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Ernesto Laclau: Un apunte

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      Se ha escrito mucho sobre el autor que figura en el encabezado de esta nota  pero observo que la mayoría, sea para criticarlo o para aplaudir lo que dice, se aferran a sus extensos e interminables textos farragosos, en tramos ininteligibles construidos en base a una cadena interminable de galimatías conceptuales. No es que todo lo que escribe Laclau sea incomprensible, hay pasajes muy claros pero parecería que el estilo obedece a una estrategia que consiste en tirar la estocada con una idea-fuerza y luego adornarla largamente con una escritura sin sentido alguno para impresionar a los snobs y a los acomplejados (me refiero a aquellos que cuando no entienden conjeturan que el que escribe “debe saber mucho”). Karl Popper aludía a esos escritores reiterando que “la búsqueda de la verdad solo es posible si hablamos sencilla y caramente […] Para mí, buscar la sencillez y la lucidez es un deber moral de todos los intelectuales: la falta de claridad es un pecado y la presunción un crimen”.

No quiero abusar de la paciencia del lector pero tomo más o menos al azar una de las parrafeadas típicas de Laclau, esta vez de su libro Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo al efecto de ilustrar lo dicho para que cada uno juzgue por sí mismo. Por ejemplo: “Toda tipografía presupone un espacio dentro del cual la distinción entre regiones y niveles tiene lugar, ella implica, en consecuencia, el cierre del todo social, que es lo que permite que éste último sea aprehendido como una estructura inteligible que asigna identidades precisas a sus regiones y niveles. Por si toda objetividad es sistemáticamente rebasada por un exterior sustitutivo, toda forma de unidad, articulación y jerarquización que pueda existir entre varias regiones y niveles será el resultado de una construcción contingente y pragmática y no una conexión esencial que pueda ser reconocida”.

Lamentablemente en lo personal, al dirigir tesis doctorales he comprobado que no son pocos los alumnos que arrastran una especie de inercia en cuanto a que en sus monografías y similares durante la carrera de grado les han inoculado la manía del oscurantismo como si fuera un camino fértil para exhibir supuestos conocimientos sofisticados. En estos casos, se consume bastante tiempo en volver a la normalidad. Alan Sokal y Jean Bricmont han ilustrado magníficamente el punto señalado cuando publicaron un muy celebrado ensayo con referato en Social Text, luego de lo cual declararon que se estaban burlando de la comunidad académica ya que el trabajo contenía disparates superlativos y se aprestaron a publicar su propia refutación, a lo que la dirección del journal en cuestión concluyó que “no tenía altura académica” por lo que los autores decidieron publicar todo el material y el relato de lo sucedido en un libro titulado Imposturas intelectuales.

Vamos entonces lo que estimamos es el núcleo del mensaje de Laclau en sus escritos, las estocadas a las que nos referimos más arriba. En el libro que hemos citado de este autor sostiene en el contexto de su adhesión a la teoría de la plusvalía que “la clásica falacia liberal acerca de la relación entre obrero y capitalista consiste en reducir a esta última a su forma jurídica -el contrato entre agentes económicos libres- y que la crítica a esta falacia consiste en mostrar la desigualdad de las condiciones a partir de las cuales capitalista y obrero entran en la relación de producción”.

En esta misma línea argumental escribe el mismo autor en la misma obra que “en el caso de que la gestión del proceso económico deje de estar en las manos privadas del capitalista y pase a ser una gestión social, la emancipación del capitalista respecto del productor directo es transferida a la comunidad en su conjunto. Lo que el productor directo pierde en términos de autonomía individual, lo gana por otro lado con creces en tanto miembro de una comunidad” y, como remedio, sugiere “una intervención consciente, por lo tanto, permite regular la realidad crecientemente dislocada del mercado” puesto que “el mito del capitalismo liberal fue de un mercado absolutamente autorregulado”.

Éste es en una cápsula el núcleo duro de Laclau en materia económica. Una perspectiva nada original pero que rebalsa en errores muy sustanciales. Primero, los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia de las tasas de capitalización, es decir, fruto del ahorro interno y externo que hacen de apoyo logístico para elevar el nivel de vida. Los arreglos contractuales son siempre entre desiguales lo cual significa asimetrías en gustos y en informaciones, de lo contrario no se llevarían a cabo. En cuanto a las desigualdades patrimoniales, en un mercado abierto éstas responden a las votaciones de los consumidores en el plebiscito diario del supermercado y equivalentes, lo cual, a su vez, permite incrementar las antedichas inversiones, especialmente para bien de los más necesitados. Como hemos puntualizado en otras oportunidades, esto último no ocurre cuando los empresarios dejan de estar compelidos a satisfacer las demandas del prójimo puesto que sus riquezas se deben al privilegio otorgado por el poder político.

Por otra parte, en el mercado del cual todos formamos parte cuando adquirimos lo que necesitamos (incluso los libros de Laclau) las compras y ventas de bienes y servicios significan intercambios de derechos de propiedad y cuando éstos se vulneran se alteran los precios que al trasmitir señales falsas obstaculizan la contabilidad y la evaluación de proyectos hasta, en el extremo, tal como ocurría antes de la demolición del Muro de la Vergüenza en Berlín, se elimina toda posibilidad de cálculo económico. La idea de la llamada dirección estatal “conciente” es precisamente a lo que el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek combate y refuta en su La fatal arrogancia. Los errores del socialismo. La función de los gobiernos en una sociedad abierta consiste en proteger los derechos de los gobernados, marcos institucionales que Laclau rechaza tal como veremos enseguida.

Por último, afirmar que lo que pierde el capitalista lo gana con creces la comunidad cuando la gestión la lleva a cabo el aparato estatal pasa por alto el hecho de que la asignación de los siempre escasos factores de producción operan a ciegas si no se administran por aquellos que los consumidores consideran más eficientes para atender sus requerimientos y, por ende, el traspaso de la gestión empresaria al Leviatán inexorablemente significa una pérdida neta o, más bien, un derroche.

En otro de sus libros titulado La razón populista comienza afirmando que “la noción misma de individuo no tiene sentido en nuestro enfoque” puesto que se dirige a ese antropomorfismo denominado “pueblo” basado en la supremacía de la mayoría sin cortapisas conducida por el líder con quien se establece un “lazo libidinal” en el contexto de un enfrentamiento al “otro antagónico” (las variantes capitalistas) en donde no hay división de poderes sino que el Poder Legislativo y el Judicial necesariamente deben acompañar las decisiones hegemónicas. Por eso no es de extrañar que, como lo señaló en una entrevista en Página/12 titulada “Vamos a una polarización institucional”, que subraye su adhesión al peronismo, al chavismo y a todos sus imitadores para concluir que, en este ámbito, “soy partidario hoy en América latina de la reelección presidencial indefinida”, esto es, puro bonapartismo.

Con su mujer -Chantal Mouffe- también ha publicado ensayos y un libro de gran difusión titulado Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia donde, como queda dicho, entienden la democracia como las mayorías ilimitadas a contracorriente de toda la tradición democrática que desde sus comienzos ha enfatizado en el respeto a las minorías, lo cual está representado contemporáneamente por Giovanni Sartori y tantos otros intelectuales de gran calado.

Laclau se aparta de la tradición estrictamente marxista para ubicarse en un posmarxismo, así consigna en el libro citado en primer término que “yo nunca he sido un marxista total” puesto que “nuestro trabajo puede ser visto como una extensión de la obra de Gramsci”, en definitiva, “yo no he rechazado el marxismo. Lo que ha ocurrido es muy diferente, y es que el marxismo se ha desintegrado y creo que me estoy quedando con sus mejores fragmentos”.

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Vaca muerta, mala noticia

vaca muertaLa prosperidad de los pueblos se basa en el respeto recíproco, lo cual significa que los aparatos de la fuerza que denominamos gobiernos garantizan y protegen los derechos de todos. Tal como rezan los documentos centrales en la materia, se trata de la protección a la vida, la libertad y la propiedad.

