Cámpora, el traidor

Carlos Manfroni
Consejero Académico at Fundación Libertad y Progreso

LA NACIÓN – Entre 1972 y 1973 circulaba un chiste político que decía que cuando Juan Domingo Perón preguntaba a Héctor Cámpora: “¿Qué hora es?”, él le respondía: “La que usted quiera, mi general”.

Bromas como esa, junto con una sobreactuación de Cámpora en la lealtad a su jefe, contribuyeron a forjar sobre él una indiscutida fama de obsecuente; una imagen que al delegado de Perón, lejos de mortificarlo, lo benefició en sus planes.

Cámpora había sido presidente de la Cámara de Diputados durante el primer gobierno peronista, un cargo del que fue desplazado después de la muerte de Eva Duarte, a pesar de sus intentos para lograr que Perón mediara a fin de que sus pares lo reeligieran. Su estrella comenzó a brillar nuevamente 20 años después, cuando una supuesta proscripción a Perón por el gobierno de facto del general Alejandro Agustín Lanusse lo llevó a la presidencia de la República en representación de su jefe, quien según la historia oficial habría hecho una jugada de ajedrez al colocarlo en su lugar ante la imposibilidad de presentarse él mismo.

Todo fue una gran mentira que únicamente pudo sostenerse durante tantos años porque hasta 2014 permanecieron clasificados y en el más riguroso secreto ciertos documentos que demostrarían lo contrario.

La historia necesita verse en perspectiva y es muy común que no interpretemos los hechos inmediatos, porque se mezclan con el vértigo del día a día y con las pasiones del momento.

La candidatura de Cámpora no fue una idea de Perón, sino de Licio Gelli, el jefe de la logia italiana Propaganda Due que negoció con Lanusse el regreso del líder justicialista y sus condiciones, tanto directamente como a través del brazo derecho de Lanusse para ese proceso de democratización: el general Luis Alberto Betti, también miembro de esa logia.

Quien esto escribe encontró el documento entre cientos de miles de páginas de los archivos de la Comisión de Investigación del Parlamento de Italia sobre Propaganda Due. Allí constaba que Licio Gelli había confesado ante el maestre del Gran Oriente de Italia, Lino Salvini, que fue él mismo quien impuso a Cámpora como candidato y presionó a Lanusse para que aceptara esa candidatura si quería terminar su presidencia en paz.

Cuando uno ve esto, todas las piezas comienzan a acomodarse solas, una por una. Y la primera que se acomoda es la de la famosa “cláusula proscriptiva”. Se trataba de una disposición del gobierno militar de Lanusse que exigía que todo aquel que quisiera ser candidato en las elecciones a punto de convocarse debía fijar domicilio y residir en la Argentina antes del 25 de agosto de 1972. Durante años creímos que esa cláusula era realmente proscriptiva, pero el gobierno de Lanusse había dado todos los pasos para facilitar el regreso de Perón, después de su exilio de 18 años en España. Le devolvió los restos de Eva Duarte en Madrid, le entregó el pasaporte argentino, le concedió la pensión correspondiente a su cargo de presidente, le restituyó los bienes que habían sido confiscados, se comprometió a poner fin a las causas judiciales que pesaban sobre el ex presidente (algo que por algún motivo no nos extraña en la Argentina) y le permitió reorganizar el Partido Justicialista.

Los militares de aquel gobierno de facto querían que fuera Perón el candidato, ya que para eso habían decidido llamar nuevamente a elecciones sin proscripciones de partidos ni personas.

De hecho, Perón regresó a la Argentina el 17 de noviembre de 1972. Salvo que no hubiera hecho a tiempo las valijas después de 18 años, no había motivo alguno que le impidiera haber llegado el 24 de agosto, una diferencia de menos de tres meses.

La denominada “cláusula proscriptiva” funcionaba al revés; era una máscara para ocultar una imposibilidad derivada de los arreglos de Perón con Gelli, quien gestionó su regreso, pagó el avión, planeó los encuentros con Giulio Andreotti y lo reunió con la cúpula de Montoneros en el Hotel Excelsior de Roma, centro de sus operaciones.

Entonces se explica por qué Licio Gelli debía convencer a Lanusse para que aceptara la candidatura de Cámpora, incluso con una amenaza, algo inconcebible frente a un militar con fama de duro como pocos. Basta con imaginar a un hombre que estuvo preso por oponerse a Perón durante su gobierno y perdió varias piezas dentales en prisión –según testimonios de la familia- porque decía que no se iba a dejar tocar la boca por un dentista del peronismo. Ese general, paradójicamente, terminó poniendo la banda presidencial a un odontólogo peronista y aceptó que un vendedor de telas italiano le dijera que permitiera la candidatura de Cámpora si quería terminar en paz su gobierno.

Lanusse prefería a Perón. Todos sabían la buena relación de Cámpora con la guerrilla. Cuando declamó: “Perón no viene porque no le da el cuero”, se trató más de una provocación, de una exhortación, de una expresión de rabia, que de una burla.

Gelli necesitaba a Cámpora para generar el caos que inmediatamente Cámpora desató y así hacer posible el golpe que tuvo como una de sus cabezas al almirante Emilio Eduardo Massera, antiguo miembro de la logia y nombrado comandante de la Armada por Perón, a pedido del propio Gelli. Cuando Perón se rebeló contra ese caos, desplazó a Cámpora y ganó las elecciones por más del 60% de los votos, dos días después los montoneros mataron a José Ignacio Rucci, su hombre más leal y su nexo con el movimiento obrero.

Perón odió a Cámpora durante el tiempo que le quedaba de vida por haberle birlado la posibilidad de volver a ser presidente tras su regreso del exilio. El trato que le dio a partir de entonces no coincidía con el mero desdén que puede provocar un obsecuente o un inútil, sino como el producto del rencor que un hombre acostumbrado a manejar poder destina al traidor que entró en el juego que se lo impide. Por eso anunció la candidatura de Cámpora desde el Paraguay, en lugar de hacerlo en un acto en Buenos Aires, desde donde acababa de partir. No lo esperó ni envió a alguien al aeropuerto de Barajas cuando Cámpora, ya presidente, lo fue a buscar a Madrid; lo recibió en la quinta “17 de Octubre” en bata y pantuflas y lo enredó en una conversación hasta que llegara tarde a la cena que Francisco Franco tenía preparada para ellos y a la cual no lo acompañó. En sus últimas horas, Perón pidió que no se le agradecieran a Cámpora los servicios prestados como embajador en México.

Si fuera real la máxima popular que sostiene que detrás de todo obsecuente hay un traidor, la candidatura de Cámpora estaba confirmando ese dicho.

Horas antes del golpe del 24 de marzo de 1976, el líder radical Ricardo Balbín dio una conferencia por televisión que finalizaba con unos versos de Almafuerte: “Todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de su muerte”. Y a continuación, exhortó: “¡Argentinos: no esperemos a los últimos cinco minutos!”. Ante los hechos que transcurrieron durante esos años, podría haber recitado otros versos del mismo poeta: “Esta vida mendaz es un estrado/ donde todo es estólido y fingido,/ donde cada anfitrión guarda escondido/ su verdadero ser tras el tocado”. Muy amargos, por cierto. Semejante generalización no responde a la verdad, pero aquellos hechos merecían esa estrofa.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin