Skip to main content

No hay justicia sin derecho a la propiedad

Derecho de propiedadDurante la marcha de los paraguas la gente se manifestó por el fin de la impunidad; sin embargo, para la recuperación del país hace falta dotar al anhelo de volver a la ley de todo su alcance y sentido Aun mes de la muerte de quien denunció lo que estimaba fue el encubrimiento del actual gobierno en la masacre de la AMIA, se realizó la multitudinaria marcha de los paraguas en Buenos Aires, manifestación que se replicó en otros puntos del interior del país y en distintas ciudades del extranjero, en una superlativa muestra de reflejos frente a lo ocurrido. Fueron expresiones de congoja y respeto por el fiscal muerto en condiciones extrañas y aun no esclarecidas por hacer su trabajo, de condolencia hacia su familia y de simpatía hacia sus colegas. Ésta fue la cara visible de la manifestación. Había otra cara, menos visible, que trasuntaba el hartazgo por la inseguridad y la impunidad que reinan en el país. Con mi mujer agregamos dos paraguas a esta conmovedora y emocionante marcha del silencio, que esperamos sirva como una referencia moral para que las cosas salgan del fárrago en que estamos sumergidos desde hace años. Sin embargo, para evitar caer de nuevo en el desánimo, resulta indispensable hurgar en el fondo del problema que nos aqueja. En estos días han consignado diversos puntos de vista sobre algunos de los aspectos de esa manifestación, pero quisiera subrayar un ángulo no expresado aún que estimo relevante para nuestro futuro inmediato. El reclamo unánime de esa gigantesca marcha bajo una lluvia torrencial se resume en una palabra: justicia. Ahora bien, considero que en general muy pocos -de lo contrario no hubiera sido necesario llegar a la instancia de la marcha- se han puesto a pensar en todas las implicancias que tiene el término justicia, que según la definición clásica quiere decir, ni más ni menos, "dar a cada uno lo suyo". "Lo suyo" remite a la propiedad, primero del propio cuerpo y de pensamiento, y luego del fruto del trabajo de cada cual. Si ponemos esto en el contexto argentino, no puede obviarse el pensamiento del artífice de la Constitución, Juan Bautista Alberdi, quien en Sistema económico y rentístico de la confederación argentina según su Constitución de 1853 escribió algunas reflexiones de gran calado que deberían tenerse presente en toda su extensión respecto a la relevancia de la propiedad: "Comprometed, arrebatad la propiedad, es decir, el derecho exclusivo que cada hombre tiene de usar y disponer ampliamente de su trabajo, de su capital y de sus tierras para producir lo conveniente a sus necesidades o goces, y con ello no hacéis más que arrebatar a la producción sus instrumentos, es decir, paralizarla en sus funciones fecundas, hacer imposible la riqueza [?] Pero no basta reconocer la propiedad como derecho [?] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado, en nombre de la utilidad pública". Muy sesudas reflexiones por cierto, ya que la propiedad constituye el eje central de la sociedad abierta. Esa institución permite que los siempre escasos recursos estén administrados por las manos más eficientes vía el cuadro de resultados: sin privilegios de ninguna naturaleza, el que ofrece lo que la gente demanda gana, y el que se equivoca incurre en quebrantos. No sólo eso, sino que la propiedad da lugar a la coordinación de la producción a través del sistema de precios. No hay precios sin propiedad y viceversa. El llamado "control de precios" impuesto por el capricho burocrático no es tal; se trata de simples números que no expresan las valorizaciones cruzadas de los participantes en las transacciones. En este sentido, los precios hacen posible la evaluación de proyectos y la contabilidad; la ausencia de precios desfigura e imposibilita esos cálculos. Sin propiedad privada la asignación de los siempre escasos recursos se encuentra a la deriva. Estrictamente, no se sabe si conviene construir carreteras con oro o con asfalto. El asalto a los derechos de la gente, que incluye el atropello a la propiedad, es lo que también explica el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín. Los enemigos de la propiedad son los comunistas, los nacionalsocialistas