El capitalismo y los derechos de propiedad

Por Jorge Bertolino, Economista

Infobae – En dos conocidos libros es posible observar notables semejanzas con la situación actual, económica, política y social de la Argentina. El primero de ellos es “Por qué fracasan los países”, publicado en el año 2012, por los economistas Daron Acemoglu y James Robinson. En él sostienen que las instituciones políticas y económicas, dependiendo de su calidad, generan incentivos que hacen que algunos países crezcan y prosperen, mientras que otros se atasquen y no progresen, en un proceso de estancamiento, con pobreza y marginalidad crecientes.

Según estos autores, existen “instituciones inclusivas”, en las cuales los derechos de propiedad son definidos y respetados con claridad, rige una efectiva separación de poderes y reglas de economías de mercado. Existe una amplia democratización de las posibilidades de ascenso social en función del mérito, el estudio y el esfuerzo personal.

Las “instituciones extractivas”, en cambio, concentran el poder económico y social en manos de una elite, quien asigna las cartas del triunfo a los preferidos del régimen. Los derechos de propiedad son considerados desde un punto de vista social o colectivo y pueden reasignarse según la voluntad del gobierno o la elite dominante.

En la encíclica “Fratelli Tutti”, el Papa dice que “el derecho a la propiedad privada solo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados, que debe reflejarse en el funcionamiento de la sociedad”.

Amparándose en este “derecho divino”, es posible cometer las tropelías más insólitas contra uno de los principios fundamentales del Capitalismo.

Si bien es legítimo que una sociedad opte por la propiedad privada o la propiedad pública de los activos reproductivos (capitalismo o socialismo), la mezcla de ambos sistemas genera incentivos para realizar el mínimo esfuerzo y obtener el máximo beneficio.

Domingo Cavallo popularizó la frase “Capitalismo sin mercado y Socialismo sin plan”. Parece una definición adecuada para un sistema donde los derechos de propiedad dependen más del azar que de la justicia y las leyes.

En el medioevo, los reyes se atribuían poderes sobre bienes y personas mediante el artilugio de considerarlos una delegación celestial a la que denominaban “derecho divino”.

En el mundo actual, el respeto irrestricto del derecho de propiedad privada en el sistema capitalista no responde sino a la más pura lógica de generar incentivos a la inversión y la explotación eficiente de los activos productivos. No se trata de un derecho sino de una pura necesidad. Negarlo o retacearlo, condena a la pobreza y la marginalidad a aquellos que no obtendrán los empleos y los salarios que producirían los activos socializados si estuvieran bajo la atenta vigía de un empresario emprendedor.

Lo que en la bibliografía se denomina “la tragedia de los bienes comunales”, ilustra magníficamente la experiencia de los reyes y aristócratas, que permitían la explotación colectiva a sus trabajadores de ciertas parcelas de terreno. El fracaso y posterior desaparición de esta concesión obedeció a que los miembros de la “cooperativa” pretendían obtener los frutos “según su necesidad” mientras que retaceaban contribuir a las labores “según su capacidad”.

Como corolario, podría suponerse ilógico pretender los resultados que brinda el capitalismo quitándole una de las herramientas principales de las que se vale para ello: la inviolabilidad del derecho de propiedad.

Con respecto a otro de los atributos que en el libro mencionado se asigna a las instituciones inclusivas, la separación de poderes, esta es muchas veces avasallada y la prosperidad personal no depende del mérito y el esfuerzo personal sino de la cercanía a los funcionarios que deciden dádivas y prebendas.

El segundo libro es el que Ayn Rand publicó mucho antes, en 1957. Se trata de una novela famosa en el mundo entero, llamada “La rebelión de Atlas”, que narra una hipotética huelga de los “sostenes económicos de la sociedad”. Está ambientada en los EEUU, y divide a sus habitantes entre “místicos” y “prácticos”.

Los primeros, entre los que se cuentan los políticos, los gremialistas y los empresarios prebendarios, viven a expensas de los que producen, es decir, de los empresarios emprendedores, de los trabajadores, de los comerciantes y de los productores agropecuarios.

Atlas es un Titán, que en la mitología griega, sostiene sobre sus hombros el globo terráqueo. Si sus fuerzas flaquearan o decidiera, de improviso, cesar en su esfuerzo diario, el planeta entero caería en un pozo sin fin que acabaría con la civilización y las comodidades económicas que obtuvo la humanidad en los últimos siglos.

Hasta que este libro vio la luz, a nadie se le había ocurrido que pudiera existir antagonismo entre el sector público y el sector productivo.

La autora muestra como la economía americana se desmorona ante la “huelga de brazos caídos” de los principales generadores de riqueza. En nuestro país, estos serían los industriales, los comerciantes y los productores del campo.

