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Guantánamo

Finalmente John McCain, el destacado miembro del Comité de las Fuerzas Armadas en el Senado estadounidense, opina que hay que cerrar la prisión clandestina Guantánamo radicada en Cuba donde está instalada la base naval de los Estados Unidos (Camp Delta). Antes lo había dicho Obama sin que hiciera nada concreto hasta el presente.

En esa prisión concebida fuera del territorio norteamericano para que no se vea alcanzada por la legislación de ese país que no toleraría la reclusión de personas sin condenas ni siquiera con cargos en su contra, lo cual es una monstruosidad jurídica.

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Entre muchos otros, el Juez Andrew Napolitano considera a Guantánamo como un bochorno y subraya que los prisioneros allí detenidos no se los autoriza a contactar ningún abogado ni aparecer en ninguna Corte de Justicia. Escribe en Consitutional Chaos que “En Camp Delta los detenidos están en pequeñas jaulas de alambre con pisos de concreto. Esas celdas están abiertas a elementos como ratas, víboras y escorpiones que andan por la base” y denuncia torturas de diverso calibre.

Es que el gobierno estadounidense bajo George W. Bush inventó la inauditas figuras del “enemigo combatiente” y del “testigo material” al efecto de sortear las disposiciones de la Convención de Ginebra que se aplica tanto a prisioneros de guerra como a combatientes que no pertenecen a una nación y así desconocer los derechos de las personas.

El terrorismo es probablemente la vía más cobarde y repugnante de todas las posibles acciones criminales, pero para enfrentarlo no puede recurrirse a los mismos procedimientos de esos delincuentes monstruosos. El camino del derecho es indispensable si se quieren preservar los valores elementales de la civilización, de lo contrario se podrá ganar una guerra en el terreno militar pero se perderá en el terreno moral. En el extremo se podrán implementar juicios sumarios en tribunales militares pero no se puede tirar por la borda los pasos elementales del debido proceso cuando se pretende inculpar a una persona arrestada. Sin duda que en medio de una balacera no hay posibilidad de labrar actas ni seguir procesos, nos referimos a líneas argumentales aplicadas a detenidos.

Estados Unidos -el otrora baluarte del mundo libre- ha sucumbido a la tentación de apartarse de las conductas decentes para internarse en legislaciones aberrantes como la denominada “Patriot Act” que autoriza a los aparatos estatales y paraestatales a lesionar derechos de los ciudadanos, todo a contramano de los sabios y extraordinarios consejos y valores de los Padres Fundadores de lo que fue la tierra de la libertad y el respeto recíproco por antonomasia.

James Bovard en Terrorism and Tyranny. Trampling Freedom, Justice and Peace to rid the World of Evil apunta que la referida Patriot Act “trata a todo ciudadano como sospechoso de actos terroristas y todo agente federal como si fuera un ángel indiscutido. La administración Bush encaró la más grande demolición de la Constitución de la historia de Estados Unidos”. Ya Benjamin Franklin en 1759 puso de manifiesto su célebre sentencia al consignar que “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no merecen la libertad ni la seguridad”, evidentemente la intromisión del Gran Hermano elimina la seguridad junto con la libertad (tal como una vez más se pone de manifiesto a través de las espeluznantes declaraciones de Edward Snowden respecto al programa PRISMA que permite interferencias de correos electrónicos y conversaciones telefónicas sin orden de juez competente).

Lo de Guantánamo es un caso grotesco y a todas luces inaceptable pero en otro plano y tras este debate hay un aspecto de mayor calado cual es el tema de la suspensión de los derechos individuales en situaciones de enorme peligro generalizado y persistente.

Se trata de la controvertida idea de suspender el derecho frente a graves conmociones interiores o ataques exteriores con el propósito de restablecerlo después del estado de excepción. Es tal vez paradójico pero hay aquí una semejanza con las dictaduras: en un caso la eliminación es transitoria y en la otra permanente, pero en el momento de la suspensión hay una semejanza.

Resulta curioso que se pretendan suspender los derechos individuales para defender los derechos individuales. En realidad parece contradictorio otorgar visos de juricidad a lo que por su naturaleza es extrajurídico y tiene en común los procedimientos a que recurren los criminales que se quieren combatir puesto que se procede extramuros del derecho. Esta modalidad no es novedosa puesto que se la utilizó en Roma bajo el nombre de institium lo cual naturalmente no cambia la argumentación.

También se han asimilado los estados de excepción al derecho de resistencia contra la autoridad opresiva, lo cual no corresponde puesto que en este caso se apunta a restituir los derechos individuales mientras que en la aludida suspensión el objetivo es dejar sin efecto esos derechos.

Dante Alighieri en Monarquía escribió que “todo el que pretende el fin del derecho, procede conforme a derecho […], es imposible buscar el fin del derecho sin el derecho […], aparece evidentísima la afirmación de que quien procura el fin del derecho debe procurarlo con el derecho […] Formalmente lo verdadero nunca sigue a lo falso”.

