Libertad educativa
EDITORIAL LA NACIÓN Interpreta, a nuestro juicio equivocadamente, que la libertad educativa, con un rol fundamental de los padres, implica el abandono del Estado. En los países que mejor educan ocurre exactamente lo contrario: el Estado garantiza el acceso, pero no monopoliza el modelo. Finlandia, citada en el editorial, justamente permite la educación en casa como forma de cumplir la escolaridad obligatoria, con supervisión pública, y mantiene una amplísima autonomía curricular. Ese país lidera las pruebas PISA. Lo mismo ocurre en países como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y el Reino Unido, donde el homeschooling es legal bajo distintos regímenes y convive con sistemas educativos de alto desempeño. El sistema de subsidio a la demanda o de vouchers promueve la igualdad de oportunidades y no lo contrario. Además, incentiva la competencia entre escuelas, con beneficio para todos. Discrepamos en que más libertad implique más desigualdad. La igualdad entendida como rigidez -un único modelo, un único ritmo, un único método- termina perjudicando especialmente a quienes aprenden distinto. Los sistemas educativos más desarrollados ofrecen múltiples propuestas que permiten elegir según habilidades, capacidad e inclinaciones, evitando anular la motivación, la imaginación y la creatividad de los chicos, y dando mejores respuestas a quienes tienen dificultades específicas o talentos particulares.
Gastar más sin reformar no ha funcionado. Seguir defendiendo un mayor rol del Estado sobre los padres tampoco. El debate educativo debería ir más allá de consignas y miedos, y basarse en evidencia internacional, criterios objetivos y resultados.
Manuel A. Solanet
Agustin Etchebarne
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