Por qué son incompatibles Vaca Muerta y el kirchnerismo

Emilio Apud es ingeniero industrial, director de YPF y ex Secretario de Energía y Minería de la Nación. Integra el Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso.

LA NACIÓN – Un relevamiento mundial de shales (petróleo y gas) realizado por la Administración de Información Energética (IEA) de los Estados Unidos hace una década identificó en nuestro país la existencia de 11 rocas madre o formaciones del tipo de Vaca Muerta. Esas rocas madre o generadoras de hidrocarburos eran ya conocidas hace un siglo, pero no se las consideraba explotables, dada su compacidad y las limitaciones tecnológicas de entonces. Hubo que esperar hasta los 80 para dar con el método y los recursos tecnológicos que permitiesen extraer económicamente el petróleo y el gas contenidos en esa roca compacta que nada tiene que ver con las porosas que albergan a los petróleos convencionales.

Así, aparece el método de fractura hidráulica o fracking, para “ablandar” esa roca compacta y permitir que el petróleo y el gas contenido en sus intersticios fluyan hacia la superficie. La aplicación de este método, acompañada por herramientas de tecnología avanzada, hizo que Estados Unidos pasara de importador a exportador neto de hidrocarburos en un par de décadas.

Las once Vaca Muerta o rocas madre en nuestro país se encuentran en seis regiones o cuencas sedimentarias –Austral, Golfo San Jorge, Neuquina, Cuyana, Noroeste y Chaco Paranaense–, y en su interior contienen el segundo recurso mundial de shale gas y el cuarto de petróleo.

El mercado al que debemos apuntar es el de Asia, que emite el 53% del CO2 global, y en particular China, con 27%, y la India, con el 7%, dado que estos dos países deben mejorar a corto plazo su huella de carbono sustituyendo carbón por gas en sus procesos industriales y de generación eléctrica.

En las siguientes líneas centraré el análisis en el gas, ya que será el combustible estrella en la transición hacia una matriz energética mundial sin hidrocarburos, al menos como combustible.

Contamos con un volumen de 802 TCF (trillion cubic feet) de shale gas, también llamado gas no convencional. Para tener una idea de lo que ese volumen significa basta relacionarlo con los 1,9 TCF que consume el país en un año, es decir, tendríamos gas para más de 400 años, sin contar el convencional, que solo agregaría 13 TCF.

El calentamiento global y la teoría que sostiene que el principal responsable es el gas de efecto invernadero CO2 producido por la combustión fósil, harán que la era del petróleo se acabe en 40 o 50 años, por falta de demanda. Es el plazo mínimo necesario para reemplazar al 80% fósil de la matriz energética mundial por recursos renovables y generación nuclear. Paradójicamente, en ese período la demanda de gas crecerá sensiblemente como sustituto circunstancial del carbón que emite el doble de CO2.

Como vemos, estamos ante una interesante oportunidad para nuestros excedentes de gas, pero con una restricción temporal que obliga a tomar decisiones pronto, en esta década.

El mercado al que debemos apuntar es el de Asia, que emite el 53% del CO2 global, y en particular China, con 27%, y la India, con el 7%, dado que estos dos países deben mejorar a corto plazo su huella de carbono sustituyendo carbón por gas en sus procesos industriales y de generación eléctrica.

Los países emisores de CO2 a gran escala deberán ajustarse a normativas, algunas vigentes y otras en preparación en la Unión Europea y organismos multilaterales, que penalizarán el comercio internacional de productos con elevada emisión de CO2 en su elaboración.

Entonces, el gas natural en el mundo tendrá un uso predominante en la transición, pero se dejará de usar antes de finalizar este siglo. Es decir, unos 350 años antes que se nos acabe. Y aquí instalo la pregunta que guiará lo que resta de esta nota: ¿qué deberíamos hacer para minimizar la cantidad de ese gas que quedará bajo tierra y sin valor alguno? Es muy poco probable recuperarlo todo antes de que finalice la era del petróleo, no queda tiempo.

