Los frutos dañinos del resentimiento en la política

Carlos Manfroni
Consejero Académico en Fundación Libertad y Progreso

Consejero Académico de Libertad y Progreso. Investigador de anti corrupción y estafas

LA NACIÓN El resentimiento es un fenómeno tan extendido como extraño. Figura en el comienzo de la Historia, en el relato de Caín contra Abel, y esa condición es, precisamente, la que lo sitúa en un tiempo primigenio y le confiere, por eso mismo, su talante misterioso. A la vez, su procedencia fundacional nos indica que el resentimiento puede ser algo demasiado humano y, en consecuencia, tan difundido que merece ser tomado en cuenta en la política.

El resentimiento no es propiamente la envidia, que consiste en la tristeza por el bien de otro y que puede concentrarse en un único acto o en un solo momento. Es, eso sí, el resultado de la envidia o de la frustración sostenidas a lo largo del tiempo; un enojo prolongado que no está acompañado por la disposición a revisar la propia conducta como causa del fracaso.

Una persona resentida culpa a los demás de su fracaso, precisamente porque considera que son otros quienes le deben el éxito y no se lo han dado o se lo han impedido. Y ahí tenemos ya todos los elementos del problema: expectativa puesta en otros, fracaso, acusación y enojo sostenido en el tiempo.

Mientras el resentimiento se circunscriba a la esfera individual, el daño se limita a su portador y al círculo sobre el cual se proyecta su conducta.

El desastre se produce cuando el resentimiento se convierte en el centro de la política. Una cosa suele no estar desligada de la otra. En numerosas ocasiones, el resentimiento individual fue sublimado –en el sentido freudiano– en una filosofía política generada por un doctrinario o adoptada por un líder. De esa manera, el rencor adquiere un tono ideológico que oculta ante la mayoría su aspecto vergonzante.

Un caso típico por su claridad es el de Jean Jacques Rousseau, quien defraudó a todos sus amigos, de los que vivió pidiéndoles dinero, abandonó a sus hijos y pasó su existencia traicionando a cuantos trabaron en relación con él. Como ensayista, impugnó la propiedad privada, publicó un libro de pedagogía en el que sostuvo que los hijos deben ser educados por el Estado y, a pesar de haber centrado en el contrato social su concepción política, propuso un modelo de gobierno despótico al que los individuos le entregan su poder y renuncian, a partir de entonces, a toda posibilidad de disidencia.

Si analizamos la biografía de Rousseau, quien sufrió una infancia atormentada, no puede extrañarnos que alguien que padeció la humillación de vivir de sus amigos y que tuvo cinco hijos a quienes no quiso mantener escribiera contra la propiedad privada, contra el cuidado paterno y la familia, a la vez que –bajo la apariencia de un pacto libre– pretendiera encadenar la libertad de una sociedad a la que detestaba.

La derivación de este pensamiento no es inocua y puede explicar, en parte, las diferencias entre la Revolución Francesa, inspirada parcialmente en su doctrina y que provocó un verdadero genocidio y el cercenamiento de libertades elementales, y la Revolución Americana, que estalló trece años antes y engendró una democracia moderna y centrada en la autosuficiencia, la concordia y el mérito personal, bajo la mirada de Dios.

Casi no haría falta aclarar que el marxismo ha generado en el mundo el modelo más extendido de resentimiento sublimado en la política, al menos durante el siglo XX. El aliento a la lucha de clases, que concluye en “la dictadura del proletariado”, que siempre tuvo mucho de dictadura y nada de proletariado, únicamente puede tener éxito si cuenta con el resentimiento, como el que llenó de guerrillas a América Latina.

En los lugares donde el marxismo triunfa, nadie impugna a la oligarquía enriquecida que maneja los Estados comunistas, como Cuba, Nicaragua o, en su momento, la Unión Soviética. Tal cual lo escribió el psicólogo y sociólogo Helmut Schoeck, solamente se envidia el dinero bien ganado.

Desde que el marxismo impuso sus estructuras de razonamiento a marxistas y no marxistas, buena parte de los premios y castigos de este mundo los maneja el resentimiento. Al menos, resulta suficiente con abrazar la filosofía del resentimiento para tener una buena cantidad de premios asegurados.

En nuestros días, el marxismo y el resentimiento en general tienen otras derivaciones, sin abandonar del todo la originaria. Una de ellas es el feminismo radicalizado.

Con el fracaso estrepitoso de la Unión Soviética y sus gobiernos satélites, que precipitó la caída del Muro de Berlín, el engaño quedó demasiado al descubierto. La revolución del resentimiento vino entonces por lo más entrañable de los seres humanos: la identidad misma del hombre y la mujer, el amor entre ellos y de ellos por sus hijos y el papel de la familia como escuela de solidaridad y protección contra la frialdad avasalladora de la organización política.

Ya no se trataba del feminismo del siglo XIX, un justo reclamo de equidad en el trabajo, de igual remuneración por igual tarea, de imparcialidad a la hora de los ascensos, sino del más encolerizado resentimiento contra el hombre y, sobre todo, contra la mujer como tal y contra los niños, incluyendo a los niños por nacer.

El feminismo de hoy retomó las diatribas de Carlos Marx contra la familia y se despliega actualmente con un poder de censura menos visible pero más exitoso que el de la Cortina de Hierro, que llega incluso al ataque contra el idioma, algo a lo que ni el comunismo se había atrevido.

El menú se completa con el cinismo en el derecho penal, en los sistemas de aplicación de la ley que privilegian al delincuente por sobre la víctima. Algunos los llaman “garantistas”, pero no es verdad, porque las garantías las queremos todos; otros los denominan “abolicionistas”, pero esto tampoco es del todo cierto, porque cuando se trata de enjuiciar a un policía o a un ciudadano que se defiende de un ladrón, los jueces que tributan a esa escuela aplican contra ellos las penas más graves. Tampoco es una sensibilidad especial hacia los desfavorecidos de este mundo, como quieren hacernos ver esos doctrinarios. Se trata, más bien, del resentimiento contra el resto de la comunidad, a la que cada uno de ellos rechaza por motivaciones particulares, y contra la cual los delincuentes sirven como soldados anónimos de un rencor apenas escondido.

Entonces, ¿solo hay resentimiento en la izquierda? Sería demasiado simplista esa suposición. Si bien el resentimiento constituye la esencia misma de la izquierda, en todas las tendencias políticas puede estar presente, si no es como fuente de inspiración de su doctrina, al menos como motor de agitación de mayorías deseosas de buscar un culpable: los políticos, el campo, los católicos, los judíos, casi siempre un sustantivo colectivo que, en el nivel de paroxismo de la obsesión, puede llegar a dirigirse contra los individuos específicos de cada uno de esos y otros conjuntos. Una vez más, el otro como culpable de las propias frustraciones y de las decisiones equivocadas.

Está claro que las decisiones erróneas, cuando su consecuencia es grave, provocan demasiado enojo para hacerlo recaer sobre uno mismo. Y en la política, cada una de esas decisiones nos consume años de vida. Pero no son los otros, no es una casta, no es una religión, no es una clase social; somos nosotros. Sería bueno entenderlo.

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