¿Por qué las cárceles?

Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso.

Publicar esta entrada, hoy, en Argentina, es ponerse a tiro de todo tipo de malentendidos. Me preocupa el tema de la seguridad, creo que es uno de los problemas más graves no sólo de nuestro país sino de muchas latitudes. Sin embargo ello no me impide tomar distancia crítica de una supuesta solución que sólo empeora las cosas.

Como muchos saben yo creo en el Evangelio. Verdaderamente creo que sólo Dios es juez de los corazones y que corresponde sólo a él juzgar. Todo el sistema penal humano me genera una gran sensación, no de inseguridad, sino de escepticismo, sobre todo cuando un tribunal humano decide si alguien es culpable o inocente.

Sin embargo, siempre le encontré una obvia justificación: la disuasión del delito. De algún modo, en este mundo, cuando alguien, y nunca sabemos bien por qué, no ha logrado adaptarse al “malestar de la cultura” (Freud), es necesario algún tipo de incentivo a NO cometer el delito. Y ha surgido entonces, evolutivamente, la pérdida de la libertad y las cárceles.

Claro que estamos mejor que antes. El derecho penal liberal, el debido proceso, es uno de los grandes logros de la civilización occidental: forma parte del denostado liberalismo sin el cual estaríamos aún en las barbaridades del Antiguo Régimen.

Pero las cárceles lejos están de ser un aporte civilizado. Si, sé que hay varias acciones heroicas y encomiables de re-educación y trabajo dentro de las cárceles, o de mejoras de las condiciones internas de vida, pero, igual que el sistema educativo formal (¿otra cárcel obligatoria?) hay algo intrínseco que no funciona. Y no faltan las voces vengativas que lo que piden es precisamente el sufrimiento del convicto.

La naturaleza humana, huelga decirlo, es muy compleja. La transformación moral de una persona no depende del castigo impuesto, sino de la incorporación intelectual y volitiva de los valores. Nada sencillo, precisamente. Huelga decirlo también. Frente a ello, nada ayudará el encierro entre rejas, por más diferencias de grado que queramos poner.

Para colmo, la mayor parte de las veces, dada la naturaleza humana, la crueldad y la corrupción más terribles reinan entre reos y carceleros, convirtiendo a las cárceles en un infierno en vida y en una “escuela” de mayor degradación y consiguiente delito potencial. Son espantosas retroalimentaciones de lo peor de lo humano, para todos los que están involucrados en ello.

Y agreguemos a ello los obvios errores del sistema penal, donde muchas veces son condenados inocentes, o los jueces establecen la “prisión preventiva” de personas muchas veces inocentes, o culpables, no importa, el asunto es que sin condena firme las personas igual son encarceladas por el sistema. Agreguemos –la lista de dramas sería larga- que muchas veces los “delitos” en cuestión son sumamente cuestionables desde un punto de vista del respeto a la libertad personal. Desde prostitutas hasta quienes consumen drogas, cosas que no deberían ser delitos civiles en absoluto (para algo está el art. 19 de la Constitución Argentina) son tirados a las cárceles, como deshechos humanos, personas que en todo caso deben ser juzgadas por la misericordia divina pero que en nada han molestado al resto de la sociedad.

Y no olvidemos la pobreza como fuente del delito, no necesaria, claro, pero plausible. Niños abandonados por sus padres que a su vez están mendigando por las calles, imposibilitados de incorporar psicológicamente normas, por carecer de figura paterna, que se transforman luego en casi psicópatas, son también tirados como basura a una cárcel inhumana, cuando todos nosotros podríamos haber terminado de igual modo en iguales condiciones.

Frente a semejante espanto, frente a esos basurales hechos de rejas y de muros, indignos de seres humanos, olvidados para siempre excepto a veces por sus familiares más íntimos, damos vuelta la mirada, no nos importa en absoluto o, para colmo, gozamos con ese sufrimiento, que no sólo no conduce a nada sino al contrario, es una retroalimentación del delito y el reforzamiento de lo más terrible de lo humano. No se nos ocurren soluciones porque ni siquiera las pensamos. Pero no, no puede ser. Pensemos, pensemos movidos por la misericordia y la convicción intelectual de que puede haber otros incentivos más inteligentes para no cometer delitos. En primer lugar hemos olvidado que el derecho a la autodefensa no puede ser monopolizado por el gobierno, y que por ende toda persona tiene el derecho natural a auto-defenderse como le parezca. Ya sabemos que los delincuentes no tienen ningún inconveniente en violar las absurdas leyes que “prohíben” la portación de armas. Y lo dice alguien que sólo portó un arma cuando tenía 18 años, en el servicio militar coactivo, con un casco que parecía una cacerola en mi flaco rostro con anteojos y un fusil más pesado que mi propio cuerpo que me convertía en el más peligroso de los peligros.

Pregunto: ¿no hay otros incentivos a no cometer delitos? ¿Por qué tiene que ser sólo un sistema carcelario que, como vimos, no sirve sino para retroalimentar el problema?

Me van a decir: ¿y qué hacer con los asesinos seriales, los violadores seriales, y mafiosos peligrosos que al parecer seguirán cometiendo sus crímenes? ¿Cómo detenerlos?

No sé, pero, ¿se los detiene en las cárceles?
¿Pena de muerte entonces?
Tampoco.
¿Qué propongo entonces?
No sé, excepto TOMAR CONCIENCIA DEL PROBLEMA.
Me van a decir: Gabriel, hoy estás delirando. En estos temas, estás diciendo estupideces. (¿Hoy? ¿Sólo en estos temas? :-)) Volvé a tu Mises y a tu Hayek, a tus clases y a tu Woody Allen. Ok, puede ser. Pero les voy a decir una cosa: en el conocimiento humano, muchas veces estamos delante de una pared, que nos impide el progreso, y ni siquiera nos damos cuenta de la pared. Si nos diéramos cuenta, al menos pensaríamos cómo derribarla o saltarla. Pero no, seguimos caminando como si fuéramos hacia adelante y no nos damos cuenta de que estamos detenidos en el mismo lugar.
Ok, no tengo una solución. No sé cómo saltar esta pared. Pero sé que es una pared. Sé que es un problema. Espero que encontremos una solución.

*Publicado en Filosofía para mí, Buenos Aires.
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