La filosofía política de Jorge Luis Borges

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Martín Krause

Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso.
Doctor en Administración por la Universidad Católica de La Plata y Profesor Titular de Economía de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA. Sus investigaciones han sido recogidas internacionalmente y ha publicado libros y artículos científicos y de divulgación. Se ha desempeñado como Rector de ESEADE y como consultor para la University of Manchester, Konrad Adenauer Stiftung, OEA, BID y G7Group, Inc. Ha recibido premios y becas, entre las que se destacan la Eisenhower Exchange Fellowship y el Freedom Project de la John Templeton Foundation.

Borges y  la política han dado mucho que hablar, pero la atención que sus opiniones generaran se ha centrado generalmente en la anécdota de aquél personaje que poca atención le prestaba a las noticias diarias, y que basaba buena parte de su consideración en criterios estéticos, y particularmente épicos: desde su admiración por los militares patrios y su lucha por la independencia y libertad argentinas hasta su afiliación al Partido Conservador porque sólo los caballeros se suman a las causas perdidas.

Lamentablemente estas opiniones políticas le costaron el premio Nobel[1], negado por quienes prefirieron dar prioridad en la entrega de un premio literario a lo “políticamente correcto” en lugar de lo literariamente extraordinario.

Sin embargo, y pese a que pueden encontrarse en su historia decisiones y opiniones políticas diversas, y hasta contrapuestas, es opinión de quien escribe que existe una clara filosofía política en Borges, consistente y reconocida, la que se mantuvo durante el transcurso de su larga vida sin modificaciones y es intención de este artículo presentarla.  ¿Cómo puede una filosofía política consistente llevar a decisiones políticas que no lo son e incluso algunas contradijeran a esa misma filosofía? La respuesta que se propone es que si la primera era consistente las segundas se basaban en esos otros criterios que las llevaron, lamentablemente, a diferir de los principios.

Los elementos centrales de la filosofía política de Borges se ajustan en forma muy clara a principios filosóficos asociados con el liberalismo clásico e incluso con un sesgo de lo que ahora se ha dado en llamar “libertarianismo”, el que, a diferencia del primero, no propone un Estado limitado sino que cuestiona hasta su misma existencia sin que esto signifique caer en el anarquismo, entendido éste como “ausencia de normas”. Algo más cercano a lo que ahora suele denominarse “anarco-capitalismo”,  que propone la eliminación del “monopolio” del Estado y la provisión de sus servicios en competencia. Estos elementos son los siguientes:

Libre albedrío e individualismo

Sorprendía a muchos el escepticismo de Borges sobre la existencia del libre albedrío, sin el cual no podría haber moral ni libertad individual, pero esto nunca significó que cayera por eso en las redes del determinismo. Su posición podría sintetizarse de la siguiente forma: el ser humano no existe fuera de las relaciones causa-efecto que rigen el Universo; está determinado por ellas, pero le resulta imposible saber qué es lo que lo determina entre las innumerables causas existentes. En sus palabras:

“Uno siente que el Universo responde a un dibujo. Las cosas no son absolutamente arbitrarias: hay cuatro estaciones, nuestra vida va pasando por etapas: nacimiento, niñez, juventud… Podrían ser indicios de que hay una trama, de que este mundo no es caótico sino laberíntico. Es como el libre albedrío. Posiblemente no exista, pero uno no puede pensar que en este momento no es libre, ¿no?”[2]

Y también:

“… si me dicen que todo mi pasado ha sido fatal, ha sido obligatorio, no me importa; pero si me dicen que yo, en este momento, no puedo obrar con libertad, me desespero”[3]

Esta capacidad de accionar libremente se complementa en Borges con lo que en las ciencias sociales se denomina individualismo metodológico, el cual basa todo su análisis en la acción humana que no puede ser sino individual y descarta de plano la “hipóstasis” de ciertos conceptos; es decir, hacer sujetos de existencia real a ideas tales como “la sociedad”, “el pueblo”, “la nación”, “la clase obrera” y otros:

“…la muchedumbre es una entidad ficticia, lo que realmente existe es cada individuo”[4]

“Yo creo que solo existen los individuos: todo lo demás, las naciones y las clases sociales son meras comodidades intelectuales”[5]

“Las masas son una entidad abstracta y posiblemente irreal. Suponer la existencia de la masa es como suponer que todas las personas cuyo nombre empieza con la letra ‘b’ forman una sociedad”[6]

Inclusive tiene una página literaria específica sobre el tema, “Tú”, que comienza:

“Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos importante que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anoche soñaste”[7]

Este enfoque se extiende a su idea de “patria”, más venerada por Borges por la epopeya histórica que como concepto social de “nación”. Así, en la “Elegía de la Patria” culmina:

“Cifras rojas de los aniversarios,

Pompas de mármol, arduos monumentos,

Pompas de la palabra, parlamentos,

Centenarios y sesquicentenarios,

Son la ceniza apenas, la soflama

De los vestigios de esa antigua llama”[8]

Patria, País, Estado

Borges tuvo muchas patrias, si bien nunca pensó en desprenderse de ésta, llevando la concepción individualista también a este campo. Le preguntan:

“¿Cuántas Argentinas hay? ¿Más de una?”,  y contesta

“Muchas, tantas como individuos. Los países son falsos, los individuos quizás no lo sean –si es que el individuo es el mismo al cabo de muchos años”[9]

Gustaba de “coleccionar” patrias (Argentina, Uruguay, Suiza, Inglaterra, entre otras) y descreía de las fronteras y los países:

“Desdichadamente para los hombres, el planeta ha sido parcelado en países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de una mitología particular, de derechos, de agravios, de fronteras, de banderas, de escudos y mapas. Mientras dure este arbitrario estado de cosas, serán inevitables las guerras.”[10]

“Soy un cosmopolita que atraviesa fronteras porque no le gustan”.[11]

El libre albedrío y el individualismo le permitían desplegar una preocupación ética, individualista, como no puede ser de otra forma:

“… creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo la suma de las conductas depende de cada individuo”.[12]

Y al pretender buscar lo máximo de individuo inevitablemente chocaba contra el Estado, del que descreía profundamente

“El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes”.[13]

“…se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y no que todo ‘quede abandonado al caos, o a circunstancias individuales’; y se llega al nazismo o al comunismo, claro. Toda idea empieza siendo una hermosa posibilidad, y luego, bueno, cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión”. [14]

Sin por ello dejar de ser optimista, pensando que algún día esos Estados ya no existirían más. Pregunta el personaje Eudoro Acevedo:

“¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”.[15]

Y dice Borges:

“…para mí el Estado es el enemigo común ahora; yo querría –eso lo he dicho muchas veces- un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero, quizá sea preciso esperar… no sé si algunos decenios o siglos –lo cual históricamente no es nada-, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética, y además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir, por eso estoy de acuerdo con la frase: ‘Yo creo dogmáticamente en el progreso’.”[16]

“Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”.[17]

Política y democracia

El descreimiento del Estado no podía sino estar acompañado por una baja consideración de la política, algo que comparten muchos de los argentinos de hoy. Le dicen que no tiene una buena opinión de los políticos, y contesta:

“No. En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad… La profesión de los políticos es mentir. Es caso de un rey es distinto, un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no, , un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles,  a los actos oficiales, a las fechas patrias”. [18]

“Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dicen lo que esperan que diga. En el caso de una discurso político los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa”. [19]

“…yo diría que los políticos vendrían a ser los últimos plagiarios, los últimos discípulos de los escritores. Pero, generalmente con un siglo de atraso, o un poco más también, sí. Porque todo lo que se llama actualidad es realmente… y, es un museo, usualmente arcaico. Ahora estamos todos embelesados con la democracia; bueno, todo eso nos lleva a Paine, a Jefferson, a aquello que pudo ser una pasión cuando Walt Whitman escribió sus Hojas de Hierba. Año de 1855. Todo eso es la actualidad; de modo que los políticos serían lectores atrasados, ¿no?, lectores anticuados, lectores de viejas bibliotecas”.[20]

Su acendrado individualismo lo llevaba hasta dudar de la posibilidad de la representación, y de la misma democracia, pero no por promover las dictaduras o las monarquías sino porque pensaba que lo importante no eran los sistemas políticos sino los individuos y sus valores. Abordando literariamente lo que en economía se llama “teoría de la agencia”, la que trata sobre el problema de fondo que se presenta entre el contratante y el contratado, el representante y el representado, teniendo en cuenta que por definición han de tener cada uno sus propios intereses, plantea el dilema fundamental de la representación. Un grupo de personas se propone organizar un Congreso que represente a toda la humanidad:

“Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelanda?”[21]

Es la misma opinión que se encuentra en la obra magna del economista austriaco Ludwig von Mises (La Acción Humana), respecto a las acciones individuales y a la pertenencia de un individuo a muy diferentes grupos.

