Los niños decretaron un paro general

Edgardo Zablotsky

Ph.D. en Economía en la Universidad de Chicago. Rector de la Universidad del CEMA. Miembro de la Academia Nacional de Educación. Consejero Académico de Libertad y Progreso.

EL ECONOMISTA – Leyendo la tapa de los diarios, me llamó la atención la noticia del paro general de los niños, decretado por sus delegados sindicales, y demandado en medio de fuertes rabietas.

En declaraciones radiales, un niño de diez años, alineado con una de las agrupaciones de la provincia de Buenos Aires, expresó que “no había otra alternativa que llegar esta instancia dada la falta de respuesta de los adultos frente a su deseo de ir al colegio”.

Una adolescente muy estudiosa repitió en varios medios: “Resulta vergonzoso la falta de respeto a la Constitución, la cual en su artículo 75, inciso 22, incorpora la Convención de los Derechos del Niño”. Frente a la repreguntas de los periodistas, aclaró que “el artículo 28 de dicha Convención reconoce explícitamente el derecho del niño a la educación”.

Ciertos analistas prevén un escenario de crisis de no accederse a los reclamos, pues varias agrupaciones ya han decidido no jugar, muchos menos comer ni irse a la cama cuando sus padres lo requieran por 48 horas, aunque se estima que la medida de fuerza podría extenderse un día más.

En declaraciones extraoficiales surgió la posibilidad de importantes concentraciones de pequeños en las áreas de juego de las plazas, acompañados de sus padres, quienes estarían siendo extorsionados por la amenaza de llorar en horarios de la noche, no respetando un derecho de los padres, como es el justo descanso luego de un día de arduo trabajo. Probablemente la Justicia deberá expedirse frente a las presentaciones ya realizadas en defensa del mencionado derecho.

El conflicto ha escalado en virulencia luego que los reclamos de los niños subieron de tono, al exigir agrupaciones de niños de familia muy humildes el cumplimiento estricto del artículo 28 de la Convención, en cuanto a que el derecho a la educación debe poder ser ejercido en condiciones de igualdad de oportunidades.

¿Cómo es posible hablar de igualdad de oportunidades, se preguntaba una niña muy humilde y esmerada, cuando yo por concurrir a la escuela pública no tengo de nuevo clases por otro paro mientras en otras escuelas los chicos tienen clases? “Cuando sea grande no voy a saber lo mismo que los que tienen clase”, se quejaba mientras tartamudeaba al lloriquear.

No deseo cansar al lector continuando esta mala recreación del pensamiento de los niños frente a otro síntoma de la realidad educativa que vive la Argentina. Tan sólo me pregunto cómo es posible que en un país en el cual los paros y las manifestaciones son cosas de todos los días, nunca he asistido a un paro, o aunque más no sea a una gran marcha, por la educación de nuestros niños en un marco de real igualdad de oportunidades.

Es claro que muchos padres están tan aletargados que no perciben el daño que están sufriendo sus hijos al no recibir una adecuada educación. Como sostenía aquel genio de nuestro tiempo que fue Steve Jobs: “Los padres de los estudiantes han dejado de prestar atención al servicio provisto por las escuelas conforme se fueron burocratizando y los padres tuvieron cada vez un rol menor”.

Los niños no pueden tomar medidas de fuerza en defensa de sus derechos. Si nuestra sociedad no privilegia su derecho a aprender, nuestros niños y adolescentes no tendrán futuro alguno en la sociedad del conocimiento en la cual les tocará desarrollarse y nosotros, los adultos, seremos los únicos responsables.

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