¿Capitalismo o Socialismo?

Por Jorge Bertolino, Economista.

Uno de los debates más interesantes y a la vez más estériles de la actualidad está referido a la organización de la economía mundial post-pandemia. La opinión pública parece inclinarse a considerar las gravísimas consecuencias económicas de la crisis sanitaria como un fracaso del capitalismo y de su aliado principal, la globalización. Parece olvidarse rápidamente el ostensible fracaso, en las últimas décadas, del sistema colectivista de organización social y de los medios de producción, y demandarse más estado y más intervención redistribuidora que incremente lo que, inocentemente, se denomina “estado de bienestar”.

Cuando el presidente Alberto Fernández, declaró recientemente que “hay que revisar el capitalismo”, muchas voces opositoras salieron al cruce de esta opinión, vociferando que los argentinos somos los menos indicados en pretender mostrarle al mundo cual es el mejor camino hacia el éxito económico y la prosperidad de los ciudadanos.

Si bien el sistema capitalista parece no tener rivales en el mundo actual, luego de la caída del Muro de Berlín, es posible, al menos desde un punto de vista teórico, imaginar que existen dos alternativas diferentes, el capitalismo y el socialismo, entre las cuales puede optar la sociedad, a fin de procesar los medios económicos con los cuales satisfacer sus necesidades.

La alternativa colectivista

En el modelo socialista, una junta planificadora, determina de manera centralizada los precios y cantidades que satisfacen las necesidades de compradores y vendedores. La asignación de recursos se realiza en base al cálculo de un sistema de precios sombra, que simulan un óptimo social en el cual, supuestamente, la producción y los ingresos se distribuyen de manera igualitaria.

El conocido modelo de Leontief, muy utilizado en la desaparecida Unión Soviética, representa la economía en forma de matrices. Más específicamente, una matriz de producción y una matriz de factores productivos. La técnica utilizada para obtener los precios y cantidades de equilibrio utiliza el supuesto de beneficio cero. Esto último es posible debido a la inexistencia de lucro privado, dada la propiedad colectiva de los medios de producción.

Un algoritmo minimiza los costos y luego obtiene las demandas finales y los precios de equilibrio. A partir de estos datos, es posible planificar el funcionamiento de la economía durante todo el año o, como era usual en el régimen mencionado anteriormente, mediante planes quinquenales.

Los objetivos de producción así obtenidos, debían respetarse minuciosamente en todo el período indicado. Los incumplimientos solían otorgar el mote de enemigo de la revolución y se premiaban con unas largas vacaciones de reeducación en escuelas especiales en las lejanas estepas siberianas.

El capitalismo

En el modelo de libre mercado, los precios y cantidades se determinan de manera descentralizada, mediante el accionar individual de millones de “agentes económicos”. Consumidores y productores, actuando en su propio interés, disputan a diario en los mercados, hasta que estos alcanzan el equilibrio en una suerte de subasta que agota los excedentes de oferta y demanda.

Un modelo abstracto, denominado de “competencia perfecta”, permite predecir el comportamiento del mercado de cada producto o servicio, y es utilizado para analizar el movimiento de los precios y las cantidades, tanto gráfica como matemáticamente.  Es posible demostrar que los recursos de la economía se asignarán, de esta manera, a sus usos más eficientes. Trasladados los resultados obtenidos a la Teoría del Bienestar, se comprueba que se obtiene una optimización de la producción, dados los recursos existentes, y una consecuente maximización del goce y beneficio que obtiene de ella la sociedad.

Sería bueno rescatar la idea con la que el Ingeniero Alsogaray insistía permanentemente: “el postulado de la tendencia”. La competencia perfecta no existe, decía, y nunca existirá. La tarea del estadista es ir eliminando una a una las infinitas distorsiones que impiden la competencia. Esta maraña de regulaciones, reservas de mercado, elección de ganadores y perdedores, exceso de tributación y gasto público, entre otras, alejan la economía del modelo competitivo, impidiendo la eficiente asignación de recursos que permitiría maximizar el bienestar de la población. Inteligentemente, proponía tender permanentemente hacia la competencia, con una acción decidida en pos de menguar el intervencionismo estatal y aumentar paralelamente el espacio de actuación individual para permitir la cooperación social voluntaria.

