La ingenuidad alrededor del bien común

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Natalia Motyl
Analista económico en

Licenciada en Economía (UBA). Analista económico de Libertad y Progreso.

LA OPINIÓN – Cada vez que algún individuo utiliza el concepto de bien común para asignarle una cualidad a otra persona, se convierte en un sujeto más de la masa, fácilmente manipulable.

Reiteradas veces hemos escuchado mencionar la flamante frase “lo dejó todo por esto” o “se sacrifica por todos”, acompañada de un juicio valorativo de deidad hacia el sujeto en cuestión. Cuán fácilmente manipulable puede llegar a ser una persona cuando se utiliza la errónea preconcepción socialista de “bien común”.

La raíz del mal se halla dentro de las corrientes socialistas que durante mucho tiempo le asignaron al carácter natural del individuo, su egoísmo, una connotación negativa. Dicha connotación desembocó en una horda de individuos que aprovechó la oportunidad para poder manipular a las masas, es decir, a todos aquellos individuos carentes de autonomía e independencia emocional. Productividad fuente del bien común

La naturaleza del individuo es ser egoísta y es completamente favorable que así sea, ya que le da identidad, individualidad y personalidad. La sociedad requiere de individuos bien diferenciados unos de otros, que transformen el devenir de ideas en innovaciones, para luego convertirlas en progreso.

Al final del día todas las acciones son individuales y egoístas, sin embargo, algunas de ellas son puramente económicas y otras no. El entrepeneur que abre un negocio para perseguir un fin netamente económico no es peor persona que el que deja todo lo material y se va a salvar ballenas. Ambos reciben placer y satisfacción por dos actividades distintas.

No hay que colocar la moral para justificar las acciones que son egoístas. Inclusive en la caso extremo, si el individuo sacrifica su vida por el resto, lo hace porque la satisfacción que le provoca entregar su vida por la de los demás es mayor que conservar su existencia. La satisfacción –también llámese placer– que le puede provocar al individuo una determinada acción reside en su naturaleza egoísta. Esa sensación no la siente el resto de los mundanos, sino él mismo, por ende, el egoísmo reside dentro del individuo de forma natural.

Obviamente, a determinados grupos, cuya razón de ser se encuentra en la manipulación de las masas, les es conveniente utilizar como herramienta el concepto de bien común, ya que eso les permite justificar determinados accionares lucrativos a lo largo del tiempo. Reconocer dicho egoísmo sería reconocer que su accionar podría afectar el accionar de otros individuos. Y podría afectar su existencia.

Todos los individuos somos egoístas ya que en nuestro cuerpo no habita nadie más que nosotros, sacando el caso particular de la reproducción. Nuestra existencia y los sentimientos que se generan en nuestro interior nos pertenecen. Esa pertenencia nos vuelve amos de ellos, lo que permite que nuestras acciones sean decididas en la naturaleza egoísta. Si no entendemos eso, probablemente caigamos en alguna manipulación de algún individuo que sí pudo entender perfectamente el carácter egoísta de los seres humanos.

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