Populismo se muda a los desarrollados

Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso

El populismo parece haberse puesto de moda en el mundo desarrollado justo cuando América Latina empieza a sacárselo de encima. Casi cualquier análisis de las próximas elecciones presidenciales de EE.UU. o el reciente referéndum en Reino Unido incluye referencias al populismo. Pero no hay consenso sobre la definición precisa del término y, menos aún, sobre sus causas, lo cual lleva a confusión.

Esta confusión quedó puesta de manifiesto hace unos días en una conferencia de prensa tripartita de los líderes de México, Estados Unidos y Canadá. El presidente Peña Nieto advirtió de los peligros del populismo y la demagogia. Su comentario apuntaba obviamente y sin nombrarlo a Donald Trump, cuya retórica ponzoñosa tiene como blanco preferido a México y a los mexicanos. Curiosamente el presidente Obama se sintió obligado a hacer una aclaración que mas que aclarar, oscurece. No fue simplemente una cuestión semántica.

Según Obama, Donald Trump no es un “verdadero populista” sino un chauvinista, un xenófobo y quizás un cínico. En su opinión un verdadero populista es aquel político que no sólo se preocupa por la situación de los trabajadores o los más pobres sino que también defiende activamente su causa. Obama se incluyó él mismo en esta categoría y también a su correligionario Bernie Sanders (Hillary Clinton, por suerte para ella, quedó afuera de la definición).

Para quienes en América Latina hemos padecido (y, peor aún, para quienes en Estados Unidos y Europa corren el riesgo de padecer) los desastres del populismo, estas declaraciones de Obama son, en el mejor de los casos, desafortunadas, y en el peor, extremadamente dañinas.

El debate sobre el populismo es interminable y excede en mucho el espacio del que disponemos. Sin embargo, son necesarias varias aclaraciones. En primer lugar, tener sensibilidad o preocupación por la suerte o la situación de aquellas personas menos favorecidas o de menores ingresos no equivale a ser populista. En segundo lugar, pretender saber cuales son los verdaderos intereses de millones de personas de distinta edad, origen étnico, nivel de educación y religión denota una arrogancia intelectual tan desmedida como peligrosa.

Como señaló alguna vez Ernesto Laclau, uno de sus más fanáticos ideólogos y promotores, el populismo “no es una ideología sino una forma de constitución de la política.” Siempre que “los de abajo” tengan demandas insatisfechas y se opongan al establishment, existe el populismo dice Laclau. Pero aclara que la forma en “que esa oposición se construye puede ser de izquierda o de derecha.” De ahí que la lista de líderes populistas incluya tanto a Hitler como a Chávez, como a Trump y Sanders, por nombrar sólo algunos.

Es decir, que el populismo tiene dos ingredientes principales: un líder y una mayoría dispuesta a seguirlo. En el mercado de la política el líder refleja la oferta de populismo mientras que la demanda se expresa por el voto de la mayoría. Ambas se alimentan mutuamente. Pero a diferencia de la economía, la oferta de populismo no puede crear su propia demanda a menos que haya un descontento subyacente. Esto es lo que Torcuato di Tella denominaba “incongruencia de status.”

El líder juega un papel fundamental, ya que es quien interpreta, alienta y promueve las demandas insatisfechas que le dan sustento político. Como explica Laclau, la mayoría “cristaliza” simbólicamente sus demandas en el líder y de esta manera reconstituye “un sentido de su propia identidad.”

Se puede entender al populismo como una solución facilista que propone un líder e impone la mayoría cuando problemas estructurales abren una brecha entre un ideal al que aspira esa mayoría y la realidad. En esencia, la solución populista consiste en hacer pagar a “otros” los costos de satisfacer las demandas de la mayoría (o alcanzar el ideal). De ahí que la construcción de un enemigo fácilmente identificable sea parte esencial del discurso populista. Y también que este discurso genere emociones negativas en la multitud.

Esto ya lo explicó Gustave Le Bon en su Psychologie des Foules hace más de cien años. Hitler lo puso en práctica décadas después. En la retórica hitlerista, el principal enemigo del pueblo alemán eran los judíos. Para Donald Trump, el sueño americano corre peligro por culpa de los chinos, los mexicanos y los musulmanes. Para Bernie Sanders, los culpables son los banqueros de Wall Street y los ricos. La narrativa juega un rol fundamental en la estrategia del líder populista ya que provee la justificación moral para actuar en contra de los supuestos enemigos (y si es necesario, violar flagrantemente sus derechos).

El ideal al que aspira la mayoría no necesariamente refleja cuestiones económicas sino que depende de la cultura y el zeitgeist de una sociedad. El régimen nazi mantuvo una alta popularidad entre 1933 y 1939 a pesar de que la desigualdad en la distribución del ingreso aumentó. Pero en ese entonces, el ideal al que aspiraba la mayoría del pueblo alemán tenía que ver más con el honor y el orgullo nacional que con la participación de los salarios en el PBI.

Aunque el populismo es distinto en cada país y refleja las características particulares de una era y una cultura, siempre comparte un rasgo esencial: es entrópico y autodestructivo. Laclau alguna vez admitió que el populismo “puede terminar muy mal.” Murió sin ver la ruina que sus ideas provocaron en Argentina y Venezuela. En realidad, como advirtió hace varias décadas el economista Adolfo Canitrot, el populismo es una experiencia “destinada a la frustración”; es decir, lleva consigo las semillas de su propia destrucción. Canitrot se refería al caso argentino pero es una verdad universal. No se trata de una posibilidad sino de una certeza, al menos en una democracia.

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