Obama se equivoca

Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso

El populismo parece haberse puesto de moda en el mundo desarrollado justo cuando América Latina empieza a sacárselo de encima. Casi cualquier análisis de las próximas elecciones presidenciales de EE.UU., el reciente referéndum en Reino Unido y la situación política actual en muchos países de Europa hace referencias al populismo. Pero no hay consenso sobre la definición precisa del populismo y menos aún sobre sus causas.

Hace unos días, en una conferencia de prensa conjunta con los presidentes de México y Canadá, el presidente Obama entró de lleno a este debate con algunas definiciones que no ayudan a aclarar el panorama. Obama reaccionó a un comentario del presidente Peña Nieto, quien criticó a los políticos que adoptan posturas populistas y demagógicas que pueden destruir lo que ha tomado décadas construir. Su comentario apuntaba obviamente a Donald Trump, cuya retórica ponzoñosa tiene como blanco preferido a México y a los mexicanos.

Para su sorpresa, Obama hizo una apología del populismo. No fue simplemente una cuestión semántica. Según Obama, un populista es un político que no sólo se preocupa por la situación de los trabajadores o los más pobres sino que también defiende activamente su causa. Desde su perspectiva Trump es un chauvinista y un xenófobo y no un “verdadero populista”. Obama se arrogó este rótulo para si mismo y su correligionario Bernie Sanders (Hillary Clinton quedó afuera).

Para quienes hemos padecido (y, peor aún, para quienes en Estados Unidos y Europa corren el riesgo de padecer) los desastres del populismo estas declaraciones de Obama son, en el mejor de los casos, desafortunadas, y en el peor, extremadamente dañinas.

El debate sobre el termino populismo es interminable y excede en mucho el espacio del que disponemos. Sin embargo, son necesarias varias aclaraciones. En primer lugar, es falaz sostener que ser populista equivale a tener sensibilidad o preocupación por la suerte o la situación de aquellas personas menos favorecidas o de menores ingresos. Esta es la falsa “moralidad altruista” que según Nietzsche utilizaban los políticos socialistas para esconder su ambición de poder. En segundo lugar, pretender conocer y saber cuales son los verdaderos intereses de millones de personas de distinta edad, origen étnico, niveles de educación y religión denota una arrogancia intelectual tan desmedida como peligrosa.

Como señaló alguna vez Ernesto Laclau, uno de sus más fanáticos ideólogos y promotores, el populismo “no es una ideología sino una forma de constitución de la política.” Siempre que “los de abajo” tengan demandas insatisfechas y se opongan al establishment, existe el populismo dice Laclau. Pero aclara que la forma en “que esa oposición se construye puede ser de izquierda o de derecha.” De ahí que la lista de líderes populistas incluya tanto a Hitler, Mussolini, Perón, Chávez y Kirchner, como a Donald Trump, Bernie Sanders, Nigel Farage y Marine Le Pen, por nombrar algunos.

Cuando hablamos de populismo debemos distinguir entre retórica y gobierno. La primera obviamente siempre apunta a llegar al poder, aunque no siempre lo consigue. Para ello necesita del voto de la mayoría. Es decir, que el populismo tiene dos ingredientes principales: un líder y una mayoría dispuesta a seguirlo. En el mercado de la política el líder refleja la oferta de populismo mientras que la demanda se expresa por el voto de la mayoría. Ambas se alimentan mutuamente. Pero a diferencia de la economía, la oferta de populismo no puede crear su propia demanda a menos que haya un descontento subyacente.

El líder juega un papel fundamental, ya que es quien, en un momento dado interpreta, alienta y promueve las demandas insatisfechas que le dan sustento político. Por otra parte, en ese líder, como bien explica Laclau, la mayoría cristaliza simbólicamente sus demandas y de esta manera reconstituye “un sentido de su propia identidad.”