Sin embargo, los gobiernos que renuncian a esas funciones primordiales se embarcan en todo tipo de aventuras estatistas básicamente bajo el supuesto que los burócratas saben más que los propios interesados por lo que aquellos la emprenden para succionar el fruto del trabajo ajeno. Así irrumpen las mal llamadas empresas estatales confundiendo la soberanía del individuo con la “soberanía” de una cosa. La actividad empresaria no es un simulacro o un pasatiempo: o se arriesgan recursos propios o se impone un ente político que usa y abusa de lo que es de otros, lo cual indefectiblemente significa asignar mal los siempre escasos recursos respecto de lo que hubieran hecho libremente los propietarios.

También la arrogancia de funcionarios pretende reemplazar precios por números que naturalmente no sirven como indicadores de las estructuras valorativas de las partes contratantes ni para evaluar proyectos. Como las alarmantes presiones impositivas y el colosal endeudamiento interno no alcanzan para financiar el elefantiásico gasto público, se lanzan a falsificar moneda, lo cual perjudica muy especialmente a los más necesitados. Y con la intención de disimular fracasos se embarcan en subsidios que a poco andar deben eliminar de modo abrupto para poder pagar las cuentas más urgentes.

En este contexto, si se recibieran créditos externos por medio de organismos internacionales o si aparecieran nuevas e inesperadas fuentes de producción, la situación empeorará puesto que constituyen nuevos estímulos para acentuar las políticas de avasallamiento a los derechos de las personas.

Por esto es que en ésta línea argumental, las miradas debieran fijarse en países como Japón que es un cascote donde solo el veinte por ciento es habitable y alejar las miradas de África donde, salvo alguna excepción, la pobreza es superlativa en un continente que cuenta con los más abundantes recursos naturales del planeta.

Por lo dicho es que ilustramos el tema del modo en que lo hicimos en el título de esta nota, fenómeno que se viene repitiendo en medio de reiterados ajustes y devaluaciones que no corrigen el problema de fondo, a saber, la eliminación de funciones incompatibles con un gobierno republicano. En una sociedad abierta, nuevas posibilidades constituyen siempre una buena noticia ya que los mercados operarán en competencia para elevar las condiciones de vida de los habitantes. En cambio, en medio del estatismo (de este o de cualquier otro gobierno), ocurre lo contrario: las garras estatales se aprestan a acentuar sus dislates, dilapidaciones, arbitrariedades, intentos de demoler la Justicia, contar con medios de comunicación adictos e irregularidades de toda laya.

En el caso argentino es muy recomendable tener presente lo consignado por el padre intelectual de nuestra Constitución fundadora. Así, Alberdi en su libro más conocido escribió que “La propiedad sin el uso ilimitado es un derecho nominal…Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública…Así la Constitución Argentina, en vez de inventar despóticamente reglas y principios de distribución para las riquezas, las ha tomado de las leyes naturales que gobiernan este fenómeno”.

*Publicado en Ámbito Financiero
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Marx está de moda, pero ¿tenía razón?

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Desde el diario argentino La Nación hasta The New York Times en EE.UU., o las revistas como Rolling Stone, reaparecen con cierta frecuencia artículos y debates donde se reivindica a Karl Marx, en algunos casos intentando sacar un balance, en otros como francas apologías marxistas. Esto ocurre también en las universidades e incluso en los manuales de texto que leen nuestros hijos en los colegios. Basta ver esta semana los títulos “Was Marx right?” en el diario americano o “Crónicas marxianas: el regreso con gloria de los clásicos”, en La Nación del domingo 13 de abril.

En este contexto, nos interesa hacer un humilde aporte al debate. Desde el punto de vista teórico, la refutación llegó en 1871, apenas cuatro años después de la aparición de Das Capital, la obra famosa de Marx. Los marginalistas Menger y paralelamente Böhm Bawerk demostraron que el valor es subjetivo y por lo tanto la plusvalía es falsa así como la Teoría del Valor trabajo que Marx tomó de Adam Smith. Posiblemente por ello, Marx no publicó la segunda parte de Das Capital hasta su muerte en 1883, porque jamás logró levantar la refutación de Menger. Fue Engels, tal vez sin tantos pruritos de honestidad intelectual, quien publicó sus escritos post mortem.

Pero la cuestión relevante es: ¿Marx tenía razón?

La teoría marxista es una ideología del odio social que dio fundamento a las revoluciones violentas que han provocado más de 100 millones de muertos durante el siglo XX. Esta ideología predice que los ricos serán cada vez más ricos y los pobres más pobres. Otros más moderados, admiten que en realidad todos mejoran, pero que los ricos mejoran más rápido y por eso se expande la brecha entre ricos y pobres. Pero, ¿Es eso cierto?

Hans Rosling es un ex “médico sin fronteras”, que se dedicaba a salvar vidas en África, hasta que se dio cuenta que haciéndolo uno por uno no llegaría a mejorar gran cosa. Hoy encuentra que es más importante dar a conocer las estadísticas mundiales y ha resumido los datos de 200 países desde 1800 para que sean accesibles a todos en www.gapminder.org/world de manera de poder refutar ideas falsas.

Allí podemos ver que en 1867, cuando Marx publicaba por primera vez Das Capital, Inglaterra era el país más rico del mundo con un PBI per cápita de USD 4.223, seguido por Australia, Nueva Zelanda, EE.UU. y Canadá. Un poco más atrás estaba Alemania con USD 2770 y el resto de los países europeos. China, aislada de occidente, se encontraba en los USD 684 a una distancia de 6,17 veces más pobre que Inglaterra. Recordemos que China había sido una gran potencia durante mil años, y que todavía en 1800 abarcaba un 30% del PBI mundial. Pero la explosión de riqueza de la revolución industrial ya la estaba rezagando.

China con gobiernos nacionalistas y luego comunistas permaneció mayormente cerrada al intercambio comercial hasta 1979. Para ese entonces, China tenía un PBI per cápita de USD 1250, 15 veces más pobre que Inglaterra y 23 veces más pobre que EE.UU. China había descendido a tener apenas el 2% del PBI mundial.

Elegimos 1979 porque en ese año se le atribuye una frase a Deng Xiao Ping que decía: “No me interesa el color del gato, si es blanco o negro, sino que cace ratones”.

A partir de ese año, China se abrió a los capitales “explotadores” de Europa y los EE.UU. La teoría marxista, junto con las cepalinas teorías de Raúl Prebsich, hubiera pronosticado que China se empobrecería a partir de ese momento. Otros más moderados, como Amartya Sen, hubieran esperado que se enriquezca, pero más lentamente que los países capitalistas.

Pero los datos demuestran con total contundencia que esas teorías están equivocadas: China creció desde su apertura a los capitales y al libre comercio mucho más rápido que los países centrales. Para 2012, su PBI per cápita se había multiplicado ocho veces, hasta USD 8.347 GDP, frente a USD 31.295 de Inglaterra, habiendo cerrado la brecha de 15 veces a 3,7 veces. Y si comparamos con los USD 42.296 de EE.UU., cerró la brecha de 25 veces a 5.

El Capitalismo del siglo XXI, del profesor Thomas PIketti, es otro nuevo libro neo-marxista de moda, citado en el artículo de La Nación. Piketti sostiene que los ricos son cada vez más ricos y dice que eso es así porque a mayor cantidad de capital, mayor es su rentabilidad. Toma para ello los datos de los más ricos de Forbes que hoy acumularían un porcentaje de renta mayor que en 1987.  Recientemente  Juan Ramón Rallo, especialista de la Fundación Juan de Mariana, revisó los datos y encontró que Piketti se olvidó de constatar lo obvio, que es que los ricos de entonces no son los mismos que los ricos de hoy. En su artículo, “¿Qué pasó con los ricos de 1987?”, Rallo repasa el destino de la fortuna de los diez hombres más ricos de 1987 y constató que el más rico, Yoshiaki Tsutsumi, perdió el 96% de su fortuna; que el segundo, Taikichiro Mori, murió, pero la fortuna combinada de sus dos hijos es 80% menor;  de quienes ocupaban el tercero y cuarto lugar hoy es difícil encontrar rastros. El quinto lugar de la lista lo ocupaba en 1987 Salim Ahmed Bin Mahfouz, que cuando murió se había empobrecido un 72%.  En el sexto puesto estaban los hermanos Hans y Gad Rausing, dueños de la multinacional sueca Tetra Pak, cuyos herederos han logrado crecer de USD 6.000 millones de dólares a 25.000, lo que equivale a una tasa de rentabilidad media anual del 2,7%; muy alejada del 6,8% que sugería Piketty. Los demás perdieron entre el 50% y el 80% de sus fortunas, con la excepción del canadiense Kenneth Roy Thomson, que logró ganar un 2,9% anual.

