La filosofía liberal nos libera de la discrecionalidad del poder

Por Manuel Alvarado Ledesma

LA NACIÓN – Los prejuicios sobre el pensamiento liberal son enormes, por ejemplo, en el presunto egoísmo que subyace en él. ¿Saben qué escribe Adam Smith? Textualmente afirma: «por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente, hay elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros, de tal modo que la felicidad de estos les es necesaria aunque de ella nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla.»

Quizás sea Smith quien represente más cabalmente al liberalismo. Con él empieza el período clásico (1776-1890). Junto a David Ricardo y de John S. Mill, entiende que los mercados tienden a proporcionar soluciones a los conflictos surgidos de la escasez relativa.

En La riqueza de las naciones (1776), Smith muestra gran desconfianza en los políticos. Sí, en los políticos que pretenden dictar normas en favor del bienestar general. Por el contrario, cree en las acciones humanas que, en su vida cotidiana, generan comportamientos favorables al desarrollo. Así, también, está convencido de la importancia de la educación gratuita para adquirir las primeras letras y los conocimientos más elementales. Es que en rigor, el liberalismo propone que solo aquellos bienes y servicios públicos deben ser brindados por el Estado. Obviamente, allí está también la educación, al menos la inicial, porque al ser para todos es un servicio público.

La sociedad argentina ha sido inducida a cargar con argumentos contrarios al liberalismo. Quienes buscan el poder, seguramente por el poder en sí mismo, están detrás de este cometido. Y, por supuesto, fuerzas económicas sectoriales.

Tales prejuicios han permitido la concreción de hechos terribles. La República se forjó al amparo del pensamiento de la generación de 1837, claramente liberal. Pero, con el paso del tiempo, fue perdiendo su rumbo. No es fácil establecer un punto de inflexión en nuestra historia; quizás esté en los años posteriores a la Gran Crisis.

A partir de la década de 1940, fundamentalmente, comienza el abandono del pensamiento de libertad. Y se va imponiendo una nueva visión, con prácticas limitantes al comercio internacional y de escaso respeto a las instituciones inclusivas. Así, nacen instituciones no inclusivas que desprecian el derecho de propiedad para beneficio de algunos y en desmedro de la gran parte del pueblo.

Con visibles rasgos populistas, tanto los gobiernos democráticos como militares han seguido caminos semejantes, en sus políticas económicas. El creciente peso del Estado, con políticas económicas de corte keynesiano, ha estado promovido por distintos gobiernos para el incremento de su poder. Friedrich von Hayek, tal como lo había expresado siglos antes Smith, escribe que los líderes populistas pretenden saber más que las propias personas aquello que le conviene a cada uno. También coincide con Smith al pensar que el Estado debe procurar asistencia a las personas que sean objeto de acciones que están fuera de su alcance para evitarlas.

No se puede decir que Peter Drucker esté alejado del pensamiento liberal. Sin embargo, afirma: «la comunidad que se necesita en la sociedad poscapitalista – y especialmente la necesita el trabajador del saber- tiene que basarse en el compromiso y la compasión más que ser impuesta por la proximidad o el aislamiento»

Hasta la propia Iglesia Católica prefiere la economía de mercado. En el marco de la Doctrina Social de la Iglesia, Juan Pablo II afirma «la importancia de la empresa, el mercado, la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía»

¿Hasta cuándo insistiremos en el estatismo corporativo? Es decir, en el camino directo al populismo. Lamentablemente, la discrecionalidad del poder está por encima de las instituciones. El decreto que quita fondos de la coparticipación a la ciudad de Buenos Aires es un ejemplo clarísimo de ello. Y el oportunismo electoralista es su disparador, al entender el gobierno nacional que se trata de un territorio perdido electoralmente, y en consecuencia, la atención debe dirigirse al bastión bonaerense.

La sociedad puede prosperar y mejorar sus ingresos y su nivel de vida solo cuando existen claros incentivos para producir y obtener las ganancias de la cooperación social mediante la especialización y el comercio.

La filosofía liberal se encarna en la sociedad haciendo de las instituciones la única vía para vivir, trabajar y progresar.

Profesor Ucema, economista

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