y los fascistas. Los primeros proponen con Marx la abolición de esa institución; los segundos permiten que se registre a nombre de particulares, pero usan y disponen de los gobiernos para la destrucción de la propiedad de un modo más enmascarado pero más efectivo. Esto es lo que lamentablemente ocurre con frecuencia en el llamado mundo libre en muchos sectores clave, donde no se permite que queden librados a arreglos voluntarios aquellos que no lesionan derechos de terceros. La propiedad remite al derecho a la vida y a la expresión del pensamiento, dos elementos fundamentales que son desconocidos en regímenes autoritarios. No se trata necesariamente de la exterminación de la vida física, pero sí de la liquidación de los sueños de vida que hacen a los proyectos de cada uno en cuanto al manejo de los asuntos personales. Y respecto de la expresión del pensamiento, los autoritarios le temen a la libertad de prensa y sus equivalentes, por eso la cercenan y asfixian; en el caso argentino, a través de medios estatales que no caben en una sociedad libre, amenazas y aprietes al periodismo independiente (una redundancia, aunque, dada la situación, vale el adjetivo). Por esto, no puede haber justicia sin propiedad, ya que en ese caso no hay "lo suyo" (y consecuentemente, en la medida en que se ataque la propiedad, se debilita la justicia). Para que no hayan nuevas frustraciones como las que se reflejaron en la marcha de los paraguas es indispensable tener en cuenta las implicancias de la tan reclamada justicia. Éste no es un problema exclusivo de la gente en general, sino que, de modo muy especial, debe tenerse en cuenta en los debates intelectuales y en ámbitos dirigenciales de los más variados espacios. En el caso argentino, se ha llegado al extremo de que una integrante de la Corte Suprema escribió que la propiedad en nuestro medio "está intacta", como si no vinculara sus temerarias conclusiones con el cepo cambiario, la imposición de precios, la fenomenal carga tributaria y la estafa inflacionaria, entre otros muchos desquicios. Por su parte, intelectuales oficialistas se dirigieron al Tribunal Supremo para solicitarles prohibieran la marcha a la que nos hemos referido, al mejor estilo del totalitarismo más extremo. Esta manifestación multitudinaria se llevó a cabo en el contexto de un default mayúsculo, un desbarajuste descomunal en la energía, subsidios a planes Trabajar que más bien deberían denominarse "descansar", fondos jubilatorios saqueados, gastos públicos siderales, deuda pública creciente, empresas estatales deficitarias en grado inaudito, incremento alarmante en la cantidad empleados públicos incorporados, funcionarios procesados que se burlan de todo y un fenomenal deterioro en los marcos institucionales, con una procuradora general de la Nación que se declara militante del partido gobernante, tal como un bombero que se declara partidario de los incendios. Reencauzar el proceso populista argentino no es faena para timoratos ni para quienes marchan sin identificar las consecuencias de pedir justicia. Debemos meditar el asunto con cuidado para no pedir, en futuras elecciones, más de lo mismo con otro nombre, como ha venido sucediendo sistemáticamente en el país desde hace siete décadas. Tanto con un partido u otro o con militares, todos han contribuido a montar y fortalecer al Leviatán. Es tiempo de cambiar de paradigma y adoptar la tradición alberdiana, que nos colocó a la vanguardia de las naciones civilizadas antes de trocarla por un estatismo rampante. Constituye una operación pinza de nefastas consecuencias el hecho de contar con un sistema educativo muy deficiente en el que, en lugar de transmitir los valores y principios de la sociedad abierta, avanza la visión gramsciana-autoritaria. Por otra parte, la degradación de los marcos institucionales no permite a las personas defender sus derechos. Se ha dicho que esta marcha se diferencia de los sucesos de 1810, cuando el pueblo quería saber de qué se trataba, porque el 18 de febrero el pueblo sabía de qué se trataba. Pero para que esto sea cierto es imperioso detenerse a considerar qué significa la justicia y no quedarse en la superficie de un slogan vacío de contenido que no conduce a ninguna parte.
  • Visto: 729

La crisis económica internacional, el surgimiento de partidos extremistas

Crisis económica internacional y populismoOmar Baez (RRPP Radio) entrevistó a Agustín Etchebarne, director general de la Fundación Libertad y Progreso, sobre la crisis económica internacional, el surgimiento de partidos extremistas. Escuchar la entrevista3RRPP_Radiog [audio mp3="https://www.libertadyprogreso.org/wp-content/uploads/2015/03/entrevistaagustinetchebarne-rrppradio-ivoox4143593.mp3"][/audio]
  • Visto: 774

Entre los comisarios y el mercado

Voto de izquierda en EspañaParece que una parte sustancial de los artistas e intelectuales españoles, incluidos los medios académicos, va a votar por PODEMOS, la formación política neocomunista que ha irrumpido con fuerza en la escena política. No me extraña. La intelligentsia latinoamericana y española, como regla general, suele ser estatista. A eso le llaman ser de izquierda. Los escritores, artistas plásticos, músicos, cineastas, actores, autores dramáticos, y, especialmente, los catedráticos y estudiantes de Ciencias Sociales y de Humanidades (antropólogos, sociólogos, arqueólogos, filósofos, teólogos, pedagogos, periodistas, etc.), se sitúan a la izquierda del espectro político. Se colocan, con variable intensidad, en el campo del estatismo. Pero no todos. Por la otra punta de este fenómeno, en general, una buena parte de las facultades de ingeniería, arquitectura, medicina, odontología, informática, Ciencias Empresariales, y tal vez la mitad de los economistas y abogados, tanto profesores como alumnos, mantienen una actitud diferente. Entre estos profesionales y aspirantes a serlo abunda un mayor porcentaje de personas que pudiéramos llamar liberales, en el sentido que se le da a ese término en América Latina y Europa. Confían mucho más en el esfuerzo individual, se inscriben en el espacio político del centroderecha, y desconfían de la gestión del Estado porque la experiencia les ha demostrado que suele ser desastrosa. La izquierda está convencida de que le corresponde al Estado, administrado por gobiernos populistas, producir ciertos bienes o gestionar directamente una gran cantidad de servicios para el pretendido beneficio del “pueblo”, lo que inevitablemente significa la adjudicación y el manejo de un alto porcentaje de la riqueza que la sociedad produce. La derecha, persuadida de que ése es el camino más corto al aumento de la corrupción, al clientelismo, al descalabro económico y al surgimiento de atropellos contra los individuos, defiende que los bienes se produzcan o los servicios se brinden dentro del ámbito privado. Serán mejores, alega, y resultarán más económicos. ¿Por qué esa marcada inclinación populista de la intelligentsia? Sospecho que se trata de una fatal consecuencia del mercado. El vasto campo de los intelectuales y artistas ofrece una mercancía que, independientemente de su calidad, salvo algunas excepciones, difícilmente puede sostenerse motu proprio entre los consumidores. La inmensa mayoría depende fatalmente de cátedras universitarias, subsidios, becas o premios que suelen ser abonados por medio de los presupuestos oficiales. Son “cazadores de rentas”. En cambio, los profesionales que suministran algún servicio demandado por la sociedad, pese al riesgo que ello entraña, confían mucho más en el mercado  que en la seguridad de colocarse bajo el ala protectora del Estado y recibir un salario mensual o alguna suerte de prebenda. A esa intelligentsia estatista que rechaza el mercado con un despreciativo aire de superioridad, le gusta autopercibirse como solidaria y generosa, pero, aunque algunos o muchos de sus miembros tengan esos rasgos, en realidad se trata de un grupo que, como es frecuente, defiende sus intereses individuales y busca la protección de un patrón que le garantice la seguridad económica, divulgación y cierta fama profesional. Claro, eso tiene un costo. En general, las dictaduras ilustradas, es decir, las que poseen un corpus ideológico que define sus presupuestos y objetivos –comunistas y fascistas en primer lugar--, son las que con más habilidad crean instituciones y mecanismos dedicados a controlar a la intelligentsia. Lo hacen mediante un sistema claramente conductista de refuerzos positivos y negativos, administrado por inflexibles comisarios culturales que manejan  (en Cuba utilizan el verbo “atender”) los gremios en los que colocan a los periodistas, escritores, artistas plásticos y otros intelectuales para servirse de ellos. Esos gremios son jaulas sin barrotes en las que estabulan a la intelligentsia para vigilarla y organizarla de manera que, dócilmente, los intelectuales firmen documentos, y aprendan y repitan consignas que le sean útiles al régimen para construir y sostener su relato. Si asumen los dogmas de la secta y colaboran en estas tareas, se les remunera generosamente y se les llena de premios y lisonjas. Si se oponen, se les castiga y desacredita. En cambio, en los regímenes democráticos realmente libres, regidos por la economía abierta, la intelligentsia no está sujeta al látigo de los comisarios, sino a las preferencias del mercado, lo que, con frecuencia, resulta económicamente perjudicial y riesgoso para estos intelectuales y artistas. ¿Es preferible el comisario o el mercado? Los comisarios son despreciables policías del pensamiento que exigen un insoportable sometimiento. El mercado –la libre preferencia de la sociedad—no tiene corazón y los artistas e intelectuales pueden naufragar, pero hay libertad. El mercado es mil veces mejor.
