Holodomor: El genocidio silenciado

Por Guillermo W. Cedrez Ferreira*

Marzo de 1933: al tiempo que los ojos del mundo se posan con creciente alarma sobre Alemania y el ascenso de Hitler al poder, hecho que culminaría en uno de los actos más aberrantes y una de las peores tragedias de la historia de la humanidad, la Shoah, a 1.500 kilómetros de distancia, en las aldeas campesinas de la fértil Ucrania, se desarrolla una tragedia silenciosa, pero no menos horrenda, que costaría la vida a millones de seres humanos y cuyo reconocimiento pleno dista enormemente, aún hoy, de considerarse realizado. En medio del “granero de Europa”, los campesinos ucranianos ven cómo el Estado soviético les arrebata hasta la última espiga de trigo, decidido a cumplir a rajatabla los objetivos del primer Plan Quinquenal (1928-1932), haciendo caer el mayor peso del proceso de la industrialización vertiginosa sobre los hombros de los agricultores. Este peso, que durante los primeros años del plan se había manifestado a través de un progresivo desbarajuste de la actividad agrícola, producto de la crisis de precios (que los controles no hicieron sino exacerbar[i]) y de una política impositiva cada vez más agresiva, fue transformándose indefectiblemente en un sistema de recolección por la fuerza, en el que los campesinos solo podían aspirar a retener con mucho un porcentaje residual del producto de su propio trabajo. Legitimado en el marco de la gradual estatización de la tierra, conocida como la “colectivización agraria”, este sistema selló la definitiva caída del campesinado soviético en una suerte de “segunda esclavitud”, más férrea todavía que la sufrida en la época de los zares. Pero en el otoño de 1932, con una hambruna que ya se había cobrado varios miles de víctimas y ante la perspectiva de no llegar a cumplir con el plan de recolección de grano, el régimen optó por apretar aún más el nudo de la soga, emprendiendo una campaña de destrucción deliberada contra la región que mayor oposición había mostrado hacia la colectivización, y aquella que tanto por sus características como por su historia constituía el mayor obstáculo potencial para la consecución de los objetivos del régimen: Ucrania. A las ya draconianas (y, en medio de una hambruna, mortíferas) confiscaciones de grano, se sumó la confiscación de todo tipo de alimentos, la confiscación de los pocos animales que aún restaban en manos individuales, el establecimiento de cordones policiales para impedir que los campesinos hambrientos huyesen a las ciudades en busca de alimentos y la obligación de cumplir las entregas obligatorias al 100 por ciento, lo que, en esa situación, equivalía a una nueva multa en especie que no solamente afectaría la provisión de alimentos para los campesinos sino también la de forrajes y la de semillas para la próxima siembra. Son estas medidas las que, sumadas al ataque contra la intelectualidad y el clero de Ucrania, llevaron a Raphael Lemkin, creador del término “genocidio”, a la siguiente reflexión: “Este no es solamente un caso de asesinato en masa. Es un caso de genocidio; de destrucción, no solo de individuos sino de una nación y una cultura”.[ii]

¿Por qué?

