¿Se acabó el populismo?

Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso

El 10 de diciembre de 2015 terminó otro experimento populista en la Argentina. Y termina de la misma manera que en ocasiones anteriores: con un descalabro fiscal, monetario y cambiario, una economía en recesión y una tasa de inflación entre las más altas del mundo. El populismo es entrópico por naturaleza y lleva en su seno las semillas de su propia destrucción. Explicar por qué los argentinos tantas veces hemos elegido este camino es el principal objetivo de mi nuevo libro “Entrampados en la Farsa: El populismo y la decadencia argentina”. Dentro de 50 años, seguramente los historiadores analizarán el período 2003-2015 con perplejidad.

El presidente electo y su gabinete han declarado, con razón, que uno de sus principales desafíos es completar rápidamente una evaluación detallada de la situación en que quedaron el país y la administración pública nacional luego de doce años de kirchnerismo. Hasta se haga pública esta evaluación, vale la pena poner este período en un contexto histórico, por lo manos a nivel macro. A pesar de la falsificación y tergiversación de las estadísticas oficiales, es posible una aproximación. Seguramente algunas cifras cambien, pero no la conclusión principal: bajo el kirchnerismo el país profundizó su larga decadencia.

Medir la decadencia de un país es una tarea complicada. Hasta ahora solo las variables económicas permiten una aproximación. Una alternativa es construir un ranking de PBI per cápita que incluya a todas las economías del mundo. A pesar de sus limitaciones, este ranking nos da una idea bastante clara.

En “Entrampados en la Farsa” utilicé la base de datos de Angus Maddison, que alcanza hasta 2010. Lamentablemente, con estos datos no podemos evaluar los últimos cinco años. Para resolver este problema he construido un ranking a partir de las cifras de PBI per cápita en dólares que publican el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que cubren a todas las economías del mundo por un período relativamente largo (desde 1960 a 2013 el primero y desde 1980 a 2015 el segundo). El principal problema es que ambos organismos calculan el PBI en dólares a partir del tipo de cambio oficial. Para la gran mayoría de las economías del planeta (por lo menos aquellas relevantes en la comparación), utilizar el tipo de cambio oficial no es un problema, ya que refleja en mayor o medida la realidad del mercado.  Pero utilizar esta metodología para la Argentina, donde el tipo de cambio es una ficción, implica sobreestimar el PBI en dólares en mas de 30% (en 2015). Para corregir este sesgo, recalculamos el PBI en dólares utilizando el tipo de cambio libre.

El gráfico adjunto muestra los resultados de este ejercicio. Lo primero que surge de su observación es la discrepancia entre ambos rankings. En el del FMI la Argentina ocupa una posición más alta, aunque en los últimos años parece converger con la del Banco Mundial. Más allá de estas diferencias, ambos rankings muestran claramente la declinación económica del país en relación al resto del mundo. Y mal que le pese al relato, la Argentina en 2015 ocupa una posición inferior a la que ocupó, en promedio, durante los tan denostados noventa. Según el ranking del FMI, en el año 2014 ocupábamos la posición 73, prácticamente la misma posición que en 2002 (75). La desaceleración de la mayoría de las economías emergentes mejorará algo la situación en 2015 (pasaremos a ocupar la posición 71)). Un dato para recordar es que entre 1875 y 1945 ocupamos, en promedio, la onceava posición en el ranking mundial de PBI per cápita.

Sin embargo, este gráfico no cuenta toda la historia, ya que no muestra, por ejemplo, que de 2002 a 2012 la economía argentina se benefició de un fuerte “viento de cola”, probablemente el más fuerte de los últimos cien años. No haber recuperado posiciones en el ranking durante este período tan favorable para el país es lamentable. La historia se repite. Lo mismo ocurrió entre 1946 y 1955 y entre 1973 y 1975. Es decir, que en los últimos setenta años, desaprovechamos tres excelentes oportunidades para revertir la decadencia por caer en la tentación populista. El populismo ha sido una distracción muy costosa para la sociedad argentina.

Fuente: Elaboración propia en base a datos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional de PBI per cápita, corriente, en dólares.

Populismo argentino

Según la revista The Economist, con la elección de Mauricio Macri a la presidencia se acabó el populismo en la Argentina. Creo que es una visión peligrosamente optimista. Las condiciones sociales, políticas y culturales que dieron origen al populismo no han desaparecido ni desaparecerán en el corto o el mediano plazo. Indudablemente es una excelente noticia que, a pesar de todos los recursos que dispuso. el kirchnerismo haya sido derrotado en su intento por imponer a la sociedad un proyecto hegemónico, anacrónico y autoritario. Especialmente porque fue a manos de alguien que, como Macri, promete reintroducir, luego de una larga ausencia, la sensatez, la transparencia y principios elementales de gestión a la cosa pública.

La presidencia de Macri abre una nueva oportunidad a la sociedad argentina. Ya no hay viento de cola externo pero si un fuerte impulso de cambio que proviene de una mayoría de los argentinos. Convertir esta oportunidad en realidad depende tanto del nuevo gobierno como del resto de la sociedad y su dirigencia. Hay que romper el circulo vicioso de la decadencia y comenzar un circulo virtuoso de prosperidad, como lo han hecho otros países de América Latina.   “Jamás ha sido más feliz la oportunidad de engrandecer nuestra nación,” escribió Juan Bautista Alberdi poco antes de que comenzara el período de mayor prosperidad de la historia argentina. “Todo lo que necesitamos es una presidencia que entregue el gobierno a buenos ministros, y el país, a sí mismo. Lo demás irá por si sólo.” Amén.

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