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Sobre la idea marxista de “clase social” y la noción nazi de “raza”

La Nación - Hace diez años escribí sobre este asunto clave, pero vuelvo a la carga con otros argumentos en vista de la insistencia en recurrir a expresiones que estimamos erradas. Como es sabido, el lenguaje sirve para pensar y para transmitir pensamientos; en la medida en que se desfiguran los términos, se dificulta y entorpece lo dicho.

El generalizado empleo de “clase social” proviene de la concepción marxista de una naturaleza distinta del proletario y el burgués para así sustentar la teoría de la explotación, lo cual daría lugar al concepto atrabiliario del polilogismo, es decir que aquellos tendrían una estructura lógica distinta, lo cual nunca explicó ningún marxista en qué consistirían los hilados lógicos de uno y otro y en qué se diferenciarían del silogismo aristotélico, y para dar lugar a la idea de “clase trabajadora”, que remite exclusivamente a quienes se desempeñan en ciertos empleos excluyendo a otros.

Todos los humanos compartimos la misma naturaleza y en una sociedad libre cada cual, al actualizar sus potencialidades, obtiene de su prójimo ingresos varios según se juzguen sus capacidades para atender necesidades y demandas. Así las desigualdades de rentas y patrimonios resultan esenciales a los efectos de asignar los siempre escasos recursos en manos más eficientes para atender los reclamos de otros. Esta distribución permite aprovechar el capital disponible, que a su vez se traduce en salarios mayores. La tan cacareada redistribución realizada compulsivamente por los aparatos estatales inexorablemente redunda en menores salarios, muy especialmente de los marginales, puesto que todos los ingresos dependen exclusivamente de las tasas de inversión disponibles.

A pesar de todo lo consignado, hay encuestadores, sociólogos y analistas varios que recurren a la incoherente idea de clase social. En verdad, aludir a “clase baja” constituye una ofensa colosal para los más pobres; en realidad se trata de una expresión repugnante. Por su parte, “clase alta” se traduce cuando menos en una terminología de una frivolidad alarmante que remite a departamentos estancos de la autoritaria noción antigua de nobleza y “clase media” resulta en una clasificación del todo anodina. Si lo que se quiere transmitir es una división entre los que disponen de ingresos bajos, medios y altos, es pertinente decir precisamente eso y no enredarse con la idea totalitaria de clases sociales.

En algunas oportunidades se pretende ahondar en el asunto de las clases sociales para concluir que no solo se trata de una cuestión de recursos, sino de educación, de formas de ser y decir y de conductas en general. Pero este es un razonamiento circular. Por supuesto que si uno va a un colegio inglés aprenderá inglés y si uno va a uno japonés aprenderá japonés y así sucesivamente, pero esto no marca una clase o naturaleza de persona. El relativamente pobre que se gana una jugosa lotería pasa a ser rico y el rico que quiebra pasa a ser pobre, pero no cambian su compartida condición humana. Si uno se toma el trabajo de leer, aunque más no sea algo de lo escrito sobre clases sociales, verá incluso que hay quienes sienten que pierden su identidad si no pertenecen a una clase establecida por la literatura convencional, sin duda anémicos de autoestima y sentido de dignidad.

Adolf Hitler y sus sicarios, después de sus descabelladas, embrolladas y reiteradas clasificaciones con la intención de distinguir los así denominados arios de los judíos –sin perjuicio en este caso de su confusión con lo que es una religión–, adoptaron la antes referida visión marxista y concluyeron que se trataba de “una cuestión mental”, mientras tatuaban y rapaban a sus víctimas para diferenciarlas de sus victimarios. A lo dicho cabe enfatizar que en todos los seres humanos hay solo cuatro posibilidades de grupos sanguíneos. Todos los humanos provenimos del continente africano y las características físicas son el resultado de las muy diversas ubicaciones geográficas.

En no pocas oportunidades se ha vinculado aspectos de la versión clasista y racista al espantoso antisemitismo –que por las razones apuntadas es mejor denominar judeofobia– una muy desafortunada postura que para nada suscribe el inaceptable salto lógico de sostener que los que usan la expresión “clase social” tienen ribetes judeofóbicos. Se trata de evitar, a veces, algunas trampas subterráneas que conducen a lugares oscuros o cuando menos pastosos a los que no se quiere conducir.

Spencer Wells, biólogo molecular de Stanford y Oxford, ha escrito en The Journey of Man. A Genetic Odyssey que “el término raza no tiene ningún significado”, concluye que se trata de un grotesco estereotipo. Por eso mismo no tiene sentido aludir a los negros norteamericanos como afroamericanos, puesto que eso no los distingue del resto de los mortales estadounidenses; para el caso, el que estas líneas escribe es afroargentino. Todos somos mestizos en el sentido de que provenimos de las combinaciones más variadas y todos provenimos de las situaciones más primitivas y miserables. Charles Darwin y Theodosius Dobzhansky –el padre de la genética moderna– sostienen que aparecen tantas clasificaciones de ese concepto ambiguo y contradictorio de raza como clasificadores hay.