Una de las razones que contribuyen quizás a acentuar la dificultad en la comprensión de un fenómeno ya  de por sí complejo como lo es el proceso de la colectivización del campesinado soviético, reside en la aparente contradicción entre un régimen “de obreros y campesinos” y la existencia de un campesinado sometido a condiciones de verdadera esclavitud. Sin embargo, esa contradicción no es más que ilusoria: de hecho, las esperanzas de muchos bolcheviques y teóricos marxistas en el campesinado como portaestandarte de la revolución mundial no habían sido, desde el comienzo, más que meramente nominales. El propio Marx, en su análisis del entramado social del campesinado francés, se había referido a los campesinos literalmente como “papas en un saco de papas”, haciendo referencia al atraso y al aislamiento resultantes de su modo de vida, lo que los volvía particularmente poco permeables a cualquier tipo de prédica revolucionaria.[iii] Máximo Gorki, por su parte, no se expresaba de modo demasiado distinto cuando, al hablar del campesino ruso y la revolución, daba lugar a la siguiente esperanza: “Desaparecerán los semisalvajes, los tontos, los violentos, de las aldeas y las campiñas rusas, todos esos seres espantosos a que he aludido precedentemente, y su lugar será ocupado por una raza nueva de hombres instruidos, sensatos y activos”.[iv] La cuestión campesina fue, de hecho, uno de los principales motivos de divergencia entre el Partido Social-Revolucionario y el Partido Obrero Socialdemócrata (rebautizado luego como Partido Comunista de Rusia). En los momentos previos y en los primeros años de la revolución, contar con el apoyo del campesinado (a la sazón el elemento mayoritario de la población rusa de entonces) resultaba vital para la consolidación del naciente socialismo. Sabedor de esa realidad, Lenin optó por inclinarse a una prédica más cercana al discurso de los Social-Revolucionarios, plasmada en la promesa bolchevique de “Pan, Paz y Tierra”, sobre todo luego de la revolución de Febrero de 1917, en la que el viejo sueño campesino de la repartición de la tierra (la “repartición negra”) comenzó a hacerse realidad, de manera espontánea, anárquica y del todo acéfala (aunque, para 1916, nueve décimas partes de la tierra arable se encontraban ya en manos campesinas, en forma individual o bajo el sistema de la comuna agraria, también conocida como mir)[v]. Ante la inevitable descomposición del antiguo orden, los bolcheviques no tuvieron más opción que legitimar aquello que estaba pasando ante sus propios ojos. Es en este sentido que deben ser interpretados tanto el “Decreto sobre la Tierra” como la “Ley de Socialización de la Tierra”: más como el reconocimiento tácito de un fait accompli y un intento de contemporizar con el campesinado que una muestra de las verdaderas intenciones de los bolcheviques respecto a la cuestión agraria. A este respecto, las palabras del mismo Lenin resultan sumamente esclarecedoras:

“Nosotros, los bolcheviques, estábamos en contra de esa ley. Sin embargo, la suscribimos, porque no queríamos oponernos a la voluntad de la mayoría del campesinado (…) No quisimos obligar al campesinado a aceptar la idea de que el reparto igualitario de la tierra era inútil, idea que le era extraña. Creímos que era mucho mejor que los campesinos trabajadores comprendieran, a través de su experiencia y de sus padecimientos, que el reparto igualitario es un absurdo…”[vi]

En la cosmovisión bolchevique, el campesino individual representaba un peligroso puente hacia la misma clase capitalista que por definición no estaba llamada sino a desaparecer. Una aplicación íntegra del principio “La tierra para el que la trabaja”, dejando a los campesinos librados a su propio esfuerzo, hubiera significado correr el riesgo de que el campo soviético sufriese la misma transformación operada en la mayoría de las naciones de occidente: la progresiva consolidación de una clase de productores rurales cada vez más poderosa en la medida de su productividad y de su tenacidad en el apego a la tierra, la concentración de los medios de producción agrícola en un número cada vez menor de manos.

