El doble estándar de la política internacional

Alberto Medina Méndez

Presidente del Club de la Libertad de Corrientes.

Diario El Litoral – Los prejuicios doctrinarios atraviesan las miradas en función de las preferencias individuales y ajustan las conclusiones a las posturas previamente adoptadas. El problema pasa por no explicitar esos desprecios pretendiendo una imparcialidad argumentativa bastante cínica.
Todos tiene derecho a tener una opinión frente a cualquier incidente internacional. De hecho, esto también sucede respecto de los asuntos domésticos. Lo que resulta inadmisible es apelar a un recurso aparentemente racional para justificar esas visiones sin reconocer que estas nacen desde posicionamientos anteriores al acontecimiento.
Desde una lógica tradicional son las premisas las que conducen hacia las conclusiones en un proceso secuencial. Aquí es donde llama la atención el funcionamiento inverso de esta dinámica. Los lamentables sucesos recientes ocurridos en Medio Oriente son un claro ejemplo de este esquema, igualmente aplicable a otros parecidos.
Mucha gente tiene una posición definida en ese complejo conflicto y termina acusando a un bando de todos los desmadres eximiendo de culpas al otro. Está claro que existe un enorme desconocimiento de la historia y la política, de los intereses geoestratégicos y económicos, como así también de cuestiones étnicas y hasta ancestrales que no se deberían ignorar.
En casi toda América Latina, un enorme porcentaje de la población se declara abiertamente anti – estadounidense. Lo confirman estudios de opinión muy serios. Las razones profundas son variadas. La historia aporta elementos muy concretos. La intromisión en menesteres locales, la participación militar y la sensación de desprecio jugaron un rol monumental.
No menos relevante en este devenir ha sido la eficiente tarea que han llevado a cabo los académicos de la izquierda latinoamericana, quienes diseminaron sus valores en las universidades y en los medios de comunicación logrando darle contenido extra a esa batalla cultural.
Mas allá de los prejuicios, los hechos a veces son tan demoledores que no dejan margen de maniobra alguna para ensayar retorcidas especulaciones o intrincadas formas de visualizarlos. Lo que está mal, está mal, e intentar explicarlo solo deja en falsa escuadra a esos interlocutores que desean pasar inadvertidos disfrazándose de objetivos observadores de la realidad.
Usar varas diferentes según los actores, solo desacredita al portavoz. Cuando, en un trance similar se utiliza idéntico razonamiento queda al desnudo su indisimulable inclinación dilapidando así su prestigio. Amplificar hechos otorgándole una magnitud exagerada mientras se ocultan deliberadamente a otros, solo pone en ridículo a quienes aspiran a ser voceros autorizados y los expone groseramente sin ecuanimidad alguna.
Durante décadas se ha escuchado la tesis que sostiene que ninguna nación debe entrometerse en los asuntos de otras, sin embargo, se avalan ciertas elocuentes injerencias minimizándolas mientras se hacen apasionados planteos soberanos en circunstancias equivalentes. Otro planteo recurrente es la cuestión democrática. Demandan con vehemencia institucionalidad y transparencia, pero sus aliados cometen desatinos sin cuestionamientos.
Va siendo hora de que la gente perciba con claridad el juego que fomentan esos pseudo intelectuales con evidente moral ambigua. Para ellos los culpables son siempre los mismos y las crueldades de sus “amigos”, esos que conducen regímenes dictatoriales, no merecen condena alguna.
No les importa la democracia. Nunca creyeron en ella. Solo la usan como un medio alternativo cuando les favorece para alcanzar el poder. Por eso respaldan cualquier artilugio que los deposite en el lugar que les permite imponer sus ideas por la fuerza. Con esa impronta apoyan denodadamente sistemas teocráticos, violadores seriales de derechos humanos esenciales. No los moviliza ninguna de esas conquistas vitales de la civilización.
Para ellos todo es blanco o negro, amigo o enemigo. Su lógica binaria es lineal y absurda. Los imperios son temibles, siempre que sean los de sus adversarios. El despliegue militar intolerable es el de sus rivales, pero jamás el de sus aliados ideológicos, esos despiadados a los que no se juzgan.
El cambio climático, la defensa del medio ambiente, el indigenismo y la multiculturalidad son meros instrumentos para combatir a sus contrincantes. Ninguna de esas tramas les genera adhesión genuina alguna. De hecho, sus camaradas tendrían mucho que explicarle al mundo entero respecto de sus acciones cotidianas en cada uno de esos tópicos.
Su doble estándar está demasiado a la vista. No les interesa para nada ni la democracia, ni las instituciones. Su meta está totalmente al descubierto. Sería saludable que los incautos no sigan cayendo en estas burdas trampas.
Siempre existirán naciones más admirables y otras más detestables, pero hay que tener cuidado con esa farsa en la que los juicios se reducen a señalar solo lo que esta bien o eventualmente lo que esta mal en esos países. La perfección no forma parte de la naturaleza humana, aunque si es deseable persistir en su permanente búsqueda.
Mantener cierto equilibrio en el que, mas allá de las simpatías, los individuos puedan evaluar a fondo cada situación, siempre con una mirada crítica, pero al mismo tiempo propia, sería un paso trascendental hacia la evolución que tanto se precisa para construir un planeta mejor.
Por Alberto Medina Méndez
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