Para ejemplificar, Ira Glasser muestra en su colaboración para una obra titulada It´s a Free Country. Personal Freedom in America After September 11 que en Estados Unidos, el país que ha sido el más respetuoso de los derechos individuales, cada vez que se suspendieron las garantías para las personas alegando situaciones graves los gobiernos produjeron desmanes mayúsculos. Tales han sido los casos cuando se promulgó la legislación sobre sedición y extranjeros en 1789, de espionaje en 1917, nuevamente de sedición en 1918 y la orden ejecutiva de F. D. Roosvelt en 1942 (en este último caso se condenó a 112 mil personas de descendencia japonesa a campos de concentración en Estados Unidos y concluye Glasser que “ni uno de los 112 mil fue imputado de un crimen, ni imputado de espionaje o sabotaje. Ninguna evidencia fue jamás alegada y no hubo audiencias”, lo mismo ocurrió en los otros casos mencionados).  Si esto ocurrió en Estados Unidos, imaginemos los sucesos en otros lares.

El ganador del Premio Amnesty International Stephen Grey, en su libro The Gost Plane. The True Story of the CIA Torture Program detalla las actividades inauditas de la agencia de inteligencia estadounidense, especialmente sus contratos, entre otros casos, para que sospechosos sean torturados en países como el Egipto de Mubarak.

Debido a las denuncias de tortura en Guantánamo, es pertinente reiterar lo que ya he escrito antes sobre la materia. César Beccaría, el precursor del derecho penal, escribe en De los delitos y de las penas que “Un hombre no puede ser llamado reo antes de la sentencia del juez [...] ¿Qué derecho sino el de la fuerza será el que da potestad al juez para imponer pena a un ciudadano mientras se duda si es o no inocente? No es nuevo este dilema: o el delito es cierto o incierto; si es cierto, no le conviene otra pena que la establecida por las leyes y son inútiles los tormentos porque es inútil la confesión del reo; si es incierto, no se debe atormentar a un inocente, porque tal es, según las leyes, un hombre cuyos delitos no están probados [...] Este es el medio seguro de absolver al los robustos malvados y condenar a los flacos inocentes”.

Concluye Beccaría con una crítica enfática a quienes señalan las contradicciones en que incurren los torturados como prueba de culpabilidad, como si “las contradicciones comunes en los hombres cuando están tranquilos no deban multiplicarse en la turbación de ánimo todo embebido con el pensamiento de salvarse del inminente peligro [...], es superfluo duplicar la luz de esta verdad citando los innumerables ejemplos de inocentes que se confesaron reos por los dolores de la tortura; no hay nación, no hay edad que no presente los suyos [...] No vale la confesión dictada durante la tortura”.

No se justifica la tortura en ninguna circunstancia, incluso en el caso que se conjeture que determinada persona tiene la información de quien es el que hará detonar una bomba y aunque se sospeche que aquél es cómplice del hecho. Las razones que se acaban de apuntar convalidan el aserto. No resulta aceptable esquivar aquellas argumentaciones esgrimiendo la posibilidad de que el hacer sufrir a una persona queda mas que compensado con las muchas vidas que se salvarían.

Cada persona tiene valor en si misma, la vida de una persona no se debe a otros. No cabe la pretensión de hacer balances como si se tratara de carne sopesada en balanzas de carnicería. El fin es inescindible de los medios. Los pasos en dirección a la meta impregnan ese objetivo. La conducta civilizada no autoriza  a abusar de una persona, independientemente de lo que ocurra con otras (llevados al extremo, estos “balances sociales” eventualmente conducirían a justificar dislates como el sacrificio de jubilados para que generaciones jóvenes puedan vivir mejor). La legitimación del abuso pone en riesgo la supervivencia de la sociedad abierta, puesto que ésta descansa en pilares éticos.

Además, el ejemplo de la bomba supone más de lo que es posible suponer. Parte de la base que el torturado posee en verdad la información, que la bomba existe y que funciona, que puede remediarse la situación, que el sospechoso trasmitirá la información correcta, que la tortura se limitará a ese hecho etc.

A veces se formulan interrogantes del tipo de ¿usted no autorizaría la tortura de un sospechoso si eso pudiera salvar la vida de su hijo secuestrado?. En realidad son preguntas tramposas de la misma naturaleza que las que aparecen en life boat situations en sentido literal, por ejemplo ¿en caso de encontrarse en un naufragio, usted acataría la decisión del dueño del bote disponible o forzaría el abordaje de toda su familia en lugar de permitir el embarque de otras personas que prefiere el titular?. No es posible el establecimiento de normas de conducta civilizada extrapolando situaciones de conmoción excepcional y ofuscamiento que en ciertas circunstancias abren compuertas a procedimientos reñidos con la moral, puesto que eso significaría el naufragio de la sociedad civilizada.

