Hambre en el paraíso: la hambruna soviética de 1921-22

Por Guillermo W. Cedrez.

Postal de la campaña de Fridjoft Nansen para concientizar sobre la tragedia en Rusia, año 1922

A fines de febrero de 1921, y a pocos días de la inauguración del décimo congreso del Partido Comunista de Rusia, la situación de Lenin y sus compañeros apenas podía ser más desfavorable: a pesar de la importantísima victoria lograda hacía algunos meses contra los ejércitos blancos en la Guerra Civil (1918-1920), con la que el régimen bolchevique se aseguró la suma del poder político interno y el lento camino hacia el reconocimiento internacional (lento, en gran medida, por la decisión de enero de 1918 de repudiar la deuda que Rusia mantenía con los países occidentales), el descontento popular no hacía sino crecer. Los principales damnificados resultaban los campesinos, a quienes sistemática y periódicamente se les requisaba todo el excedente de su producción, pues los grandes terratenientes y campesinos ricos, que eran quienes normalmente proveían la mayor parte de los cereales para exportación y consumo de las grandes ciudades, ya no existían, y tampoco se podía lograr el intercambio de productos manufacturados por productos agrícolas en una base de trueque (como proponían algunos de los teóricos bolcheviques, con vistas a la eliminación absoluta del dinero), puesto que no había nada para intercambiar, tal era el descalabro del sistema productivo en el país, golpeado, primero por la Primera Guerra Mundial, luego por dos revoluciones (febrero y octubre de 1917), por la Guerra Civil, los combates entre el Ejército Rojo y las partidas de campesinos en armas y por las medidas que, en parte por adecuación a circunstancias excepcionales, y en parte por convicción ideológica, confluyeron en un estancamiento productivo y en una peligrosa reducción del área de cultivo. Estas medidas (bautizadas como “Comunismo de Guerra”, para justificar su implementación, pero que de hecho comenzaron antes y continuaron luego de finalizada la Guerra Civil) constituían un intento de centralizar en el estado la totalidad de la actividad económica, a través de la nacionalización de los medios de producción, la destrucción del comercio privado, la abolición del dinero y la sujeción de todos los factores económicos a un plan único. Este último aspecto implicaba que nadie podía ni siquiera alimentarse por fuera de lo establecido en su cartilla de racionamiento, bajo pena de estar incurriendo, a los ojos de las autoridades, en una suerte de “especulación”. Ante la falta de un mercado que viniera hacia la ciudad, fueron los habitantes de estas (sobre todo los de los centros urbanos de mayor importancia, Moscú y Petrogrado) quienes comenzaron a buscar la posibilidad de abastecerse en las aldeas más próximas, o en las que fuera necesario, debiendo para ello recorrer a veces amplias distancias en trenes abarrotados, entregando sus últimas pertenencias a cambio de comida. Normalmente las autoridades hacían la vista gorda, pero fue nada más comenzar una ola de confiscaciones a estos “especuladores” que el desencanto de las masas obreras de Moscú y Petrogrado no demoró en hacerse sentir, y esa chispa pronto se propagó a los marineros de la base naval de Kronstadt, sede de la flota del Báltico, que tomaron la bandera de la rebelión de los proletarios contra la dictadura del proletariado. Las reivindicaciones que la tripulación del Petropavlosk votó en la resolución de 28 de febrero de 1921 ilustran de manera sucinta y ejemplar el alejamiento que por ese entonces mostraba el partido bolchevique respecto a las problemáticas que aquejaban a la gran mayoría del pueblo ruso:

  • Reelección inmediata de los soviets por voto libre y secreto
  • Libertad de prensa y de expresión para todos los partidos
  • Libertad de asociación y formación de sindicatos
  • Liberación de todos los presos políticos
  • Abolición de los privilegios del Partido Comunista
  • Abolición de los destacamentos de confiscación de alimentos
  • Libertad económica para los campesinos
  • Igualdad de raciones alimentarias para todos[1]
Refugio para niños huérfanos, distrito de Tsaritsyn

Pero la disensión, para desazón de Lenin, no se hallaba solo fuera, sino dentro de las mismas filas del Partido, encarnándose durante el décimo congreso en las llamadas “facciones” de la “oposición obrera” y de los “centralistas democráticos”, las que, lejos de constituir plataformas separadas, concordaban con la dirección del Partido en lo esencial, pero tenían diferentes visiones en algunos puntos particularmente controvertidos relacionados a la conducción interna de los asuntos. Así, la “oposición obrera” (liderada por Alexander Shliapnikov, uno de los pocos líderes bolcheviques de origen obrero, que moriría ejecutado durante el Gran Terror de Stalin en 1937, y por Alexandra Kollontai) se planteaba el delicado tema de la función de los sindicatos en un gobierno socialista, y la necesidad de que los dirigentes sindicales fueran realmente elegidos por los trabajadores y no simplemente “nominados” por las autoridades del Partido. Los “centralistas democráticos”, por su parte, mostraban su preocupación por la creciente tendencia a la centralización desmesurada y el autoritarismo que provenían de la cima de la organización. Ambas “herejías” fueron prontamente condenadas en sendas resoluciones del mencionado congreso y, aunque formalmente todavía se hacía hincapié en el valor del pluralismo de ideas como motor del Partido, esta inequívoca condena sentó un precedente que, incluso para muchos de los que por entonces la apoyaron, significaría a la larga la humillación, la tortura y la muerte, con las futuras purgas estalinistas como la apoteosis de un Partido entronizado en el más absoluto poder, cimentado en una lógica de sumisión incondicional a los dictámenes del centro, cuyas sucesivas idas y vueltas se iban confundiendo con lo que a cada momento debía captarse como la verdad revelada. En palabras de Radek: “Al votar esta resolución, siento que también podría ser utilizada en nuestra contra, y, sin embargo, la apoyo…Que el Comité Central en un momento de peligro tome las medidas más severas contra los mejores camaradas, si así lo considera necesario…¡aunque el Comité Central esté equivocado! Eso es menos peligroso que la indecisión que se empieza a observar”.[2]

Víctima infantil de la hambruna  

Tanto los levantamientos campesinos como la rebelión de Kronstadt fueron ahogados en sangre, pero los problemas que les dieron origen requerían algo más que fuego y retórica para poder hacer viable el mantenimiento del régimen bolchevique en el poder. Es así que Lenin, con la vista siempre puesta en el objetivo principal ─la sociedad comunista─, pero con la gran capacidad táctica de rehacerse (y desdecirse), modificando su esquema para adaptarse a las circunstancias reinantes, decide virar en la dirección contraria de marcha: suspensión de las confiscaciones de alimentos y sustitución de las mismas por un impuesto en especie, reanudación de la actividad industrial y comercial privada, libertad de que los campesinos puedan vender sus excedentes en el mercado y abandono de la idea utópica de la abolición del dinero por la implementación de medidas de política monetaria. En suma, un retorno al detestado “capitalismo”. Estas medidas, bautizadas como “Nueva Política Económica”, constituían una suerte de “pacto” con la clase más numerosa del pueblo ruso: el campesinado. Y, para fines de los años veinte, su efecto sería el de una espectacular recuperación de la agricultura soviética, alcanzando y sobrepasando los niveles anteriores a la Primera Guerra Mundial.