John Galt, es el líder de los rebeldes, a quienes conduce a un lugar escondido e impenetrable en el interior de las Montañas Rocallosas.

Sin el empuje, el esfuerzo y la dedicación de los principales líderes empresarios de la nación, la ruina es inmediata y la lección que reciben los “místicos” es definitiva y los lleva a implorar por el regreso a la normalidad.

Se proponen, entonces, abandonar la burocracia y permitir el funcionamiento de una economía de libre mercado, desmantelando las excesivas reglas y tributos que impiden funcionar la maquinaria creadora de riqueza y bienestar para los ciudadanos.

Prometen que ya no privilegiarán el sentimiento sino el intelecto. Mutarán desde el colectivismo al capitalismo. Ya no prevalecerá la masa sino el individuo. Se valorizará en mayor medida la libertad que la igualdad. La envidia hacia los hacedores será ahora admiración. La acción humana en libertad reemplazará a la fe en el estado.

 La sociedad cómplice

El estado de la economía que da origen a la rebelión, está caracterizada por un gravoso estipendio estatal, una reglamentación o planificación estricta de la actividad productiva y la inexistencia de lucro personal, puesto que las ganancias empresarias son repartidas en función de las “necesidades” de los integrantes de la sociedad en lugar de premiar el esfuerzo, el mérito y la voluntad transformadora del emprendedor.

Rand hace decir a uno de sus personajes, que “los místicos” no consiguen su objetivo por medio de la violencia sino de la persuasión de las grandes mayorías populares. Lo que buscan es acabar con los “ciudadanos” que, en una sociedad democrática son sus “mandantes”,  convirtiéndolos en “cómplices”.

Es notable la similitud con lo que actualmente suele denominarse “populismo”,  puesto que, al igual que en la novela, la elite dominante no parece buscar sino secuestrar las mentes y las voluntades de la gente mediante dos armas complementarias.

La primera consiste en crear tantos impuestos y regulaciones que impidan generar riqueza sin incumplir alguna de estas obligaciones. En estas condiciones, nadie se atreve a arrojar la primera piedra, pues todos se consideran a sí mismos evasores y/o infractores.

Las irregularidades son moneda corriente y las que cometen los “extractores de riqueza” quedan disimuladas y se aceptan como parte de las reglas implícitas de vivir en esta particular forma de organización social.

La segunda herramienta es el reparto de dádivas, préstamos no onerosos, prebendas y subsidios a grupos numerosos y vocingleros a los que se coopta a favor del régimen.

En las localidades y ciudades pequeñas de la Argentina de hoy, es notable el desgano y la falta de compromiso político de personas respetadas y honestas que, sabiendo que el “sistema actual” está agotado, no consienten en abrazar la lucha política por temor a “quedar mal” con los gobernantes de turno.

Es difícil encontrar personas capaces e inteligentes que no “deban un favor” o “tengan un negocio” relacionado con las autoridades locales.

Las reglas favorecen el amiguismo y la cercanía con el poder. Sin embargo, las grandes mayorías populares, ven degradadas sus condiciones de vida sin entender quien es el “vivo” que se queda con lo que les “corresponde”.

¿ Aparecerá un “John Galt”, capaz de dar una vuelta de campana a la situación y retornar a la Argentina al territorio del crecimiento con progreso social ?

Si esto no ocurre pronto, el vaciamiento de cerebros y capacidad creativa que es incipiente en la actualidad, puede llegar a igualar o superar la huída hacia las montañas que narra la autora de la novela. Solo que el destino preferido pareciera ser Uruguay o cualquier otro sitio donde se valore el esfuerzo, el mérito y la capacidad emprendedora y creadora del ser humano en libertad.

Un país habitado solo por “extractores” y sin “creadores” es impensable. Ni al más genial escritor de novelas fantásticas se le hubiera ocurrido un futuro más pintoresco para un país otrora dotado de riquezas naturales, materiales y humanas de una calidad superior a la que disponen otras tierras que no viven las desventuras de esta calamitosa sociedad que, entre todos, supimos conseguir.

Sin capital privado y solo armados con palas y azadones, pocos frutos obtendrían los que se queden a vivir el maravilloso ejemplo de solidaridad y cooperación desinteresada en la que se convertiría la nueva Argentina sin “ricos” que exploten a los trabajadores.

Reflexión final 

Los frutos del capitalismo provienen de la ambición y el deseo de lucro de emprendedores seguros de sus derechos de propiedad.

Las tomas, ocupaciones o usurpaciones que hemos visto recientemente en nuestro país, son expulsoras de talento empresarial y perjudican tanto más a quienes más se “desea” beneficiar.

Aunque es dudoso el verdadero objetivo de los que promueven o alientan estas ilícitas y arcaicas actividades.

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