Resiliencia democrática
CLARÍN El Otoño del Patriarca es una novela de Gabriel García Márquez publicada allá por 1975, en la que el autor daba cuenta de ese proceso de decadencia política, institucional y moral que suponía la persistencia y resistencia en el poder de una persona -el dictador- cuyo poder era absoluto y los niveles de corrupción cruzaban límites impensados. Entrelazados, llevaban a una decadencia inexorable.
Avizorando tiempos mejores, la democracia llegó a una región que la añoraba. La democracia latinoamericana, hija de la tercera ola de democratización, atravesó diversas etapas y los estudios de la ciencia política fueron acompañando esa evolución: un enfoque en las transiciones condujo al estudio de la consolidación democrática, que luego dio paso a una preocupación por las democracias con adjetivos, con defectos o delegativas, que posteriormente dio lugar al estudio de la autocratización y, ahora, a una exploración incipiente de la resiliencia democrática.
¿Pueden nuestras democracias sobrevivir a los intentos de autocratización? ¿Podemos sobrellevar la fragmentación y la polarización sin caer en el autoritarismo? ¿Qué hemos aprendido?
En los últimos años, gran parte de los estudios de la ciencia política se han centrado y preocupado por el retroceso democrático. Los datos mostraban (aún muestran), un proceso de autocratización creciente. Sin embargo, incluso en este contexto, un cambio de enfoque sobre la democracia global está surgiendo tímidamente. Conceptos como autocratización, regresión, retroceso y recesión democrática dominan los debates sobre las tendencias políticas globales. Pero ¿existen reservas democráticas en las sociedades?
Las instituciones democráticas son susceptibles de ser capturadas y utilizadas para cambiar el campo de juego a favor de un gobernante electo pero autocratizador, esta es una historia que conocemos y que hemos vivido en estas décadas en América Latina.
Lo cierto es que los intentos autocratizadores no son hijos de las ahora llamadas derechas radicales, sino que comenzaron con las izquierdas (bolivarianas en este lado del mundo) que, llegados al poder, minaron y terminaron con la institucionalidad democrática. La izquierda rancia invitó a una derecha polarizada a jugar el juego.
Si bien la autocratización sigue siendo una preocupación, ha comenzado a surgir un enfoque paralelo sobre la resiliencia democrática. Esto se debe, en parte, a que muchas democracias han atravesado crisis sin caer en la autocracia, mientras que un pequeño número de estados que se autocratizaban han podido revertir el rumbo. Algunos casos de resiliencia tienen lugar en democracias consolidadas que resisten la autocratización, mientras que otros implican una reversión de dinámicas autocráticas arraigadas.
Tras dos décadas de declive democrático y avances autoritarios, la comunidad democrática mundial comienza a centrar su atención en las oportunidades de renovación democrática. Este interés refleja una importante contracorriente en la actual tendencia a la autocratización: un importante número de países donde los gobernantes autocratizadores han sido derrotados y la redemocratización parece posible.
En los últimos años, gobiernos considerados ampliamente responsables de la erosión democrática han perdido poder, en nuestra región, tenemos el caso de Bolivia, con las elecciones llevadas a cabo el domingo 17 de agosto. Existen ventanas, como esta elección lo demuestra, momentos específicos de oportunidad política para las fuerzas democráticas.
Pensaba Huntington que la tercera ola no tenía causas, sino causantes, ciudadanos que empujaban por esos procesos de democratización. ¿Estamos asistiendo a un fenómeno similar? ¿Son entonces los ciudadanos y no los partidos ni las élites quienes se han puesto al hombro la desautocratización? Decía la letra del tango “Siglo veinte, cambalache, problemático y febril. El que no llora no mama y el que no afana es un gil. Dale nomás, dale que va”.
Pareciera que, a la vanguardia de lo que fueron los gobiernos de la tercera ola, el tango predijo nuestra historia. Si volvemos la vista atrás, los líderes políticos, las élites políticas, tienen una enorme deuda con sus ciudadanías, izquierdas y derechas han estafado a sus electorados una y otra vez; la apatía y la eterna crisis de representación, son síntomas de algo más profundo.
¿Dónde encontrar entonces esa reserva de valor democrática? La supervivencia de la democracia, la resiliencia de la democracia, depende de ciudadanos convencidos de que, a pesar de los malos resultados, la democracia es mejor que el autoritarismo.
Hoy la crisis no es de los representados, sino de los representantes. Y aunque los partidos y sus líderes no se esfuercen, la democracia nos obliga a una preferencia normativa, donde siempre es mejor vivir en libertad.

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