El papa Francisco, los pobres y el capitalismo

Aldo Abram
Director Ejecutivo en Libertad y Progreso

Por Aldo Abram, Director Ejecutivo, Libertad y Progreso.

La actitud personal y el mensaje del papa Francisco incentivaron un generalizado interés y una gran atracción en muchos católicos que se hallaban alejados de la Iglesia. Dentro de su prédica, resulta muy valiosa la aclaración de que la Iglesia es santa porque viene de Dios, pero que a la vez está conformada por pecadores. Dios creó al hombre libre y, por ende, sería un error pensar que, por pertenecer a la Iglesia, una persona se vuelve automáticamente santa. La santidad es una actitud de vida y una decisión que se renueva a cada instante. Así se explica que en la historia del catolicismo haya habido aberraciones, como la Inquisición y los abusos sexuales. Lo importante es que más allá de que los que la construyen día a día son hombres, con sus defectos y virtudes, la Iglesia sigue siendo un camino de salvación para quienes optan por continuar perseverando en él.

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El análisis anterior vale también para reflexionar sobre el concepto de “capitalismo salvaje”. Son personas imperfectas y con intereses diversos las que instrumentan y rigen los sistemas políticos y económicos; por lo que no puede esperarse que estos últimos sean perfectos, sino sólo que funcionen lo mejor posible. A nadie se le ocurriría medir las bondades de la democracia analizando su evolución en Venezuela, Cuba o Corea del Norte. El resultado en la mayoría de los países que la aplicaron permite afirmar que es el mejor sistema posible para designar y cambiar los gobiernos; lo que no quita que, por problemas culturales o de debilidad institucional, a veces derive en autoritarismos elegidos.

Con el capitalismo pasa lo mismo. No se lo puede medir por los efectos de las crisis, que son el resultado de errores humanos de política económica. Con el aprendizaje se podrán disminuir las chances de repetirlos a futuro, pero no se podrá evitar que surjan nuevas equivocaciones. Hay que medirlo en el tiempo. Nunca, como en el último siglo, se ha logrado sacar a tanta gente de la pobreza y eso siempre ha sucedido en regiones donde se ha tendido a incorporar reglas de juego de mercado, como es el caso del sudeste asiático hoy. Contra todos los pronósticos, a pesar de que la población crece a mayor ritmo del previsto, la producción de alimentos creció mucho más aceleradamente aún. Esto se dio en el marco del capitalismo y, no es casualidad que, en los países donde no rige o lo hace en un contexto populista sea donde persisten los mayores porcentajes de miseria y escasez.

El capitalismo ha demostrado ser el sistema más eficiente para aumentar las oportunidades de progreso. Siempre que se base en reglas de juego claras y generales; dé libertad para crear y trabajar o incluso para equivocarse; se asegure el respeto de los derechos de los ciudadanos, y premie al que mejor sirve al prójimo con sus productos o servicios, no a quien el funcionario de turno considere que hay que privilegiar.

Ningún sistema económico o político debe basarse en gobernantes iluminados que se consideren con derecho a ordenarles a otros cómo tienen que vivir o qué deben hacer. Dios nos hizo libres a pesar de saber que nuestros defectos y errores podían alejarnos de él. ¿Desde cuándo un funcionario, por votado que haya sido, puede arrogarse el derecho a avasallar esa libertad, aun cuando argumente que es para nuestro bien? Que algunos representantes de religiones pretendan que los sistemas políticos y económicos impongan por la fuerza lo que ellos no han sabido conseguir a través de su prédica ha traído y sigue generando grandes tragedias. Basta con observar las consecuencias del accionar de los movimientos fundamentalistas en el mundo.

Pedirle al capitalismo que sea bueno no tiene sentido, como tampoco lo tiene exigirle a la democracia que lo sea. Es la gente la que moldea los sistemas políticos y económicos; por lo que dependerá de sus principios y de sus valores, lo que nos lleva de nuevo a la Iglesia.

Hace bien el papa Francisco en salir a buscar a los católicos y a los que no lo son, a los que se consideran buenos y a los pecadores. La principal función de la Iglesia es enseñar cuál es el camino hacia Dios. Cuáles son los principios y valores que nos acercan a él. Así, si se logra que cada vez más personas compartan principios como el respeto por el otro y su libertad, la tolerancia y la caridad, tendremos democracias y capitalismos que funcionarán mejor. Así, conseguiremos que la libertad y las oportunidades de progreso económico abarquen a cada vez una mayor proporción de los habitantes del mundo. También, lograremos que otra prédica del papá Francisco se haga realidad: la necesaria disminución de la pobreza, pero a través del trabajo digno y no del asistencialismo eterno, que transforma a la persona en dependiente de quien lo da.

*PUBLICADO EN DIARIO LA NACIÓN, DOMINGO 10 DE NOVIEMBRE DE 2013.
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