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Del estatismo y el proteccionismo decadente a la libertad plena: el verdadero plan de Milei, según Agustín Etchebarne

28 Abril 2026

NEWSWEEK El programa de Javier Milei no es ambiguo. Es, quizá por primera vez en décadas, bien explícito: transformar a la Argentina en el país más libre del mundo. No se trata de una consigna vacía, sino de una arquitectura conceptual bien definida. Milei ha insistido en que su norte es Occidente: la filosofía griega, la tradición judeocristiana, la ética de los estoicos, el derecho romano como base institucional, y la definición de justicia de Domicio Ulpiano —dar a cada uno lo suyo— como principio rector; todo esto coronado por la tradición liberal de las escuelas de Salamanca, Chicago y Viena.

La pregunta relevante, entonces, es cuánto ha avanzado en esa dirección. Una manera objetiva es usar el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage. Allí, la Argentina venía de un proceso prolongado de deterioro. Durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández, el país descendió hasta ubicarse entre las economías “reprimidas”, un grupo caracterizado no solo por baja libertad económica, sino también por ingresos per cápita inferiores a los 10.000 dólares anuales. No es casualidad: como enseñaba Hayek, cuando se restringen los precios, la propiedad y la competencia, lo que se restringe son los incentivos y se deteriora el proceso de descubrimiento e innovación que genera riqueza.

En ese contexto, lo realizado en los primeros dos años del gobierno de Milei es formidable. Argentina logró evitar la hiperinflación, estabilizar la economía y protagonizó uno de los mayores saltos de la historia reciente del índice: subió 39 puestos en total y, en el índice 2026, avanzó 18 lugares hasta el puesto 106° sobre 176 países, con un puntaje de 57,4. Fue, además, el país que más mejoró en todo el mundo según la propia Fundación Heritage. Aun así, estamos apenas a mitad de camino: el próximo objetivo es ingresar al grupo de economías mayormente libres, y luego seguir avanzando hasta los primeros puestos.

Incluso cabe señalar que el índice mide con rezagos —promediando datos de años anteriores— lo cual sugiere que la mejora actual podría estar subestimada. Pero es cierto que muchas reformas estructurales aún no se han completado: la previsional sigue pendiente, la reforma laboral está avanzando parcialmente, la eliminación de retenciones y otros impuestos distorsivos está a un tercio de camino, y falta completar la libertad monetaria y cambiaria.

Y, ¿cuál fue el impacto sobre la economía y la población? Veamos los datos duros.

La economía creció 4,4% el último año, acumulando un aumento cercano al 10% desde diciembre de 2023. La inflación descendió drásticamente del 211% al 31,5%. La pobreza, tras un pico del 52% producto del sinceramiento inicial, cayó al 31%. Las reservas netas del Banco Central mejoraron en unos 12.000 millones de dólares, mientras que la deuda consolidada sobre PBI descendió al 75%. El Banco Central, virtualmente quebrado al inicio, muestra hoy una hoja de balance mucho más ordenada.

A esto se suma una cosecha récord de trigo y una perspectiva muy favorable para la cosecha gruesa, lo que ya está impactando en la recuperación de la actividad. Además, el país está en camino a su tercer año de superávit fiscal, un dato central si se comprende —como advertía Armando Ribas— que lo importante es bajar el gasto público y Milei lo recortó en un 25%.

Por supuesto, el proceso no ha sido lineal. El año pasado tuvo un semestre de estancamiento. En parte, por la incertidumbre política y la sucia campaña electoral, pero también por el desorden monetario heredado: la dolarización de cerca del 50% de los agregados monetarios y las tasas de interés extremadamente altas necesarias para estabilizar el sistema. Ese “puente” implicó costos reales, que han afectado al consumidor y a las pymes, como suele ocurrir en toda transición de un régimen proteccionista hacia una economía abierta.

Aquí aparece un punto clave que no debe soslayarse: el empleo. La tasa de desempleo se ubica en 7,5% según el último dato oficial del INDEC (4° trimestre de 2025), reflejando un aumento respecto del 6,4% del año anterior, y mostrando las tensiones propias del cambio de régimen. Pretender una transformación profunda sin costos de transición es desconocer la evidencia histórica. La reforma de Balcerowicz en Polonia —uno de los casos más exitosos de salida del socialismo— implicó una caída del PBI del 10% en el primer año, del 4% en el segundo y del 1% en el tercero, con un crecimiento apenas del 1% en el cuarto. Sin embargo, a partir de allí, Polonia encadenó décadas de expansión cercana al 5% anual. La lección es clara: las economías no saltan de un equilibrio ineficiente a uno dinámico sin atravesar una zona de fricción.

De cara al presente, las perspectivas son favorables. Se espera un crecimiento nuevamente superior al 4%, impulsado por el agro, la energía y la minería. Pero hay un factor adicional clave: la recuperación del crédito. A medida que las tasas reales desciendan, el sistema financiero comenzará a expandirse, habilitando inversión, consumo durable y, especialmente, construcción —uno de los sectores con mayor capacidad de generación de empleo.

El principal riesgo no es económico, sino político. En un año electoral, las fuerzas que representan el statu quo buscarán revertir el proceso. La historia argentina muestra que las reformas pro-mercado suelen ser interrumpidas antes de madurar plenamente. Si ese ciclo se repite, el costo será altísimo.

Pero si el rumbo se sostiene y Milei logra la reelección, el escenario cambia estructuralmente. Un riesgo país en torno a 300 puntos abriría el acceso al crédito internacional en condiciones razonables, permitiendo refinanciar pasivos, acumular reservas y consolidar el crecimiento.

A largo plazo, el modelo es claro: una economía abierta, competitiva y con sesgo exportador. A los motores tradicionales —campo, energía y minería— se sumarán sectores de alto potencial como los centros de datos en la Patagonia, aprovechando condiciones naturales únicas (clima frío, energía eólica, recursos estratégicos). A ello se agregará el desarrollo financiero y la expansión del crédito, junto con un fuerte dinamismo en la construcción.

En este contexto, el programa no se ha detenido. Este año avanza con una reforma laboral para reducir la litigiosidad y facilitar el empleo formal, junto con nuevas privatizaciones y más desregulación, consolidando un marco más previsible para la inversión y el trabajo.

La historia muestra que la prosperidad no nace del control, sino de la libertad: cuando se respeta la dignidad del individuo para crear, innovar e intercambiar, el crecimiento deja de ser una promesa y se convierte en destino.

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