Es necesario reformar el capitalismo?

Por Jorge Bertolino, Economista.

El presidente Alberto Fernández sorprendió gratamente a muchos economistas al expresar ideas muy claras respecto a la necesidad de modificar algunas de las características más regresivas del capitalismo global.

Dos frases impactantes fueron: “la lógica financiera reemplazó a la lógica productiva” y “hay que potenciar la producción argentina, maximizando la industrialización y el desarrollo del potencial tecnológico del campo”.

Con respecto a la primera apreciación, la lógica financiera predominante en Occidente en las últimas décadas es posterior al fuerte desarrollo de las actividades productivas de bienes y servicios.

Después de más de doscientos años de crecimiento económico virtuoso, los países centrales creyeron descubrir una mágica receta monetaria, irrigando liquidez en los mercados financieros cada vez que se avecinaba un descenso de la tasa de crecimiento de la producción.

Según la teoría del ciclo económico de la Escuela Austríaca, la “curación” recesiva surge espontáneamente, a fin de eliminar las “malas inversiones” que provoca el exceso de liquidez.

Interrumpir la fase bajista del ciclo y pretender un crecimiento permanente sin que los malos emprendimientos sean abandonados, sólo incrementa las distorsiones y obliga a inyecciones crediticias crecientes, a fin de evitar la explosión de la burbuja que, si bien ocurre en la esfera real, tiene origen monetario.

En nuestro país, en cambio, aún nos falta desarrollar la primera fase, la del crecimiento económico hasta alcanzar nuestra “frontera de posibilidades de producción”.

Este término económico significa el máximo de bienes y servicios que es posible obtener, utilizando a pleno la dotación de recursos con que cuenta una nación.

En esta hipotética situación, no existe desempleo involuntario y no hay capacidad ociosa en el sector productivo. La economía fluye, los ingresos de la población mejoran y la nación prospera.

El presidente pide que no se des-globalice la economía mundial, que se abran los mercados y que renazca la competencia.

Muchos empresarios, preocupados por la situación imperante y alarmados por el sinceramiento post cuarentena, proponen medidas concretas para incrementar la rentabilidad de los sectores productivos, a fin de hacer realidad los deseos presidenciales.

La ansiedad creciente de algunos sectores obedece al erróneo enfoque en el empuje de la demanda, en la que parece estar empeñado el equipo económico del presidente. Desde el sector privado se sugiere menos Excel y menos macro, y una mirada microeconómica hacia el interior de los emprendimientos productivos.

Múltiples estudios sobre casos exitosos de procesos de industrialización rápida en países emergentes concluyen que la causa principal de la buena performance es una fuerte inyección de inversiones del sector empresario, tanto nacional como extranjero, en proyectos industriales, comerciales y de servicios.

Y la causa de esta oleada de inversiones no es otra que la presencia de un clima amigable de negocios y un fuerte crecimiento de la rentabilidad de los proyectos productivos, mediante una baja tributación, leyes laborales flexibles, fuerte inversión estatal en infraestructura, fomento de la educación para crear capital humano y una política monetaria laxa que permita fluir el crédito genuino hacia las empresas.

Las mediciones estadísticas arrojan un promedio de setenta por ciento en la asignación de importancia a la ola inversora en el éxito de los modelos de crecimiento de los países de rápida industrialización reciente.

Se han abandonado, debido a sus reiterados fracasos, los intentos de privilegiar la inversión estatal en actividades productivas y también los subsidios sectoriales que, al elegir ganadores, sin darse cuenta, también eligen perdedores. Estos últimos son la mayoría de la población, a la que se obliga a consumir productos más caros y de menor calidad y también el resto de las empresas que, al asumir mayores costos, ven impedido alcanzar su verdadero potencial.

El modelo cerrado, subsidiador y prebendario está en retirada en el mundo entero. Las palabras del presidente apuntan al modelo contrario. El de una economía abierta, competitiva y que privilegie la inversión productiva, con empleo genuino y en donde el rol del empresariado emprendedor sea la guía del crecimiento y la prosperidad de la población.