Si observamos la lista actual de los super ricos, encontraremos historias exitosas de personas que han creado riqueza para la sociedad. Bill Gates cuyos programas de software usamos todos. Carlos Slim que mejoró las comunicaciones de México. Amancio Ortega es el español creador de la exitosa tienda Zara. Larry Ellison fue el creador de Oracle. Los hermanos Koch, con industrias diversificadas, petróleo, gas, química, minerales, fertilizantes, papel, etc. Los Walton, que redujeron los precios para los pobres a través de Wall Mart, y becan los estudios de niños pobres. Warren Buffet, el genio de las finanzas.  Y por último, Sheldon Adelson, quien gana dinero sacándoselo a la gente en los casinos (es el único que, a mi juicio, no aporta nada valioso a la ciudadanía, sino que se aprovecha de sus vicios).

El capitalismo es un proceso de destrucción creativa, de modo que los nuevos inventos y procesos superan a los antiguos, y es por eso que es muy difícil permanecer muchos años entre las primeras 40 empresas de los EE.UU..  Lo más usual es caer y que otros ocupen su lugar.

Rallo termina su artículo mostrando que: “en 1987, muchos de los hombres más ricos del mundo al día de hoy —Bill Gates, Amancio Ortega, Larry Ellison, Jeff Bezos, Larry Page, Sergey Brin o Mark Zuckerberg— o estaban trabajando en un garaje, o estudiando en bachillerato, o jugando en el jardín de infancia. Veremos cuántos de ellos siguen en la lista dentro de tres décadas y qué otros geniales creadores de riqueza habrán entrado en ella.

El más reciente nuevo rico, Jan Koum nacido en Kiev, quien de niño nunca tuvo agua caliente en su casa y sobrevivió con cupones de comida cuando emigró a Estados Unidos con 17 años, acaba de vender la empresa que creó hace apenas 5 años, WhatsApp, en USD 16.000 millones a otro nuevo rico: Facebook.

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Ver también: Hans Rosling, The Joy of Stats, 200 países en 200 años

*Publicado originalmente en Fortunaweb
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La oposición venezolana arrasa

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A Nicolás Maduro le salió muy mal la primera ronda de conversaciones en el palacio de Miraflores. No sólo de consignas vive el hombre. Él, su gobierno, y media Venezuela, por primera vez debieron (o pudieron) escuchar en silencio las quejas y recriminaciones de una oposición que representa, cuando menos, a la mitad del país.

El revolucionario es una criatura voraz y extraña que se alimenta de palabras huecas. Era muy fácil declamar el discurso ideológico socialista con voz engolada y la mirada perdida en el espacio, tal vez en busca de pajaritos parlantes o de rostros milagrosos que aparecen en los muros, mientras se acusa a las víctimas de ser fascistas, burgueses, o cualquier imbecilidad que le pase por la cabeza al gobernante.

El oficialismo habló de la revolución en abstracto. La oposición habló de la vida cotidiana. Para los espectadores no dogmáticos el resultado fue obvio: la oposición arrasó.

Es imposible defenderse de la falta de leche, de la evidencia de que ese pésimo gobierno ha destruido el aparato productivo, de la inflación, de la huida en masa de los venezolanos más laboriosos, de las pruebas de la corrupción más escandalosa que ha sufrido el país, del saqueo perpetrado diariamente por la menesterosa metrópoli cubana, del hecho terrible que el año pasado fueron asesinados impunemente 25 000 venezolanos por una delincuencia que aumenta todos los días.

¿Por qué Maduro creó esa guarimba antigubernamental en Miraflores? ¿Por qué pagó el precio de dañar inmensamente la imagen del chavismo y mostrar su propia debilidad dándole tribuna a la oposición?