En el caso del debate sobre la tortura (y en infinidad de otros casos) es útil colocarse en la posición de la minoría. Si detienen injustamente a un hijo y lo torturan, no hay forma de probar la inocencia si no se admite el debido proceso. Antiguamente tribus como la de  los godos, vándalos, hunos y germanos (cimbros y teutones) condujeron las “invasiones bárbaras” sobre el Imperio Romano, en la que se establecía todo tipo de suplicios y finalmente se degollaba a los adultos vencidos, se sacrificaba niños a sus dioses, se construían cercos con los huesos de las víctimas y las mujeres profetizaban con las entrañas de los derrotados. En un proceso evolutivo, los conquistadores luego tomaban a los conquistados como esclavos (“herramientas parlantes” según la horripilante denominación de entonces) y, en la guerra moderna, se establecieron normas para el trato de los ejércitos vencidos. Pero, en lugar de profundizar la senda civilizada y responsabilizar penalmente a quienes producen lo que livianamente se ha dado en llamar “daños colaterales” con vidas de civiles inocentes y eliminar la bajeza de la embrutecedora y castrante “obediencia debida”, resulta que nos retrotraemos a la barbarie de la tortura.

Michael Ignatieff en “Evil Under Interrogation: Is Torture Ever Permissible?” escribe que “La democracia liberal se opone a la tortura porque se opone a cualquier uso ilimitado de la autoridad pública contra seres humanos y la tortura es la mas ilimitada, la forma mas desenfrenada de poder que una persona puede ejercer contra otra”. Sugiere este autor que, para evitar discusiones sobre que es tortura y que son interrogatorios coercitivos, deben filmarse estos procedimientos y archivarse en los departamentos de auditoría gubernamental que correspondan.

En todo caso, en esta nota periodística señalamos que las controversiales figuras referidas de la ley marcial, estado de sitio, toque de queda y similares constituyen un debate aparte, pero el caso de Guantánamo es una vergüenza para cualquier nación que respete elementales normas civilizadas, no solo por las torturas que menciona el Juez Napolitano sino debido a la concepción misma de esa canallesca prisión. La defensa contra el horror terrorista debe encararse con firmeza en varios frentes, pero lo que no es admisible es recurrir a los mismos procedimientos instaurados por la barbarie.

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Sensación de corrupción

 

Este artículo fue publicado en el eBook “Sensación de Pobreza”, una compilación de trabajos y reflexiones en torno a la pobreza en la Argentina actual. Compilador: Iván Petrella. Ver libro completo aquí. —————————–

arquitecturaA menudo se habla de la brecha que existe entre ricos y pobres como si ese fuera el punto central que debería abordar la política pública. Como la brecha entre los que tienen y los que tienen menos es ridículamente grande, se argumenta, el estado debe intervenir para nivelar, sacándole a unos para darle a otros y así crear una sociedad más equitativa.

Parto de la suposición de que si mi vecino es 100 veces más rico que yo pero su riqueza es producto de su esfuerzo personal y la recompensa de un trabajo que la sociedad le retribuye, entonces no hay problemas. ¿Pero qué sucede si, en realidad, su riqueza y sus ingresos no se deben al premio que la sociedad le otorga sino, más bien, a que el de al lado tiene algún contacto con el poder de turno?

En la sociedad argentina actual existe una generalizada sensación de corrupción evidenciada en rankings internacionales y en el inexplicable crecimiento patrimonial de cantidad de funcionarios públicos.

Esto hace que el foco en “los que tienen” y “los que no tienen” cobre particular importancia ya que los primeros son siempre, al menos en el imaginario colectivo, sospechosos de ganar lo que tienen a costa de los demás. Las consecuencias de este sistema son graves, por lo que es necesario que se le preste la mayor de las atenciones: la corrupción inevitablemente lleva a brechas de ingreso injustas e inmorales

El ejemplo de la familia Gates y la familia Carrino

Para graficar la idea del problema de la creciente brecha entre los que tienen y los que no tienen, vamos a comparar al abuelo Carrino, con el padre de Bill Gates. [1] Una vez que nos imaginamos a estas dos personas podemos suponer que mi abuelo tenía un ingreso de 2000 (pesos, dólares, euros, onzas de oro… usted decide), mientras que el padre de Bill Gates tenía un ingreso de 2500. En eso momento, la brecha entre ambos individuos era de un 25%. Es decir, el ciudadano más rico ganaba un 25% más que el ciudadano más pobre.

Ahora bien, volviendo a la actualidad, pasaremos a comparar los ingresos del archifamoso creador de Microsoft con un apenas principiante economista. Por ponerlo en términos numéricos, Iván Carrino tiene ingresos por 3000, mientras que Bill Gates los tiene por 30000. Como puede observarse, la brecha entre el ciudadano pobre y el ciudadano rico se multiplicó y ahora “los ricos” ganan 10 veces más que “los pobres”. Sin embargo, hay tres cosas para destacar.