En los primeros años de la revolución, la delicada y compleja situación en la que se hallaba inmerso el gobierno soviético, tanto en lo nacional como en lo exterior, fueron otros tantos motivos para la concienzuda postergación de la medida que la propia filosofía bolchevique reclamaba como la única capaz de poner fin al progreso del capitalismo en el campo: la colectivización agraria. En su lugar, el régimen mantuvo a raya al campesinado a través de un sistema de confiscaciones en especie que, a pesar de su irracionalidad desde el punto de vista económico, y de su implícita violencia, tenía la ventaja de proveer al estado de manera segura con una cantidad considerable de grano para subvenir a sus necesidades. En la particular concepción ideológica de las autoridades, la actitud (económicamente sensata) de los campesinos de especular con los precios de sus productos, para poder obtener así el mayor margen de beneficio posible en el mercado, era vista como una especie de traición a los principios de la revolución proletaria, cuya mera existencia justificaba el uso de la fuerza. Pero esto no contribuyó sino a ensanchar aún más la ya considerable grieta entre bolcheviques y campesinos: luego de una ola de levantamientos rurales, que tuvo su cresta en la rebelión de Tambov, con casi 50 mil campesinos en armas, y en la antesala de una de las peores hambrunas del siglo XX (la de 1921-22, cuyos efectos solo pudieron ser paliados en parte gracias a la ayuda internacional[vii]), se produce en marzo de 1921 la rebelión de los marinos de la base naval de Kronstadt, una de cuyas reivindicaciones era la de libertad económica para los campesinos. Aunque suprimido de manera sangrienta, este levantamiento contribuyó no obstante a la pronta implementación por parte de Lenin de una serie de medidas de cuño considerablemente más moderado respecto a la producción y la inversión, conocidas con el nombre de Nueva Política Económica, que constituyó una suerte de repliegue estratégico para poder consolidar el potencial productivo del país y volver a encauzarlo con mayor fuerza en el sendero del socialismo. En lo que al campesinado respecta, la Nueva Política Económica fomentó el espíritu emprendedor individual y transformó las confiscaciones forzosas en especie en impuestos en dinero, permitiendo que la producción comenzara a recuperar los niveles que tantos años de inestabilidad habían menguado. Pero la tregua sería efímera. Más pronto que tarde, una nueva corriente de fervor revolucionario volvería a clamar por una inmediata y total colectivización de la tierra, requisito indispensable para asegurar la continuidad de la patria socialista, por el momento reducida a los límites de la U.R.S.S. Esta vez, sin embargo, el fervor no fluiría de abajo hacia arriba, sino que se inyectaría como una dosis de hierro candente en la carne del campesinado, administrada desde la esfera más alta. Sería la “revolución desde arriba”, la segunda revolución: la colectivización forzosa.

