La relación entre el trabajo y el capital en la tradición de la Iglesia

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Manuel Solanet
Director de Políticas Públicas en Libertad y Progreso

Manuel A. Solanet

Academia del Plata

Debo agradecer profundamente la generosidad  de los señores académicos que me propusieron y aceptaron mi incorporación en esta prestigiosa  institución.  Por ella han pasado y hoy pertenecen, hombres y mujeres que son portadores de cultura, intelectualidad y son ejemplo de los valores de la patria y del catolicismo. Debo agradecer a mi familia y muy particularmente a mi mujer que acompaña y alienta mis tiempos académicos.

 La incorporación a la Academia del Plata tiene en mi caso una significación especial. Mi bisabuelo José Manuel Estrada fue uno de sus iniciadores y han continuado ese camino mis tíos Santiago, José María y Liniers.

La vida de José Manuel Estrada llevó el signo de las conductas ejemplares. Fue la de aquellos que guían sus actos por  principios de los que no se apartan frente a las demandas de la vida material o del poder.  Su actuación pública respondió al amor a su país y a la Fe que abrazó con el fervor de la santidad.

La conferencia de incorporación de Fernando de Estrada, tres años atrás, referida a la figura y al legado de nuestro común bisabuelo José Manuel, fue a tal punto comprehensiva y brillante que me convenció de no intentar emularla en esta oportunidad. También lo fue la de nuestro primo Enrique del Carril en su presentación en la Academia del Plata de Córdoba. No quiero sin embargo dejar de rendirle homenaje a José Manuel Estrada y al grupo de ilustres prohombres que construyeron esta corporación.

Al incorporarme a esta Academia ocuparé el sitial Jose María de Estrada. Mi satisfacción es doble en este caso. Me unen a José María lazos afectivos y familiares. Fue un tío muy querido. Fue mi padrino de Confirmación.

José María de Estrada fue un hombre de Fe. Sus valores morales trascendían hacia los demás con la fuerza de quien no necesitaba destacarlos. Era la antítesis de la altisonancia pero sus palabras eran para nosotros la verdad indiscutible.

José María Estrada nació el 5 de febrero de 1915. Se graduó de Doctor en Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Desarrolló una extensa e intensa actividad docente. Fue profesor en la Escuela Industrial de la Nación, en el Colegio Nacional Bernardino Rivadavia, en el Instituto Nacional de Profesorado Secundario, en la Escuela Argentina Modelo, la Escuela Superior de Guerra, el Instituto Católico de Cultura, la Facultad de Filosofía de la Universidad del Salvador, las facultades de Ciencias Económicas y de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y la de Humanidades de La Plata. En la Universidad Católica fue profesor en las facultades de Letras, Derecho y Economía.

Desde muy joven manifestó su vocación por transmitir sus convicciones y por participar en centros de pensamiento. Antes de los veinte años actuaba en los Cursos de Cultura Católica en los que cultivó amistades que luego llevó a lo largo de su vida. A los 24 años era secretario de redacción de Sol y Luna, la revista libro dirigida por Ignacio Anzoátegui y Juan Carlos Goyeneche. Revisando aquellos ejemplares encontramos valiosas contribuciones de Paul Claudel, José María Pemán, Hilaire Belloc, Octavio Derisi, Marcelo Sanchez Sorondo, Máximo Etchecopar, Cosme Beccar Varela, Alberto Espezel y muchos otros. Y también de José María, que además publicaba sus poesías. Entre ellas “Eneas” en la que hace discurrir al héroe troyano sobre el dolor y el infortunio antes de la venida de Jesus. O “El Instante” en donde medita sobre la inevitabilidad del transcurso del tiempo y pide a Dios detenerlo en los buenos momentos.

Escribió varios libros. Mencionaré La Esencia del Arte (1944), La vida y el Tiempo (1947) que fue segundo premio Municipal de Literatura; Breve Introducción a la Metafísica (1948); Filosofía del Tiempo (1955); El legado del nacionalismo (1956), Ensayo de Antropología Filosófica (1958), y Breve estética filosófica (1980).

Fue Director de Bibliotecas Públicas y Publicaciones Municipales y de la Dirección Nacional de Migraciones. Fue Secretario del Instituto de Filosofía de la Universidad de la Plata, Vicedecano de la Facultad de Psicología de la Universidad del Salvador, miembro honorario de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares.

