Estados Unidos y el mundo frente al populismo de Trump

Emilio Ocampo

Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso.

Profesor de Finanzas e Historia Económica, Director del Centro de Estudios de Historia Económica y miembro del Comité Académico del Máster de Finanzas de la Universidad del CEMA (UCEMA). Profesor de finanzas en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York (2013-14). Licenciado en Economía UBA (1985) Master of Business Administration (MBA) de la la Universidad de Chicago (1990). Autor de numerosos libros y artículos académicos sobre historia, economía y finanzas.

EL DIARIO.- El populismo finalmente llegó al poder en Estados Unidos. Es una de esas ironías del destino, ya que fue en ese país donde a fines del siglo XIX surgió el primer partido político auto denominado populista. Su plataforma anti-establishment atraía a los pequeños granjeros de los estados del Sur. Pero el partido populista nunca llegó al poder. Luego de las elecciones de 1896 se fusionó con el partido demócrata y desapareció.

En mi definición, el populismo es la solución facilista que impone con su voto la mayoría cuando problemas estructurales abren una brecha entre el ideal al que aspira esa mayoría y la realidad. A esta diferencia la denomino la “brecha de la frustración” y es el ingrediente esencial para que surja el populismo. La solución que propone el líder populista es cerrarla sin costo alguno para quienes lo votan. Es decir, pretende pasarle la factura a alguien que no tiene peso electoral. Las víctimas son los extranjeros o ciertas minorías fácilmente identificables. El discurso populista los convierte en los enemigos del pueblo. De ahí que el nacionalismo barato sea un ingrediente elemental del populismo.La otra ironía del destino es que esta vez el populismo triunfó de mano del partido republicano. Pero eso no debe sorprender. Como decía Ernesto Laclau “el populismo no es una ideología sino una manera de hacer política”. En su opinión, siempre que “los de abajo se consideran como exteriores al sistema y se oponen al sistema como forma establecida, existe el populismo”. Y esta oposición se puede construir y articular desde la derecha o la izquierda. De allí que cualquier lista de líderes populistas incluya a Hitler y Chávez, a Trump y a Perón. Todos ellos supieron interpretar y aprovechar la frustración existente en grandes segmentos del electorado. Su populismo fue idiosincrático y reflejó la realidad socio-cultural en la que surgieron.

En el discurso de Trump los culpables de la decadencia norteamericana son los mexicanos, los chinos y los musulmanes (sean o no ciudadanos norteamericanos). Ahora, siguiendo el manual del kirchnerismo, agregó la prensa libre.

El problema es que quienes supuestamente deben pagar el costo de la solución populista, tarde o temprano logran evadir la cuenta. Entonces el problema estructural original se agrava. Esto dispara a un círculo vicioso que, con el tiempo, contribuye a aumentar la brecha de la frustración. Esto explica por qué, en algunas sociedades como la Argentina, el populismo sea un fenómeno recurrente. Y siempre condenado al fracaso.

En Estados Unidos, el origen de “la brecha de la frustración” que perciben los votantes de Trump tiene raíces diversas. En primer lugar, después de dos décadas de supremacía diplomática y militar indiscutible post caída muro de Berlin, Estados Unidos siente una creciente presión de Rusia y China, que desafían abiertamente su poder. Además, desde 2001 el radicalismo musulmán se ha convertido en una molestia irritante.

Desde el punto de vista económico, la brecha de la frustración en Estados Unidos se explica por varios factores. Primero, el estancamiento de la productividad, que es el factor determinante en el crecimiento económico. Su desaceleración se debe fundamentalmente a la caída de la inversión en capital físico y humano (es decir, en educación y el entrenamiento de la fuerza laboral). A nivel de la economía en su conjunto, la tecnología ha avanzado mucho más rápido que la capacidad de los trabajadores para aplicarla eficientemente. Al mismo tiempo, los ingresos del norteamericano medio han quedado rezagados mientras que los ricos se han vuelto cada vez más ricos. Este grupo votó mayoritariamente a Trump y considera que los principales beneficiarios de la globalización han sido China, India y México. Por ende creen que el proteccionismo es la solución.

Pero en realidad, cerrar la economía soló exacerbará el problema. La absurda guerra comercial que ha iniciado con México tendrá un costo enorme. La construcción de un muro en la frontera de ambos países es un elefante blanco que en nada contribuirá al aumento de la productividad. El abandono del TPP le dará a China una excelente oportunidad para aumentar su influencia en el Sudeste Asiático. Es cierto que la prometida reducción del impuesto a las ganancias de las empresas y la desregulación tendrán un impacto positivo sobre la productividad, pero la primera de estas medidas contribuirá a aumentar el déficit fiscal, que a fines de 2016 alcanzaba el 3,2% del PBI.

Por su demagogia, su chauvinismo, su aversión por la prensa libre, su desprecio por la tradición y las instituciones y su insistencia por seguir manejando negocios hoteleros e inmobiliarios mientras que ocupa la presidencia, Trump se parece a los Kirchner. Esperemos que la sociedad norteamericana tenga anticuerpos más efectivos que los nuestros para neutralizarlo. Caso contrario, el daño será considerable, no sólo para Estados Unidos sino también para el resto del planeta.

Publicado en El Diario.-

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