El peor escenario

Presidente del Consejo Académico en Libertad y Progreso

Doctor en Economia y Doctor en Ciencias de Dirección, miembro de las Academias Nacionales de Ciencias Económicas y de Ciencias.

Estamos frente a un menudo problema: en gran medida se ha socavado nada menos que el sustento de la convivencia civilizada cual es el respeto recíproco. Afortunadamente hay islotes de reservas morales, el remnant sobre el que ilustra Isaías, pero por lo visto las manchas de aceite cubren más que el agua transparente.

Todo proviene de la superlativa incomprensión de lo que significa el respeto recíproco y el autorrespeto. Lo primero se comprueba a diario con los alaridos de guerra de los aparatos estatales que escupen abultadas legislaciones que atropellan groseramente las autonomías individuales con los más variados pretextos en operaciones pinza que no dan espacio al oxígeno de la libertad y la consiguiente responsabilidad. Lo segundo se detecta en cuanto a fenómenos como la drogadicción, el deleite por la frivolidad permanente y el rechazo a todo alimento para el alma sea con buena lectura o música excelsa, para en su lugar reemplazarla (cuando se lee) con textos o imágenes que describen el subsuelo del ser humano o con ruidos que se alejan de rasgos de lo que puede ser catalogado como una composición musical.

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Pero en todo esto flota algo peor a esta descripción a vuelapluma que en lugar de un enfático rechazo a la avalancha de intromisiones, se observa el expreso pedido de que los gobiernos manejen las vidas y haciendas de la gente que teóricamente son las víctimas de semejante atropello. A través de la educación (en verdad des-educación) y la propaganda del Leviatán se induce a que surjan multitudes que reclaman y demandan la irrupción de los aparatos estatales.

A título de ejemplo de este momento, no hay más que mirar las masas formadas por esos esperpentos que dibujan manchas coloradas venezolanas más o menos soeces que saltan y aplauden al tirano del momento que se tornan frenéticas cuando saben que las cámaras de televisión los enfocan para así obtener retribuciones de los comisarios “bolivarianos” (este afán desproporcionado por quedar bien con el mandón de turno, nos recuerda el espectáculo bochornoso cuando murió el padre del adiposo líder de Corea del Norte oportunidad en la que el público estaba forzado a llorar de un modo esquizofrénico a los alaridos y, a pesar de este montaje, muchos fueron a campos de concentración por no haber puesto en evidencia en grado suficiente su congoja para con el fantoche recién fenecido).

Lo dicho no sería nada si no fuera porque arrastra a las fauces de los gobiernos a personas que mantienen su autoestima y el sentido de dignidad. En lugar de circunscribirse a requerir tutores o curadores debido a su incapacidad de administrar sus asuntos, los personajes de marras piden que la fuerza abarque a todos sin posibilidad de escapatoria.

Lo terrible (y horrible) del asunto es que muy pocos son los que hacen algo por evitar el derrumbe. Resulta asombroso que los que debieran contribuir a que se frene el desmoronamiento miran para otro lado y atienden sus arbitrajes personales como si por arte de magia aparecerá un dique de contención para el avance de las aguas turbulentas y amenazantes que en definitiva arrasarán con todo.

Este estado de situación no es consecuencia de la casualidad. Como queda dicho, se debe a largos procesos de des-educación y a una propaganda maliciosa. Por tanto, lo que se necesita es operar en sentido opuesto, es decir, estudiar, fundamentar y explicar las bases de una sociedad abierta. Esto cuesta trabajo y toma mucho tiempo pero es una labor irremplazable e indispensable.

Sin embargo,  cuando se expone el problema desafortunadamente no es nada infrecuente que se coincida en el diagnóstico y en el tratamiento pero, muy paradójicamente, no se procede en consecuencia sino que cotidianamente se opera como si nada hubiera ocurrido, con lo que el desastre es inevitable. Nadie sabe -ni ellos mismos- que se espera con esa actitud completamente descuidada y cómplice pero, de la boca para afuera, en un nefasto ejercicio de autoconvencimiento para darse tiempo para dedicarse a sus nimiedades personales, hacen como que hay que endosar la responsabilidad en otros que resolverían los entuertos…una actitud francamente suicida.

Lamentablemente, hay muchos que frente a estructuras gubernamentales exterminadoras estiman que el votar constituye un acto heroico, una gesta de incalculables consecuencias benéficas, sin percibir que se trata de una fenomenal trampa para estúpidos si no se han ocupado y preocupado previamente de la educación, en cuyo caso estarán eligiendo entre tiranos, semitiranos, rufianes e hipócritas de diverso calibre.