  • Visto: 796

Lo que hay que hacer

Personas que opinan No es que esa posición en sí misma sea incorrecta. Es saludable que la gente se interese en lo que pasa, le preocupe genuinamente lo que ocurre a su alrededor e impacta en sus vidas. Es útil tener un diagnóstico propio respecto de lo que sucede y animarse a sugerir diferentes caminos posibles. Todo se complica, y mucho, cuando esa postura es escoltada por una conducta individual ambigua. No es que la gente no pueda, o no deba opinar. Es muy bueno que así sea. El dilema comienza cuando ese análisis agudo no está en sintonía con la labor cotidiana. No sirve demasiado decir "lo que se debe hacer" si eso no viene de la mano de un compromiso personal intransferible que conduzca a la concreción de esa anhelada visión. Los problemas que se enfrentan a diario no precisan solo de un acertado diagnóstico y una elaborada orientación sobre los pasos a seguir. Es imprescindible también, que esa misma gente, esté dispuesta a pasar a la fase de implementación y pueda protagonizar esa etapa. Sin embargo, en los últimos tiempos, la apatía imperante y cierta inocultable abulia ciudadana, han dado nacimiento a una perversa postura, que demuestra elevados niveles de contaminación cívica y poco ayudan. Se trata de la aparición de una generación de opinadores seriales que se quedan siempre a mitad de camino. No solo no pasan a la acción, sino que aspiran a instruir al resto sobre lo que deberían hacer por el bien de todos, aunque no están dispuestos a mover un dedo para que ello suceda. No solo pretenden dar las órdenes, sino que además esperan que la multitud los siga como rebaño, y si no lo hacen a su manera, se ofenden como si fuera un deber que todos comprendieran y acataran sus mandatos. Este gesto social crece permanentemente. Se visualiza fácilmente cierto nivel de autoritarismo no asumido que preocupa. Muchos de estos personajes que opinan, esperan un apoyo irrestricto. Se incomodan porque no obtienen los  recursos suficientes para emprender su mesiánica causa, porque los dirigentes políticos no toman nota de tan brillantes ideas, ni los ciudadanos se entusiasman frente a ese apasionante sendero propuesto. Tal vez, la tarea pasa por entender que si se desea fervientemente que algo suceda, se debe poder tomar las riendas del asunto y hacer algo concreto al respecto. Y no es que no se pueda opinar si no se hace algo. Es que no es razonable decidir que no se tiene tiempo, ganas o habilidad para un objetivo, y esperar que el resto asuma ese deber moral de hacerlo. Se debe reflexionar profundamente sobre esta cuestión con absoluta honestidad intelectual. Todos tienen derecho a pensar y a decir lo que sea. También a emprender los proyectos en los que creen férreamente. A lo que no se tiene derecho es a pretender que los demás tomen las causas propias como eje de sus vidas y las ejecuten del modo que otro ha diseñado. Como en la vida misma, si alguien cree en algo, tiene la responsabilidad de intentar que se haga realidad, pero no puede esperar que los demás lo conviertan en su meta vital. Si esta premisa se comprendiera, probablemente la sociedad dispondría de más proyectos interesantes, de mayor cantidad de personas con ganas de gestar el cambio. Por ahora, solo existe mucha gente opinando, muy pocos haciendo lo correcto, y una inmensa cantidad de individuos frustrados, porque el mundo no hace, a su manera, lo que ellos sueñan para los demás. Es bueno saber "lo que hay que hacer". Es positivo tener infinitas ideas disponibles. Algunas serán contrapuestas y otras complementarias. Lo que se debe poder abandonar, es la despótica e insolente actitud de pretender que el resto haga lo que individualmente no se está dispuesto a encarar. Si se aspira a contar con apoyo masivo y el acompañamiento de miles de ciudadanos y que esas ideas personales se plasmen en la realidad, pues habrá que tener la determinación suficiente para  liderar ese proceso, y tener las agallas para invertir tiempo, trabajo y dinero en ese sueño propio. Si semejante pasión no es suficiente, si la convicción no alcanza, pues habrá que asumir que no es demasiado importante y entonces apelar a la humildad necesaria para dejar vía libre a los que tengan esa decisión. Es una enorme virtud proyectar. Es muy conveniente y provechoso opinar. Muchos insisten en que saben "lo que hay que hacer". Pues entonces, tendrán que tomar la determinación de hacer lo necesario, de alinear discurso y acción, o de sumarse a los que están en el itinerario más cercano. Pero lo más trascendente es aprovechar esta excelente oportunidad de abandonar la mezquina actitud de imponer al resto una agenda, a la que no se está dispuesto a invertir esfuerzo personal. No es moralmente correcto pedir a los demás que hagan lo que uno no tiene el coraje de llevar adelante. Es indispensable sincerarse. Y sobre todo asumir las propias debilidades con gran hidalguía.