En primer lugar, si bien Bill Gates está mucho mejor que su padre, en términos relativos yo estoy mejor que mi abuelo. Con el paso del tiempo, entonces, todos hemos ido mejorando respecto de nuestros antepasados. En segundo lugar, dado que la tecnología evoluciona los empresarios compiten por ganarse al consumidor, los bienes en la economía suelen bajar de precio y los salarios reales suben en el tiempo, por lo que mis 3000 de hoy pueden comprar más y mejores cosas que los 2000 de mi abuelo.

Por último, y aquí lo más importante, todos sabemos que Bill Gates merece plenamente su fortuna puesto que ha creado un instrumento que revolucionó al mundo y por el que muchísimas personas estuvieron y están gustosas de ofrecer su dinero a cambio. La fortuna de Bill Gates es la consecuencia de una “win-win situation”, es decir, una situación en la que todos se benefician.

El problema: la familia Gates está “enchufada”

Ahora bien, esta situación cambia cuando Bill Gates, o el individuo que sea, logran multiplicar de una manera sideral su patrimonio sin que exista esta situación en la que todos ganan. Por ejemplo, si en lugar de Bill Gates nuestro personaje del ejemplo anterior fuera un ladrón, tenemos que decir que su fortuna es consecuencia de un esquema donde unos ganan (él y sus colaboradores) pero otros pierden (las víctimas de sus robos). En este contexto, parece razonable que uno se preocupe por la mala distribución del ingreso.

Algo similar sucede cuando aquellas personas que logran acceder a excelentes posiciones económicas no lo hacen como consecuencia de ofrecer a la sociedad algo que ésta demanda, sino más bien gracias al conocimiento de alguien que, dentro del gobierno, tenga el poder para administrar algún presupuesto.

En este sentido, si los ricos de una sociedad se vuelven ricos porque reciben la dádiva, la protección, el contrato amigo, la licitación poco transparente o directamente dinero a cambio de prestar su nombre para figurar como testaferros de los que administran el estado, la brecha entre ricos y pobres comienza a derivar en un problema de injusticia profundo.

Ya no es importante si mi situación mejoró respecto de la de mis antepasados o si yo mismo progresé económicamente en la vida. El problema ahora es que los ricos no son ricos como retribución a su valiosa contribución a la sociedad sino que, todo lo contrario, son ricos gracias a que extraen de la sociedad una tajada que no les pertenece, evitando que esos recursos vayan a destinos que lo necesitan de manera más urgente.

Por qué no es lo mismo si el acomodo no usa el poder político

Alguno podrá objetar que situaciones parecidas también suceden en los ámbitos privados. Solo basta conocer al que tenga el poder en una organización privada o una firma comercial, para que conseguir trabajo, por ejemplo, sea más fácil.

Por otro lado, es posible coimear a un gerente de compras para que, en lugar de los productos de la competencia, se elijan los que mi compañía ofrece y así dejar ilegítimamente fuera de la carrera al más idóneo. Cierto.

Sin embargo, existen dos puntos para destacar. En primer lugar, cuando estas maniobras se llevan a cabo, tarde o temprano se reflejan en el cuadro de ganancias y pérdidas de la empresa. Si la compañía contrató a Pedro porque era sobrino del gerente pero Pedro es un vago, seguramente la empresa no funcionará de manera óptima, pudiendo quedarse fuera del mercado por la fuerza de la competencia.

En segundo lugar, el dinero que está en juego cuando la corrupción se da en el ámbito privado es, valga la redundancia, privado. Es decir, el dinero pertenece a las partes que contratan y, en última instancia, alguien tendrá que soportar el quebranto, pudiendo darse cuenta, o no, de lo que están funcionando mal.

Sin embargo, en el caso de la corrupción cuando se da en el ámbito de lo público, los que pierden son los contribuyentes – todos nosotros – que estamos obligados a pagar impuestos para sostener a un estado que tiene tareas muy precisas y que bajo ningún punto debería desviarse de ellas para favorecer a los amigos de los funcionarios de turno.

La corrupción como sistema

Si que la familia Gates esté enchufada es la norma dentro de una sociedad, se puede decir que esa sociedad vive en un sistema corrupto. A menudo, a este sistema se le conoce con el nombre de “capitalismo de amigos”. El capitalismo de amigos es el sistema económico en el que la rentabilidad de los negocios depende de las conexiones políticas[2]. Este sistema incentiva a las empresas a apoyar a determinados políticos para, luego, cobrarse los favores.

En un sistema de capitalismo de amigo, la fuente de la riqueza de unos es el contacto con algún funcionario. Esto se da principalmente porque el gobierno tiene el poder para cambiar u operar libremente sobre las reglas del juego. Un ejemplo puede ser el empresario que se acerca al poder y pide que se eleve una barrera arancelaria para proteger su negocio. El negocio del empresario, por supuesto, obtendrá un beneficio. Podemos suponer, además, que el empresario pagó al funcionario para obtener dicha protección. . Claramente, ambas partes de este acuerdo se benefician, sin embargo, la sociedad pierde porque, al no haber competencia, debe pagarle al empresario en cuestión el precio que quiere y soportar la calidad que éste ofrezca sin poder contrastarla con la de los productos internacionales.

