La Argentina, en la cuarta hiperinflación

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Agustín Etchebarne
Director General en Libertad y Progreso

Economista especializado en Desarrollo Económico, Marketing Estratégico y Mercados Internacionales. Profesor en la Universidad de Belgrano. Miembro de la Red Liberal de América Latina (RELIAL) y Miembro del Instituto de Ética y Economía Política de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. 

INFOBAE  La Argentina ya se encuentra embarcada en el cuarto período de hiperinflación en la historia del país. Recordemos que el primero fue el “Rodrigazo” en 1975, seguido por la hiperinflación de 1989 bajo la presidencia de Raúl Alfonsín y, finalmente, la tercera hiperinflación en 1990. En los dos primeros casos los gobiernos no pudieron terminar su mandato. En cambio, cuando el país se encaminaba a la cuarta hiper, fue frenada por la Ley de Convertibilidad, implementada en 1991 por el ministro de Economía de Menem, Domingo Cavallo. Esta ley logró reducir la inflación a un dígito en 18 meses y mantenerla cercana a cero por una década y simultáneamente redujo la pobreza a la mitad en dos años.

La idea de que la hiperinflación estalla cuando se supera el 50% mensual fue instalada por Phillip Cagan, en su influyente trabajo de 1956, “The Monetary Dynamics of Hyperinflation”:

“Hiperinflación es definida aquí como un fenómeno inflacionario que comienza en un mes en que el nivel general de precios sube un 50 por ciento o más y que dura al menos hasta que la tasa de inflación ha descendido por debajo del 50 por ciento y ha permanecido allí durante al menos un año”.

Si bien esta definición ha sido ampliamente adoptada y utilizada en la literatura económica posterior, nosotros preferimos ver a la hiperinflación como un proceso de huida del dinero, tal como se lo describe en el libro “When Money Dies: The Nightmare of Deficit Spending, Devaluation, and Hyperinflation in Weimar Germany” (Cuando muere el dinero: la pesadilla del gasto deficitario, la devaluación y la hiperinflación en la Alemania de Weimar), escrito por Adam Fergusson. En este libro, Fergusson no proporciona una definición formal de hiperinflación, pero sí describe y analiza la hiperinflación en Alemania después de la Primera Guerra Mundial y las consecuencias económicas y sociales resultantes.

“El colapso del marco alemán en 1923, la caída del florín austríaco y del pengő húngaro en 1924 y 1925, respectivamente, fueron catástrofes monetarias sin precedentes en tiempos de paz. En cada caso, la moneda fue destruida por la hiperinflación”. (Fergusson, 1975, p. 9)

La hiperinflación es el resultado de continuos déficit fiscales financiados con creciente emisión monetaria. Pero como enseña Sargent, la gente mira hacia adelante, por eso las etapas finales de la hiperinflación suelen darse con la pérdida de confianza en los políticos. Esto es lo que ha ocurrido en las últimas semanas en Argentina. Sergio Massa le dio una esperanza al gobierno y a los argentinos de que tal vez conseguiría suficiente financiamiento del FMI, Banco Mundial, BID, CAF, etc. como para finalizar el mandato sin estridencias. Pero su impericia lo llevó a pronosticar una inflación de 3% en abril y fue de 7,7% en marzo y algo semejante será en abril. Esto marcó el final de la primavera massista. A partir de allí recrudecieron las peleas internas del gobierno. Estas peleas tienen un único origen que es la necesidad imperiosa del kirchnerismo de intentar despegarse del fracaso de Alberto Fernández. La presión de la Cámpora logró que Alberto baje su candidatura, fue la última ronda de esta danza destructiva y sirvió para desatar esta última escalada del dólar libre que tocó 500.

Thomas Sargent en su libro de 1981, escrito en colaboración con Neil Wallace“Rational Expectations and Inflation”, describe la hiperinflación como un fenómeno en el que el nivel general de precios en una economía aumenta rápidamente y de manera sostenida, lo que lleva a una erosión significativa del poder adquisitivo de la moneda. Este fenómeno es impulsado por una creciente emisión de dinero por parte del banco central y una pérdida de confianza en la moneda local. En ese sentido, dado el “proceso de huida del dinero” actual, podemos decir que ya ha comenzado la hiperinflación en Argentina. Los habitantes saben que los precios en el supermercado serán más altos la semana próxima y apenas juntan unos pesos los gastan de inmediato o compran dólares. Así, el ticket promedio de gasto en el supermercado cayó a 1400 pesos, lo que implica comprar tres o cuatro productos varias veces por semana.

El propio Sargent en su famoso artículo de 1982, “The End of Four Big Inflations”, analiza cuatro episodios de hiperinflación que ocurrieron después de la Primera Guerra Mundial en Alemania, Austria, Hungría y Polonia. Sargent estudia cómo estos países lograron poner fin a sus respectivas hiperinflaciones y extrae lecciones relevantes sobre la política monetaria y fiscal. Sargent vio que en cada uno de los cuatro casos de hiperinflación la causa subyacente fue el financiamiento del gasto público mediante la emisión de moneda, lo que llevó a la pérdida de confianza en la moneda y a una inflación fuera de control. Para poner fin a la hiperinflación, los gobiernos tuvieron que tomar medidas drásticas para restablecer la confianza en la moneda y estabilizar la economía.

La hiperinflación también pueden ser el momento de dramáticos cambios beneficiosos, pero será el próximo gobierno al que le toque realizarlos

Así, los bancos centrales detuvieron drásticamente la emisión de moneda. Y los gobiernos se vieron obligados a reducir el déficit público, recurriendo a otras formas de financiamiento, como impuestos o préstamos, en lugar de la emisión de moneda (Argentina ya perdió esta posibilidad). Incluso se vieron forzados a pagar a los empleados públicos parte de su salario con bonos. Algunos países introdujeron nuevas monedas ancladas a una moneda extranjera estable o a un patrón oro para restablecer la confianza en su moneda y disminuir la inflación. Se llevaron a cabo reformas para reforzar la independencia del banco central y garantizar que las políticas monetarias y fiscales fueran sostenibles y creíbles a largo plazo.

Es muy difícil creer que el gobierno de Fernández pueda encarar este tipo de medidas. Solo un nuevo salvataje del FMI y otros organismos internacionales pueden darle suficiente aire para estabilizar relativamente la moneda y pasar los próximos tres trimestres. De otro modo, lo más probable es que se desaten las etapas finales del proceso hiperinflacionario con el consecuente descalabro económico, político y social.

La hiperinflación también pueden ser el momento de dramáticos cambios beneficiosos, pero será el próximo gobierno al que le toque realizarlos.

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