También escribió numerosos artículos en diferentes revistas y periódicos, y dio gran cantidad de conferencias.

Recibió el Premio Konex en 1986 en la categoría Estética y Teoría del Arte.

José María Estrada fue un hombre afable, generoso y entregado a los demás. Se decía de él que tenía muchísimos amigos pero ningún enemigo. Su vocación por el saber carecía de egoísmo o de autoexaltación. Por eso que enseñar fue su principal empeño, aunque ello implicara el sacrificio material que esa vocación significa en la Argentina. Puedo referirme a muchos casos pero me remito a relatar uno del que fui beneficiario. Fui enviado a examen en la materia Lógica en el último año de mi bachillerato. Era la primera vez que eso me sucedía. Preocupado por mi ingreso a Ingeniería no me entendía con esa materia.  Corrí a pedir ayuda a José María. Con enorme paciencia y generosidad, en las mañanas durante dos semanas, junto con un compañero que compartía mi problema, como un padre abnegado nos enseñó la materia y superamos el examen con una muy buena nota.

Eran proverbiales sus distracciones. Su mente discurría rápidamente por temas filosóficos, pero en su falta de apego por las cosas materiales frecuentemente olvidaba donde había dejado estacionado su automóvil.

Con la ayuda de Olguita, su extraordinaria mujer, criaron, y muy bien, sus ocho hijas mujeres. Un mérito nada desdeñable.

José María murió el 4 de enero de 1997. Su sello en esta Academia quedó bien expresado en la carta que Victor Luis Funes y José León Pagano, Presidente y Secretario en ese entonces, le hicieron llegar a Olguita. Decían: “Por y para nuestra corporación, los servicios prestados por su marido fueron perseverantes y valiosísimos. Durante los largos años que tuvimos la suerte que nos acompañara, sus propuestas, sus sugerencias y sus consejos fueron sobresalientes, oportunos y creativos, razón por la cual se ha ganado con sobrados títulos un lugar aventajado en la historia de la Academia del Plata.”

Paso al tema de mi conferencia de incorporación. Me referiré a una de las cuestiones de mayor relevancia en la vida social, económica y política de un país: la relación entre el trabajo y el capital. De las características de esta relación dependen los resultados en cuanto al crecimiento y la paz social. Analizaré este tema en la tradición de la Iglesia y no dejaré de reflexionar sobre la posición de nuestro Papa Francisco sobre el capitalismo.

Menciono en primer lugar la preocupación esencial de la Doctrina Social de la Iglesia por la equidad en la retribución y en la dignificación del trabajo. Esta equidad es fundamental para el logro de la paz social. Pero son también de gran relevancia la productividad laboral y la competitividad, ya que de ellas dependen el crecimiento y consecuentemente la reducción de la pobreza.

Cuando el hombre descubrió que podía multiplicar el resultado de su esfuerzo elaborando instrumentos y contratando otras personas, apareció la división entre capital y trabajo, es decir entre el dueño de los instrumentos y los trabajadores. Esta división ya había sido antecedida por la existente entre el dueño de la tierra y quienes trabajaban en ella. El Evangelio hace frecuentes referencias a esta relación en las parábolas utilizadas por Jesús. Recuérdese la parábola de los talentos o la de los cosechadores. Lo que debe tenerse claro es que el capital es el resultado de trabajo anterior y ahorro acumulado. No hay razón para demonizarlo y la Doctrina Social de la Iglesia no lo hace.

El trabajo consciente distingue al hombre de todas las demás criaturas. El trabajo, ya sea manual o intelectual, es esfuerzo y sacrificio, aunque también gozo y legítimo orgullo. Constituye una responsabilidad innata de cada ser humano frente a su propia persona, su familia y su comunidad. Cuando Dios dijo a Adán “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3:19) dejó a la humanidad el mensaje de que ya no se podría encarar la vida desde el ocio del Paraíso. Y Dios dispuso las cosas de manera que toda sociedad humana solo se puede sostener con el trabajo de los integrantes que puedan hacerlo.

El hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, fue puesto en el mundo para dominar la tierra. El trabajo está implícito en este mandato, que a su vez responde a la naturaleza del ser humano.