Otro ejemplo son las contrataciones públicas. Cuando el gobierno tiene que realizar obras, suele contratar a firmas especializadas. Ahora bien, los que solventamos al estado somos los contribuyentes, de modo que si el estado pierde plata, nadie se hace cargo sino que ese costo está muy diluido entre toda la población. El incentivo que tiene el funcionario que lidia con la empresa para pasarle al estado una factura por el doble de su valor es, entonces, grande.Como se puede ver, en los sistemas donde prima la corrupción y el acomodo, el incentivo no está en producir para la gente sino en ver cómo arreglar al funcionario de turno para que ambos lucren a costa de esa gente.

Este “desvío” de fondos no solo genera una brecha entre ricos y pobres que escandaliza sino que, al dirigir el dinero al lobby y al tráfico de privilegios, este no va a satisfacer las verdaderas necesidades de la gente, lo que termina aumentando el nivel de pobreza de la sociedad.

El caso argentino

En nuestro país, según Transparency International, existe una considerable “sensación” de corrupción. De hecho, la organización en cuestión mide la “percepción de corrupción” en un índice donde aparecen 176 países. En ese ranking, nuestro país ocupa el puesto 102, bien lejos no solo de países como Dinamarca o Finlandia sino también de Chile.

Por otro lado tenemos un país con un gasto público que asciende al 36% del PBI[3] y aumenta al 35% anual, con un alto nivel regulatorio y una gran presencia del estado sobre la actividad privada[4].

Como contracara, tenemos grandes empresarios amigos del poder y, al mismo tiempo, un grupo de funcionarios que ha visto su patrimonio incrementado de una manera significativa desde que ingresaron en el gobierno.

El caso más llamativo es el del Secretario de Comercio interior, Guillermo Moreno, cuyo patrimonio creció 28 veces desde el año 2003. Veintiocho, por si quedan dudas. De cerca lo sigue Ricardo Echegaray, titular de la AFIP, cuyo patrimonio creció 20 veces desde el 2003 al 2011. El patrimonio de la presidente creció unas 12 veces desde que llegó al poder mientras que el de Amado Boudou creció solo 170 por ciento, pero solo en el período de 4 años que abarca de 2007 a 2011[5].

Conclusión

Lo que prevalece en la Argentina es una economía reprimida donde el que se enriquece lo hace gracias a “arreglar” con el poder de turno y, por tanto, a expensas de todos los que solventan al estado.

Esta dinámica genera una brecha entre ricos y pobres, o entre los que tienen más y los que tienen menos, que fomenta el resentimiento y la desconfianza hacia el sistema.

Por otro lado, los recursos que en otra circunstancia se destinarían espontáneamente a mejorar la calidad de vida de la población, terminan destinándose a que algunos estén mejor pero a expensas de todos los demás.

La riqueza de unos comienza a ser sospechada más y más de ser la causante de la pobreza de otros y nada bueno puede esperarse de esta situación.

Finalmente, se debe dar una solución a este esquema. Nuestra propuesta es radical: si el estado no existiera esto no pasaría. Sin embargo, dado que el estado existe y no es razonable proponer su eliminación, lo que debe hacerse es limitarlo lo más posible en su poder y tamaño, así como en su capacidad para otorgar beneficios de manera discrecional.

Solo de esta forma terminaremos con el capitalismo de amigos y daremos paso a un sistema donde la brecha podrá ser creciente o decreciente, pero la pobreza será progresivamente eliminada y todos viviremos mucho mejor.


[1] El ejemplo es tomado de una clase magistral del Dr. Martín Krause que se encuentra disponible en internet en el siguiente link: http://www.youtube.com/watch?v=Ve0dGjM_mV8
[2] Randal G. Holcombe: “Crony Capitalism: By-Product of Big Government” Mercatus Center Working Paper No 12-32. Octubre 2012.
[3] Según las conservadoras cifras del Banco Interamericano de Desarrollo.
[4] Lo que se evidencia en el Índice de Libertad Económica de la fundación Heritage: http://www.heritage.org/index/ranking

[5] Los datos se extraen de las declaraciones juradas de los funcionarios, presentados por el Diario La Nación en su edición On Line: http://www.lanacion.com.ar/1546303-los-bienes-de-los-funcionarios-en-la-primera-news-application-de-la-nacion

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El peligro de emular al adversario

ILUSTRACION_DISCUSIONAl brillante escritor argentino Jorge Luis Borges se le atribuye aquella frase que entre ironía y verdad decía que "hay que tener cuidado cuando se elige a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos". Algo de eso se verifica en el presente cuando se observa la conducta de muchos que han perdido el rumbo, tal vez por impaciencia, bronca o impotencia, o porque cometieron el pecado de reflejarse en sus adversarios. Existe cierta ambigüedad en este tipo de situaciones. Por un lado el adversario pone reglas de juego, y en la medida que consigue imponerlas crea la sensación de que sus logros son el producto de sus modos, sus formas, su estilo, y obviamente sus ideas. Así, la tendencia a imitarlos, se genera como si fuera el único camino. Ellos ya no solo imponen su relato, sino que lo convierten en exitoso, por el solo hecho de que consiguen triunfos electorales, o porque son muchos los que repiten esa cantinela, como si se tratara de una verdad indiscutible.

