¿Qué pasaría si ninguna empresa pagara sus impuestos?
CONTRA ECONOMÍA -
No me fue mal. De ganancias obtenía menos que el Salario Mínimo Vital y Móvil, pero no me quedó ninguna cartera sin vender. Fue una buena experiencia que me permitió conocer esta maravilla llamada “e-commerce”.
Si los impuestos fueran 0, los beneficios económicos serían extraordinarios.
No tenía más de 20 años cuando decidí emprender mi primer “negocio virtual”. En ese momento estaba realizando una pasantía en un centro de computación que quedaba en el barrio de Once. Eso hacía que pasara siempre por comercios de venta al por mayor de juguetes, textiles, electrónicos, etc. Se me ocurrió, entonces, que ahí podía haber una oportunidad. En una de las vidrieras había unas pequeñas carteras con un estampado estilo “Burberry’s”. Pensé que podía ser buena idea comprar algunas al por mayor (recuerdo que costaban $ 11 cada una) y luego revenderlas al por menor a través de un portal de internet, llamado “MercadoLibre.com”. Así fue. Compré una buena cantidad de carteras, les saqué algunas fotos y las subí a la página.
No me fue mal. De ganancias obtenía menos que el Salario Mínimo Vital y Móvil, pero no me quedó ninguna cartera sin vender. Fue una buena experiencia que me permitió conocer esta maravilla llamada “e-commerce”.
Pagar pocos impuestos
Hoy MercadoLibre.com (MELI, por su símbolo de cotización en la bolsa) está en el ojo de la tormenta. En Argentina, la AFIP sostiene que la empresa le debe unos $AR 500 millones por beneficios impositivos mal adjudicados. El caso es el siguiente: existe una ley, la 25.922, que se sancionó para promocionar la industria del software. La promoción consiste en brindar a las empresas “estabilidad fiscal”, que se logra con el compromiso de no subir la carga tributaria por 10 años. Eso no es todo. El sistema también ofrece a las empresas utilizar hasta el 70% de las contribuciones patronales como “crédito fiscal” para cancelar deudas por IVA u otros impuestos nacionales, salvo Ganancias. Por último, les da una desgravación del 60% en el monto total del Impuesto a las Ganancias determinado en cada ejercicio. Nada mal. Desde el año 2007 que MELI forma parte de este Régimen de Promoción. Según la compañía, esto fue aprobado por el Ministerio de Producción tras sucesivas auditorías. Según la AFIP, sin embargo, MercadoLibre no debería acogerse a dicho esquema y, por tanto, debería pagar los impuestos como cualquier “hijo de vecino”. De ahí surge el reclamo. Comentando al respecto del caso, una reconocida periodista concluyó:“Lo que pasa es que nuestro empresariado quiere pagar pocos impuestos”.Curioso comentario. Es que, ¿cuál sería la novedad? ¿Acaso los japoneses gustan de pagar muchos? ¿Acaso la periodista misma desea pagar más? Los impuestos, por algo, se llaman “impuestos”. Porque nadie quiere pagarlos. De otra forma, se llamarían “aportes voluntarios”.
Más crecimiento
Ahora bien, al margen de la situación de MELI contra la AFIP (donde habrá que dirimir si efectivamente está bien que la empresa sea considerada parte de la industria del software y, por el otro, si se debe cobrar impuestos de manera retroactiva) es interesante el debate sobre los “muchos” o “pocos” impuestos que se pagan. Después de todo, es claro que los empresarios, así como todos los demás, no quieren pagarlos. Ahora bien, si efectivamente consiguieran no hacerlo, y nadie los penalizara por ello: ¿qué ocurriría? ¿Sería un problema para la economía en su conjunto o, por el contrario, sería una bendición? El economista norteamericano Robert Murphy analizó una serie de estudios teóricos y empíricos que relacionan la austeridad fiscal, las tasas impositivas y el crecimiento económico. Uno de ellos es el de Lee y Gordon, de 2005, donde se encontró que una reducción de diez puntos en los impuestos corporativos elevaba el crecimiento económico de 1 a 2 puntos porcentuales por año. Ahora bien, lo que planteamos nosotros no es que la empresa vea reducida en 10 puntos la tasa de impuestos corporativos, sino que directamente no los pague. Es decir, que la alícuota efectiva caiga a 0%. Considerando el caso argentino, entonces, tendríamos una tasa de impuesto a las ganancias que pasaría de 35% a 0%, generando un aumento en el crecimiento anual de 1,5 puntos porcentuales (la mitad entre 1 y 2), multiplicado por 3,5 (1,5 puntos por cada 10 de reducción). Eso resultaría en un crecimiento anual adicional de 5,25 puntos porcentuales. Es decir, si las empresas de Argentina tributaran 0% de Impuesto a las Ganancias, el crecimiento proyectado de los próximos años no sería del 3% anual, sino del 8,25%. Esto generaría un suculento aumento de la riqueza per cápita, que se duplicaría en nada menos que 12 años.Mayores salarios
Otra consecuencia positiva que tendría el impago total de los impuestos por parte de las empresas es un mayor salario. En nuestro país, los impuestos al trabajo son los más altos del mundo. Por cada $ 100 de salario de bolsillo que tiene el trabajador, el empleador debe pagar $ 167 en el peor de los casos. ¿Qué pasaría si estos impuestos no debieran pagarse o fueran 0%? La microeconomía indica que una parte se la quedará el empleador y otra parte se la quedará el empleado. Las ganancias de la empresa crecerán y también el salario del empleado. Ahora bien, si la oferta de trabajo es totalmente inelástica –algo que podemos suponer si el trabajador necesita el empleo al margen de cuánto se le pague- entonces todo el beneficio se lo llevará el trabajador en la forma de un aumento de 67% en su salario de bolsillo. Es que, al margen de lo que diga la ley –y solo en este hipotético caso- era el empleado quien estaba pagando todo el impuesto. Su eliminación implicaría un salto en su remuneración y una mejora sustancial de poder de compra. Volviendo al inicio, es evidente que los empresarios, así como todos los demás, quieren pagar pocos impuestos. Lo que tal vez no es tan evidente es que si efectivamente eso ocurriera, los beneficios económicos serían extraordinarios. Publicado originalmente en Contraeconomia.com- Hits: 8
Es decir, todavía no se ha ingresado en zona de alto riesgo pero, a la vez, la opinión mayoritaria es que un ritmo como el actual no podrá sostenerse de modo indefinido.
"Queda claro que no es viable en el tiempo que la 
Desde entonces Raúl gobierna con su entorno familiar. Con su hija Mariela, una inquieta y lenguaraz sexóloga. Con su hijo, el coronel Alejandro Castro Espín, formado en las escuelas de inteligencia del KGB. Con su nieto y guardaespaldas, Raúl Guillermo Rodríguez Castro (hijo de Déborah). Con su yerno o ex yerno (no se sabe si sigue casado con Déborah o se divorció), el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, Jefe de GAESA, el principal holding de los militares cubanos.
Ésa es la gente que gobierna junto a Raúl, pero tienen tres problemas gravísimos. Él más importante es que en Cuba quedan muy pocos creyentes en el sistema. Sesenta años de desastre son demasiados para mantener la fe en ese disparate. El propio Raúl perdió la confianza en el sistema en los años ochenta del siglo pasado cuando despachó a muchos oficiales a centros europeos a aprender técnicas de gerencia y mercadeo.
¿Para que los militares cubanos debían dominar esas disciplinas? Para implementar el “Capitalismo Militar de Estado”, único y devastador aporte intelectual cubano al poscomunismo. El Estado se reserva las 2500 empresas medianas y grandes del aparato productivo (hoteles, bancos, fábricas de ron, cerveza, cementeras, siderúrgicas, puertos y aeropuertos etc.) dirigidas por militares o exmilitares de alto rango. Cuando no pueden explotarlos directamente por falta de capital o de conocimientos, se asocian a un empresario extranjero al que le ofrecen buenos beneficios y al que vigilan, eso sí, como al peor de los enemigos.
Simultáneamente, a los cubanitos de a pie se les prohíbe crear grandes empresas. Deben limitarse a pequeños lugares de servicio (restaurantes), elaborar pizzas, freír croquetas, o freírse ellos mismos como taxistas. Les está vedado acumular riquezas o invertir en nuevos negocios, porque el objetivo no es que los individuos emprendedores desplieguen su talento y reciban los beneficios, sino que absorban la mano de obra que el Estado no puede emplear. En Cuba, al contrario que en China, enriquecerse es delito. O sea, lo peor de los dos mundos: el estatismo controlado por militares y el microcapitalismo atado de pies y manos.
El segundo problema es que el Partido Comunista no significa nada para casi nadie en Cuba. En teoría, los partidos comunistas son segregados por una doctrina, el marxismo, que al perder toda significación convierte al PC en un asunto puramente ritual. Fue lo que sucedió en la URSS. Como nadie creía en el sistema, el PC fue liquidado por decreto y 20 millones de personas se retiraron a sus casas sin derramar una lágrima.
El tercero es que Raúl es un hombre muy viejo, con 86 años de edad, que ha prometido retirarse de la presidencia el próximo 24 de febrero, aunque probablemente permanezca agazapado en el Partido. En todo caso, ¿hasta cuándo vivirá? Fidel duró 90 años, pero basta leer sus escritos de los últimos años para comprender que había perdido muchas facultades. El mayor de los varones, Ramón, murió a los 91, pero llevaba varios años aquejado por demencia senil.