Por otro lado, la estrecha ventana de oportunidad para incursionar en el competitivo mercado internacional del gas natural, como LNG (gas natural licuado) y los múltiples obstáculos a remover, no solo para extraerlo sino para comercializarlo, hacen difícil su puesta en valor.

Ante este panorama deberíamos concentrarnos en Vaca Muerta, la roca madre que más conocemos, en producción a la fecha y con características que la hacen muy atractiva, sin descartar, claro, alguna otra roca madre a futuro si se tuviera éxito en Vaca Muerta.

Vaca Muerta tiene 285 TCF, el 36% del shale gas del país, pero también muchas otras ventajas: ya produce el 43% del gas que consumimos; operan unas 30 empresas, entre las que se cuentan las más importantes del mundo; ya se ha transitado la curva de aprendizaje y el know how adquirido por las operadoras; es comparable con el de los principales yacimientos de shale de Estados Unidos, como el Permian y Eagle Ford; está ubicada en el corazón de la industria petrolera de Neuquén; es una roca con elevado contenido de hidrocarburo; tiene una morfología excepcional, 32.000 km2, a 3000 metros de profundidad y espesores entre 65 y 350 metros. No obstante estas virtudes, hoy solo está en producción el 0,28% de su capacidad.

Aceptemos cuarenta años para la transición hacia cero combustibles fósiles y asumamos un crecimiento anual de la demanda doméstica de gas optimista, 3% con una exportación razonable a Chile, sur de Brasil y Uruguay. De conformarnos con eso, como lo venimos haciendo hasta ahora, finalizada la transición quedará sin utilizar la mitad del gas de Vaca Muerta.

Si monetizamos ese volumen remanente a US$3 el MBTU (hoy, para el subsidio a las petroleras se les reconoce US$3,9), su valor sería US$440.000 millones, más de un PBI actual o un ingreso anual de divisas promedio durante 40 años de US$11.000 millones, cifra interesante si la comparamos con los US$18.000 de la exportación de producción primaria del campo. Pensemos también en toda la cadena de valor implícita y en la magnitud de las inversiones en yacimiento, transporte, plantas de licuefacción, desarrollo tecnológico y comercialización. Son beneficios a los que estaríamos renunciando si continuáramos encarando a Vaca Muerta sin mentalidad exportadora y de apertura al mundo

Pero, como vimos, el plazo es exiguo y a las múltiples restricciones hoy se suma la política económica y energética de la actual administración que tornan inviable al proyecto.

No podemos renunciar a esa gran generación de riqueza por persistir con políticas cortoplacistas, ideológicas e intervencionistas, como las promovidas por el Gobierno, que satisfacen solo al plexo corporativo de nuestra sociedad en detrimento de su futuro.

Para llevar adelante este proyecto de mínima en Vaca Muerta, que implica recuperar solo el 21% del shale gas que no utilizaríamos, será necesario cumplir ciertos requisitos para atraer las cuantiosas inversiones que requiere el proyecto, hoy con acceso vedado para nuestro país luego del lamentable standalone en que cayó y que lo hace inelegible al crédito internacional.

Veamos algunos de esos requisitos básicos, que no son ni más ni menos que los aplicados en países con crédito y atractivo inversor: acceso libre e irrestricto a las divisas, libre disponibilidad de utilidades, apertura del comercio exterior, fortaleza institucional y jurídica, impuestos acotados y específicos, flexibilidad laboral, respeto por las leyes del sector y del comercio exterior. Además, para que estas “reglas de juego” sirvan deben funcionar dentro del marco de una política de Estado que les dé previsibilidad y vigencia por décadas, independientemente del gobierno de turno.

Ninguno de estos requisitos cumple el actual gobierno, al igual que los tres que lo precedieron entre 2003 y 2015. Ergo, Vaca Muerta es incompatible con el kirchnerismo.

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