El populismo no es más que la solución facilista que propone un líder e impone la mayoría cuando problemas estructurales abren una brecha entre un ideal al que aspira esa mayoría y la realidad. Esta definición requiere algunas clarificaciones. Según el diccionario, facilista denota una tendencia a hacer o lograr algo sin mucho esfuerzo, de manera fácil y sin sacrificio. En esencia, la solución populista consiste en hacer pagar a “otros” los costos de satisfacer las demandas de la mayoría (o de resolver los problemas estructurales que generan la brecha). De ahí que la construcción de un enemigo fácilmente identificable sea parte esencial de su discurso. Y también que este discurso genere emociones negativas en la multitud.

Esto ya lo explicó Le Bon en su Psychologie des Foules hace más de cien años. Hitler fue su gran discípulo. En la retórica hitlerista, el principal enemigo del pueblo alemán eran los judíos. En la narrativa peronista los enemigos perennes del pueblo argentino son la oligarquía terrateniente y los grupos concentrados aliados al capitalismo y/o imperialismo internacional. Para Trump, el sueño americano corre peligro por culpa de los chinos, los mexicanos y los musulmanes. Para Nigel Farage los inmigrantes y los inútiles burócratas de Bruselas son los responsable de la malaise inglesa. La narrativa juega un rol fundamental en la estrategia del líder populista ya que provee la justificación moral para actuar en contra de los supuestos enemigos (y si es necesario, violar sus derechos).

Es importante señalar que el ideal al que aspira la mayoría no necesariamente refleja cuestiones económicas sino que depende de la cultura de una sociedad y de una era particular. Por ejemplo, el régimen nazi era extremadamente popular y sin embargo la desigualdad en la distribución del ingreso aumentó entre 1933 y 1939. Pero en los años treinta el ideal al que aspiraba la mayoría del pueblo alemán tenía que ver más con el honor y el orgullo nacional que con la participación de los salarios en el PBI.

Aunque el populismo es distinto en cada país y refleja las características particulares de su cultura y una época, siempre comparte un rasgo esencial: es entrópico y autodestructivo. Laclau alguna vez admitió que el populismo “puede terminar muy mal.” Murió sin ver la ruina que sus ideas provocaron en Argentina y Venezuela. En realidad, como advirtió hace varias décadas el economista Adolfo Canitrot, el populismo es una experiencia “destinada a la frustración”; lleva consigo las semillas de su propia destrucción. No se trata de una posibilidad sino de una certeza.

Cualquiera persona que haya estado alguna vez en una reunión de consorcio de un edificio sabe lo difícil que es conciliar los intereses de sus propietarios, aún cuando comparten un objetivo común. En cualquier sociedad moderna, la mayoría tiene múltiples intereses y esos intereses no tienen el mismo orden de prioridades. De allí que las alianzas electorales sean extremadamente frágiles. Hay otra cuestión no menos importante. Arrow demostró la imposibilidad teórica de diseñar un sistema de votación que permita generar una preferencia global de la sociedad a partir de las preferencias individuales de sus miembros. Es decir, el voto, aunque sea mayoritario, nunca puede expresar fielmente la voluntad colectiva. Ergo, el populismo es conceptualmente inviable y termina siendo una estrategia para satisfacer la ambición política y económica de su nomenklatura.

Contrariamente a lo que sugieren los comentarios de Obama, el populismo no es inocuo y, menos aún, benigno. Con el paso del tiempo, la implementación de la solución facilista (que a mediano plazo siempre demuestra no ser una solución) inevitablemente socava las bases políticas que sostienen al líder populista. Éste, al percibir que se acerca su fin sólo tiene una manera de prevenirlo: recurrir al autoritarismo, la conculcación de las libertades individuales, y en el peor de los casos, la guerra. De allí que el daño cultural e institucional del populismo esté directamente relacionado con su duración en el poder. Peña Nieto tiene razón. Quien lo dude que visite Caracas.

 

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