  • Visto: 786

"El plan económico 2016 comienza con un Núremberg de la corrupción"

Perspectivas económicas y corrupción políticaENTREVISTA A DIANA MONDINO Y ROBERTO CACHANOSKY EN URGENTE 24 Ya es hora de comenzar a debatir lo que viene: planes de gobierno, ideas de programas, de políticas de Estado a plantear, etc. Además, de cómo salir de la estanflación rápidamente, y recuperar el crecimiento que promueva el empleo. Sin embargo, son temas que escasean en el proselitismo 2014. El periodismo, de todos modos, tiene que advertir sobre las flaquezas del debate político. Y ahí vamos. Diana Mondino, economista y consejera académica de Libertad y Progreso además de directora de Relaciones Institucionales de Ucema; y Roberto Cachanosky, también economista y director de la web Economía Para Todos , analizaron en el programa Urgente24 Radio (Concepto FM 95.5) las finanzas que dejará Cristina Fernández cuando entregue la Presidencia de la Nación en diciembre. Ambos deslizaron la necesidad de algunas medidas de shock imprescindibles para cambiar el escenario económico y la percepción del exterior. Cachanosky dio un enfoque interesante sobre la inflación: “Combatir esta inflación es más difícil que combatir la ‘hiper’, porque ahí la gente te pide a gritos que hagas algo y se banca lo que sea. Pero con una inflación de hasta el 50% la gente está entre que quiere y que no quiere que le golpee demasiado”. Mondino acotó una reflexión sobre la actitud de la sociedad: “La gente tiene esta sensación de confort y no se da cuenta de que hay una destrucción masiva en la infraestructura económica y social”.   A continuación, el diálogo: Edgar Mahinard: -¿Qué lógica tiene el billete de $50 en este contexto de gran inflación que se ha devorado ya el billete con el rostro de Eva Perón? Roberto Cachanosky: -Ninguna. Para comenzar, no entiendo por qué eligieron el de $50 como instrumento conmemorativo. Hubiesen elegido el de mayor denominación, el de $100. Al tipo de cambio de hoy ($13) estás conmemorando a las Malvinas con un billete equivalente a 3,84 dólares. Y nuestro billete de $100, que es el de mayor denominación, equivale a $7,63. Pero lo que no tenemos en Argentina es moneda. EM: -Diana Mondino, ¿por qué la sociedad se preocupa pero soporta la inflación? En las encuestas aparece en el 2do. o en 3er. lugar de las preocupaciones de la gente cuando se trata de, por ejemplo, intentar llegar a vivir de mes. Diana Mondino: -Porque tenemos problemas aún peores como la inseguridad o la posibilidad de perder el empleo, que si no los tuvieras la inflación sería el principal problema. De todos modos, la posibilidad de perder el empleo tiene también alguna relación con las consecuencias de la elevada inflación aunque la gente no lo percibe así. Es como decir que estás resfriado y te acaban de cortar una pierna, te preocupás más por la pierna que por el resfrío, aunque la inflación es como si tuvieras una pulmonía. Es gravísimo el problema de la inflación, y se perpetúa y Argentina ya tiene mecanismos como las paritarias. Entonces, cuando hubo inflación un año al otro suben mucho los sueldos. Por lo tanto la gente pierde durante un año pero cree que con eso recompone el sueldo y no es así, porque los mayores costos laborales son introducidos en el precio y se arma una espiral. Pero no quiero decir que sea el único factor de inflación. El principal es el déficit fiscal, pero por eso creo que la gente lo soporta. EM: -Con esta inflación y esta moneda desvalorizada ¿cabe una reforma monetaria para ajustar precios relativos en la próxima administración? RC: -En eso hay que trabajar porque uno debe pensar qué sistema monetario va a tener en el futuro cuando termine esta pesadilla. Hay que repensar todo el sistema tributario, el gasto público y el sistema monetario también. Me