La opinión de Borges sobre la democracia más citada es: “Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”.[22] Nuevamente, creyendo más en los individuos que en los gobiernos:

“Tengo la sospecha de que la forma de gobierno es muy poco importante, de que lo importante es el país. Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos”.[23]

Borges libertario

En sus propias palabras, Borges se consideraba un anarquista, si bien pacífico: “actualmente yo me definiría como un inofensivo anarquista; es decir un hombre que quiere un mínimo de gobierno y un máximo de individuo”.[24]

“Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados”.[25]

Pero esa definición de “anarquista pacífico” era presentada para diferenciarse del anarquismo violento de fines del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad, su posición sería clasificada como de “libertario”, ya que el ideal de su admirado Spencer ha sido recreado en este siglo por pensadores que sostienen la idea de un Estado pequeño y limitado, tal el caso de los filósofos Karl Popper y Robert Nozick y los economistas Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek o Milton Friedman; y también una variante que incluso cuestiona el monopolio de la fuerza de ese Estado aunque sea mínimo, tal el caso de Murray Rothbard o David Friedman.

El diccionario define la anarquía como “falta de todo gobierno en un estado”, o “desorden, confusión, por ausencia o flaqueza de la autoridad política”. Teniendo en cuenta esto, Borges no sería estrictamente “anarquista” si interpretamos el término como el que pretende la falta completa de normas y orden, sino un “libertario”, palabra que define actualmente a un rango amplio de posiciones como las mencionadas antes.

Dicha filosofía política coloca a Borges a contrapelo de la sociedad argentina, la que ante la bancarrota del Estado demanda más acciones de su parte. Borges pensaba que el argentino es contradictoriamente individualista:

“El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar; porque el valor cifrado en aquel por las tradiciones orales no está al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”.[26]

Pero un individuo contradictorio porque demanda del Estado servicios “suizos” sin estar dispuesto a pagar impuestos “suizos”. El espíritu del gaucho ha cambiado, porque éste era rebelde y no demandaba ni esperaba nada del Estado, solamente que lo dejara tranquilo. El gaucho estaba más cerca del pensamiento político borgiano de lo que está el ciudadano argentino de hoy.


 

[2] Pilar Bravo y Mario Paoletti, Borges Verbal (Buenos Aires: Emecé, 1999), p. 179.

[3] Ibid, p. 152.

[4] Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1985), p. 36.

[5] Revista Siete Días (Buenos Aires, 23 de Abril de 1973, año VI, № 310, pp. 55-59, en Fernando Mateo, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997).

[6] Bravo y Paoletti, Borges Verbal, p. 126.

[7] “El Oro de los Tigres”, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires: Emecé Editores, 1996), p. 489.

[8] “La Moneda de Hierro”, Obras Completas, Tomo II, p. 129.

[9] Revista Ambiente (Buenos Aires, Febrero de 1984), pp. 27-32, en Mateo, El Otro Borges (op. cit.).

[10] Bravo y Paoletti, Borges Verbal, p. 147.

[11] La Gaceta del Fondo de Cultura Económica (México, № 8, Agosto de 1986), p. 92 en Mateo, El Otro Borges (op. cit).

[12] Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, Reencuentro: Diálogos Inéditos (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1999), p. 157.

[13] “Nuestro pobre individualismo”, en Obras Completas II (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 37.

[14] Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, En Diálogo II (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998), p. 207.

[15] “El Libro de Arena”, Obras Completas, Tomo III (Barcelona, Emecé Editores, 1996), p. 55.

[16] Borges y Ferrari, En Diálogo I, p. 220.

[17] “El Informe de Brodie”, Obras Completas II, p. 399.

[18] Roberto Alifano, El humor de Borges (Buenos Aires: Proa, 1995), pp. 132-33.

[19] Diálogos Borges-Sábato, compaginados por Orlando Barone (Buenos Aires: Emecé Editores, 1976), p. 75.

[20] Borges y Ferrari, En Diálogo II, p. 129.

[21] Obras completas, tomo III, p. 24.

[22] Ibid., p. 121

[23] Fernando Sorrentino, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (Buenos Aires: El Ateneo, 1996), p. 119.

[24] Borges y Ferrari, En Diálogo I, p. 59.

[25] Entrevista con Vicente Zito Lima, Revista Semana Gráfica (Buenos Aires, 12 de marzo de 1971), pp. 42-45, en Mateo, El Otro Borges (op. cit.).

[26] “Evaristo Carriego”, Obras Completas I (Barcelona: Emecé Editores, 1996, p. 162.

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