Seguimos buscando milagros en vez de resolver los problemas.

REVISTA LA VOZ – El gobierno actual confía en que reactivará la economía “poniendo plata en el bolsillo a la gente”. Los recursos para ello surgirían de reestructurar la deuda pública de tal forma de postergar, no sólo el pago de vencimientos de capital, sino el de los intereses por tres o más años. Olvidan que el anterior gobierno contó con recursos crediticios de decenas de miles de millones de dólares y solamente pudo sostener una reactivación que duró desde mediados de 2016 hasta fin de 2017. O sea, con los ahorros que piensa hacer la actual gestión, la reactivación será más moderada y corta aún.

¿Cuál es la salida? Supongamos que soy el carnicero de mi barrio. Un tipo responsable y me levanto temprano a controlar la buena calidad de la carne que me traen. Abro mi negocio en horario y atiendo muy bien a mi clientela; por lo que me gano su confianza y buena plata. Pero un día empiezo a levantarme tarde y, muchas veces, mi ayudante recibe la carne; por lo que nadie controla su calidad. No abro siempre en hora y, a veces, cierro para irme a tomar un café con mis amigos. Seguramente, terminaré perdiendo mi clientela porque dejará de confiar en mi carnicería; por lo que ganaré menos y seré más pobre.

Imaginemos que viene un amigo a proponerme que, para salir adelante, lo que tengo que hacer es poner más dinero en el bolsillo de mi familia. Absurdo. Sin clientes, no tengo plata ni crédito. La solución es preguntarme por qué llegué a esa situación y empezar a recuperar la confianza de mis clientes. Levantándome temprano para controlar la carne que me dejan; abriendo cuando corresponde y cumpliendo con el horario de atención, seguramente logre que los clientes vuelvan y recomienden nuevamente mi negocio. Sólo de esta manera podré mejorar mi nivel de vida.

Si dejamos de lado las soluciones mágicas, la única forma de ponerle verdaderamente “plata en el bolsillo de la gente” es aumentando la confianza en que la Argentina crecerá en forma sostenida. Así lograremos que los argentinos y extranjeros que llevaron sus ahorros fuera de nuestra economía, vuelvan a traerlos. Si alguien saca los dólares que guardó al fondo del placard y los gasta, acaba poniéndole plata a la persona que los recibió en pago. Por otra parte, si los deposita, el banco lo prestará y le pondrá dinero en el bolsillo a quien lo haya pedido para consumir o invertir. Así, se consigue aumentar la demanda total de bienes y servicios haciendo que crezca la economía.

A pesar de lo expuesto, cualquier recuperación es imposible con un Estado elefantiásico que no se puede pagar ni aún con una presión tributaria asfixiante. Lamentablemente si no realizamos las reformas estructurales que nos permitan tener un sector público que los argentinos podamos pagar, terminamos endeudándonos hasta el default o quebrando al Banco Central. El país está en el puesto 21, entre 190, de los que más exprimen con impuestos a sus empresas y la propuesta oficial es seguirles aumentando la presión tributaria. Va a ser difícil que haya cola de gente que quiera invertir en Argentina. Hoy una persona con empleo formal, aunque esté exento de pagar el impuesto a las Ganancias, trabaja alrededor de la mitad del mes para el sector público. ¿Cómo nos sorprende que no pueda mantener a su familia?

Si tomamos cualquiera de los últimos 20 años, más del 40% (y hasta más del 50%) de los argentinos estaba desempleado o en la informalidad o con un seguro de desocupación disfrazado de puesto público o plan asistencial. Nuestra legislación laboral desincentiva la generación de puestos de trabajo y condena de muerte a una PyMe que deba contratar empleados.  Además éstas y los emprendedores se ven asfixiados por más de 69.000 regulaciones; pero, en vez de reducirlas, cada vez se crean más.

Ojalá que el Presidente Alberto Fernández comprenda que, para evitar una futura crisis que podría ser peor que  la del 2002, es necesario avanzar urgente en las reformas estructurales que nos pongan en el camino del progreso. Los países que las encararon, por lo menos triplicaron el poder adquisitivo de sus trabajadores y hoy tienen bajísimos porcentajes de desempleo, pobreza e inflación. Este es el gran premio al que los argentinos podemos aspirar si cambiamos el rumbo de la decadencia.

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