Avanzan, empujan, aplastan, y de ese modo, transmiten la idea consolidada de que para superarlos hay que hacer lo mismo que ellos, pero mejor, es decir ofrecer más de lo mismo, con matices adicionales. Pero ese es solo el comienzo, porque el problema arranca allí, para empeorar, cuando las inmoralidades del régimen se convierten en reglas de juego inmutables. Parece tan potente ese falaz argumento, que consiguen trasmitir la visión de que para ganarles habrá que ser más tramposos que ellos, se deberá mentir el doble y recurrir a todos los ardides y picardías que ellos aplican. No está mal aprender de sus aciertos, si los tuvieran. Tampoco es incorrecto detectar sus eventuales fortalezas, pero solo para ver si esos ingredientes son necesarios o pueden ser reemplazados en una estrategia equivalente pero opuesta. El desafío es justamente no parecerse al adversario, diferenciarse en todo lo que sea posible, sobre todo en lo esencial que no tiene que ver con sus formas sino con su inmoralidad intrínseca.

Siempre parece más fácil ganar haciendo trampas que siguiendo valores y convicciones, pero imitarlos en su vulgaridad y falta de escrúpulos, en su crueldad y ausencia de principios, solo implica distanciarse de la meta. Se trata de triunfar, pero no a cualquier precio. Obtener un buen resultado haciendo lo incorrecto, no es ganar, sino perder. Y es peor cuando esa derrota implica que se ha claudicado en las convicciones para que ellos impongan las suyas y logren que la sociedad las considere indispensables.

La gran batalla que vienen ganando no es la que parece, no es la de los triunfos electorales o la implementación de sus perversas políticas. Han ganado mucho más que eso. Impusieron sus reglas, diseñaron un contexto moral a su medida, fijando los parámetros bajo los cuales quieren competir,  y es justamente por eso que triunfan muchas veces, porque son SUS reglas. Para lograr equilibrio, armonía y orden, hay que animarse a hacer las cosas de un modo diferente. Está claro que eso requiere paciencia. Este desafío no es para ansiosos. No es casualidad que sean los más añosos quienes hayan caído en la trampa de aceptar el presente con resignación, o bien de incitar a la búsqueda de recursos indebidos cruentos e inaceptables. La historia de una sociedad no se modifica por arte de magia. De hecho, es correcto y hasta saludable que las sociedades paguen por sus propios errores, como corresponde. De lo contrario, se podría creer que se pueden corregir rumbos con solo apretar un botón, y eso no forma parte del mundo real, sino de un universo imaginario ajeno a la esencia humana. Hay que hacerse cargo de los errores, de eso se trata. Claro que el aprendizaje es doloroso y amargo, pero solo de ese modo se asumen los desaciertos y se los internaliza para evitar repetirlos. El camino de regreso a la sensatez será probablemente largo, lento y también difícil, porque hacerlo con corrección, honestidad, transparencia y con la verdad como bandera, traerá consigo tropiezos y cierta dificultad para lograr acuerdos y consensos. Pero eso es lo que se precisa hacer, es lo que se debe y lo que resulta imprescindible para dar vuelta la página. Tal vez, con algo de inteligencia, creatividad, y sobre todo tenacidad y perseverancia, se dispondrá de la posibilidad de acortar en algo estos plazos que pueden parecer interminables. Se necesita construir una alternativa o, tal vez, varias, pero que todas ellas sean capaces de transitar ese camino diferente, distinto, diverso. Se debe poder reemplazar el odio como matriz para que vuelva la armonía, esa que logre sustituir la imposición autoritaria del presente por el debate, el intercambio de inquietudes, la articulación de propuestas, la discusión pausada y serena de variantes que nos acerquen a las soluciones. Algunos que intentan buscar atajos, están equivocando el camino. Apurados por terminar este proceso de indignidad, atropellos y autoritarismo sistemático, pretenden recurrir a cualquier artilugio, imitando a sus adversarios y solo proponiendo otra alternativa demasiado parecida que ofrecer los mismos ingredientes y similares herramientas. A no confundirse. La recuperación del equilibrio, viene de la mano de hacer lo adecuado, con métodos que no puedan ser cuestionados por su inmoralidad, y transitando una construcción prudente, para que el futuro sea la consecuencia esperable de hacer las cosas del modo correcto. Es por eso que se debe abandonar esa mágica idea de imitarlos. Allí está la clave, en evitar esa tentación, porque hacerlo implica terminar pareciéndose a ellos y asumir entonces el peligro de emular al adversario.

