Sin moneda y aislados

Por Alejandro M. Estrada, Libertad y Progreso

Más allá del crecimiento de los últimos años (precios extraordinarios de las materias primas y bajas tasas de interés) a muy pocos les caben dudas sobre la decadencia estructural de la economía argentina. La actual prosperidad no se origina en impulsos internos, sino externos. Casi no hay país emergente que no crezca. El hecho de que existan serias dificultades en los Estados Unidos y Europa no debe confundirnos con las causas de nuestros males ni ilusionarnos con una prosperidad permanente.

Quiero acá destacar mi opinión sobre los dos principales males que impiden modernizar la vida socioeconómica argentina. Ambos, como veremos enseguida, no fueron creados por la actual administración, sino que los rescato de la cultura preexistente.

El primer problema es no tener moneda y, lo que es peor, aceptarlo y fomentarlo. El peso argentino ya no cumple más su rol de reserva de valor ni unidad de cuenta para el largo plazo. Y esto no es así porque los sucesivos directorios del Banco Central se lo hayan propuesto, sino porque una cultura prevaleciente apoya la idea de no tener una moneda de calidad. Los políticos, empresarios, gremialistas y aun una buena parte de los economistas profesionales comparten dicho paradigma. Consideran que un peso “devaluable” por la voluntad del Estado garantiza un “paracaídas de oro” ante cualquier crisis. Como resultado de esta política, el público huye del peso hacia el dólar o bienes. El peso, al no ser más reserva de valor, genera la dolarización del ahorro financiero. Es un mecanismo defensivo que el propio Estado reconoce cuando busca su financiamiento en el mercado voluntario. La deuda se emite en dólares o indexada con algún indicador que disminuya el riesgo inflacionario. Esta dolarización finalmente genera una insuficiencia de oferta crediticia al mercado interno. Su consecuencia son las altas tasas de interés y la ausencia del crédito de largo plazo. En resumen, una mala moneda eleva sustancialmente el costo del capital y, por lo tanto, reduce los salarios globalmente considerados. La pobreza es la contracara de la mala moneda. La buena moneda debería ser un objetivo irrenunciable de los más pobres, pero eso no es así en la Argentina.

La aspiración a las devaluaciones permanentes para lograr un tipo de cambio “competitivo” esconde el principal problema argentino, el alto costo del capital. Escuchamos a diario la expresión “tipo de cambio competitivo”, como si la relación cambiaria pudiera escapar a las reglas de la física. Devaluar es más energía para algunos transferida por otros. Los bancos centrales no crean competividad internacional de largo plazo. Sí pueden hacer mucho daño en términos de inflación y tasas de interés. La ilusión cambiaria de que todo se mejora sin que nadie deba cambiar nada es una superstición muy arraigada en la sociedad argentina.

La segunda gran limitación a la modernización es el proteccionismo. Salirse del sistema global productivo en nombre de la ocupación es como eliminar la rueda para crear más trabajo. No hay país desarrollado con menos de 100 millones de habitantes que tenga exportaciones per cápita inferiores a los US$ 4500/5000 anuales. La Argentina, pese a los actuales precios internacionales, no llega a la mitad. Sin competividad en los productos no provenientes de las materias primas (agropecuarias, minerales, energéticas, etc.) no es posible acceder a la modernidad. Cada vez es más evidente, especialmente con la incorporación de Asia al sistema productivo global, que cerrar la economía es letal para los más pobres. Existe esta segunda superstición, que tiene un enorme costo en términos de crecimiento de largo plazo y empleos con altos salarios. Resumiendo: alto costo del capital más aislacionismo económico son a mi juicio las causas relevantes del estancamiento histórico de nuestro país.

*Publicado por La Nación, Buenos Aires
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