Desde el Génesis, pasando por los evangelios, las epístolas y encíclicas, gran parte de la doctrina social de la Iglesia se desarrolla alrededor del trabajo. La encíclica Rerum Novarum de León XIII en 1891 fue un hito en la preocupación por el trabajo cuando el mundo ya estaba siendo transformado por la Revolución Industrial. La continuaron varias encíclicas orientadas al tema social, muchas de ellas aparecidas en aniversarios de la Rerum Novarum.  Son: la Quadragesimo Anno de Pio XI en 1931; Mater et Magistra de Juan XXIII en 1961; Populorum Progressio de Paulo VI en 1967;  Laborem Excercens de Juan Pablo II en 1981; Solicitudo Rei Socialis de Juan Pablo II en 1987; y Centessimus Annus también de Juan Pablo II en 1991.

El Papa Francisco se ocupó del tema social y particularmente de los equilibrios entre el capital y el trabajo en los dos documentos de su autoría; la exhortación apostólica Evangelii Gaudium de 2013 y la encíclica Laudato Si en 2015. Esta última orientada  principalmente a la cuestión ambiental. Volveré sobre estos documentos y el pensamiento de Francisco.

La relación entre el trabajo y el capital fue muy específicamente tratada en Laborem Excercens, emitida al cumplirse 90 años de la Rerum Novarum. Cuando Juan Pablo II la escribió ya se habían producido notables avances en la tecnología informática y la robótica. La globalización económica y financiera ya estaba claramente en marcha. Pero aún no había caído el Muro de Berlín y el comunismo todavía campeaba en buena parte del mundo. Los defectos del capitalismo se contraponían a los claramente peores y destructivos del comunismo. La utopía marxista había causado la desgracia y la postergación de los pueblos que se abrazaron a ella. Esta realidad solo era negada por ideólogos o por muchos que presumían de intelectuales desde su cómoda vida en el mundo libre.  Pero si algo quedaba claro en aquel entonces y más claro hoy, es que el comunismo como la forma de organización social y de gobierno de la teoría marxista, es incompatible con la libertad y el respeto de los derechos individuales. Las críticas a la economía de mercado o al capitalismo, deben mirar las experiencias de la Unión Soviética, Cuba, las dos Coreas o las dos Alemanias.

Las tres encíclicas de Juan Pablo II referidas a la cuestión social ponen acento en la dignidad del trabajo humano y en las responsabilidades mutuas entre el capital y el trabajo. No intentan poner a ambos en un plano de igualdad como si fueran dos variables de una función de producción. En Laborem Excercens Juan Pablo II nos dice: “no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre, es decir, un sujeto que decide de sí mismo.”

Hay un principio en el que se apoya la doctrina social de la Iglesia. El trabajo tiene prioridad respecto del capital. Este principio permite resolver los conflictos que puedan emerger en los procesos de producción. El trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras que el capital es considerado un instrumento en el momento de su aplicación, aunque resulte de trabajo anterior acumulado. Ahora bien, con el avance de la tecnología el capital va sustituyendo gradualmente al trabajo. Este proceso comenzó con el trabajo manual y continuó con el intelectual. Los límites aún no están definidos pero lo que está claro de acuerdo a toda investigación seria sobre esta cuestión, es que el hombre no pierde ni perderá su rol esencial en la producción, sino que con la evolución de la tecnología el trabajo se va desplazando del plano manual al intelectual y se hace cada vez más calificado. A medida que avanza la tecnología se reserva a la persona la tarea de seleccionarla, controlarla y aplicarla. Es irrazonable creer que el hombre será sustituido plenamente por los robots y que entonces el esfuerzo creativo se orientará solo al ocio. Habría una contradicción ya que el ocio no crea. Si no hay una voluntad creativa detrás de la inteligencia artificial no podrá haber crecimiento ni desarrollo humano. Además la inteligencia artificial no se guiará a sí misma hacia objetivos que no sean definidos por el hombre. Menos aún la inteligencia artificial podrá considerar los principios y valores morales y espirituales, esenciales en el género humano. Es el dominio de la tierra del que habla la Biblia cuando relata la creación del hombre.

Robert Reich, quien fue ministro de Trabajo de Bill Clinton describió el cambio cualitativo del trabajo del hombre frente a la evolución tecnológica en su libro “El Trabajo de las Naciones, hacia el capitalismo del Siglo XXI”. Distinguía tres tipos de actividades laborales: las tareas rutinarias de producción; los servicios en persona; y los servicios simbólico- analíticos. La sustitución del trabajo humano avanza en el primer tipo, pero desplaza personas activas hacia el segundo y tercer tipo. Contra la presunción de que el resultado neto sería una reducción del empleo y una mayor desocupación, la tendencia es la de sostener la ocupación. Según Reich la condición es que la educación y la capacitación en nuevas tecnologías acompañen el proceso. La calidad del trabajo mejora junto con las remuneraciones. La economía crece y los países que responden correctamente al avance tecnológico son los que progresan y dan mayor bienestar y empleo a sus habitantes.