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El gobernante de las dos caras

Rafael Correa, el presidente de los ecuatorianos, es un personaje contradictorio hasta bordear la esquizofrenia. Tiene, por lo menos, dos caras. Veamos.

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A veces utiliza un lenguaje de izquierda y se proclama partidario del socialismo radical, pero otras es un católico conservador, adversario del matrimonio gay, que se emociona conversando con el papa Francisco.

Se presenta como un demócrata, pero sostiene una visión retorcida de los valores de la libertad y opina que Fidel Castro no es un dictador, que Gadaffi es una figura injustamente “maltratada”, y que el tiranuelo antisemita Ahmadineyad, un peligroso guerrerista que amenaza con ahogar a los israelíes en el mar, o destruirlos con armas atómicas, es un venerable personaje, aliado de su país, quien, naturalmente, considera al ecuatoriano como su “solidario hermano y amigo”.

Correa, que da lecciones de economía al Banco Central Europeo, y asegura ser un gobernante que favorece al ser humano antes que al capital, renuncia al ambientalismo de sus primeros tiempos, se enfrenta a las comunidades indígenas, opta por un modelo rabiosamente extractivo, y propone una ley para la explotación del subsuelo que les da grandes ventajas a las empresas mineras.

No obstante, mientras, por una parte, el gobierno de Correa con esa nueva ley de minería parece invitar a las empresas y capitales extranjeros a invertir en el país, por la otra, es incapaz de llegar a un acuerdo con la compañía minera canadiense Kinross –notable por sus programas sociales dentro de la llamada “responsabilidad social  corporativa”--, la cual prefiere abandonar Ecuador en agosto próximo ante la falta de seguridad jurídica que sufren las compañías extranjeras (y nacionales).

Correa, es muy sensible frente al lenguaje crítico de la prensa, pero una fundación ecuatoriana contó (y luego un parlamentario de oposición reportó) 171 insultos y agravios vertidos contra sus adversarios en sus conferencias de prensa y alocuciones radiales.

Utiliza palabras impropias de un presidente, como “perro”, “ladilla”, “ladrón”, “cara de estreñido”. A la periodista Sandra Ochoa la llamó públicamente “gordita horrorosa”, sin la menor consideración por su género o porque la señora estaba haciendo su labor de hacer preguntas incómodas.

Correa, como muestra de su respeto a la ley asegura que no hay ningún periodista preso, pero su gobierno se ocupa de perseguir hasta la exclusión a profesionales como Emilio Palacio, quien debió exiliarse por temor a ser encarcelado, Carlos Vera, Carlos Jijón, Jorge Ortiz o José Hernández, por sólo mencionar a algunos de los más prestigiosos. No los encarcela, pero trata de someterlos por hambre. Eso no lo hace un político realmente demócrata.

Ahora mismo, Jaime Mantilla, director del diario Hoy y presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa, está bajo un fuerte ataque que incluye presiones económicas y campañas de descrédito conocidas como “asesinatos de la reputación” para obligarlo a desdecirse o a rectificar una información que a sus reporteros les parece correcta.

Esas campañas, del más claro estilo goebbeliano, sin ningún respeto por la verdad y la decencia, las orquestan desde la Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia, verdadero Ministerio de la Verdad. (A mí me acusaron calumniosamente de fomentar un ridículo e inexistente golpe militar por haber presentado cortésmente al expresidente Lucio Gutiérrez en una conferencia dada en Miami, invitado por el Interamerican Institute for Democracy).

En fin, ¿cómo puede definirse este contradictorio personaje? A mi juicio, es un autócrata emocionalmente inmaduro e intelectualmente incompetente, que no comprende que los gobernantes demócratas realmente exitosos, creadores de riqueza y de estabilidad, se colocan bajo la autoridad de la ley, buscan consensos, practican la cordialidad cívica con sus adversarios, respetan la separación de poderes y no se dedican a perseguir a la prensa.

Esos buenos estadistas entienden que la función de los periodistas es juzgar la conducta de los políticos y funcionarios, y no al revés. Saben que esa prensa crítica, por incómoda que resulte, y a pesar de los excesos que a veces comete, desempeña el papel fundamental de levantar auditorías, descubrir corruptelas, denunciar negligencias y señalar costosas estupideces que deben costear los trabajadores con sus impuestos. Gracias a ella los gobiernos son mejores.

Sólo hay un dato que redime a Correa y genera alguna esperanza: ha asegurado que no volverá a aspirar a la presidencia. Ojalá que cumpla su promesa.

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Alentar a los paladines de la república

Los hechos se están desarrollando de un modo tremendo, deteriorando todo a su paso. Ciertos países en manos del populismo, se degradan moralmente limitando las libertades individuales y atentando a diario contra la república.