La suma de esos tres factores preludian un final violento para el castrismo, acaso a cargo de algún militar, salvo que el heredero de Raúl Castro (oficialmente Miguel Díaz Canel, primer vicepresidente, pero podría ser otro) opte por una verdadera apertura política y desmonte el sistema organizadamente para evitar que lo derriben y los escombros caigan sobre esa frágil estructura de poder.
Para esos menesteres sirven los procesos electorales, pero ya los raulistas se encargaron de cerrarles el paso al centenar de opositores dispuestos a participar en los próximos comicios, mientras se niegan a admitir la consulta que propone Rosa María Payá, la hija de Oswaldo Payá, un dirigente asesinado por pedir lo mismo que hoy, valientemente, reitera la muchacha. O sea: Raúl le legará a su sucesor una terrible sacudida. La dinastía morirá con él.
De acuerdo a los datos que informa el documento de la Jefatura de Gabinete, el gasto público social, incluyendo las jubilaciones, va a pasar de ser el 65% del gasto total hasta llegar al 76% en el presupuesto 2018 como puede verse en el gráfico 2. Es decir, va a aumentar 12 puntos porcentuales del gasto total. Francamente, uno no puede decir que la política económica es exitosa si tiene previsto aumentar en el volumen de asistencia social porque nos está indicando que la política económica no ha logrado el objetivo de crear la suficiente cantidad de inversiones para crear puestos de trabajo y permitir que la gente pueda vivir del fruto de su trabajo y no del asistencialismo “estatal” que siempre tiende a ser clientelismo.
Gráfico 1


Y he aquí un serio problema que, de pensarlo un segundo, resulta obvio. Los chicos que cursan actualmente la primaria reciben una educación esencialmente igual a la que recibieron sus padres y sus abuelos. La escuela no cambia, pero los alumnos sí. Cualquiera que es profesor lo sabe. Esto da por resultado un cóctel explosivo.
La educación, tal como la conocemos hoy, nació en el contexto de la revolución industrial. ¿Cuál era su objetivo? Preparar a los jóvenes para convertirse en buenos empleados para las fábricas, formarlos con un pensamiento homogéneo que funcionara bien en el rutinario entorno laboral de la época. Es claro que en ese entorno el concepto de libertad educativa no tenía ningún significado.
El propósito actual de la educación sigue siendo preparar a los jóvenes para desarrollarse en la sociedad que encontrarán en su vida adulta. Pero estamos en un mundo que cambia a un ritmo sin precedentes. Por eso, la educación hoy debe ser muy distinta.
¿Cómo hacerlo? Aprender a aprender es la respuesta. Ya no importa aprender conocimientos específicos, sino tener la capacidad de aprender en forma continua. Probablemente la mayor parte de lo que un joven necesite aprender, a lo largo de su vida adulta, hoy ni siquiera exista. Cada joven, cada individuo, es distinto y no puede caminar sobre esta cinta sin fin de adquisición de nuevos conocimientos si no goza de la libertad de elegir qué es lo que necesita aprender en cada momento y dónde puede encontrarlo. La revolución tecnológica permite justamente eso.
Enseñar a aprender por sí mismo, ese es el papel del docente en este nuevo mundo en que vivimos. El maestro es un guía que debe motivar al alumno a desear ejercer su libertad de aprender por sí mismo; no existe otra forma de hacerlo.
Aprender a aprender, esa es la idea. La tecnología lo facilita de una manera increíble si somos capaces de utilizarla. Ese es actualmente un gran problema que enfrenta la educación. Repetidas veces los alumnos conocen tanto más de este nuevo mundo que sus maestros, muchos de los cuales pertenecen a una generación en la cual la televisión se veía en blanco y negro.
¿Qué sentido tiene hoy día sentarse a tomar una materia con un profesor que sabe mucho menos que un investigador del MIT, de la Universidad de Harvard o de Chicago, cuyo curso lo podemos tomar en línea? Llegará ese momento en que cada estudiante haga uso de su libertad para armar la currícula que desee, eligiendo cursos que se ofrezcan en distintas universidades, en distintos lugares del mundo. Obviamente, eso será posible cuando en las búsquedas laborales no se requiera un título sino una certificación de conocimientos.
Parece un futuro lejano, yo creo que no lo es. La velocidad del cambio tecnológico es tal que perdemos noción de ella y se acelera exponencialmente. Tarde o temprano el avance tecnológico será tal que pensar que un estudiante deba estar sentado varias horas al día en un aula, tomando durante cinco o seis años un conjunto de materias decididas por burócratas en algún momento lejano del tiempo, será tan sólo un recuerdo.
Es claro que para que ello sea una realidad, el paradigma educativo deberá cambiar: ya no enseñar a nuestros alumnos conocimientos sino la capacidad de aprender a aprender por ellos mismos, de aprender a utilizar todos los recursos que la tecnología ofrece para educarse a lo largo de toda su vida en un marco de mucha mayor libertad. Ese es del desafío de la educación para el siglo XXI.