de las maravillas relata que el personaje central pregunta que camino debe seguir a lo que el gato responde “eso depende a donde quieras ir”, de inmediato replica Alicia que no le importa donde, frente a lo cual el gato concluye: “entonces, no importa que camino tomes”.

En otro orden de cosas, en el debate de ideas actual, sobresale un punto que se suele tratar con más o menos ofuscación pero que debe ser clarificado con calma. Se trata de los sistemas de jubilaciones estatales de reparto, en todos lados quebrados. Pero no es cuestión de pasar coactivamente a sistemas privados de capitalización, el tema medular consiste en permitir que cada uno pueda decidir libremente el destino del fruto de su trabajo. Se dice en este debate que si no se obliga a la gente a aportar a algún sistema, cuando llegue la vejez no encontrará sitio en donde refugiarse. Pero esta línea argumental considera  ideas a las personas infradotadas e irresponsables (como si los encargados del aparato estatal no hubieran demostrado  colosal irresponsabilidad una y otra vez). Para ser consistentes con aquella aseveración, habría que colocar un comisario a cargo de cada pensionado para evitar que al recibir sus emolumentos los destine a emborracharse en el bar de la esquina, con lo que se habrá cerrado el círculo orwelliano. Como he consignado en otras oportunidades, el caso argentino ilustra bien el tema: los inmigrantes preveían su futuro invirtiendo en propiedades inmobiliarias hasta que las perversas “conquistas sociales” de las leyes de alquileres y desalojos arruinaron a miles y miles de familias a las que obligaron a adherir a la estafa mayúscula pergeñada por el Leviatán, denominada con inmejorable humor negro “sistema de seguridad social”.

Por otra parte, el lamentable abandono de los principios sobre los que está construida la institución familiar que a veces se observa, hace perder de vista que los hijos bien nacidos retribuyen de buen grado a los padres cuidándolos cuando los necesitan, del mismo modo que éstos se desvelaron por la prole cuando niños y hasta que dejaron el hogar para formar sus propias familias. Esta es la manera más natural, segura y afectuosa de atención de los padres después de cierta edad. Resulta bochornosa la excusa que se esgrime en ciertas oportunidades para no atender debidamente a los padres: la vida es muy complicada, como si lo hubiera sido menos cuando los hijos estaban al cuidado de los padres.

Dicho sea como colofón de esta columna, desde la publicación de mi primer libro (a punto de cumplir cuarenta años desde que escribí su primera versión) tuve presente la importancia de abrir avenidas para debatir ideas. En este sentido, consigno que me satisface apuntar que ese libro -Fundamentos de Análisis Económico- del que se publicaron once ediciones (y que a partir de la sexta edición publicada por la Editorial de la Universidad de Buenos Aires -EUDEBA- lleva prólogo del premio Nobel en Economía F. A. Hayek y prefacio del ex Secretario del Tesoro del gobierno de EEUU, William E. Simon), fue el primer texto en el mundo hispanoparlante que introdujo en las universidades algunos aspectos clave de la tradición de la Escuela Austríaca de economía. Con ese trabajo y el resto de mis libros espero haya devuelto aunque más no sea en una proporción minúscula todo el alimento intelectual que he recibido y que recibo de grandes maestros. Junto con otros de mis ensayos de economía de esa época, aquel primer libro fue una de las razones por las que la Sociedad Científica Argentina me propuso y por lo que fui confirmado (tiempo ha) como uno de los Diez Jóvenes Sobresalientes en la tradicional selección anual, también resultó uno de los motivos que en su momento esgrimió el tribunal del concurso en la Universidad de Buenos Aires para designarme profesor titular y posteriormente para incorporarme como el miembro de menor edad en mi país que ingresó a la Academia Nacional de Ciencias (en la que ahora presido desde hace doce años la Sección Ciencias Económicas).

*Publicado en Diario de América, Nueva York.

 

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