Tenía dos objetivos claros y no los logró. El primero era tratar de calmar las protestas y sacar a los jóvenes de las calles. El “Movimiento Estudiantil” –la institución más respetada del país, de acuerdo con la encuesta de Alfredo Keller—había logrado paralizar a Venezuela y mostrar las imágenes de un régimen opresivo patrullado por paramilitares y Guardias Nacionales  que se comportaban con la crueldad de los ejércitos de ocupación y ya habían provocado 40 asesinatos.

El segundo objetivo era reparar su imagen y la del régimen. Las encuestas lo demostraban: están en caída libre. Ya Maduro va detrás de la oposición por unos 18 puntos. Lo culpan (incluso su propia gente) de haber hundido el proyecto chavista y de ser responsable del desabastecimiento y de la violencia. Casi nadie se cree el cuento de que se trata de una conspiración de los comerciantes y de Estados Unidos. La inmensa mayoría del país (81%) respalda la existencia de empresas privadas. Dos de cada tres venezolanos tienen la peor opinión del gobierno cubano.

Ese fenómeno posee un alto costo político internacional. Ciento noventa y ocho parlamentarios sudamericanos de diversos países, encabezados por la diputada argentina Cornelia Schmidt, se personaron ante la Corte Penal Internacional de La Haya para acusar a Maduro de genocidio, torturas y asesinatos.  Eso es muy serio. Puede acabar enrejado, como Milosevic.

Ser chavista sale muy caro. Lo comprobó el candidato costarricense José María Villalta. Esa (justa) acusación lo pulverizó en las urnas. En una encuesta realizada por Ipsos en Perú se confirmó que el 94% del país rechaza a Maduro y al chavismo. Eso lo sabe Ollanta Humala, quien hoy pone una distancia prudente con Caracas. Ni siquiera al popular Lula da Silva le convienen esas amistades peligrosas. Sólo Rafael Correa, quien padece una notable confusión de valores y no entiende lo que son la libertad y la democracia (en Miami se empeñó en defender a la dictadura de los Castro), insiste en su inquebrantable amistad con Maduro.

La oposición, como dijo Julio Borges, va a seguir en las calles y, por supuesto, continuará dialogando con el régimen. ¿Hasta cuando? Hasta que suelten a los presos políticos, incluidos los alcaldes opositores, restituyan sus derechos a María Corina Machado y Leopoldo López. Hasta que el régimen renuncie al tutelaje vergonzoso e incosteable de La Habana, configure un Consejo Nacional Electoral neutral y le devuelva la independencia al Poder Judicial. Hasta que el gobierno desista de la deriva comunista y admita que los venezolanos no quieren “navegar hacia el mar cubano de la felicidad”. En definitiva, hasta que celebren unas elecciones limpias, con observadores imparciales y se confirme lo que realmente quiere el pueblo: que se vayan Maduro y sus cómplices.

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Hannah Arendt

En 1968 cuando fuí becado por la Foundation for Economic Education en New York, en uno de los seminarios de Murray Rothbard,  paralelos a los regulares, nos recomendó a los asistentes una obra de una persona que hasta el momento no había escuchado nombrar. Se trataba de The Origins of Totalitarianism de Hannah Arendt. Una intelectual alemana que trabajó su tesis doctoral con Jaspers (a quien se refiere con admiración en “Karl Jaspers: A Laudiatio” incluido en su Men in Dark Times), amante de Martín Heidegger (que se volvió nazi) y finalmente, después de un breve matrimonio terminado en divorcio, casada con el filósofo-poeta marxista Heinrich Blücher. Luego de largos e intensos estudios, Arent se trasladó a Estados Unidos donde enseñó en las universidades de Princeton, Chicago,Columbia, Berkley y Yale.

El libro mencionado básicamente trata de las características comunes de los sistemas impuestos por Stalin y por Hitler (uno se alzó con el poder después de la revolución bolchevique y el otro a través del proceso electoral). La autora muestra las ideas y políticas comunes de estos dos monstruos del siglo XX: la infernal maquinaria de propaganda, las mentiras más descaradas, el terror, la eliminación de opiniones disidentes, la necesidad de fabricar enemigos externos e internos para aglutinar y enfervorizar a las masas, el extermino de toda manifestación de individualidad en aras de lo colectivo, el antisemitismo, el estatismo rampante y las extendidas y sistemáticas purgas, torturas y matanzas.