La segunda esclavitud

Si bien postergada en su implementación a gran escala, la colectivización agraria ya había sido puesta en práctica, parcialmente y a modo experimental, desde los primeros tiempos de la revolución, con resultados más bien modestos. A pesar de todo el entusiasmo y el apoyo material por parte del estado soviético, la agricultura colectiva no había logrado calar demasiado hondo en las esperanzas de los campesinos y, además, no había podido demostrar, como fervientemente se esperaba, su inherente superioridad sobre la agricultura individual. Organizativamente, la agricultura colectiva soviética se basaba en una “socialización” (en realidad, “estatización”) de los medios productivos, desde la propia tierra, pasando por las herramientas (incluidos los animales) hasta la misma fuerza de trabajo, es decir, el campesinado. Operativamente, los establecimientos colectivos se dividían en dos grandes modelos: los “sovjoses”, que apuntaban a la producción intensiva y en gran escala, de corte industrial, de un determinado producto agrícola (por ejemplo, el cultivo de algodón), en el cual se hallaban especializados, y los “koljoses”, asimilables a una granja tradicional en cuanto a la diversificación y la forma de producción, pero dependientes del estado a todos los efectos. En cuanto a la remuneración del trabajo, en los sovjoses esta se realizaba mediante un salario adelantado periódicamente al trabajador, mientras que en los koljoses la paga de los campesinos se efectuaba de un modo doble: en especie, de manera residual, según los resultados de la cosecha y en efectivo, a través de un complicado sistema de cálculo de “días de trabajo” ( los trudodni, medidos en base al cumplimiento de determinada tarea agrícola y que, de hecho, podían significar el trabajo efectivo a través de varias jornadas), que normalmente eran efectivizados de manera anual. Si bien la propia ideología favorecía de antemano el desarrollo de los sovjoses, como medio de “proletarizar” al campesinado, haciéndolo más permeable al discurso de la lucha de clases, fueron los koljoses los que estarían llamados a cumplir el papel decisivo en esta etapa de transición. Si bien al comienzo sometida al principio de voluntariedad del campesinado, Stalin pronto entendió que la completa aceptación de la agricultura colectiva podría llevar décadas, e incluso tal vez no llegar a realizarse del todo nunca. Aprovechando la crisis de precios de 1928 para recurrir nuevamente a métodos de confiscación forzosa de productos agrícolas, no solamente dio con ello el golpe de gracia a la Nueva Política Económica, sino que también aplastó políticamente a su mayor oponente de entonces, Nikolai Bujarín, al que acusó de “oportunismo de derechas” por haber abogado por un proceso gradual y enteramente “voluntario” de colectivización de la agricultura soviética. Resuelto el problema a nivel político, restaba el problema de la “voluntariedad” del campesinado. Para ello, se lanzó una ofensiva múltiple contra aquellos sectores del campesinado menos propensos a abrazar la idea de la colectivización, es decir, contra los campesinos que más duro habían trabajado y que ahora eran los más prósperos, los “kulaks”. Lo que primero comenzó como una escalada de impuestos y de requisas terminó, a partir de fines de 1929, en palabras del propio Stalin, en una campaña de “liquidación de los kulaks como clase”. La demonización de los kulaks sirvió, también, un doble propósito: endurecer a los sectores militantes y a la población urbana en su visión del campesinado, y colocar a los campesinos menos favorecidos contra los más acomodados, cuya eliminación se hacía ahora en nombre del progreso y de la agricultura colectiva, quedando de este modo plenamente justificada. Más de dos millones de “kulaks”, incluyendo familias enteras, fueron deportados a las inhóspitas regiones siberianas, transportados en vagones de carga como bestias y arrojados en un clima extremo sin las menores medidas de previsión respecto a su supervivencia; aproximadamente un cuarto de ellos murió en tránsito o durante los días posteriores al arribo. Pero no era solamente a los “kulaks” físicos a los que se estaba eliminando, sino al mero sentido de la racionalidad económica aplicado a la producción agrícola, al espíritu del campesino individual, emprendedor y tenaz, cuya superioridad frente al campesino colectivizado, incluso sin contar con la ayuda del estado, era incuestionable. El resto del campesinado realmente no tuvo mayor opción que convertirse a la colectivización, no en aras de una mayor prosperidad económica sino de la mera supervivencia.

Los desbarajustes que la aplicación repentina y masiva de la colectivización (un proceso que, aplicado de manera racional, hubiera requerido décadas para su implementación, aun sin garantizar el resultado ulterior) provocaron en la actividad agrícola de la U.R.S.S. de principios de los años treinta fueron catastróficos: solo en Kazajistán, entre 1928 y 1933 el número de caballos se redujo en un 87%, el de ganado vacuno en un 77% y el de cabras y ovejas en hasta un 89%[viii]. Si se tiene en cuenta que, antes de la colectivización, la mayoría de los kazajos, dado su modo de vida seminómada, dependía casi exclusivamente de sus animales para sobrevivir, puede llegarse a entender la magnitud del desastre que la colectivización forzosa significó para ellos. En las demás regiones de la U.R.S.S., la pérdida de animales fue acompañada de un descenso en las superficies de cultivo y en los rendimientos por hectárea, productos inevitables de la desorganización y la apatía reinantes. Suplantando la iniciativa individual, ahora era el propio estado el que, a través de un complejo y pesado sistema administrativo de control de todos los koljoses de la Unión Soviética, podía decidir de antemano, en base a su planificación, las cantidades de productos agrícolas a ser provistas por cada república, provincia, distrito y granja colectiva. Ya no era el estado el que debía acomodarse a determinado porcentaje residual de la producción agrícola de los campesinos, sino que eran estos mismos quienes tendrían de ahora en más que acomodarse al porcentaje residual de lo que sobrara una vez que el estado se había llevado, por la fuerza, lo necesario. Y, en muchos casos, lo que sobraba era, sencillamente, nada.