Frente a ello, la sociedad civil suele caer en cierta cuota de desorientación y pretenden resolver la encrucijada de un modo lineal, creyendo que la mayoría tiene la misma percepción y suponen que en un próximo turno electoral podrán revertir los errores, corrigiendo el rumbo.

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Muchas veces las sociedades son engañadas por algún tiempo. Es que bajo ciertas circunstancias generales, se puede perder la perspectiva, y llevar a pensar que alguna disponibilidad económica de corto plazo es más importante que los valores, los principios, la dignidad y la república.

Los usurpadores del poder saben de esta habitual confusión y apuestan a profundizar esta visión, recurriendo a comparaciones económicas que muestran mejoras respecto de otros trágicos períodos del pasado.

Ellos quieren que la sociedad razone minimizando las cosas que están mal, porque el oasis del presente les exhibe progresos respecto del desastre anterior. La idea es que frente al ";evidente"; éxito actual, no vale la pena detenerse ante cuestiones irrelevantes como la república o la libertad.

Pero mientras tanto, otras personas, lamentablemente los menos, advierten lo que realmente sucede. Perciben el engaño, la manipulación del relato, la adulteración de la realidad que busca ocultar lo inadmisible y destacar lo irrelevante para confundir mas al electorado.

La historia dice, que tarde o temprano, las sociedades se despiertan de su letargo. Pero esa demora no es gratis y no impide que los daños se hayan producido, y que luego la reconstrucción, sea mucho más lenta y costosa.

Es importante no olvidar que siempre se pueden tomar decisiones equivocadas, lo que no resulta posible es escapar de las inevitables consecuencias de las mismas. El arrepentimiento, no borra lo ocurrido, en todo caso, brinda una enorme oportunidad para volver a empezar.

En ese contexto, algunos pocos protagonistas del presente, no solo advierten lo que ocurre, sino que han tomado la decisión individual de no permanecer como simples espectadores del momento, y tomar su lugar, ocupar un rol, para cambiar, cuanto antes, el curso de los acontecimientos.

Se trata de un número reducido y sería bueno que sean muchos más. Vienen desde diferentes ámbitos, jueces, fiscales, legisladores, empresarios, artistas, gente de trabajo, simples ciudadanos, cada uno desde su lugar hace su contribución para dejar testimonio y mostrar el camino.

Ellos resisten desde sus espacios, arriesgando mucho más de lo que pueda suponerse. No se trata de posturas simuladas, sino de aquello que nace desde lo más profundo de sus entrañas, intentando hacer lo correcto, lo que corresponde, asumiendo los riesgos que se deriva de esa valiente decisión.

La conducta de estos héroes ciudadanos, contrasta frente al excesivamente frecuente proceder de los que claudican a diario, esos que se arrodillan ante el poder, inclusive cuando ni siquiera se lo solicitan.

En el marco de esta avalancha de servilismo y humillación cívica, detectar la existencia de individuos que ponen lo que hay que poner, animándose a resistir el embate del régimen, resulta estimulante de cara al futuro. Hay que tomar nota de esos gestos y no solo identificarlos como positivos. Se trata de actitudes osadas, de mucho coraje que deben ser resaltados.

No lo hacen por quedar bien o por no disponer de alternativas, sino porque sienten que lo deben hacer. Se trata de un llamado interior, que solo lo pueden comprender quienes gozan de una profunda vocación ciudadana, republicana y aman la libertad que los identifica como valor superior.

Sería más cómodo ceder, someterse y hacerse los distraídos, como si nada ocurriera, para sumarse a la horda de alcahuetes que adulan al poder.

Algunos quisquillosos e hipersensibles, les señalarán sus múltiples defectos, historias equivocadas y errores anteriores. Eso es parte de la descripción de esos seres humanos, que son solo eso, individuos imperfectos. Es importante entender que no se trata de juzgarlos por su sus desaciertos del pasado, sino en todo caso, por el rol que ha elegido en el presente.

Es tiempo de reaccionar como sociedad y darse cuenta que no alcanza con aplaudir en privado. Estos defensores de la república esperan mucho más que cobardes actitudes de esas que suelen justificarse afirmando que harían lo mismo si no fuera por ciertas razones personales que se lo impiden.

Estos adalides de la libertad arriesgan mucho, en los más de los casos, no solo su trabajo, ingresos económicos y el sustento para su familia, sino que apuestan su honor y se exponen a las predecibles venganzas del sistema.

Cada uno de esos personajes que se están jugando y mucho, merecen no solo respeto silencioso y reconocimiento a escondidas, sino que su esfuerzo sea recompensado con la presencia de más de ellos, desde cualquier ámbito, porque inducen a hacer lo correcto y a replicar a diario sus gestos.

Esta es la mejor ocasión de estimular a los que hacen lo apropiado. Buena alternativa seria empezar a imitarlos, asumiendo la inspiración que significan, porque de esa manera se los honra en serio. Tal vez sea esa la forma más efectiva y responsable de alentar a los paladines de la república.

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