Tal como consigna Arendt en esa obra: “el único hombre por quien Hitler tenía respeto incondicional era Stalin” y “Stalin confiaba solo en un hombre y éste era Hitler”. Esto va para los encandilados mentales que como dice Revel en La gran mascarada no son capaces de ver la comunión de ideales entre el comunismo y el nacionalsocialismo y su odio mancomunado al liberalismo.

A pesar de que en algunos pocos textos Hannah Arendt resulta a nuestro juicio ambigua, confusa y, por momentos, contradictoria tal como ocurre, por ejemplo, en “The Social Question” (ensayo incluido en On Revolution) ha producido material extraordinariamente valioso donde pone de manifiesto una notable cultura y percepción (especialmente su conocimiento de la filosofía política y de la historia de los Estados Unidos). En “Lying in Politics” (trabajo incluido en Crisis of the Republic) muestra las patrañas que ocurren en los ámbitos políticos y abre su escrito con el escándalo de los llamados Papeles del Pentágono donde el gobierno de Estados Unidos pretendió ocultar horrendos sucesos en Vietnam enmascarados en “los secretos de Estado” y el “patriotismo”.

Las valientes denuncias e investigaciones independientes del poder en el contexto de la libertad de expresión es lo que, según Arendt, permiten el cambio puesto que “el cambio sería imposible si no pudiéramos mentalmente removernos de donde estamos físicamente ubicados e imaginar que puede ser diferente de lo que actualmente es”. Las piruetas verbales, los engaños, los fraudes y los crímenes llevados a cabo en nombre de la política tal como los describió Maquiavello, son desecados por la autora, quien concluye en “Truth and Politics” (como parte de la colección de su Between Past and Future) que “Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política están más bien en malos términos, y nadie que yo sepa ha encontrado la veracidad entre las virtudes políticas”.

ArendtTambién en la referida Crisis of the Republic aparece otro escrito de gran calado titulado “Civil Disobedience”. Veamos a vuelapluma este formidable ensayo solo para marcar sus ejes centrales.

Como advierte Arendt, el tema de la desobediencia civil de los que reclaman justicia (naturalmente no de los criminales) parte del hecho del “no del todo feliz casamiento entre la moral y la legalidad”, lo cual complica el andamiaje jurídico en el sentido de que no puede sostenerse legalmente lo que es contrario a la ley del momento. Sin embargo, desde Sidney y Locke el derecho a la resistencia a la opresión insoportable está sustentado por la Declaración de la Independencia norteamericana en adelante (“Cuando cualquier forma de gobierno se convierte en destructivo de éstos fines [de preservar y garantizar derechos], es el derecho de la gente alterarlo o abolirlo y establecer un nuevo gobierno”), puesto que la ley en la tradición estadounidense está basada en valores y principios extramuros de la ley positiva (en esto se basó la Revolución en el país del Norte contre Jorge III y en tantos otros lados como, por ejemplo, en Cuba contra Batista, antes de convertirse en una tenebrosa isla-cárcel o la derrota por fuerzas aliadas de Hitler quien había triunfado electoralmente para ascender al poder).

Dice la autora que ejemplos contemporáneos de desobediencia son los de los movimientos antiguerra y los relacionados con los derechos civiles. Cita el ejemplo de Henry David Thoreau cuando se negó a pagar impuestos a un gobierno que defendía la esclavitud e invadía México.

En su trabajo -titulado también “Civil Disobidience”- entre muchas otras cosas Thoreau se pregunta si “¿Debe el ciudadano en parte o en todo renunciar a su conciencia en favor del legislador? ¿Por qué entonces tenemos conciencia? Creo que debemos ser hombres primero y luego gobernados. No es deseable que se respete la ley sino el derecho […] Las leyes injustas existen: ¿debemos contentarnos con obedecerlas o debemos enmendarlas?”. Por su parte, Hannah Arendt elabora a raíz de la desobediencia civil sobre los síntomas de la pérdida de autoridad política debido a los atropellos gubernamentales “que no se cubren aun si son el resultado de decisiones mayoritarias” que en última instancia son el efecto de una “tendencia que representa a nadie más que a la maquinaria partidaria”, lo cual expresa en el contexto de lo dicho por Tocqueville en cuanto a “la tiranía de las mayorías” y de “la ficción del contrato social” en concordancia con autores de la talla de Hume.

