¿Cúanto debe subir el dólar?

Aldo Abram
Director Ejecutivo en

ÁMBITO FINANCIERO – Es el momento de aprovechar para devolverles a los argentinos los derechos perdidos. Ya algunos recuperaron la posibilidad de elegir la moneda de ahorro. Ahora hay que devolverles a todos la libertad de decidir sobre lo propio. Lo que incluye dejar de proteger sectores ineficientes obligando a los consumidores a pagar caro para llenarles los bolsillos a empresarios prebendarios, con la supuesta excusa de mantener empleos, que por su baja productividad, son malpagos. Un absurdo mito que se ha generalizado y que evita que los empresarios inviertan eficientemente y generen trabajo donde se podría dar mejores salarios a los trabajadores y, al mismo tiempo, brindar mayor bienestar al conjunto de los argentinos.

Algunos proponen que el tipo de cambio suba acompañando la inflación. Esto significa no entender que lo que está atrás de ambas alzas es que la moneda pierde valor porque hay mucha más oferta que demanda, como sucede con cualquier otra cosa. Por eso, al ser el peso la unidad de medida de todos los servicios y bienes, incluidas las otras monedas, vemos que todo sube contra ella. La única diferencia es que el mercado cambiario es sumamente líquido y permite reflejar esa baja del valor rápidamente; mientras que los mercados de bienes y servicios lo hacen mucho más lentamente. De todas formas, por el triste prontuario inflacionario de Argentina, el traslado a precios es mucho más veloz que en otros países. Se produce en una buena parte en el primer mes y el resto, en forma decreciente, en dos o tres más.

Es importante tener en cuenta también que el tipo de cambio no solamente refleja las variaciones de la moneda local, sino las de la extranjera cuyo valor se quiere medir. Por lo tanto, cuando sube, hay que evaluar si lo que está pasando no es un alza internacional de la otra divisa.

Evaluemos ahora qué es lo que está sucediendo en estos últimos meses. Dado que los precios de los bienes, exportables o importables, dependen del valor del dólar oficial, durante la época del retraso cambiario por el cepo dichos bienes también se vieron artificialmente abaratados. Esto permitió que los consumidores, que pagaban por ellos menos de lo que debían, tuvieran más para gastar en otras cosas. Ese resto de sus erogaciones está compuesto mayormente por servicios, que tuvieron una mayor demanda; por lo que pudieron aumentar mucho más sus precios. Encima, las prestaciones públicas estaban congeladas, por lo que las del sector privado tuvieron la oportunidad de beneficiarse con esa sumatoria de mayor capacidad de gastos y elevar sus valores mucho más aún.

Es decir, el conjunto de precios siguió reflejando la verdadera depreciación de nuestra moneda; pero en forma distorsionada. Es así como, durante el cepo, si uno medía la evolución de los precios de los servicios privados en términos de dólares paralelos, ej. “contado con liqui”, veía una tendencia al alza. Mientras que si lo hacía con el índice de bienes, obtenía una a la baja.

Con la salida del cepo, el dólar oficial pasó a reflejar el verdadero valor del peso y todo aquello que se compra en los hipermercados, también. A esto, se suma la reducción de los subsidios a los servicios públicos y la quita de las retenciones que restaron otras distorsiones que abarataban lo producido por algunos sectores. Así es como todos esto precios tendieron a subir; pero ¿qué justificaría que lo hagan los servicios privados que ya cotizaban por encima de lo que correspondía? Por lo tanto, no extraña que, en general, los pronósticos de inflación hayan sobreestimado lo que fue la realidad; porque no estaban midiendo bien o teniendo en cuenta esta circunstancia que modera el alza. Entre los servicios que deben ajustar sus márgenes también están incluidos la intermediación y los fletes, que abusaron cuando los bienes estaban artificialmente baratos asfixiando a sus productores. Si estos no ajustan sus márgenes, verán caer aún más su demanda.

Por lo tanto, no tiene ningún sentido pensar que, porque los precios subieron los últimos meses, el tipo de cambio debería aumentar aún más; ya que gran parte de esta suba está reflejando el reajuste por el alza del tipo de cambio al liberar el cepo que sobre él pesaba. Por otro lado, en la medida que haya una pérdida de valor adicional del peso, lo veremos reflejada primero en el valor del dólar y, luego, en un corto plazo en el resto de los bienes y servicios. ¿Qué lógica tiene pretender que luego el tipo de cambio suba por esa alza del Índice de Precios al Consumidor? Ninguna, solamente llevaría a otra pérdida de valor de la moneda que haría subir las divisas extranjeras y terminaría en más alza del índice minorista en un peligroso círculo vicioso.

Otro factor de riesgo para el futuro de la inflación es el fuerte ingreso previsto de dólares, por mayores exportaciones, crédito externo e inversiones. Esto podría llevar a una baja del tipo de cambio real, es decir la abundancia de moneda extranjera hará bajar su precio, su poder adquisitivo, en el mercado interno. Es probable que muchos propongan que el Banco Central compre esos excedentes para evitar dicha caída; pero eso implicaría emitir pesos, disminuyendo su poder adquisitivo en la misma medida (inflación) o, para evitarlo, colocar deuda remunerada del Banco Central, con el consecuente costo en déficit cuasi fiscal. La respuesta adecuada debería ser desmantelar lo más rápidamente las restricciones a la importación que aún permanecen. También, deberían liberarse todas las compras de divisas por cualquier motivo y eliminarse los plazos y la obligación de liquidarlas en el país, que en un mercado libre impone un costo cambiario absurdo al obligarte a recomprar lo que es tuyo.

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