Diez años antes que Reich escribiera su libro Juan Pablo II expresaba su preocupación pero al mismo tiempo asumía el desafío en Laborem Exercens: “La época reciente de la historia de la humanidad, especialmente la de algunas sociedades, conlleva una justa afirmación de la técnica como un coeficiente fundamental del progreso económico; pero al mismo tiempo, con esta afirmación han surgido y continúan surgiendo los interrogantes esenciales que se refieren al trabajo humano en relación con el sujeto, que es precisamente el hombre.”

A pesar de las evidencias expuestas por la realidad, la inquietud por la sustitución del trabajo por la robotización y la informática no se ha disipado. Nassin Taleb en su difundido libro “El cisne negro” decía que hay mucho ruido por los empleos que se van a perder, pero hay poca excitación por los nuevos puestos de trabajo que van a aparecer. La razón es que no sabemos cuáles serán, por lo tanto hay un sesgo generalizado a temerle a la automatización.

El impacto de la robótica en el empleo fue recientemente tratado en profundidad por Carl Frey y Michael Osborne en su libro “El futuro del empleo:¿Cuán susceptible son los empleos a la automatización?” (2013). Estos autores recuerdan que durante la revolución industrial no solo los inventores, empresarios y consumidores se beneficiaron, sino también los trabajadores no especializados. Citan investigaciones de Colin Cark que demuestran que el salario real en el periodo 1760-1860 creció más que el Producto Bruto per cápita. Esto implicaba que si bien la tecnología hacía obsoletos los procesos artesanales, las ganancias del progreso se distribuían de manera de beneficiar en una proporción mayor a la fuerza laboral.

El problema no es diferente al de la revolución tecnológica. La sustitución de empleos se compensa con la aceleración del crecimiento y la creación de riqueza. Frey y Osborne dicen que un 47% de los trabajadores en los Estados Unidos enfrentan el riesgo de perder su empleo por la automatización, pero afirman que la clave es la rápida adaptación de los trabajadores no especializados, a las nuevas tecnologías. La cuestión radica en la capacitación laboral, o si se quiere, en una educación que ponga énfasis en la creatividad.

Desde la Rerum Novarum la Iglesia manifestó su aliento a las organizaciones de trabajadores. En aquel entonces esas organizaciones estaban orientadas a la ayuda mutua de sus afiliados. Con el correr del tiempo el rol de los sindicatos se inclinó en mayor medida a la negociación de salarios y condiciones de trabajo. Esta función se hace más relevante en los países en los que los acuerdos laborales están centralizados y son responsabilidad excluyente de la dirigencia sindical y la cámara empresaria de cada sector de actividad. La centralización se acentuó en los países que aceptaron un sindicato único por actividad. Es el caso de la Argentina que tomó ejemplo de la Carta del Lavoro de Benito Mussolini, dándole enorme poder político a la dirigencia sindical. Perón incorporó la columna gremial a su movimiento, con una central única, limitando la libertad de agremiación. Tenemos el contra ejemplo de Chile en donde tienen prioridad los acuerdos a nivel de empresa sobre los sectoriales. Preservando el derecho de huelga que equilibra el poder de negociación, los acuerdos a nivel de empresa son más eficientes y justos. Confluyen los intereses de ambas partes y se reconocen claramente los límites. La Iglesia no ha expresado una preferencia explícita sobre una u otra modalidad, pero sí apoya la libertad de agremiación.

La prioridad del trabajo sobre el capital fue rescatada por León XIII cuando la revolución industrial generaba dudas tras la sensación de desvalorización del trabajo que creaba la sustitución de las tareas manuales mediante nuevas máquinas. Como acabamos de decir, con el correr del tiempo esa preocupación se disipó. De todas maneras esta realidad no invalidó el principio de la prioridad del trabajo frente al capital.

