La Crisis de la Eurozona y la Decadencia de Occidente

Miembro del Consejo Académico de Libertad y Progreso

 

El mundo desarrollado está en crisis, de eso no hay duda. Desde principios de 2008, y con un breve período de bonanza durante el 2009, los bruscos vaivenes de los mercados han sido fiel termómetro de esa crisis. Para muchos en Europa, especialmente los más jóvenes, la turbulencia financiera es una experiencia nueva. La sensación generalizada en la opinión pública es de fatiga asociada a un deseo de que la crisis se termine de una buena vez aunque signifique que alguno o más países salgan de la eurozona.

Hoy Grecia nos mantiene en vilo con sus problemas políticos y económicos. Pero Grecia es sólo la punta del iceberg. Los mismos problemas aquejan a Estados Unidos y Europa: el endeudamiento excesivo y el envejecimiento de su población. El problema de la deuda no es sólo a nivel público sino también de las familias, las empresas y los bancos. En Europa la crisis de la deuda a su vez ha provocado una crisis política que no parece tener una solución indolora. El proyecto de la eurozona probablemente no sobrevivirá en su conformación actual. No se trata solamente de los países del sur de Europa sino también de las grandes potencias europeas. Francia acaba de anunciar un presupuesto de austeridad para mantener su rating AAA. El Reino Unido, que observa con cierta superioridad los problemas del continente, enfrenta una situación de déficit fiscal y de endeudamiento preocupante. Sin un aumento en los impuestos o reducciones drásticas en el gasto, la trayectoria de las finanzas públicas de Reino Unido es insostenible. Además, a nivel individual los ingleses han acumulado una deuda de 2,4 billones de dólares lo que equivale prácticamente al PBI del Reino Unido. Como bien señalan los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff en su libro “This time is different”, el problema es que en momentos de crisis la deuda privada muchas veces termina siendo estatizada.

Luego de casi tres años de crisis, vale la pena entonces abstraernos un poco de la coyuntura y preguntarnos cuales son sus consecuencias de mediano y largo plazo. Es decir, tomar una perspectiva histórica. Hace una semana, el New York Times publicó un artículo del historiador inglés Paul Kennedy que justamente busca responder ese interrogante. Kennedy es profesor en la Universidad de Yale y autor del best-seller “The Rise and Fall of the Great Powers”, publicado en 1987. En este libro analiza el auge y la declinación de las grandes potencias desde 1500. Kennedy fue de los primeros en sostener que Estados Unidos se encontraba en esa situación. Cinco años después en “Preparing for the twenty first century” Kennedy planteó un futuro bastante desalentador en el que una serie de cambios globales (la explosión demográfica, la globalización financiera, la transformación de la agricultura y la destrucción del medio ambiente) debilitarán por igual a todas las naciones y empobrecerán a la mayoría de la humanidad.

En el artículo que nos concierne, Kennedy argumenta que aunque no nos demos cuenta estamos entrando a una nueva era, “un hito, un momento trascendental, el instante en el que las actividades y circunstancias humanas atraviesan la línea divisoria que separa una época de la siguiente.” Según Kennedy nadie que viviera en 1480 hubiera podido reconocer el mundo de 1530. Y tampoco nadie viviendo en Inglaterra en 1750 hubiera podido imaginarse el impacto que tendría la revolución industrial 50 años más tarde.

