Lo que calla el COVID-19

Analista económico en

Licenciada en Economía (UBA). Analista económico de Libertad y Progreso.

LA OPINIÓN – Según el filósofo alemán Immanuel Kant, la inteligencia de un individuo se puede medir por el volumen de incertidumbre que es capaz de soportar. Justamente, el individuo vive en constante incertidumbre. A lo largo de su vida, debe enfrentarse a diferentes grados de incertidumbre. Existen determinados periodos en los que cree tener más certeza que otros, sin embargo, el futuro sigue siendo totalmente incierto para éste.

La imprevisibilidad –lo que no se puede augurar–, la aleatoriedad –el elemento azaroso–, la contingencia –las cosas podrían suceder o no–, la imponderabilidad –lo que no se encuentra en nuestra campo de visión– y lo accidental –un hecho que se escapa de nuestra voluntad, pero que igualmente nos afecta y puede ser determinístico–, conviven todo el tiempo con nosotros y somos incapaces de manejarlo.

Esta incertidumbre es inherente a nuestras vidas y nos produce mucha angustia. En la medida en que comprendamos que es imposible controlar ese componente, comenzamos a liberarnos de esa angustia.

No obstante, para ello se requiere un profundo proceso de introspección y autoconocimiento, que no muchos llegan a realizarlo. Por ello, son propensos a ser manipulados por el Estado, que aprovecha momentos de extrema incertidumbre para hacerse más presente, coartar libertades individuales y orientar la economía hacia un socialismo más extremo.

La pandemia del COVID-19 es algo nuevo, este virus proveniente del comunismo chino, se ha colado en nuestras vidas y transformó nuestra rutina diaria. Tuvimos que modificar nuestros hábitos y costumbres y amoldarnos a este nuevo escenario de la noche a la mañana.

Naturalmente, es angustiante esta situación, porque intensifica el grado de incertidumbre que sentimos diariamente. Además de que todos los días los medios de comunicación nos taladran con información sobre el COVID-19 y juegan con la posibilidad de que uno se contagie. El individuo, como en cualquier situación similar, necesita de tiempo para adaptarse y entender esta nueva realidad que se le presenta.

No obstante, este tiempo es aprovechado por aquel Estado cuyos políticos tienden a lograr sus objetivos manipulando al grueso de la sociedad. Es decir, sometiéndolos a su capricho y privándolos de sus libertades individuales.

No sería la primera vez que un Estado utilice situaciones de extrema incertidumbre para intervenir aún más la sociedad. Como el individuo ante éste nuevo escenario se encuentra muy vulnerable, el Estado se hace más presente, “infantilizando” a la persona y haciéndose más presente. De esta forma, el individuo deja de ser activo y se vuelve un sujeto pasivo.

Por ello, no es sorprendente que, en momentos así, las políticas intervencionistas sean tan populares y aceptadas en el mundo. Prácticamente nadie cuestiona las medidas llevadas adelante por los gobiernos en estos momentos, a pesar de que, inclusive, muchas de ellas sean totalmente antidemocráticas.

El problema es el día después, cuando esta incertidumbre pase y volvamos a nuestras rutinas… ¿Qué nos quedará? Probablemente, deberemos lidiar con las consecuencias de las políticas que se están llevando ahora, con un mayor Estado y menores libertades. Para pensar y reflexionar.

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