La familia es usualmente el principal motor del trabajo. El sostenimiento de hijos, cónyuges o padres se constituye en una responsabilidad para aquellos que están en condiciones de trabajar. Naturalmente el trabajo de la casa y la educación y crianza de los hijos se incluye en esta aseveración. Según Juan Pablo II (Laborem Excercens) “la familia es, al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre.”

En esta misma encíclica  Juan Pablo II planteó  las diferencias de enfoque entre la visión económica del trabajo como factor de producción y sujeto a las leyes que rigen el equilibrio entre oferta y demanda, y la visión marxista que deriva en un planteo de lucha de clases. En ese sentido decía: “Este conflicto, interpretado por algunos como un conflicto socio-económico con carácter de clase, ha encontrado su expresión en el conflicto ideológico entre el liberalismo, entendido como ideología del capitalismo, y el marxismo, entendido como ideología del socialismo científico y del comunismo, que pretende intervenir como portavoz de la clase obrera, de todo el proletariado mundial.”

“Los grupos inspirados por la ideología marxista como partidos políticos, tienden, en función del principio de la «dictadura del proletariado», y ejerciendo influjos de distinto tipo, comprendida la presión revolucionaria, al monopolio del poder en cada una de las sociedades, para introducir en ellas, mediante la supresión de la propiedad privada de los medios de producción, el sistema colectivista.” (Laborem Exercens).

Carl Marx en 1849 en la Nueva Gaceta del Rhin, decía: hemos demostrado que todo levantamiento revolucionario, por muy alejada que parezca estar su meta de la lucha de clases, tiene necesariamente que fracasar mientras no triunfe la clase obrera revolucionaria, que toda reforma social no será más que una utopía mientras la revolución proletaria y la contrarrevolución feudal no midan sus armas en una guerra mundial.”

La abolición de la propiedad privada como forma de resolver el supuesto conflicto entre el capital y el trabajo, fue y es claramente objetada por la Iglesia, Esto no excluye el reclamó de que se cumpla la condición que el uso del capital no colisione con el bien común. Decía León XIII en la Rerum Novarum: “el derecho de poseer privadamente bienes, incluidos los de carácter instrumental, lo confiere a cada hombre la naturaleza, y el Estado no es dueño en modo alguno de abolirlo.”. ”La propiedad privada lleva naturalmente intrínseca una función social, por eso quien disfruta de tal derecho debe necesariamente ejercitarlo para beneficio propio y utilidad de los demás.” “No es la ley humana, sino la naturaleza la que ha dado a los particulares el derecho de propiedad, y por lo tanto, no puede la autoridad pública abolirlo, sino solamente moderar su ejercicio y combinarlo con el bien común.”

Respecto del derecho de propiedad Juan XXIII decía en Mater et Magistra; “Además, la historia y la experiencia demuestran que en los regímenes políticos que no reconocen a los particulares la propiedad, incluida la de los bienes de producción, se viola o suprime totalmente el ejercicio de la libertad humana en las cosas más fundamentales, lo cual demuestra con evidencia que el ejercicio de la libertad tiene su garantía y al mismo tiempo su estímulo en el derecho de propiedad.”

La posición antimarxista de la Iglesia no deja lugar a dudas. En las muy difíciles épocas del auge de la Teología de la Liberación y hasta hoy, han sido condenados los deslizamientos de sacerdotes y laicos hacia el marxismo revolucionario. Refiriéndose a dicha Teología, Joseph Ratzinger escribía en 1984 como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “La lucha de clases como camino a la sociedad sin clases es un mito que impide las reformas y agrava la miseria y las injusticias. Quienes se dejan fascinar por este mito deberían reflexionar sobre las amargas experiencias históricas a las cuales ha conducido.”[*] Recuérdese la reconvención pública y el castigo impuesto por Juan Pablo II a Ernesto Cardenal durante su visita a Nicaragua. Del mismo modo la Iglesia no rinde homenaje al sacerdote colombiano Camilo Torres, muerto como guerrillero del marxista Ejército de Liberación Nacional, ni tampoco a los jóvenes de Acción Católica que iniciaron en la Argentina el movimiento armado Montoneros con el asesinato de Aramburu y derivaron al marxismo revolucionario.