Si a esta situación de dependencia se agrega la imposibilidad para los campesinos de obtener el pasaporte interno (requisito indispensable para poder residir y trabajar en cualquier parte de la U.R.S.S.), revocada definitivamente solo a partir de 1976[ix], se comprende que sus condiciones fueran, verdaderamente, las de una “segunda esclavitud”.

Ucrania: el crimen sin castigo

Si comparamos las tasas anuales de mortalidad para el año 1933 de la U.R.S.S. en conjunto, de la República Rusa y de Ucrania respectivamente, las cifras son (cada mil habitantes) las siguientes: 188,1, 138,2 y 367,7. En Ucrania, la esperanza de vida descendió de 46,3 años para mujeres y 42,9 para hombres en 1926 a 10,9 y 7,3 años respectivamente en 1933.[x] En el censo de 1926, la población total de Ucrania arrojó un total de 29.189.000 mientras que, en el de 1937, el total era de 28.398.000. Atendiendo a la cantidad de personas nacidas y de fallecimientos atribuibles a causas naturales dentro de ese período, así como también asignando una cifra racional a los movimientos migratorios, algunos demógrafos han llegado a la determinación aproximada de la cantidad de personas que murieron por causas no naturales en ese lapso: 3.934.000.[xi] De una hambruna que, en la totalidad del territorio de la U.R.S.S., se cobró la vida de entre 5 y 6 millones de personas (en Kazajistán murieron alrededor de 1 millón y medio entre 1931 y 1933), Ucrania fue la que sin dudas aportó el mayor número de víctimas.

La mayor incidencia de la hambruna en Ucrania (y en la zona del Cáucaso Norte, de amplia extracción ucraniana) deja entrever un endurecimiento específico contra esta región, a la que el poder bolchevique siempre miró, no sin razón, como una amenaza; temor que el propio Stalin manifestara en una carta dirigida a Lazar Kaganovich el 11 de agosto de 1932, en la que hablaba de la posibilidad de “perder a Ucrania”, recelando de la lealtad de los comunistas locales y manifestando su deseo de transformar a Ucrania en una fortaleza bolchevique.[xii] Entre enero y junio de 1933, las distintas medidas a las que se hizo referencia al comienzo de este artículo, hicieron literalmente de las aldeas campesinas ucranianas una trampa mortal. Si bien la hambruna fue un fenómeno que se cobró víctimas a lo largo y ancho de toda la U.R.S.S., y en la que el declive en la producción y la desorganización producto de la colectivización forzosa tuvieron un rol determinante, la tragedia ucraniana no puede ser explicada únicamente a través de la propia hambruna, que no fue “deseada” por el régimen, sino de aquellas medidas que, de manera inequívoca e intencional, fueron implementadas por el régimen a sabiendas de que solo podrían empeorar una situación ya de por sí en extremo grave. Son estas medidas las que justifican la hipótesis de una hambruna artificial, de un ataque dirigido exclusivamente a Ucrania, destinado a quebrantar su voluntad como nación y transformarla en un mero anexo de la Unión Soviética, su particular Hinterland.

