La maldición del efectivo: el árbol y el bosque

Consejo Académico, Libertad y Progreso.

ÁMBITO FINANCIERO – El viernes pasado los medios y las redes se ocuparon de hacernos ver el lamentable espectáculo de miles de personas mayores agolpadas en las puertas de los bancos. Aún con el atenuante de estar en medio de una crisis inédita, no puede dejar de señalarse la impericia del Gobierno al cerrar los bancos durante dos semanas, para reabrirlos el viernes 3 ante la evidencia de una merma en la circulación de dinero efectivo que tenía aherrojados: 1) a miles de personas “bancarizadas” (o sea, titulares de cuentas), pero no habituadas al uso de medio de pago electrónicos y 2) a varios millones más que ni siquiera poseen la más elemental caja de ahorro o “cuenta sueldo”.

En el primer grupo (los bancarizados que no usan tarjetas) hay personas reacias a (o incapaces de) cambiar sus hábitos de pago, pero en medida no menor están los que simplemente necesitan el efectivo para hacer pagos a los integrantes de gigantesco segundo grupo.

¿Quiénes componen este segundo grupo? Los millones de pequeños comerciantes, empleados, vendedores, mucamas, jardineros, mecánicos, pintores, plomeros, electricistas, paseadores, acompañantes, vigiladores, etc., etc. a quienes las abusivas e ineficientes estructuras impositivas y leyes laborales obligan a trabajar en la informalidad (“en negro”, para que se entienda mejor). Por y para permanecer así, estas personas no pueden operar con cuentas bancarias.

Mientras los “formales” pueden retirar suficiente dinero efectivo de los bancos, la anormalidad y enormidad de los “informales” no se nota más allá de molestias y riesgos. Es una población que prefiere ser asaltada por delincuentes antes que serlo por el Estado.

Pero hay circunstancias excepcionales en las cuales el efectivo escasea. En 2002 fue el resultado de la monumental crisis de confianza que obligó a “acorralar” las cuentas bancarias, otro caso en el que hubo bastante impericia. Desde este 20 de marzo ha sido la cuarentena sanitaria la que mantuvo cerrados a los bancos.

En 1998 se dispuso por decreto que todos los sueldos y jubilaciones se acreditaran en cuentas bancarias. Esa norma eliminó el uso efectivo para el pago de estos beneficios (sueldos y jubilaciones) y acercó a muchos al empleo de medios de pagos electrónicos, pero en nada redujo la necesidad de efectivo para los millones que viven en la informalidad.

El lamentable espectáculo que se vio el pasado viernes en las puertas de los bancos tuvo responsables directos en el Gobierno, en funcionarios del Banco Central y en alguna medida también en los banqueros, pero estas personas no dejan de ser los árboles que a muchos les estaría impidiendo ver el bosque de impuestos y de leyes laborales que empujan a millones de personas a trabajar “en negro” y lejos de los bancos. Mientras esos impuestos y esas leyes no cambien, la maldición del efectivo seguirá con nosotros.

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