El análisis económico en el que se considere al trabajo como un insumo productivo y al salario como su precio, no es bien visto en la doctrina social de la Iglesia, aunque no es rechazado. En todo caso se exige a los empresarios que consideren otros valores en la relación con el personal. Más allá de lo analítico y yendo a la vida real se considera que hay valores extraeconómicos en la ecuación capital trabajo. Por ejemplo la contratación de mujeres en edad de tener hijos, o de personas disminuidas. La doctrina social de la Iglesia dice que estos casos deben tratarse dentro de un marco de generosidad y de responsabilidad social empresaria. También dice, y con razón, que estas actitudes aparentemente antieconómicas generan solidaridad y un mejor clima y comprensión entre el capital y el trabajo. Finalmente ello redundaría en un beneficio económico, aunque fuere difícil de cuantificar e introducir en estudios econométricos. Pero la preocupación sostenida por la Iglesia pasa por la bondad de los comportamientos y no por sus resultados económicos. La creación de puestos de trabajo compatibles con determinadas discapacidades y la ayuda a las madres son actos encomiables aunque no se traduzcan en ganancias.

La convergencia de intereses y una mutua colaboración entre la empresa y quienes aportan a ella su esfuerzo laboral, constituye una condición no sólo para optimizar los resultados sino también para evitar los conflictos. La participación de los trabajadores en las ganancias de la empresa, así como todo otro mecanismo que implique solidaridad entre empresarios y trabajadores, puede contribuir a esa convergencia. La naturaleza humana en su propensión al esfuerzo y a la creatividad, funciona en base a incentivos, empatías, colaboración y complementación. Sin embargo, esa participación no debería ser obligatoria sino una decisión voluntaria y solidaria del empresario. Si la participación en las ganancias fuera obligada por una ley, sería considerada como un impuesto al trabajo, particularmente como un adicional del impuesto a las ganancias y finalmente determinaría una reducción del salario y de la demanda de empleo.

La doctrina social de la Iglesia no ha propuesto en ninguna de sus encíclicas que el Gobierno legisle y haga obligatoria la participación en las ganancias. La apelación de la Iglesia ha sido siempre dirigida a los empresarios para que practiquen voluntariamente la virtud de la generosidad con sus empleados.

La Doctrina Social de la Iglesia ha establecido como principio la armonía entre el capital y el trabajo y la búsqueda del bien común en esa relación, en particular en las responsabilidades del empresario. Debemos reconocer la dificultad del concepto de bien común. Lo que es bien para algunos puede no serlo para otros y las sociedades humanas suelen presentar intereses en conflicto. Sin embargo se comprende lo que la Iglesia expresa con el bien común.[†]

Quiero terminar esta exposición refiriéndome al planteo crítico hacia el capitalismo de nuestro Papa Francisco. En sus dos documentos: la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, en su encíclica Laudato Si, y en diversas homilías, Francisco se ha lamentado de los excesos y desviaciones originadas en el capitalismo. Muchos han querido identificar en esos juicios una inclinación hacia el colectivismo y aún hacia el marxismo, interpretación con la que no coincido y que ha sido desmentida por el propio Papa. Reconozco sin embargo que algunos énfasis pueden dar lugar a aquellas interpretaciones.

He tratado en esta exposición la relación entre el trabajo y el capital. En la ciencia económica se considera al capital como uno de los factores productivos requeridos tanto en un sistema de libertad económica como en otro colectivista. La denominación “capitalismo” para referirnos a la economía libre, si bien es tradicional, podría interpretarse como una suerte de privilegio o preferencia del capital sobre el trabajo. Desde siempre esa denominación creó una propensión a la crítica por parte de la Iglesia. Por ejemplo, he extraído de la encíclica Centesimus Annus la siguiente pregunta y su inmediata respuesta: “¿Capitalismo: si o no?  La respuesta obviamente es compleja. Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado”, o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.”

Interpreto que estas reservas sobre el capitalismo, o léase la economía de mercado, tienen su raíz en la resistencia a aceptar el principio básico que la guía. Si cada individuo busca maximizar su propio beneficio, en un sistema en competencia y libertad económica, se optimiza el resultado para el conjunto.  El principio de la eficacia del lucro personal es un motivo para generar resistencias hacia la economía de mercado. Con más razón por parte de quienes expresan genuinamente una fuerte vocación de ayuda al prójimo, como es el caso de Francisco. Aunque esté demostrado que efectivamente en un sistema en competencia la optimización del beneficio individual lleve también al óptimo para la comunidad, desde el punto de vista cristiano la búsqueda exclusiva del beneficio propio podría apartarse del mandato evangélico en el que Cristo nos dijo “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Debemos buscar el bien de los demás y no solo el propio.