Estas opiniones deben ser matizadas y complementadas con la afirmación de Hayek respecto a la tarea aproximativa y tendencial que deben tener las predicciones de lo que él denomina “la buena ciencia económica”. Siempre criticó, y pocas veces fue comprendido, el exceso de formalismo y la pretensión de exactitud, algunas veces rayana en la locura, de algunos modelos excesivamente matemáticos, a los que consideraba “fatalmente arrogantes”.

Cuál de los dos modelos es mejor? 

Algunos autores describen la superioridad del mercado respecto a la planificación central aduciendo que una junta planificadora nunca podrá disponer de toda la información económica necesaria, que se encuentra dispersa en la mente de millones de personas, que interactúan libremente en el mercado día a día.

Si fuera posible, mediante la ingeniería social y la planificación centralizada, poder reemplazar la acción de coordinación que impersonalmente realiza el mercado, todavía subsiste el gravísimo inconveniente de que el sistema de precios es un organismo vivo, en constante cambio y mutación. Las modificaciones en las funciones “implícitas” de producción y consumo que existen en la mente de las personas varían cada segundo, a medida que incorporan nueva información y descubren nuevas oportunidades de mejora en su situación microeconómica, decidiendo cambios minúsculos, inasibles para la ciencia estadística.

Si es imposible modelar informáticamente el comportamiento de un solo “agente económico”, hacerlo con la agregación de millones de ellos supone una tarea a la que la ciencia aún dista mucho de poder alcanzar.

Es necesario tanto esfuerzo, cálculo económico y poder informático para suplir lo que tan fácil y gratuitamente realiza el mercado en una economía libre, que la discusión ni siquiera debería existir. Es más, al decir de Hayek, la planificación central es imposible, porque sin mercados libres no hay precios, y sin ellos no hay manera de asignar prioridades de producción a los diversos bienes con los cuales satisfacer las necesidades de los consumidores.

Un sistema de planificación central muy potente, con bases de datos muy amplias, hubiera podido determinar, por ejemplo, en 1990, cuántas sucursales de Blockbuster serían necesarias para atender eficientemente la demanda de los consumidores y planificar su apertura año tras año y década tras década.

Puede el lector preguntarse y responderse rápidamente a si mismo cuál es el grado de probabilidad de que la computadora más potente y el programa más “inteligente” tienen de haber “imaginado” la fulminante aparición de Netflix y la ruina de Blockbuster.

Bendito capitalismo!!! 

Como respuesta a la afirmación de Hayek respecto a la imposibilidad teórica de la existencia del socialismo, surgió el movimiento en pos del establecimiento del “socialismo de mercado”.  En él se “permite” la competencia en el consumo, a fin de establecer los precios finales, que luego serán usados para el cálculo de las necesidades de bienes de producción, materias primas y bienes intermedios.

En su escrito “La tendencia del pensamiento económico”, hace casi un siglo, en pleno auge del keynesianismo, el estatismo y el intervencionismo, predijo que el mundo, si no cambiaba la ideología dominante, se dirigía “camino a la servidumbre”.

Sus palabras fueron ignoradas, pues eran totalmente ajenas al tronco central de la ciencia económica dominante en la época. Sin embargo, aunque no está disponible el escenario contra-fáctico, que permitiera mostrar cómo hubiera evolucionado la economía mundial en un ambiente de verdadera libertad económica y ausencia de planificación, si es visible el resultado de la aplicación de una mezcla de ambos sistemas, que es lo que predomina claramente en la actualidad.