La caída de la U.R.S.S., y la apertura de los archivos que gracias a ella pudo operarse, han contribuido a la aparición de todo un cúmulo de nuevas investigaciones que, basadas en los documentos de las propias autoridades soviéticas, dejan entrever sin el menor atisbo de duda la existencia de la tragedia y el carácter plenamente intencional de las medidas tomadas contra Ucrania y el Cáucaso Norte entre fines de 1932 y mediados de 1933. Pero estos descubrimientos llegan cuando la campaña de negación y encubrimiento en torno a esta hambruna llevaban ya más de medio siglo, dentro y fuera de la U.R.S.S. En 1933, Occidente estaba muy poco dispuesto a escuchar algo que no fueran loas o descripciones altamente idealizadas sobre lo que pasaba dentro de la patria del socialismo, cualesquiera fueran los motivos. Si bien no faltaron los relatos crudos y veraces de lo que sucedía (el caso de Gareth Jones es por lejos el de mayor significación[xiii]), la voz de los cómplices del régimen (conscientes de ello o no) fue la que se impuso. Incluso personajes de la talla de George Bernard Shaw fueron astutamente engañados: se los invitaba con todos los honores y se los conducía a través de un itinerario previamente arreglado, al final del cual se les ofrecía un fastuoso banquete en alguna granja modelo especialmente abastecida para la ocasión, dejando al huésped maravillado por los milagros de la agricultura soviética.[xiv]

Reconocer la hambruna era, además, echar serias dudas sobre la colectivización agraria, que era, como se ha visto, la piedra angular de la ideología bolchevique en el campo; no solamente sobre el ritmo y la violencia de su implementación, sino sobre la pertinencia de la implementación misma. Si la productividad del campo es directamente proporcional al grado de independencia y libertad de los campesinos, ¿por qué sencillamente no dejar que estos produzcan la mayor cantidad posible en lugar de crear un sistema que representa un verdadero lastre para la idea misma de desarrollo productivo? Y no solo eso: reconocer la hambruna era, también, arrojar serias dudas sobre la capacidad y el criterio del gran timonel, del hombre sobre cuyos hombros descansaba el destino de la Unión. Después de todo, la colectivización agraria, la “revolución desde arriba” había sido Su obra; gracias a ella pudo entronizarse definitivamente como el amo y señor indiscutido; gracias a ella pudo cambiar la faz de agricultura soviética de una vez y para siempre. Sí: el éxito de la colectivización era el éxito de Stalin, y cualquier intento, deliberado o no, de mancillar esa proeza debía ser silenciado a cualquier costo. Así se explica la suerte que corrieron, en 1937 (el año del Gran Terror, en el que fueron fusiladas casi 800 mil personas), el encargado de llevar adelante el censo poblacional de ese año y algunos de sus colaboradores, por arribar a unos resultados que estaban en contradicción flagrante con la que Stalin creía que tenía que ser la cifra de población alcanzada por la U.R.S.S.: al parecer faltaban 8 millones de almas en la cuenta de los demógrafos, quienes pagaron el “error” con sus propias vidas.[xv] De inmediato, los resultados del censo fueron silenciados, realizándose otro en 1939, más acorde a las expectativas de Iósif Vissariónovich.

La negación de la hambruna pasó a ser así una especie de segunda política de estado, llevada a cabo no solamente por las autoridades soviéticas sino también por todos aquellos a quienes un relato edulcorado de la historia de la U.R.S.S. es consustancial a la consecución de sus propios fines. La línea central del argumento negacionista gira en torno a la identificación del movimiento nacionalista ucraniano con los poderes antagónicos a los bolcheviques, desde fines de la Primera Guerra Mundial (época en la que las fuerzas nacionalistas lucharon activamente por una Ucrania independiente y autónoma) hasta la invasión nazi de la U.R.S.S. en 1941(durante la cual se produjeron hechos de colaboracionismo con los invasores, sobre todo en Ucrania y en los países Bálticos), desestimando cualquier mención de la hambruna como “propaganda nazi” ,fundamentalmente antisoviética, destinada a deslegitimar al régimen de Moscú. Asimismo, se utiliza la aparición de informaciones inexactas respecto a la hambruna, la utilización de fotos de la hambruna de 1921-22 en referencia a la de 1932-33 y el testimonio de personajes públicos de la época, como el caso del estadista francés Édouard Herriot (quien, luego de una corta visita a Ucrania a fines de agosto de 1933, en circunstancias similares a las de Shaw, negara categóricamente la existencia de una hambruna) como prueba de la inexistencia del hecho en cuestión. La estrategia es simple (y efectiva): cualquiera que ose levantar el velo del silencio e interrogar a los hechos más allá del relato “oficial” corre el riesgo de ser inmediatamente tildado de “nazi”.  A pesar del hecho de que la U.R.S.S. lleva disuelta casi tres décadas, el esfuerzo por mantener oculta la existencia de la hambruna puede considerarse aún en pleno vigor, como cualquiera que busque información sobre el tema en internet podrá fácilmente comprobar.