El sacerdote católico Edward Flannery exhibe, en su obra publicada en dos tomos, titulada Veintitrés siglos de antisemitismolos tremendos suplicios que altos representantes de la Iglesia Católica les han inferido a los judíos. Entre otras muchas crueldades, les prohibían trabajar en cualquier actividad que no fuera el préstamo de dinero y, mientras los catalogaban de “usureros”, utilizaban su dinero para construir catedrales. Debemos celebrar entusiastamente el espíritu ecuménico y los pedidos de perdón de Juan Pablo II en nombre de la Iglesia, entre los que figura, en primer término, el dirigido a los judíos, por el maltrato físico y moral recibido durante tanto tiempo “a nuestros hermanos mayores”.

Paul Johnson, en su Historia de los judíos, señala: “Ciertamente, en Europa los judíos representaron un papel importante en la era del oscurantismo […]. En muchos aspectos, los judíos fueron el único nexo real entre las ciudades de la antigüedad romana y las nacientes comunas urbanas de principios de la Edad Media […]. La antigua religión israelita siempre había dado un fuerte impulso al trabajo esforzado […]. Exigía que los aptos y los capaces se mostrasen industriosos y fecundos, entre otras cosas, porque así podían afrontar sus obligaciones filantrópicas. El enfoque intelectual se orientaba en la misma dirección”. Todos los logros de los judíos en las más diversas esferas han producido y siguen produciendo envidia y rencor entre sujetos acomplejados y taimados.

Por último, es de interés subrayar que el panfleto judeofóbico de Marx resumido en La cuestión judía en los hechos luego se vinculó esa tradición de pensamiento con el nacionalsocialismo tal como apuntó Jean-François Revel. Demás está decir que lo que dejamos consignado no elimina el hecho de que hay judíos marxistas, como que hay de otras denominaciones religiosas que lo son, como algunos cristianos a contracorriente de los Mandamientos de no robar y no codiciar los bienes ajenos. El punto que pretendemos dejar sentado muy telegráficamente aquí es la malsana concepción de “clase social” y de “raza” y sus peligrosas derivaciones.

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de tres academias nacionales.

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Reportaje de medio canadiense a Benegas Lynch que reproduce Infobae

Infobae.com - El economista Alberto Benegas Lynch, mentor económico del presidente Javier Milei, analizó en una entrevista con el medio de Québec (Canadá) Libre Média los principales ejes de su pensamiento y la influencia que ejerce en la actual política económica argentina.

Usted conoce personalmente a Javier Milei. ¿Cómo se construyó el vínculo intelectual y personal que tiene con el actual presidente argentino?

— Cuando conocí a Javier por primera vez, antes incluso de que fuera presidente, me invitó a almorzar en La Recoleta, en el restaurante La Viela. Tenía consigo mi libro Fundamentos de análisis económico, con el prólogo de Friedrich Hayek y el prefacio de William E. Simon. El libro estaba completamente subrayado. Ese primer encuentro me impresionó profundamente por sus convicciones, sus conocimientos y su curiosidad. A partir de ese momento, nos mantuvimos en contacto estrecho. Más tarde, tras su llegada a la presidencia, tuve la oportunidad de visitarlo en la residencia de Olivos. En esa ocasión me dijo: “Venga, profesor, quiero mostrarle algo”, y me mostró un cuadro con mi retrato instalado en su despacho presidencial. Jamás habría imaginado que, después de haber defendido estas ideas desde los años 70, mi retrato estaría algún día en el despacho del presidente de la República, y mucho menos que ese presidente se declararía liberal.

El economista en el cierre de campaña de Milei, en octubre de 2023 (REUTERS/Matias Baglietto)

 Usted se define como un liberal clásico. ¿De dónde proviene esa tradición y cómo la formula hoy?

— Mi tradición proviene del liberalismo en el sentido clásico. En realidad, le debo a mi padre tener esta concepción liberal, porque, aunque completé dos doctorados, nunca escuché desde la cátedra universitaria algo razonable y justo respecto a la tradición de pensamiento liberal. Tengo la suerte de que muchos, incluido el actual Presidente, me hayan citado en varias ocasiones con mi definición de liberalismo: "El liberalismo es el respeto absoluto por los proyectos de vida de los demás". Eso no significa que debamos adherirnos al proyecto de vida del vecino —incluso puede parecernos detestable o repugnante. Pero mientras nadie atente contra los derechos ajenos, en una sociedad abierta, nadie tiene la legitimidad de recurrir a la fuerza. La fuerza solo se utiliza con fines defensivos cuando hay violación de derechos. Insisto en la palabra respeto y no utilizo la palabra tolerancia, porque la palabra tolerancia confiere un cierto perfume inquisitorial, como si uno se situara en una posición superior perdonando los errores ajenos. En realidad, los derechos no se toleran: los derechos se respetan.

 ¿Cómo evalúa los primeros cambios económicos impulsados por Milei?