Tras el fracaso del socialismo de mercado, el avance colectivista fue sigiloso y disimulado. La creación de diferentes instituciones legales de carácter intervencionista, con el pretexto de corregir las “fallas de mercado”, fueron alejando la realidad de los mercados libres y extensos hacia un dirigismo populista, que siempre deja caer algunas migajas hacia los sectores populares, a fin de “comprar su voto” en las elecciones. El objetivo no declarado es esclavizar bajo el yugo de la nueva realeza, la corporación política, al ingenuo creyente en la bondad y superioridad moral de la justicia social y la redistribución de los ingresos.

La creación de los Bancos Centrales y los encajes fraccionarios, la irrigación permanente de artificiales facilidades  crediticias y la invención de la nefasta figura del “prestamista de última instancia” y del “demasiado grande para caer”, ha empeorado la situación, puesto que, además de impedir el crecimiento sano y natural de la economía mundial, lo estimula arbitraria y transitoriamente,  concentrándolo en aquellos países que primero supieron elegir el camino de la libertad económica y la frugalidad fiscal, dejando en el camino a los que desean alcanzar los niveles de vida del primer mundo, que no logran acceder a la “convergencia” que predicen los modelos clásicos porque los países dominantes le corren el arco, disminuyendo la competencia y aumentando el proteccionismo.

Además, ingenuamente, los países pobres desean emular lo que hacen los países ricos una vez que alcanzaron el desarrollo. Es lógico advertir que la emulación debería dirigirse a copiar lo que hicieron para llegar donde están ahora, en lugar de lo que ahora hacen para permanecer allí.

Pero esto no es lo peor. Lo más grave es que los excesos monetarios y financieros de Occidente, para financiar el intervencionismo y el gasto estatal, ha generado una ola de pensamiento antiliberal que oculta el verdadero origen de las desigualdades intra e inter estados, y asigna al “neoliberalismo financiero” la culpa de todos los males.

Es así que la población mundial no clama por más libertad sino por más colectivismo, no pide más globalización sino más autarquía. Cada día que pasa es más profunda la fosa que cavan los que por ideología o estupidez quieren enterrar el capitalismo y resucitar el moribundo “estado de bienestar”.

La verdadera incógnita es cuánto tiempo persistirá el engaño y cuándo caerá el velo que esconde la verdadera naturaleza regresiva de la ayuda y la intervención del estado en favor de los más pobres y necesitados.

La dinámica progresista del capitalismo y la globalización es tan potente que su parcial desnaturalización, introducida por la tendencia al intervencionismo estatal, no ha hecho más que retrasar, pero no impedir, el crecimiento económico y el avance de la clase media, que es una “invención” del capitalismo.

Antes de su aparición, hace 250 años, en todo el mundo prevaleció durante siglos la pobreza. Sólo una pequeñísima minoría vivía en la abundancia, mientras más del 90 % de la población subsistía a duras penas en una situación verdaderamente injusta, con hambrunas, miseria y desolación.

Desde entonces, millones de seres humanos pudieron ingresar al mundo del consumo y el trabajo en condiciones razonables de seguridad e ingresos. La miopía de muchos y el adoctrinamiento de algunos otros, impiden a veces advertir quien es el gestor de estos “bienes” y cuáles son los factores que aminoraron su éxito, generando muchos de los “males” actuales.

La insólita consigna de “derribar el capitalismo y la globalización” será ejecutada, aparentemente, de manera gradual. La receta será incrementar, aún más, la intervención estatal y cerrar aún más el comercio entre países. En esto sí tiene razón el presidente Fernández. El camino es erróneo. Hay que hacerlo más abierto y más competitivo, aunque no somos los argentinos los maestros, sino que debiéramos bajar el ego y escuchar en lugar de hablar. Nuestro papel es el de alumnos. Debemos aprender lo que otros países hicieron para progresar y recién entonces podremos pensar en dar lecciones sobre como reformar mejor el capitalismo.

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