Un segundo motivo nace en las llamadas fallas de mercado. La regla general del óptimo de Pareto no resulta clara para un pastor que no tiene una amplia formación económica y que enfrenta diariamente evidencias sobre abusos en los negocios, egoísmos y corrupción. Y que además se inclina preferiblemente a ayudar a los que más lo necesitan.  Parece natural que surja una prevención contra el capitalismo, tan patente en el Papa Francisco. Pero de ninguna manera él se ha expresado contra la libertad y menos aún a favor del socialismo, del marxismo o de regímenes que la conculquen. La libertad y la propiedad son valores defendidos por la Iglesia y naturalmente por Francisco.

La realidad es que el capitalismo, con todos sus defectos, permitió en los últimos doscientos años un crecimiento de la economía mundial como no se había registrado antes en la historia de la humanidad. Esto posibilitó una reducción de la pobreza, tanto en términos relativos como absolutos. Puede que en los países con economías de mercado que gozan de un mayor desarrollo, la pobreza aunque menor, se haga más evidente por contraste.

También hay que tener en cuenta que la contribución al desarrollo de los sistemas llamados capitalistas puede encontrar múltiples excepciones. No todos los países que tienen un marco institucional de libertad y de división de poderes, aplican políticas económicas de mercado. Es justamente la limitación de esas reglas la que reduce el crecimiento. El intervencionismo excesivo y arbitrario, el estatismo y la corrupción pueden no sólo neutralizar el crecimiento, sino también aumentar la pobreza. Debemos lamentarnos de haber sufrido una situación reciente de este tipo en la Argentina.

En mi opinión, se observa en Francisco una falta de distinción clara entre pobreza y desigualdad. Creo que hay que diferenciar ambos conceptos. No hay una demostración terminante pero puede que la economía de mercado aumente la desigualdad mientras reduce la pobreza. Pero debemos decir que las intervenciones estatales redistributivas mediante esquemas impositivos y de gasto público que tratan de morigerar la desigualdad, afectan el crecimiento y finalmente impiden reducir la pobreza. Seguramente hay un punto óptimo en la intensidad de las políticas de redistribución, superado el cual comienzan a perjudicar el ahorro y la inversión de manera de destruir empleo y paradójicamente generar más pobreza. Estudiando la cuestión de la desigualdad se han realizado estudios más detallados que muestran que en las economías competitivas hay una mayor movilidad social. Muchos de quienes estaban en el segmento más pobre hace veinte años, hoy han transitado a categorías de ingresos medios o altos. Otros pueden haber descendido. Pero no son los mismos. De ahí que para poder afirmar que la economía libre aumenta la desigualdad, debe conocerse la movilidad social. Es un fenómeno que no se registra de la misma forma en sistemas económicos más intervenidos. Esta es una cuestión que no advirtió Thomas Piketty en su teoría sobre la desigualdad al no incorporar la movilidad social a su análisis. Estudios más avanzados y repetidos en el tiempo sobre una misma población en los Estados Unidos, han demostrado que en veinte años buena parte de los individuos que estaban en el quintil más pobre se desplazaron a los quintiles superiores y viceversa. No es que la economía de mercado hace a los ricos más ricos y a los pobres más pobres. Más bien da oportunidades y hace pagar consecuencias, en el marco de procesos de movilidad social que comprende fenómenos de destrucción creativa, bien descriptos por Schumpeter.

Para finalizar y en síntesis:

La prevención de la Iglesia sobre el capitalismo no implica de ninguna manera su adhesión a los sistemas que coartan la libertad individual y el derecho de propiedad. Tenemos que leer los documentos papales anteriores y también los  recientes del Papa Francisco bajo esta comprensión.

El trabajo y el capital son las piezas esenciales de la producción y del progreso. Es responsabilidad de los empresarios coordinar y optimizar su uso respetando el carácter trascendente del ser humano. Es responsabilidad de los gobiernos asegurar el estado de derecho, la libertad y la competencia para que aquella relación fructifique.  Es responsabilidad de la Iglesia iluminar sobre la necesaria jerarquización del trabajo, pero en el marco de un equilibrio que permita obtener los mejores resultados en productividad, crecimiento y reducción de la pobreza.

[*] Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación”  Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. 6 de agosto de 1984

[†] Juan XXIII en Pacem in Terris estableció que el bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.

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