Las medidas propuestas para el largo plazo, por algunos sectores del gobierno en materia laboral e impositiva van en la buena dirección y alientan las esperanzas de los que quieren creer que, en breve, se emprenderá el camino de las reformas estructurales que desbrocen el camino hacia la rentabilidad empresarial, que es la madre de las inversiones y la abuela del crecimiento de la producción, el empleo y los salarios.

Sin embargo, otras áreas gubernamentales, que deciden cuestionadas medidas para el corto plazo son totalmente disfuncionales al modelo propuesto, conduciendo, al menos aparentemente, a un callejón sin salida, provocado por un incremento de la coerción sobre los sectores productivos, con una total ausencia de realismo y falta de comprensión del real funcionamiento del mundo de los negocios.

La alternativa populista del garrote en lugar de la seducción podría ser catalogado como un ajedrez fatal, una perversa e impopular trampa, fruto del exceso de gasto público, generador de la emisión monetaria indeseada, y que, junto a la ausencia de reformas estructurales, condenan al país al estancamiento y la miseria.

Muchos economistas opinan que, si la única manera de estimular la economía por parte del gobierno es incrementar el intervencionismo estatal, se generará una pérdida aún mayor del poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones. Esto ocurrirá por la inevitable aceleración inflacionaria que provocará la política dominante y denota una preocupante falta de audacia e imaginación para encontrar caminos alternativos que no sean tan costosos en términos sociales. Insistir con estas inútiles e inefectivas políticas nos conduciría inexorablemente, en ausencia de cambios, a una posible catástrofe económica de impredecibles consecuencias.

El ex presidente Néstor Kirchner siempre pedía que miraran lo que hacía en lugar de lo que decía. Si el actual mandatario emplea una retórica populista para calmar la ansiedad de los seguidores del sector más radical de su gobierno, pero consigue impulsar los cambios que el país necesita y que parece sugerir en sus discursos más recientes, entonces existe la esperanza de que el destino fatal de la economía argentina pueda ser borrado de un plumazo y que un refrescante aliento a la producción permita atravesar el desierto del próximo semestre.

Luego de este período de tiempo, la mayoría de los analistas más reputados a nivel mundial, predicen un crecimiento relativamente importante en los precios de las materias primas que produce nuestro país. Esto reeditaría la desaprovechada oportunidad de principios de siglo.

Si para entonces, se han hecho los deberes, la situación sería auspiciosa. En caso contrario, es probable que no lleguemos a disfrutar del pronosticado “nuevo mini ciclo alcista” de las materias primas, porque la situación económica será tan ruinosa, que hará imposible toda cohesión social que permita aprovechar la nueva oportunidad que nos otorgaría la inusual política monetaria de la Reserva Federal y el resto de los Bancos Centrales del mundo.

Para tal fin, sería conveniente, opinan muchos reconocidos economistas, abandonar el anticuado idealismo autárquico, el “vivir con lo nuestro”, los altos aranceles, las prohibiciones a las importaciones y el cepo cambiario.  

Se pregona, conjuntamente, abandonar el pensamiento comercial mercantilista, que pretende venderle al mundo sin importar nada a cambio, con el loable pero incumplible objetivo de proteger la industria y el empleo nacional.

El conocido teorema de la simetría de Lerner, afirma que toda medida tendiente a desalentar el ingreso de productos y/o servicios de origen extranjero, produce en espejo y simétricamente, un igual desaliento en las exportaciones, evitando el desarrollo de los sectores potencialmente más eficientes que, en condiciones de librecambio tendrían un crecimiento vertiginoso tanto en su producción como en el de sectores afines y/o complementarios.

Se concluye que, adaptando las reglas de juego económicas para transformar al mundo en nuestro mercado, alentando la internacionalización de las empresas argentinas y su participación activa y creciente en las cadenas globales de valor, se potenciarían las industrias más eficientes y devendría exponencial el crecimiento de la cadena agroindustrial, que fue siempre la gran perjudicada por las erróneas políticas comerciales de las últimas décadas.

En síntesis, es el deseo de muchos que primero demos el salto para “alcanzar” a los países más prósperos y recién entonces propiciemos activar el debate sobre cómo mejorar, si es que esto es posible, la distribución de los ingresos entre los diferentes factores que participan de la actividad productiva.

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