Uno de los numerosos casos de canibalismo humano durante la hambruna

Pero, en lo inmediato, las nuevas medidas económicas llegaron demasiado tarde: dos sequías sucesivas colocaron a unas 30 millones de personas al borde del hambre, no quedaba excedente alguno (pues todo había sido confiscado), y la superficie de cultivo ya se encontraba severamente disminuida. La zona más afectada era precisamente aquella que en tiempos de normalidad generaba las mayores cosechas, la región de las tierras negras del Volga, que abarcaba las provincias de Kazán, Ufa, Oremburgo y Samara. En julio de 1921, la situación era tan catastrófica que al Kremlin no le quedó más opción que reconocer lo que estaba pasando, aunque inicialmente lo hiciera a través de un actor privado, el escritor Máximo Gorki, quien, el 13 de julio, emite un comunicado a la comunidad internacional, solicitando ayuda con alimentos y medicinas. El 23, el secretario de comercio de los Estados Unidos, Herbert Hoover, responde el pedido de Gorki, ofreciendo la asistencia de la American Relief Administration (ARA), que él mismo creara, con la finalidad de brindar ayuda a los países europeos de la postguerra. Dicha asistencia se ofreció bajo dos condiciones: que las organizaciones de la ARA pudieran operar de manera independiente en las zonas afectadas y que se liberara a ciudadanos americanos recluidos en prisiones soviéticas. Ambas condiciones fueron aceptadas por Lenin, quien, en privado, llamó a Hoover “mentiroso e impertinente”, digno de ser “abofeteado”. Durante la máxima extensión de su esfuerzo, la ARA (junto a otras organizaciones, como la Cruz Roja, representada por el filántropo noruego Fridtjof Nansen) llegó a alimentar a 10 millones de personas diarias, totalizando una ayuda de 61,6 millones de dólares (más de 900 millones de dólares actuales) para todo el período de su actuación. En junio de 1923, las relaciones entre la ARA y los bolcheviques se tornaron prácticamente insostenibles, debido a la desconfianza mutua y a los rumores de que por entonces el gobierno soviético estaba exportando parte de su propia producción de cereales, lo que volvía dificultosa una nueva campaña de obtención de fondos para continuar con la ayuda humanitaria. Al mes siguiente la ARA ya no operaba en suelo soviético.

Personal y vehículo de la ARA  

La hambruna de 1921-22 fue la peor calamidad que azotó a Rusia hasta ese momento, desde la época de las grandes plagas medievales. A pesar de que las hambrunas se producían con cierta regularidad en territorio ruso, nunca se había llegado a un extremo tal de horror ni de letalidad: la última gran hambruna, la de 1891-92, se había cobrado unas 400 mil víctimas; las de 1921-22 se estiman en varios millones, aunque la cifra exacta jamás podrá saberse, porque sencillamente nadie llevaba la cuenta (la oficina central soviética de estadística calculó el déficit poblacional entre 1920 y 1922 en 5,1 millones de personas). Y quienes llevaron la peor parte fueron (como también lo serían 10 años después, en la hambruna de 1932-33) los campesinos, que, a pesar de las nuevas apariencias, seguían siendo vistos por el régimen como la detestada semilla de la cual tendía siempre a brotar el capitalismo, a menos que se les impidiera por la fuerza abastecerse y actuar por sí mismos, como intentaría Stalin durante la colectivización de la agricultura. En cuanto a Lenin (de quien ya se ha resaltado su aguzado sentido de la oportunidad táctica), la hambruna no fue para él otra cosa que una ocasión para doblegar a uno de los pocos enemigos del régimen que aún quedaba en pie: la iglesia ortodoxa. Así como no había mostrado compasión alguna con los hambrientos de 1891-92, tampoco la mostraba ahora, impertérrito en su obsesión por desplazar a cualquier posible obstáculo en su carrera hacia el poder absoluto:

…”Es precisamente ahora y sólo ahora, cuando en las regiones golpeadas por el hambre la gente está comiendo carne humana y cientos, si no miles, de cadáveres atestan las rutas, que podemos (y por tanto, debemos) llevar adelante la confiscación de objetos valiosos de las iglesias con la energía más salvaje y despiadada, sin dejar de aplastar cualquier tipo de resistencia. Es justamente ahora y sólo ahora que la enorme mayoría del campesinado estará a favor nuestro, o al menos no estará en condiciones de apoyar de ningún modo significativo al puñado de clérigos de las centurias negras ni a los pequeñoburgueses reaccionarios de las ciudades, que quieren y pueden llegar a resistirse de manera violenta a la autoridad soviética”…[3]

Cuerpos infantiles retirados de un orfanato  

[1] Schapiro, Leonard, The Communist Party of the Soviet Union, Vintage, New York, 1971, p. 206.

[2] Íbid., pp. 215 y 216.

[3] Carta secreta de Lenin a Molotov para los miembros del Politburó, 19 de marzo de 1922, RTsKhIDNI, F.2, op. I, d. 22.947, citado en Pipes, Richard, The Unknown Lenin, From the Secret Archive, Yale UP, New Haven, 1998, p.252.

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