También Arendt lo cita a Sócrates cuando dice (en Gorgias, 482) que es mejor para él estar en desacuerdo con la multitud que estar en desacuerdo con él mismo (muy importante a tener en cuenta en los tiempos que corren). A lo cual cabe adicionar a las otras características de aquél filósofo como la conciencia de nuestra propia ignorancia (por otra parte, ubi dubium ibi libertas: donde no hay duda no hay libertad), sus reflexiones sobre la psyké y la importancia del esfuerzo por conocer (“la virtud es el conocimiento”) en el contexto de la excelencia (areté) que facilita su método de la mayéutica, a lo que podemos incorporar el lema de la Royal Society de Londres que es muy socrático: nullius in verba (no hay palabras finales).

Por último, en su interesantísmo y muy documentado libro The Life of the Mind, nos parece que hay un punto clave que está insinuado por Arendt pero que no se desarrolla ni se extraen las consecuencias de esa omisión parcial cuyo tema es muy pertinente dados los debates que actualmente se llevan a cabo en distintos campos de la ciencia.

Me refiero especialmente aunque no exclusivamente a la sección dedicada a la relación alma-cuerpo. Es éste un aspecto medular e inseparable a la condición humana, es decir, el libre albedrío. Si fuéramos solo kilos de protoplasma y no tuviéramos psique (alma), mente o estados de conciencia, no habría posibilidad alguna de contar con proposiciones verdaderas o falsas, no tendría sentido el pensamiento ni el debate, no habría ideas autogeneradas, ni la moral, la responsabilidad individual ni la libertad. Seríamos loros complejos, pero loros al fin.

Como ha explicado el premio Nobel en neurofisiología John Eccles “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuan complejo y sutil sea el condicionamiento”. Por su parte, el filósofo de la ciencia Karl Popper sostiene que “si nuestras opiniones son el resultado distinto del libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta. Así pues, un argumento que lleva a la conclusión que nuestras opiniones no son algo a lo que llegamos nosotros por nuestra cuenta, se destruye a si mismo”. Y agrega este autor que si el determinismo físico (o materialismo filosófico) fuera correcto, un físico competente, pero ignorante en temas musicales, analizando el cuerpo de Mozart, podría componer la música que ese autor compuso.

Como apunta en Mind and Body el prolífico profesor de metafísica John Hick: “Un mundo en el que no hubiera libertad intelectual sería un mundo en donde no existiría la racionalidad. Por tanto, la creencia del determinismo no puede racionalmente alegar que es una creencia racional. Por ello es que el determinismo resulta autorefutado o lógicamente suicida. El argumento racional no puede concluir que no hay tal cosa como una argumentación racional.”

Decimos que este tema es medular en vista de los frecuentes apoyos al determinismo físico en áreas de la filosofía, la psiquiatría (curiosamente el estudio de la psiquis niega frecuentemente la psique), el derecho (especialmente en ciertas posturas del derecho penal donde se afirma que el delincuente no es responsable de su crimen debido a que está determinado por su herencia genética y su medio ambiente), la economía (especialmente nada menos que en teoría de la decisión -donde paradójicamente no habría decisión- y en la novel neuroeconomics) y, en parte, en las recientemente desarrolladas neurociencias.

Hay sin duda valiosos aportes en defensa de la sociedad abierta con la que simpatiza Hannah Arendt, pero son alarmantemente escasas las contribuciones que aluden a este tema tan vital para la libertad y, como queda dicho, hay numerosas publicaciones en defensa del determinismo físico lo cual no augura un futuro promisorio para la sociedad abierta, a menos que se revierta esta tendencia que conduce a la negación de la libertad en sus mismos cimientos. Ningún liberal, no importa su profesión y dedicación, puede estar ausente de un asunto de tamaña envergadura del cual necesariamente derivan todas las demás conclusiones.

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