Cuatro factores supuestamente indican que estamos llegando a ese “momento trascendental” y que el mundo en 2030 será muy diferente al actual. Primero, debido a la declinación inexorable del dólar como moneda de reserva (y consecuente pérdida de poder de Estados Unidos). En segundo lugar por “la erosión y la parálisis del proyecto europeo” del que somos testigos todos los días. El tercer factor que resalta Kennedy es la carrera armamentista que se ha desatado en el sudeste asiático (fundamentalmente en China, pero también en Corea, Australia, India, Indonesia). Según un informe del Departamento de Defensa de Estados Unidos entre 2000 y 2009 la tasa de crecimiento anual de los gastos militares en China fue de 11.8% en términos reales mientras que el PBI creció al 9,6%. Aunque el presupuesto militar chino es sólo el 20% del presupuesto norteamericano es el segundo en importancia en el planeta (160.000 millones de dólares). El cuarto factor que preocupa a Kennedy es la irrelevancia creciente de las Naciones Unidas como organismo para mediar en los conflictos que aquejan al mundo. Para este historiador es como si estuviéramos de vuelta en 1500, saliendo de la Edad Media hacia el mundo moderno. La crisis del 2008 reforzó su opinión sobre la decadencia norteamericana. Para Kennedy el mundo se está moviendo hacia un esquema multipolar, en el que Estados Unidos, aunque cada vez menos, todavía ejercerá mucho poder.

Parecería que los historiadores ingleses, siguiendo una tradición iniciada por Arnold J. Toynbee, han encontrado un nicho en el análisis de la decadencia de Occidente. Desde el púlpito de prestigiosas universidades de Estados Unidos estos últimos años se han estado pronunciando sobre el colapso del esquema de poder geopolítico y económico que ha dominado al mundo en los últimos 300 años. Además de Kennedy se destacan Ian Morris (Stanford) y Niall Ferguson (Harvard), que recientemente han publicado sendos libros sobre el tema. Ambos coinciden en la conclusión pero siguen una metodología distinta. Ferguson analiza sólo los últimos quinientos años mientras que Morris se remonta a casi a 15.000 años atrás. Ambos historiadores también destacan que hace quinientos años China era la nación más civilizada y más avanzada del planeta.

Según Ferguson, el fin de la supremacía de Occidente es la gran noticia de nuestro tiempo. La tesis de su libro “Civilization: The West and the Rest” es que Asia ha adoptado las costumbres, instituciones y avances tecnológicos (a las que denomina “killer apps”) que sostuvieron el desarrollo de Occidente durante los últimos cinco siglos. Sin embargo no está totalmente convencido de que China sea “el futuro”. Considera que el talón de Aquiles de los chinos es la ausencia de una democracia representativa y de instituciones que protejan los derechos de propiedad. Por su parte, en “Why the West Rules – For Now”, Morris sostiene que estamos viviendo la mayor transferencia de riqueza, poder y prestigio desde que la revolución industrial catapultó a Europa occidental a una posición dominante en la economía mundial. Este cambio es inexorable y favorece a Oriente. En opinión de Morris, los próximos cuarenta años serán los más importantes en la historia de la humanidad.

La crisis de la eurozona es un hito en este proceso. Es algo irónico que hace exactamente un siglo, en octubre de 1911 China fue sacudida por una revolución que puso fin a la dinastía Qing e inauguró la moderna república china. Esta revolución, que inició un período de cinco décadas de violencia e inestabilidad política, fue en parte provocada por un excesivo endeudamiento externo (que Mao terminó repudiando en 1949). Europa era entonces el principal acreedor de China. Cien años más tarde es Europa la que está sobre endeudada y la que le pide ayuda financiera a China para salvar al euro. Los chinos probablemente accederán a este pedido luego de extraer condiciones muy favorables. La cuestión es si a Europa le conviene hipotecar su futuro o arreglárselas con sus propios recursos, pero eso es tema para otro artículo. ¿Y Argentina? En el siglo XX nuestro país navegó con poco éxito la transferencia de poder de Gran Bretaña a Estados Unidos.

Para Morris la verdadera cuestión no es Occidente versus Oriente, una dicotomía que pronto perderá sentido, sino como vamos a resolver los enormes problemas que enfrenta la humanidad. Coincide con Kennedy en que estamos entrando a una nueva era. Pero los factores que le preocupan no son los mismos. Según Morris, el principal desafío que enfrentamos es como lidiar con la proliferación nuclear, el crecimiento de la población, las epidemias globales y el cambio climático. Y sólo podremos superar este desafío si existe cooperación y coordinación entre Oriente y Occidente.

*Publicado en La Nación.
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin