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Terrorismo semántico

04 Abril 2026

Antes que nada, subrayo que días pasados, cuando expuse ante un grupo lo que ahora paso a considerar, la gran escritora Mercedes Vigil -presente en esa tertulia- entusiasmada con mis propuestas idiomáticas sugirió el título con que encabezo esta nota periodística muy telegráfica en ocho puntos, por lo que le reconozco un muy merecido crédito.

Segundo, resulta del todo improcedente aludir a “clases sociales” ya que el concepto proviene del marxismo, que sostiene que el proletario y el burgués son paridos por clases distintas de personas que, entre otras cosas, arguyen se deben a estructuras lógicas diferentes, de ahí el polilogismo. Ni Marx ni ningún marxista han explicado en qué consisten los silogismos que los diferencian de los tradicionales aristotélicos ni, por ejemplo, qué le ocurre en la mente del proletario que se gana la lotería, etc. Resulta repugnante y ofensivo hacer referencia a “la clase baja”, anodino a la “media” y de una frivolidad alarmante la “alta”. No son clases de personas, simplemente son aquellas que al momento perciben ingresos bajos, medianos o altos, y eso es precisamente lo que hay que mencionar en este contexto. También tengamos en cuenta que todos nuestros ancestros provienen de lo más miserable: la cueva, el taparrabo y el garrote. Los criminales nazis, luego de embarrarse en absurdos criterios clasificatorios, copiaron la idea marxista y concluyeron que los denominados “arios” y los judíos los separaba estructuras lógicas distintas, lo cual los hacía pertenecer a clases de personas diferentes, al tiempo que tatuaban y rapaban a sus víctimas como único medio para separarlos de sus victimarios. Todo esto está íntimamente conectado con la sandez de “clase trabajadora”, expresión que constituye la base de la teoría de la explotación, como si el empresario y el comerciante no fueran trabajadores.

Quinto, a esta altura, las expresiones izquierda y derecha resultan tan poco ilustrativas como arriba, abajo, atrás o adelante. Las ubicaciones geográficas no ayudan a clarificar conceptos. Los ubicados a la izquierda del Parlamento en los debates de la Revolución Francesa (antes de la nefasta contrarrevolución de los jacobinos) se oponían a los abusos del poder y a los cortesanos, lo cual traicionaron a muy poco andar y se acoplaron a las botas, la violencia y la liquidación de derechos enfatizados en la declaración de 1789, pergeñada por liberales como el sustancioso Pierre-Paul Mercier de la Riviere (en los dos primeros puntos se subraya la importancia de la igualdad ante la ley y el derecho de propiedad). Por su parte, derecha remite al fascismo o a conservadores en el peor sentido del término (en línea con lo escrito por Friedrich Hayek en “Por qué no soy conservador”), es decir, encadenados al statu quo, sin comprender que el espíritu liberal está siempre atento a nuevos paradigmas en un proceso evolutivo, ya que el conocimiento no es un puerto sino una navegación permanente. Estimo que la mejor manera de dividir aguas entre el totalitarismo y la libertad es referirse a liberalismo o estatismo.

Sexto, hemos aludido a la igualdad ante la ley, un concepto fundamentalísimo que es inseparable de la noción clásica de Justicia en cuanto a “dar a cada uno lo suyo”, que, a su vez, está enlazado a la irremplazable institución de la propiedad privada. No aceptamos ser iguales ante la ley para ir a un campo de concentración. En este plano de análisis, resulta medular la demolición de positivismo legal que desconoce los mojones y puntos de referencia extramuros de la legislación vigente.

Séptimo, hemos mencionado la larga y fecunda tradición de pensamiento liberal. En Estados Unidos se dejaron expropiar esa palabra por lo que inventaron “libertario”. El premio Nobel en economía Milton Friedman ha reiterado que debería insistirse en el noble término liberal, puesto que el asunto hace a un tema clave de comunicación, advertía que dentro de poco arrancarán “libertario” y habrá que hacerse de otra expresión y así sucesivamente sin solución de continuidad. Con mucho más razón en nuestra región hispanoparlante, que esa denominación mantiene su potente significado original. Como he consignado en otras oportunidades, bajo mi computadora tengo un letrero que reza nullius in verba -el lema de la Royal Society de Londres- que, como, entre otros, ha explicado Ernst H. Gombrich se traduce en que no hay palabras finales… nada más liberal.

Y octavo, sobre la mal llamada “inteligencia artificial”, puesto que inteligencia remite a libre albedrío y no a programación o reprogramación. En las tres Academias Nacionales a las que pertenezco he sugerido que esa maravillosa tecnología se denomine “algoritmos informáticos”. Tal como nos han enseñado maestros como Karl Popper (filósofo de la ciencia) y John Eccles (premio Nobel en neurofisiología) en su colosal obra que lleva el muy sugestivo título de El yo y su cerebro, muestran que la condición humana no se limita a kilos de protoplasma. Si solo fuéramos carne y hueso, todo lo que decimos y hacemos estaría inexorablemente determinado por los nexos causales inherentes a la carne y al hueso. Tenemos mente, psique o estados de conciencia que permiten ideas autogeneradas, revisar nuestros propios juicios, proposiciones verdaderas y falsas, responsabilidad individual, moral y libertad, es decir, libre albedrío. El materialismo filosófico convertiría al liberalismo en pura ficción. Todo lo cual para nada niega posibles problemas químicos en el cerebro y alteraciones en los neuroblastros y la sinapsis. Cuando un agente inmobiliario nos muestra un departamento y alega que tal o cual persiana es inteligente, pone de manifiesto una descomunal ofensa a la condición humana. En esta línea argumental respecto a los problemas semánticos, a mis alumnos les comento que no es apropiado sostener que los equipos a que recurrimos a diario tienen memoria puesto que son impulsos eléctricos, nuestros abuelos o bisabuelos hacían un nudo en el pañuelo para recordar algo y nadie en su sano juicio alabaría la memoria del pañuelo, del mismo modo que si guardamos archivos en un galpón de gran almacenamiento no nos referimos a la memoria del galpón. Por último, es cierto que las tecnologías sofisticadas pueden utilizarse mal, lo cual no es una novedad, ya que desde el martillo se puede emplear para introducir un clavo o para romperle la nuca al vecino.

Es necesario debatir estos signos lingüísticos y a todo trance evitar relativismos hermenéuticos, tal como nos advierte Umberto Eco y así no caer en las tenebrosas figuras plasmadas por Miguel de Unamuno sobre “mamíferos verticales”, por Giovanni Papini sobre “almas deshabitadas” o por Mario Vargas Llosa sobre “sujetos sin mayor trastienda”.

En última instancia, y en un ámbito más general, siempre habrá que sacarse de encima regulaciones de los aparatos estatales que todo lo oscurecen, que hasta pretenden administrar el lenguaje. El periodista le preguntó a Borges si era cierto que pregonaba la abolición de estructuras estatales, a lo que el escritor contestó afirmativamente, frente a lo cual el encuestador de ideas repregunta cuánto tiempo calcula para llegar a ese ideal: como respuesta obtuvo un vacilante doscientos o trescientos años. Y mientras le consultan, “mientras jodernos”.

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