Esa realidad del silencio nos lleva a preguntarnos por qué, en pleno siglo XXI, valores tan caros para Occidente como la libertad, la democracia y el respeto a la dignidad del individuo humano parecen estar cediendo periódicamente ante los embates de una ideología que demoniza a sus propias víctimas y deifica a los victimarios, que aborrece el desarrollo individual y fomenta la esclavitud colectiva, borrando de la memoria todo aquello que no sirva a su inveterado proyecto de dominación absoluta. El Holodomor[xvi] es, en este sentido, un símbolo y una advertencia: símbolo de millones de vidas truncadas en el altar de una utopía y advertencia de los peligros (tan reales hoy como entonces) de un fanatismo que degrada al ser humano, haciéndolo presa fácil del engaño que justifica los crímenes más horrendos y los santifica en nombre de la ideología.

*Guillermo Cedrez es el traductor de documentos de diplomáticos italianos que testimonian los hechos de 1932-33 en Ucrania, compilados por el historiador italiano Andrea Graziosi.

Notas:

[i] Naum Jasny, The Socialized Agriculture in the USSR, Plans and Performance, Stanford, 1949.

[ii] Raphael Lemkin Papers, The New York Public Library, Manuscripts and Archives Division, Astor, Lenox and Tilden Foundation, Raphael Lemkin, ZL-273. Reel 3. Publicado en L.Y. Luciuk (ed.) Holodomor: Reflections on the Great Famine of 1932-33 in Soviet Ukraine (Kingston, The Kashtan Press, 2008).

[iii] Carlos Marx, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

[iv] Máximo Gorki, El Campesino Ruso.

[v] Richard Pipes, The Russian Revolution, Vintage, New York, 1990.

[vi] V.I. Lenin, Obras Completas, Akal, Madrid, 1978, Tomo XXX, pág. 19; Obras   Completas, Progreso, Moscú, 1986, Tomo XXXVII, pp. 183 y 184.

[vii] Bertrand Patenaude, The Big Show in Bololand: The American Relief Expedition to Soviet Russia in the Famine of 1921, Stanford, 2002.

[viii] R.W. Davies y S.G. Wheatcroft, The Industrialization of Soviet Russia 5, The Years of Hunger: Soviet Agriculture, 1931-1933, New York, Macmillan, 2004.

[ix] Zhores Medvedev, Soviet Agriculture, Norton, New York, 1987.

[x] Andrea Graziosi, The Soviet Famines and the Ukrainian Holodomor, en H. Hryn (ed.) Hunger by Design, The Great Ukrainian Famine and its Soviet Context, Harvard, 2008.

[xi] Sergei Maksudov, Victory over the Peasantry, en H.Hryn (ed.), op.cit.

[xii] O. Khlevniuk et al. (eds.), The Stalin-Kaganovich Correspondence, 1931-36, New Haven, 2003.

[xiii] Ray Gamache, Gareth Jones, Eyewitness to the Holodomor, Welsh Academic Press, 2013.

[xiv] Robert Conquest, The Harvest of Sorrow, Soviet Collectivization and the Terror Famine, Oxford University Press, New York, 1986.

[xv] Anne Applebaum, Red Famine, Stalin´s War on Ukraine, Doubleday, New York, 2017.

[xvi] El término Holodomor significa (en ucraniano) “matar por hambre”.

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