El Covid, los unos y los otros

LA NACIÓN – Jorge Donn, el Bolero de Ravel, cómo no recordar aquella bella película de Claude Lelouch, Los unos y los otros, que sigue durante 50 años la historia de cuatro familias de diferentes nacionalidades, con una característica en común: su pasión por la música.

¿Por qué no pensar, mientras nos imaginamos escuchar los acordes del Bolero, y visualizamos aquella extraordinaria danza final, en la historia de cuatro familias desde aquel ya lejano viernes 20 de marzo de 2020, en que comenzó la primera cuarentena? Cuatro familias, matrimonios de mediana edad, con hijos aún en edad escolar, que alquilan su departamento en un mismo edificio de la ciudad de Buenos Aires.

La familia del segundo piso, por ejemplo, podrían ser pequeños comerciantes en un local alquilado en el centro de la ciudad. La del tercer piso, personal administrativo en una empresa que no cerró sus puertas. La familia del cuarto, empleados del Estado, y los vecinos del quinto piso, un matrimonio compuesto por una cocinera en un tradicional restaurant porteño y un taxista que alquila diariamente el vehículo. Cuatro familias, cada una con su propia historia de vida, transitando esta tragedia que nos toca vivir. Una tragedia que ha generado una nueva brecha, una más si algo nos faltaba. Una brecha entre los unos, quienes, respetando las cuarentenas a rajatabla, consideran que aquellos que no lo hacen ponen en riesgo no solamente sus propias vidas, sino también la de ellos, por ejemplo, por transitar espacios comunes del edificio o utilizar los ascensores. Y los otros, quienes se oponen por razones indudablemente válidas para ellos. Vivir es más que no contraer el coronavirus; vivir, para empezar, es también poder llevar el pan a la mesa familiar y pagar el alquiler.

A esta altura, creo que para el lector es tan claro como para mí la posición frente al nuevo confinamiento que probablemente habría tomado cada una de estas cuatro imaginarias familias. O acaso se puede dudar que quienes han quedado privados de sus fuentes de ingreso estarían dispuestos a tomar el riesgo de contagiarse por tener la posibilidad de trabajar y quienes tienen un ingreso seguro, ya sea por ser empleados del Estado o por tener la fortuna de seguir cobrando su salario mensualmente en una empresa privada, en muchos casos haciendo home office, acusan de insensibilidad social a los primeros.

En 1962, luego del derrocamiento de Arturo Frondizi, el rabino americano Marshall Meyer, quien durante 25 años vivió en nuestro país, salvó incontables vidas durante el proceso militar y fue el único extranjero invitado por Raúl Alfonsín a formar parte de la Conadep, expresaba que en la Argentina uno aprendía la lección de la responsabilidad individual justamente por su carencia, en la Argentina el otro era siempre el deshonesto, el otro no sabía trabajar, no pagaba impuestos, era materialista. Al fin, nos convertimos en una población de otros.

El otro una vez más, los años pasan y nada ha cambiado. Hoy se ha generado una nueva brecha, una brecha absurda, una brecha innecesaria, pero no entre aquellos a quienes les importa la vida y aquellos materialistas a quienes sólo les importa la economía. No es la economía, son los seres humanos cuyas vidas y las de sus familias están siendo destruidas. ¿Es tan difícil comprenderlo?

Hagamos un esfuerzo. Tratemos, quienes tenemos la fortuna de cobrar regularmente nuestro salario a fin de mes, de entenderlos. Pongámonos en su lugar y probablemente comenzaremos a revertir la triste historia de esta sociedad de otros.

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