— El presidente Milei ya ha producido cambios importantes, como la reducción del gasto público en términos reales, la reducción de la inflación y la reducción de la pobreza. Y como él mismo dice, queda mucho por hacer. De ahora en adelante, con un mejor margen de maniobra parlamentaria, podrá avanzar hacia una segunda etapa: la reforma laboral, la reforma fiscal, la reforma del Código Penal, la reforma de las jubilaciones, etcétera. Si se analizan los objetivos que el presidente Milei ha propuesto desde su discurso de investidura del 10 de diciembre de 2023, luego en Davos, en la ONU, en el premio Juan de Mariana en Madrid, en el BID, etc., se verá que no constituyen solo un ejemplo para Argentina, sino para el mundo entero. En el fondo, se trata de lograr que el aparato estatal no sea utilizado para asfixiar y ahogar a los contribuyentes, sino para protegerlos y darles justicia.

“En realidad, los derechos no se toleran: los derechos se respetan”

 Usted critica fuertemente el proteccionismo, en especial el utilizado hoy por Donald Trump. ¿Por qué considera tan nociva esta política?

— En realidad, lo que se llama proteccionismo perjudica a toda la población, ya que la obliga a comprar más caro y de menor calidad. A veces, se es grandilocuente cuando se habla de la protección de las industrias frente a los extranjeros. Pero el concepto es el mismo si estamos en Buenos Aires fabricando zapatos y existe un mejor zapatero en Tucumán. Nadie pensaría en instalar aduanas interiores para proteger al zapatero de Buenos Aires que vende más caro y de menor calidad. Una de las contribuciones del gobierno del presidente Milei ha sido poner en evidencia estos privilegios de la casta que muchos querían conservar. Y si yo produzco leche y mi vecino la produce a menor costo, no voy a poner entre él y yo una aduana o un bloqueo, porque me perjudicaría a mí mismo. Si dijera: “Porque quiero mucho a mi familia, voy a fabricar mis propios bolígrafos, mi propia comida, mis propios cuadernos y libros”, volvería a la época de las cavernas. Eso es lo que ocurre en muchos países donde, en nombre del proteccionismo, se amenaza y se explota miserablemente a la gente.

 Hace una distinción muy clara entre empresarios y “pseudoempresarios”. ¿Cuál es exactamente?

— Desde Adam Smith, un empresario es alguien que, para mejorar su posición financiera, no tiene otra opción que mejorar la condición social de sus semejantes, vendiendo productos de mejor calidad y a precios más bajos. Sin embargo, en muchos países, está rodeado de pseudoempresarios, de barones feudales, de explotadores que, gracias a privilegios, a alianzas con el poder y a mercados cautivos, explotan a sus congéneres. Esos no son empresarios: son explotadores.

“Lo que se llama proteccionismo perjudica a toda la población, ya que la obliga a comprar más caro y de menor calidad”

 ¿Por qué afirma que políticas como el salario mínimo se basan en una ilusión económica?

— Se le ha vendido a la gente la idea de las “conquistas sociales”, por ejemplo con el salario mínimo. Pero hay que entender bien que el salario no depende de la voluntad. Si dependiera de un decreto, yo sería partidario de establecer un salario de tres millones de dólares por día para cada uno. Desafortunadamente, no es una cuestión de gustos o deseos o de decreto: es una cuestión de tasa de capitalización. Es decir, los equipos, las herramientas, las máquinas, las instalaciones y los conocimientos pertinentes que sirven de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento. En la historia, todos los banqueros centrales han deteriorado el valor de la moneda. Esa es la única diferencia entre los salarios de Uganda y los de Alemania. No es porque en Uganda sean torpes o inferiores, o por el clima o los recursos naturales. Japón es una roca, de la cual solo el 20% del territorio es habitable, y posee un nivel de vida mucho más alto que la mayor parte de los países africanos.

 Usted insiste mucho en la propiedad privada como fundamento de todo marco institucional.

— Los recursos naturales no determinan la riqueza de un país. Lo que importa es lo que se tiene por encima de las cejas: las neuronas, la educación, los principios y los valores. Si el derecho de propiedad no existe, no hay precios. El precio es la consecuencia de acuerdos contractuales sobre la propiedad. Y si no hay precios, no se sabe si conviene construir las rutas en asfalto o en oro. Incluso sin abolir formalmente la propiedad, cada intervención que la debilita destruye capital. Y como la capitalización determina los salarios, eso termina siempre empobreciendo a la población.

 ¿Cuáles son las principales fuerzas que intentan conservar el statu quo en Argentina?

— Primero, los pseudoempresarios, los barones feudales, los explotadores. Luego, toda una serie de intereses que buscan crear curros, es decir, privilegios y prebendas. Una de las contribuciones del gobierno del presidente Milei ha sido poner en evidencia estos privilegios de la casta que muchos querían conservar. Por último, hay personas que, sin buscar privilegios, creen en los principios estatistas, porque han sido educadas así. De ahí la importancia fundamental de la educación: permitir la competencia, sistemas abiertos. El saber no es un puerto, sino una navegación permanente.

 Rechaza el conservadurismo tradicionalista y prefiere pensadores como Popper, Hayek o Tocqueville. ¿Por qué?

— Existen diferentes tipos de conservadores: el que quiere conservar la vida, la libertad y la propiedad y el que se aferra al statu quo y no puede imaginar nada nuevo. Eso es lo que explica Hayek en su célebre capítulo Por qué no soy conservador. La tradición liberal es principalmente una tradición moral. Uno de mis ensayos se titula El liberalismo no se corta en tajos. No es solo una cuestión económica, sino filosófica, histórica, jurídica y económica. Es una tradición del respeto recíproco.

 ¿Cómo define la responsabilidad individual?

— Les digo a mis alumnos, en los últimos días de clase: puede parecer exagerado, pero antes de acostarnos, debemos preguntarnos: “¿Qué he hecho hoy para que me protejan? ¿Qué he hecho hoy para que me respeten?“. Si la respuesta es nada, no tenemos derecho a quejarnos. No podemos actuar como si estuviéramos en un inmenso teatro, sentados en la sala, mirando la escena para hacer responsables a otros. Cada uno es responsable.

 Desde la elección de Milei, en noviembre de 2023, se dice a menudo que Argentina fue alguna vez uno de los países más ricos del mundo…

— Hasta el golpe de Estado fascista de 1930, y sobre todo antes del golpe peronista de 1943, Argentina era admirada en todo el mundo. Los salarios y los ingresos reales eran superiores a los de Suiza, Francia, Italia, España. La población se duplicaba cada diez años. Pero la gente empezó a pensar que eso estaba garantizado. Y ahí aparecieron las ideas de la Cepal, las ideas fascistas, keynesianas, marxistas. Y cuando empezó el debate, los supuestos defensores de la libertad no tenían nada que responder.

 ¿Su mensaje final para Argentina y su economía?

— Repetiría el mensaje que transmite Javier Milei como objetivo último: después de una serie de etapas, la importancia de eliminar el Banco Central. Los banqueros centrales, incluso muy competentes y honestos, solo pueden aumentar, contraer o mantener la masa monetaria. En todos los casos, alteran los precios relativos, que son esenciales para evitar dilapidar capital. Como decía Milton Friedman: “La moneda es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos de los banqueros centrales”. Ninguno de ellos, en la historia, ha preservado el valor de la moneda. Todos la deterioraron. Hayek decía que la moneda debe ser privatizada, y la gente debe poder elegir la moneda de su preferencia. Las autoridades monetarias, explicaba, se parecen al Gran Lobo Feroz: se presentan como protectoras, pero es justamente para devorarnos mejor, financiando al Estado mediante la inflación monetaria. No hay que bajar la guardia. Hay que mantener nuestras convicciones y mantener el rumbo en la dirección de los objetivos fijados por el presidente.

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La relevancia de respetar los derechos laborales

La Nación - El derecho significa la facultad de hacer o no hacer algo que no invada el del prójimo, y las relaciones laborales son especialmente importantes pues de allí resultan paridas vinculaciones cruciales.

Es frecuente escuchar la parla sobre derechos del trabajador circunscripto a obreros, peones, empleados en relación de dependencia o equivalentes. Pues eso constituye una primera sandez mayúscula, es una redundancia pero conviene reafirmar que trabajadores son todos los que trabajan, limitarlo a algunos y, por ejemplo, excluir a los comerciantes y empresarios en la práctica adhiere a la teoría marxista de la explotación donde unos trabajan y otros les succionan la sangre. De más está decir que en este contexto es necesario subrayar que no es empresario ni comerciante aquel que opera atado al poder de turno sobre la base de privilegios y mercados cautivos. Ellos son barones feudales o asaltantes de guante blanco. El genuino empresario es aquel que para mejorar su patrimonio debe atender las necesidades y demandas de sus congéneres; así, quienes aciertan obtienen ganancias y quienes yerran incurren en pérdidas.

Segunda sandez: se habla de derechos sociales que significan vulnerar derechos de terceros. Como bien ha explicado el premio Nobel en economía Friedrich Hayek, “el uso del adjetivo social frente a cualquier sustantivo convierte el concepto en su antónimo”, eso ocurre con el llamado constitucionalismo social que implica el abandono de preceptos constitucionales de limitación del poder, justicia social que se traduce en sacarles a unos el fruto de sus trabajos para coactivamente entregarlos a quienes no les pertenece el producto, el igualitarismo social que significa una guillotina horizontal que condena a la pobreza, y así sucesivamente.

Lamentablemente, de muchas facultades de derecho no egresan defensores del andamiaje jurídico que apunta al respeto irrestricto de espacios privados, sino memorizadores de numeración de leyes, párrafos e incisos, que desconocen los mojones y puntos de referencia extramuros de la norma positiva. Esto es, suscriben el más crudo positivismo dejando de lado las propiedades y los atributos naturales del ser humano, con la absurda pretensión que no puede haber leyes injustas, aberración que en los hechos fue abandonada en los juicios de Nuremberg que desarmaron el entramado legislativo de los criminales nazis. Lo mismo va para la atrabiliaria noción del “abuso del derecho” una grosera logomaquia, puesto que un mismo acto no puede al mismo tiempo ser conforme y contrario al derecho. También es del caso destacar que la igualdad ante la ley es inescindible de la Justicia como “dar a cada uno lo suyo”, y lo suyo remite a la propiedad privada, puesto que no se trata de ser iguales ante la ley para ir a un campo de concentración.

En nuestro medio se ha repetido hasta el cansancio durante buena parte de nuestra historia reciente que había que intervenir en las relaciones expresadas en el mercado laboral e imponer “conquistas sociales” como por ejemplo el establecimiento de un salario mínimo, una de las ideas tomadas de la Carta del Lavoro de Mussolini junto con la agremiación obligatoria.

Los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia inexorable de las tasas de capitalización, es decir, de herramientas, equipos, instalaciones, maquinarias y conocimiento relevante que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento. Esa es la diferencia entre los salarios de Uganda y Alemania, no se trata de climas, etnias ni de recursos naturales: son exclusivamente el resultado de marcos institucionales que garantizan derechos. Japón es un cascote donde es habitable solo el veinte por ciento, mientras que el continente africano reúne buena parte de los recursos naturales del planeta y sin embargo la mayoría de sus países se debaten en la miseria más espeluznante.

Los ingresos no son entonces consecuencia de voluntarismos ni de decretos trasnochados; como queda dicho, resultan del volumen de inversiones. Si los salarios de mercado son quinientos y se establece un salario mínimo de setecientos se producirá desempleo de los que más necesitan trabajar. El gerente general, de finanzas, administración y otros no serán afectados a menos que el salario mínimo supere sus honorarios en cuyo caso ellos se quedarán sin empleo. Lo dicho sin perjuicio de los fenomenales negociados en juicios laborales, también debidos a legislaciones estrafalarias en cuanto a despidos.

A veces se argumenta que reformas laborales civilizadas que vuelvan a cauces razonables son para que los que hoy se desenvuelven en negro porque han sido expulsados del blanco por leyes expropiatorias, deban regularizarse “para aportar al sistema jubilatorio”, como se fueran parte de un rebaño o carne de cañón que hay que usar para incrementar aportes a un sistema de reparto quebrado, en lugar de apuntar a reformas de fondo al efecto de revertir un mecanismo perverso que no necesita de actuarios o expertos en finanzas para percatarse del desatino.

La reforma laboral es para liberar a todos los que trabajan para que puedan encaminarse al cuidado de los derechos de cada uno y no ser sometidos a la burocracia política y sindical. En realidad, los llamados agentes de retención son una manifiesta inmoralidad, no debiera haber diferencia entre salario bruto y neto, a nadie debiera retenerse el fruto de su trabajo con la malsana idea de que si el empleado pudiera disponer de su salario en su integridad lo encaminaría de un modo distinto al que pretenden sindicalistas autoritarios y políticos descarriados.

También se ha insistido en que deben introducirse reparos al progreso tecnológico pues, según este criterio, tambíen conspirarían contra los puestos de trabajo. Esto se reitera sin tener en cuenta que en verdad los avances de la tecnología liberan trabajo para atender otras necesidades. Esto ocurríó con el hombre de la barra de hielo cuando se introdujo el refrigerador, con el fogonero de las locomotoras al irrumpir las máquinas Diesel y más modernamente con los carteros cuando apareció el email o los valijeros cuando se colocaron rueditas a las valijas etc. Las necesidades son ilimitadas y los recursos limitados, cuando se introducen mejoras en la productividad se libera trabajo para atender otras demandas y los empresarios siempre deseosos de encontrar nuevos arbitrajes son los primeros interesados en capacitaciones para nuevos destinos.

Por su parte, los sindicatos como asociaciones libres y voluntarias son necesarios para los fines que consideren pertinentes los afiliados voluntarios, lo que no es aceptable son los matones que imponen agremiaciones, unicatos y aportes que fuercen a conductas distintas de lo que las personas prefieren. El derecho a no trabajar es la contrapartida del derecho a hacerlo, pero lo que no es justificable es la obligación de adherir a huelgas bajo amenazas de ejercer violencias de distinta índole.

En otros términos, durante décadas nuestro país ha sido sometido a legislaciones autoritarias que han atentado contra los derechos más elementales de todos los que trabajan lo cual naturalmente condujo a empobrecimientos a escala exponencial. Ahora estamos frente a propuestas laborales que pretenden abandonar legislaciones fascistas siempre empobrecedoras para todos pero muy especialmente para los más necesitados.

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de tres academias nacionales

Opinión y debate de ideas

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El concepto de pobreza en el cristianismo

Infobae.com - Equiparar la pobreza económica con virtud cristiana puede distorsionar el verdadero sentido de las enseñanzas evangélicas y perjudicar a los más vulnerables

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Se trata de un asunto clave que muchas veces es analizado con la mejor buena voluntad pero se yerra en la idea central, lo cual conduce a despropósitos varios. Otras veces lo hemos tratado pero se hace necesario volver a la carga debido a insistencias en errores de cierta envergadura que perjudican a todos pero de modo especial a los más vulnerables.

Cuando fui invitado a pronunciar el discurso inaugural en el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) en Tegucigalpa el 30 de junio de 1998 a instancias de Horst Schönbohm presidente de la Fundación Adenauer de Argentina que contribuía a financiar el evento, para lo cual me extendió la invitación formal Monseñor Cristian Brecht Bañados, abrí mi presentación afirmando que si se estima que la pobreza material es una virtud en lugar de la evangélica de espíritu habría que condenar la caridad ya que mejora la condición del receptor. Estuvieron presentes, además de sacerdotes de Brasil, El Salvador y locales de Honduras, los obispos de México, Colombia y el dueño de casa Monseñor Oscar Rodríguez Madariaga.

 

 

La Enciclopedia de la Biblia -bajo la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho con la supervisión del Arzobispo de Barcelona- aclara que “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento” y que “la clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241).

Como una nota al pie, en este sentido es bueno prestar atención al segmento de Homo Argentum del gran Guillermo Francella que hace mofa de un sacerdote tercermundista frente a feligreses desconcertados por la alabanza y ponderación de la pobreza. Como lo que puede interpretarse como una chanza cuento que en una oportunidad cuando me fui a confesar en San José Obrero le dije al sacerdote que me gustaría proponer otro nombre a esa capilla y fue San José Carpintero Exitoso ya que no había por qué ocultar que en aquella época el oficio de carpintero era según valoraciones sociológicas modernas de A1.

Todos quieren progresar para lo cual se requieren marcos institucionales que protejan derechos, muy especialmente el de propiedad. Sin propiedad privada no hay precios lo cual no permite evaluación de proyectos, contabilidad ni cálculo económico. En esa situación no se sabe si conviene hacer los caminos de asfalto o de oro y si alguien sostiene que con el metal aurífero es un desatino es porque recordó los precios antes de abolir la propiedad tal como sugieren los marxistas. Pero sin necesidad de eliminar este derecho clave, en la medida en que se lo debilita ocurre el despilfarro que inexorablemente reduce salarios en términos reales que dependen de las tasas de inversión, un proceso diluido por la falsificación de los precios que son los únicos indicadores para operar en la economía que, como queda dicho, derivan en las condiciones sociales. De allí que es necesario insistir en la refutación de la zoncera peronista de “combatiendo al capital” y demás dislates.

También es necesario subrayar que constituyen un despropósito legislaciones antisociales como la imposición de salario mínimo que siempre conduce al desempleo de los que más necesitan trabajar como si el ingreso pudiera establecerse por decreto y no a raíz de las referidas tasas de capitalización. A los gerentes de finanzas, administrativos y de personal no les afecta ese decreto a menos que el salario mínimo supere sus honorarios, en cuyo caso ellos también ingresan a las filas de desocupados.

 

El mercado libre consiste en un proceso en el que los empresarios para mejorar su situación patrimonial están obligados a prestar debida atención a las necesidades y reclamos de sus congéneres vendiendo mejor calidad y precio más atractivo. Los seudo empresarios atados al poder político de turno son asaltantes de guante blanco que explotan miserablemente a su prójimo vía mercados cautivos y otros privilegios.

 

El sacerdote polaco Miguel Poradowski -doctor en teología, doctor en derecho y doctor en sociología- refiriéndose a los llamados curas tercermundistas en uno de sus libros titulado El marxismo en la teología escribe: “No todos se dan cuenta hasta dónde llega hoy la nefasta influencia del marxismo en la Iglesia. Muchos, cuando escuchan algún sacerdote que predica en el templo, ingenuamente piensan que se trata de algún malentendido. Desgraciadamente no es así. Hay que tomar conciencia de estos hechos porque si vamos a seguir cerrando los ojos […] tarde o temprano vamos a encontrarnos en una Iglesia ya marxistizada, es decir, en una anti-Iglesia”.

 

Reiteramos lo consignado antes de León XIII que en Rerum Novarum afirma: “Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se ha de guardar intacta la propiedad privada. Sea, pues, el primer principio y como base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánense en verdad, los socialistas; pero vano es este afán, y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma, grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas le sigue espontáneamente la desigualdad en la fortuna, lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesitan para su gobierno la vida común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de la fortuna de cada uno”.

 

Por su parte, Pio XI ha señalado en Quadragesimo Anno que “Socialismo religioso y socialismo cristiano son términos contradictorios; nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero”; Juan Pablo II ha precisado bien el significado bienhechor del capitalismo especialmente en la sección 42 de Centesimus Annus y Joseph Ratzinger/Benedicto XVI en Jesús de Nazaret (tres tomos) critica “el experimento marxista”, señala que “el mensaje de Jesús es estrictamente individualista” y marca los problemas graves del abuso del poder político que “ha convertido al Tercer Mundo en Tercer Mundo” que “creyó transformar piedras en pan, pero ha dado piedras en lugar de pan”.

 

Estrechamente vinculado con lo dicho es la noción de amar al prójimo, en ese sentido cito de Santo Tomás de Aquino en Suma Teológica (Buenos Aires, Club de Lectores, Vol. X, pag. 86 o para una referencia más técnica de esa obra 2da., 2da., XXVI, art. IV): “Amarás a tu prójimo como a tí mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a sí mismo que al prójimo”.

 

Este pensamiento del Doctor Angélico está en línea con Adam Smith, especialmente en su primer obra de 1759 titulada La teoría de los sentimientos morales donde concluye que “el interés personal es perfectamente compatible con la benevolencia” puesto que todos actuamos en nuestro interés personal lo cual es una verdad de Perogrullo puesto que siempre el acto le interesa a quien actúa. Quien ama a otro es porque le produce satisfacción, el que se odia a sí mismo es incapaz de amar. De más está decir que hay acciones ruines y acciones virtuosas pero en ambos casos aluden a quienes especulan con que estarán en una mejor situación después del acto respecto a la posición anterior. Las personas se definen por la calidad de sus intereses, la maldad y la bondad -aun en variadas dosis- son según las conductas de cada cual.

 

La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se traduce en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios, sean estos crematísticos o trasmisión de conocimientos para la alimentación espiritual. Las acciones coactivas que disponen por la fuerza del fruto del trabajo ajeno nunca son solidarias puesto que se trata de un atraco. En el lenguaje coloquial se suele hacer referencia a acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario pero el interés subsiste. Estaba en interés de la Madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres la realización de esa transferencia, puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria para su alegría. También está en interés del asaltante de un banco que el delito le salga bien y también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y así sucesivamente.

 

En el “amarás a tu prójimo como a tí mismo” la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: Que el amor sea igual, mayor o menor al prójimo. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual, no habría acción alguna, puesto que para que exista acción debe haber preferencia; la indiferencia, en este caso la equivalencia de objetivos, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente, se muere de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es, inclinarse por una de las alternativas. Cuando alguien entra a un bar y manifiesta que quiere una bebida y el mozo le informa que tiene A y B y le pregunta qué prefiere, si la respuesta es que le da lo mismo, de hecho delega la decisión en quien atiende, pero si se mantiene indiferente sin endosar la decisión se deberá abstener de la bebida.

 

En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio, se estaría incurriendo en un sinsentido, puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal, lo cual define la acción, que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia, es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo constituye el acto por él más valorado respecto a cualquier otra acción posible.

 

A veces se confunden conceptos, porque aparecen problemas semánticos de envergadura. El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo, ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto actuante no está nunca fuera de su propio ser. De este modo, no es concebible para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal, sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa son también los otros o incluso principalmente otros. En este sentido, es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la escuela escocesa del siglo XVIII, Adam Ferguson, quien en su History of Civil Society afirma: “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a generar el bienestar de otros”.

 

En esta línea argumental, Erich Fromm escribe en Man for Himself. An Inquiry into the Psychology of Ethics: “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, sino en la idea de que la virtud moral no equivale al interés personal […] el valor supremo de la ética humanista no es la renuncia a sí mismo sino el amor propio, no la negación del individuo sino su afirmación”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma. Es como ha escrito en Ser sí mismo el Padre Dr. Ismael Quiles frente al absurdo de renunciar a uno mismo: “Ser para no ser nada es una contradicción sin significado alguno”, lo cual recuerda esa otra contradicción que afirma que no hay que juzgar como si eso no fuera un juicio.

 

En resumen la pobreza no es un objetivo para la mayor parte de los mortales lo cual para nada desconoce la muy loable decisión de algunos al hacer votos de pobreza pero siempre recordando que Jesús apreciaba y era muy amigo de José de Arimatea, el rico de la época.

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La importancia vital de la libertad de expresión

La Nación - Es el mayor resguardo de un sistema republicano, ya que preserva la esencialísima facultad de que cada cual pueda decir y escribir lo que estime conveniente

Con anterioridad he escrito sobre lo que con razón se estima es el mayor resguardo de un sistema republicano, preservando la esencialísima facultad de que cada cual pueda decir y escribir lo que estime conveniente. Esto al efecto doble: para que se ventile todo, en cuyo contexto la gente tenga acceso a los sucesos del momento, y como un proceso insustituible del conocimiento para mejorar las marcas en línea con lo enfatizado por Popper en cuanto a que se trata de corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones. Es para mitigar nuestra ignorancia, pues, como ha dicho Einstein, “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos”, y la libertad de expresión permite también incorporar mayores porciones de lo que está alejado de nuestras capacitaciones y ocupaciones.

 

Tal como han puntualizado voces autorizadas, hoy en no pocos espacios del llamado mundo libre se presentan embates inaceptables a la referida libertad. En esta nota, un resumen del problema en forma de decálogo, además de lo recién comentado, que también se hace necesario reiterar, pues en esto nos va la vida.

 

Primero, todas las ideas deben ser expuestas, por más que algunas presenten un peligro para los tan caros valores del liberalismo como columna vertebral de la sociedad abierta. Cabe ilustrar esto con el caso del comunismo de Platón: ¿dónde poner un límite, en el aula, en la plaza pública o cuando se incorpora a una plataforma electoral? En ningún lado; todas las propuestas deben ser argumentadas y debatidas, especialmente vía la educación, bien alejada del adoctrinamiento y las telarañas mentales; lo contrario resulta en un efecto boomerang para sugerencias de nuevos paradigmas al momento poco comprendidos y aceptados.

 

Segundo, las pautas oficiales deben eliminarse como una falta de respeto a la ciudadanía, donde se disfraza un supuesto periodismo competitivo que echa mano coactivamente al fruto del trabajo ajeno.

