Educación: las muertes silenciosas

Ph.D. en Economía en la Universidad de Chicago. Rector de la Universidad del CEMA. Miembro de la Academia Nacional de Educación. Consejero Académico de Libertad y Progreso.

INFOBAE – Yo me pregunto, ¿cuántas vidas, cuando afortunadamente el COVID-19 haya pasado y retornemos a la normalidad, se habrá de cobrar la pandemia? Puede parecer una pregunta extraña, hasta menor, cuando llegue el día en que queda atrás esta pesadilla, pero lejos está de ello.

Para ese entonces, habrán transcurrido casi dos años desde aquel lejano marzo 2020, cuando el coronavirus, la pandemia y la cuarentena comenzaron a ser parte de nuestro lenguaje cotidiano. Dos años sin clases presenciales, con un inmenso costo, cuya magnitud recién se percibirá en los años por venir.

Hace casi un año, el ministro de Educación, Nicolás Trotta, afirmó en declaraciones radiales que “lo que más me preocupa, además de una vuelta segura a las aulas, es que vamos a sufrir un desgranamiento, un abandono sobre todo en la secundaria”, a lo cual agregó que “la pérdida de la rutina de ir a la escuela implica una profundización del desgranamiento, y mucho más en una situación como esta con el impacto económico y social que tuvo la pandemia”. ¡Cuánta razón tenía! Difícil imaginarnos siquiera la deserción que hoy se está generando en las zonas más humildes de nuestro país.

Para comprenderlo, en lugar de hacer supuestos sobre nuestra realidad, compartiré algunos conceptos de una interesante nota publicada por el New York Times el pasado 26 de abril, la cual centra su atención en la deserción escolar generada por el cierre de las escuelas en el sur de Italia, específicamente en la región de Nápoles.

Incluso antes de la pandemia, Italia tenía una de las peores tasas de deserción escolar de la Unión Europea y la ciudad de Nápoles, una de las peores cifras. En marzo 2020, cuando estalló la pandemia, Italia cerró sus escuelas durante un período más prolongado que casi todos los demás Estados miembros. Durante el primer año de la emergencia sanitaria, Italia cerró sus escuelas, total o parcialmente, durante 35 semanas; por ejemplo, tres veces más que Francia.

El gobierno argumentó que mantener las escuelas secundarias cerradas era esencial para reducir el riesgo de contagio en el transporte público. A las escuelas primarias se les permitió abrir con mayor frecuencia, pero la política llevada a cabo, reporta la nota, probablemente ha exacerbado las desigualdades sociales y la profunda división norte-sur del país pues, si bien aún es demasiado pronto para contar con estadísticas confiables, los directores de escuelas y los trabajadores sociales dan fe que se ha producido un alarmante incremento en la deserción. ¿No aplica este análisis perfectamente a nuestra realidad?

Las escuelas alrededor de Nápoles, ciudad representativa del sur de Italia, han permanecido cerradas más tiempo que en el resto del país, en parte porque el presidente de la región de Campania, Vincenzo De Luca, afirmaba que las mismas eran una posible fuente de contagio. ¿El resultado? Dado que en Italia es ilegal que los estudiantes menores de 16 años abandonen la escuela, la fiscal María De Luzenberger, del Tribunal de Menores de Nápoles, les solicitó a los directores de las escuelas que denuncien las deserciones directamente a ella. La evidencia fue abrumadora: en un mes recibió 1000 casos provenientes de Nápoles y la ciudad cercana de Caserta, un número mayor a la totalidad de las deserciones denunciadas durante todo 2019.

En el distrito de Scampia, conocido en toda Italia como un lugar difícil vinculado durante años con la mafia, donde las escuelas constituyen el único salvavidas posible para muchos niños, el director de una de ellas dijo que la mitad de sus estudiantes habían dejado de seguir las clases desde que se suspendió la presencialidad. Cabe mencionar que la escuela había dado tarjetas SIM a aquellos alumnos que no podían pagar el Wi-Fi y ofreció clases nocturnas a los adolescentes obligados a trabajar dado el impacto de la pandemia sobre sus familias. Pero algunos de los proyectos de vivienda carecen de cobertura de telefonía celular y, en el mejor de los casos, familias numerosas viven hacinadas en algunas habitaciones. ¿De qué sirve la conectividad en ese contexto?

Retornemos a nuestro país. Sin duda, el COVID-19 dejará su huella. Los chicos que hoy no reciben educación, en el mejor de los casos, serán los desocupados de mañana. En el peor escenario, ¿cuántos de ellos se volcarán a la calle, al peligro de las malas amistades que pueden empujarlos a actividades ilícitas, a una temprana muerte violenta o pasar largos años de su vida en un régimen carcelario? Esas historias de vida truncas, esas muertes futuras, hoy silenciosas, serán también fruto de la pandemia y deben ser tomadas en cuenta.

Es claro que, en educación, los costos de largo plazo de la política seguida por nuestro gobierno frente a la pandemia serán inmensos, vivimos una tragedia educativa cuya magnitud se pierde en la cuenta cotidiana de nuevos contagios y muertes. Con cada chico que logremos que no abandone sus estudios estamos salvando una vida. Por favor, tomemos en cuenta este hecho y no cerremos las escuelas.

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