Por otro lado, ¿qué sucede en la mente de hombres que se entregan de la forma más vil a la autoridad omnipotente con lo que literalmente se desgarran de toda manifestación que los hace humanos? Independientemente de la pésima educación que hayan podido recibir para desfigurar su condición de seres racionales y asemejarse a las bestias más sumisas ¿cómo puede ser que hayan tenido el privilegio de haber nacido como parte de la especie que lo faculta a pensar y escudriñar al efecto de poder calibrar la mejor decisión y asumir con orgullo las consecuencias, y sin embargo denigrarse de esa forma escandalosa? ¿Cómo no sienten la necesitad del oxígeno que brinda la independencia del poder para manejar sus vidas? No pueden ser todos salteadores del fruto del trabajo ajeno, parásitos ruines que solo succionan por la fuerza lo que otros producen. Entre los entusiastas del poder, tiene que haber quienes recapaciten y se percaten de las ventajas de la sociedad libre tal como hicieron nuestros ancestros, todos en última instancia provenientes de las cavernas.  A esta altura de los acontecimientos, no resulta serio sostener que en los regímenes totalitarios  o semitotalitarios es posible el progreso moral y material. Todos han sido un fracaso rotundo y en los islotes de libertad donde aparecen desbarajustes de peso es por su imitación de las recetas aplicadas en los países retrógrados y, consiguientemente, por haberle dado la espalda a los valores del respeto recíproco.

Al cuadro de situación en el que la gente se entrega voluntariamente a las fauces de los aparatos estatales,  se agrega la tremenda y real posibilidad de la manipulación genética, no para curar sino para producir seres monstruosos. Es como dice Clive Staples Lewis en The Abolition of Man, no se trata de ir contra la ciencia sino contra científicos desbocados que pretenden fabricar soldados sumisos en serie y “si se usa al ser humano como material manuable, en eso se convertirá” para que “los planificadores dominen” puesto que “si alguna vez se lograra una reeducación genética para hacer que los descendientes hagan lo que les plazca a los manipuladores, todos los hombres que vivan después serán pacientes del poder” y “los hombres no serán necesariamente infelices, sencillamente no serán seres humanos, serán artefactos”.

También se especula con la producción de fármacos que trasmitan sensaciones de felicidad y, simultáneamente, entrega y obediencia al Leviatán, todo lo cual fortalecería el hecho bochornoso de energúmenos que voluntariamente reclaman ser dirigidos por gobiernos autoritarios.

Entre otros, hay un personaje que ha trabajado en éstas líneas argumentales, nos referimos a Aldous Huxley en su Brave New World de 1932 que fue rectificado para hacerlo liberal, primero en su prólogo de 1946 a esa obra y luego en el extraordinario Brave New World Revisited de 1958 en el que se destaca su notable vuelco al individualismo y el abandono de varias de sus tesis estampadas en la obra original (salvo la idea de sobrepoblación, entre otros refutada por Thomas Sowell). En el mencionado prólogo, después de aludir “al defecto más grave del relato”, escribe que “solamente un movimiento de gran escala que apunte a la descentralización y la propia ayuda podrá vencer la tendencia presente al estatismo”, es decir, “el ejército de controladores de una población de esclavos que no tienen que ser coaccionados puesto que aman su esclavitud. El hacer que la amen es la tarea que los estados totalitarios asignan a la propaganda, a los editores de periódicos y a los maestros de escuelas”, por el contrario, “el amor a la esclavitud no puede establecerse si existe una revolución profunda y personal en las mentes de los hombres” y concluye que no se resolverá el problema del estatismo “a menos que elijamos la descentralización y que usemos la ciencia no como un fin en el que los seres humanos son medios, sino como un medio para generar hombres libres”.

Recordemos que la secuencia de las antiutopías se inicia con The New Utopia de Jerome K. Jerome en 1891 y continúa con We de Yevzneny Zamayatin de 1921, 1984 de George Orwell (Eric Blair)  de 1948, The Lownley Crowd  de David Reisman en 1949 y The Devil´s Advocate de Taylor Caldwell en 1952, pero la de Huxley es la que recoge el pavoroso problema de personas que piden ser esclavizadas.

Por más truculento que sea lo de la manipulación genética y las aludidas drogas, esto no puede tener lugar si los hombres se comportan como seres humanos dignos con un mínimo de autoestima y no permiten que se los encadene como cuando son indiferentes o se inclinan servilmente ante la omnipotencia gubernamental. No se trata de frenar los aparatos estatales desenfrenados a los gritos, sino en base al enorme esfuerzo, constancia y dedicación que significa fundamentar en base a estudios serios al efecto de poder explicar sustentado en argumentación sólida. La macabra operación pinza de la irresponsable pasividad por un lado y la entrega incondicional por otro se cierne sobre la libertad, lo más preciado del ser humano. Por el momento son muy pocos los que permanentemente contribuyen a revertir este estado de alarmante postración con un trabajo serio en el terreno de las ideas.

Termino con otra cita de Huxley tomada de su Ends and Means y su conexión con otra obra: “la paciencia del común de la humanidad es el hecho más importante y sorprendente de la historia” debido a que les han enseñado a las personas “que el Estado debe ser obedecido y que es intrínsecamente merecedor de esa obediencia” por lo que “todas las comunidades del mundo moderno están hechas de un número reducido de gobernantes corruptos por demasiado poder y por un número extenso de gobernados corruptos por demasiada actitud pasiva y obediencia”, lo cual nos remite al formidable libro de Etienne de La Boétie titulado Discurso sobre la servidumbre voluntaria donde el autor explica que “Son, pues, los propios pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a si mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo; el que consiente su mal, o, peor aún, lo persigue”. Este es el peor escenario.

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