 

Tercero, el llamado “derecho a réplica” consiste en violar la propiedad al usar prepotentemente medios que pertenecen a otros para replicar opiniones, lo cual es tan desatinado como pretender que se imponga en casa ajena otra obra teatral debido a que la primera no agradó a algunos y así sucesivamente.

 

Cuarto, no hay “delitos de prensa”; hay delitos, del mismo modo que no hay delito de pistola o delito de cuchillo, sino que se puede cometer delito con estas armas. El delito eventualmente puede cometerse a través de la prensa, como cuando se hace la apología del crimen o cuando resultan lesionados derechos de terceros, lo cual se dirimirá en la Justicia ex post, pero nunca censura previa.

 

Quinto, para reafirmar nuestras libertades, debe privatizarse el espectro electromagnético para evitar que los aparatos estatales asignen concesiones como verdaderos propietarios de medios.

 

Sexto, debieran eliminarse las llamadas agencias estatales de noticias que constituyen manifestaciones autoritarias. Las noticias que deben transmitir los gobiernos lo hacen a través de tercerizaciones o vía conferencias de prensa y similares.

 

Séptimo, de la libertad de expresión se sigue la de asociación y de petición, que deben minimizar las tensiones que eventualmente generen batifondos extremos y altos decibeles que afectan los derechos del vecino, lo cual en un sistema abierto se resuelve a través de fallos en competencia como mecanismo de descubrimiento del derecho y no como ingeniería legislativa y diseño arrogante.

 

Octavo, fenómeno parecido sucede con la pornografía y equivalentes en la vía pública, que, en esta instancia del proceso de evolución cultural, hacen que no haya otro modo de resolver las disputas como no sea a través de mayorías circunstanciales. Lo que ocurre en dominios privados no es de incumbencia de los gobiernos, lo cual incluye la televisión, que respecto de los menores es responsabilidad de los padres y eventualmente de las tecnologías empleadas para bloquear programas. En la era moderna, carece de sentido tal cosa como “el horario de protección al menor” impuesto por la autoridad, ya que para hacerlo efectivo habría que bombardear satélites desde donde se transmiten imágenes en horarios muy dispares a través del globo. Las familias no pueden ni deben delegar sus funciones en aparatos estatales como si fueran padres putativos, cosa que no excluye que las emisoras privadas de cualquier parte del mundo anuncien las limitaciones y codificadoras que estimen oportunas para seleccionar audiencias.

 

Noveno, otra cuestión también controversial se refiere a la financiación de las campañas políticas. En esta materia, se ha dicho y repetido que deben limitarse las entregas de fondos a candidatos y partidos, puesto que esos recursos pueden apuntar a que se “devuelvan favores” por parte de los vencedores en la contienda electoral. Esto así está mal planteado; las limitaciones a esas cópulas hediondas entre ladrones de guante blanco mal llamados empresarios y el poder deben eliminarse vía marcos institucionales civilizados que no faculten a los gobiernos a encarar actividades más allá de la protección a los derechos y el establecimiento de justicia. La referida limitación es una restricción solapada a la libertad de expresión, del mismo modo que lo sería si se restringiera la publicidad de bienes y servicios en diversos medios orales y escritos.

 

Y décimo, debe tenerse presente la destacada presencia de la libertad de expresión en la Constitución estadounidense como el empuje inicial de las sociedades libres que fue ejemplo del mundo civilizado, luego de los ensayos de los Fueros de Aragón y la Carta Magna de 1215.

 

Hoy irrumpen en la escena comisarios que limitan o prohíben la expresión del pensamiento. La formidable invención de la imprenta por Pi Sheng en China, la contribución extraordinaria de Gutenberg y actualmente las redes sociales no son del todo aprovechadas, sino que, a través de los tiempos, se han interpuesto cortapisas de diverso tenor y magnitud y en estos momentos irrumpen megalómanos que arremeten con fuerza contra el periodismo independiente (una redundancia, pero dado lo que tiene lugar en diversos países, vale el pleonasmo).

 

Es sabido que la política se traduce en restricciones de diversa naturaleza, por lo que resulta una obviedad proclamar que se hace lo que es posible dado el clima prevalente de la opinión, que siempre es consecuencia de previos trabajos intelectuales. Como bien apuntó J. S. Mill: “Toda buena idea pasa por tres etapas: ridiculización, discusión y adopción”. Cabe reiterar que deben tomarse como norte dos manifestaciones que provienen de posiciones contrarias a la libertad, pero que en este caso sirven para nuestro propósito. La primera es la inscripción de los marxistas en la revuelta de París en 1968: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, y la segunda es el conocido dictum de Antonio Gramsci: “Tomen la educación y la cultura, el resto se da por añadidura”. Estos dos ejemplos han mostrado que de tanto machacar –sin complejos de lo “políticamente correcto”– los totalitarismos imponen sus agendas; tan es así que en muchos lugares, en nombre del anticomunismo, muy paradójicamente se adoptan los diez puntos del Manifiesto comunista.

 

Finalmente, cabe repetir que los liberales no somos una manada y detestamos el pensamiento único… Bienvenido el debate.

 

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de tres academias nacionales

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