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La inflación mostró una desaceleración en las primeras semanas de marzo, en un contexto en el que comienzan a disiparse los efectos de la depreciación previa del peso. Dado que la dinámica alcista de los últimos meses respondió en gran medida a la pérdida de valor del peso por la caída de su demanda en un escenario de creciente incertidumbre preelectoral, su traslado a precios comienza a agotarse. El poder adquisitivo de nuestra moneda se mantuvo estable, desde que los comicios mostraron el apoyo de la población al rumbo económico. Si a esto se le suma, que queda un menor conjunto de bienes y servicios que les resta reflejar la pérdida de poder adquisitivo pasada, era lógico que empezara a desacelerarse el IPC, cosa que se empezó observar desde mediados de febrero. En este marco, las estimaciones preliminares para las primeras dos semanas del mes se ubicaban en torno al 2,6%.
No obstante, hacia la tercera semana la proyección del IPC se elevó a 2,8%. Este cambio respondió principalmente al impacto del conflicto en Medio Oriente sobre los precios de los combustibles, que registraron aumentos semanales de hasta el 4%. Por otro lado, persisten presiones al alza provenientes de los precios regulados —como tarifas de servicios públicos, transporte y medicina prepaga—, lo que configura un escenario de desaceleración moderada, aunque aún condicionado por factores que limitan una baja más marcada en la inflación.
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