inclino por un sistema en el cual la gente tenga la moneda que se le da la gana, y el que quiere hacer transacciones en pesos las hace en pesos, en dólares, en euros o en yens. El tema es que en la Argentina se destruyó el contrato. En 2002, cuando devalúan y pesifican destruyen la confianza en las instituciones. Recomponer eso no es sencillo. Combatir esta inflación es más difícil que combatir la ‘hiper’, porque ahí la gente te pide a gritos que hagas algo y se banca lo que sea. Pero con una inflación de hasta el 50% la gente está entre que quiere y que no quiere que le golpee demasiado. Es más difícil políticamente enfrentar una inflación de esta magnitud que una hiperinflación EM: -¿En la próxima administración, frente a este escenario, es más aconsejable un shock o una política gradual de reducción de la inflación como prometen los tres presidenciables que lideran las encuestas? DM: -Acá el problema que tenemos es fiscal. Pero la gente no se da cuenta que es gravísimo porque gastamos en cosas que no se necesitan. Se necesitan hospitales, escuelas, puentes y caminos. Y es bárbaro tener un recital en Mar del Plata, pero no es algo que se necesite. La gente tiene esta sensación de confort y no se da cuenta de que hay una destrucción masiva en la infraestructura económica y social. Sobre el schok o el gradualismo, vamos a ver cómo llegamos. El grado de deterioro que está teniendo la economía argentina se acelera, todo el mundo prefiere el gradualismo, pero ¿se llegará a algo gradual en algún momento? Y por gradual entiendo poner orden en algunas cosas, en gastos que se pueden postergar. Eso sería lo bonito y donde nadie sufre. Ahora, no sé si se puede llegar a eso. Claudio Chiaruttini: -El próximo ministro de Economía y el próximo Presidente de la Nación, ¿debe actuar con gradualismo o con un shock violento de confianza? DM: -Un shock de confianza inmediato seguro tendrá que ejecutarse, porque de lo contrario no vamos a ninguna parte. Luego, las otras medidas económicas no sé si podrán ser graduales. RC: -Me inclino por el shock que consiste en: liberar el mercado de cambios, lo dejo flotar y que la gente compre o no. CCh: -¿Y el Banco Central vende, compra o no interviene? RC: -No interviene. Si a eso le agregas una reforma impositiva con reducción de impuestos y gasto, por supuesto vas a tener un montón de gente que no hace nada y deberán ir a trabajar (y sabés donde están todos esos), más los contratos de corrupción que hay en el Estado. Hacer reforma monetaria fiscal y liberar mercado de cambios, esto es casi condición necesaria. Hay que hacer un Nuremberg de la corrupción y el atropello a las instituciones. Eso dará respaldo político. Es parte del plan económico. CCh: -Imaginando que alguno de Uds. fuer ministro de Economía, ¿tienen toda la información como para asumir mañana y hacerse cargo con un plano o se encontrarán con enormes sorpresas? DM: -Seguro que habrá sorpresas, pero hay mucha tela para cortar que podés empezar tranquilo. RC: -No veamos todo tan negro. Tenemos algo a favor: hoy los activos en la Argentina están tan bajos que si cambian las expectativas probablemente haya compradores de activos -que están bajos- y eso genere un ingreso de dólares que aplaque la estampida del tipo de cambio si se libera el mercado en estas condiciones. Ahora, si hay disciplina monetaria (metiendo mano en el gasto público), junto con el ingreso de dólares, no sería tan dramático. El drama mayor será en las tarifas de servicios públicos. Pero si se hace un plan de infraestructura con privatizaciones, que te trae capitales, también te genera más actividad económica. Y el precio de la Soja no es malo, es el doble del que tuvo De la Rúa. Obviamente si el tipo de cambio se corrige. Con esas cosas tenés chances de no pasarla tan mal.
  • Visto: 762
Doná