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Hambre en el paraíso: la hambruna soviética de 1921-22

Por Guillermo W. Cedrez.

Postal de la campaña de Fridjoft Nansen para concientizar sobre la tragedia en Rusia, año 1922

A fines de febrero de 1921, y a pocos días de la inauguración del décimo congreso del Partido Comunista de Rusia, la situación de Lenin y sus compañeros apenas podía ser más desfavorable: a pesar de la importantísima victoria lograda hacía algunos meses contra los ejércitos blancos en la Guerra Civil (1918-1920), con la que el régimen bolchevique se aseguró la suma del poder político interno y el lento camino hacia el reconocimiento internacional (lento, en gran medida, por la decisión de enero de 1918 de repudiar la deuda que Rusia mantenía con los países occidentales), el descontento popular no hacía sino crecer. Los principales damnificados resultaban los campesinos, a quienes sistemática y periódicamente se les requisaba todo el excedente de su producción, pues los grandes terratenientes y campesinos ricos, que eran quienes normalmente proveían la mayor parte de los cereales para exportación y consumo de las grandes ciudades, ya no existían, y tampoco se podía lograr el intercambio de productos manufacturados por productos agrícolas en una base de trueque (como proponían algunos de los teóricos bolcheviques, con vistas a la eliminación absoluta del dinero), puesto que no había nada para intercambiar, tal era el descalabro del sistema productivo en el país, golpeado, primero por la Primera Guerra Mundial, luego por dos revoluciones (febrero y octubre de 1917), por la Guerra Civil, los combates entre el Ejército Rojo y las partidas de campesinos en armas y por las medidas que, en parte por adecuación a circunstancias excepcionales, y en parte por convicción ideológica, confluyeron en un estancamiento productivo y en una peligrosa reducción del área de cultivo. Estas medidas (bautizadas como “Comunismo de Guerra”, para justificar su implementación, pero que de hecho comenzaron antes y continuaron luego de finalizada la Guerra Civil) constituían un intento de centralizar en el estado la totalidad de la actividad económica, a través de la nacionalización de los medios de producción, la destrucción del comercio privado, la abolición del dinero y la sujeción de todos los factores económicos a un plan único. Este último aspecto implicaba que nadie podía ni siquiera alimentarse por fuera de lo establecido en su cartilla de racionamiento, bajo pena de estar incurriendo, a los ojos de las autoridades, en una suerte de “especulación”. Ante la falta de un mercado que viniera hacia la ciudad, fueron los habitantes de estas (sobre todo los de los centros urbanos de mayor importancia, Moscú y Petrogrado) quienes comenzaron a buscar la posibilidad de abastecerse en las aldeas más próximas, o en las que fuera necesario, debiendo para ello recorrer a veces amplias distancias en trenes abarrotados, entregando sus últimas pertenencias a cambio de comida. Normalmente las autoridades hacían la vista gorda, pero fue nada más comenzar una ola de confiscaciones a estos “especuladores” que el desencanto de las masas obreras de Moscú y Petrogrado no demoró en hacerse sentir, y esa chispa pronto se propagó a los marineros de la base naval de Kronstadt, sede de la flota del Báltico, que tomaron la bandera de la rebelión de los proletarios contra la dictadura del proletariado. Las reivindicaciones que la tripulación del Petropavlosk votó en la resolución de 28 de febrero de 1921 ilustran de manera sucinta y ejemplar el alejamiento que por ese entonces mostraba el partido bolchevique respecto a las problemáticas que aquejaban a la gran mayoría del pueblo ruso:

  • Reelección inmediata de los soviets por voto libre y secreto
  • Libertad de prensa y de expresión para todos los partidos
  • Libertad de asociación y formación de sindicatos
  • Liberación de todos los presos políticos
  • Abolición de los privilegios del Partido Comunista
  • Abolición de los destacamentos de confiscación de alimentos
  • Libertad económica para los campesinos
  • Igualdad de raciones alimentarias para todos[1]
Refugio para niños huérfanos, distrito de Tsaritsyn

Pero la disensión, para desazón de Lenin, no se hallaba solo fuera, sino dentro de las mismas filas del Partido, encarnándose durante el décimo congreso en las llamadas “facciones” de la “oposición obrera” y de los “centralistas democráticos”, las que, lejos de constituir plataformas separadas, concordaban con la dirección del Partido en lo esencial, pero tenían diferentes visiones en algunos puntos particularmente controvertidos relacionados a la conducción interna de los asuntos. Así, la “oposición obrera” (liderada por Alexander Shliapnikov, uno de los pocos líderes bolcheviques de origen obrero, que moriría ejecutado durante el Gran Terror de Stalin en 1937, y por Alexandra Kollontai) se planteaba el delicado tema de la función de los sindicatos en un gobierno socialista, y la necesidad de que los dirigentes sindicales fueran realmente elegidos por los trabajadores y no simplemente “nominados” por las autoridades del Partido. Los “centralistas democráticos”, por su parte, mostraban su preocupación por la creciente tendencia a la centralización desmesurada y el autoritarismo que provenían de la cima de la organización. Ambas “herejías” fueron prontamente condenadas en sendas resoluciones del mencionado congreso y, aunque formalmente todavía se hacía hincapié en el valor del pluralismo de ideas como motor del Partido, esta inequívoca condena sentó un precedente que, incluso para muchos de los que por entonces la apoyaron, significaría a la larga la humillación, la tortura y la muerte, con las futuras purgas estalinistas como la apoteosis de un Partido entronizado en el más absoluto poder, cimentado en una lógica de sumisión incondicional a los dictámenes del centro, cuyas sucesivas idas y vueltas se iban confundiendo con lo que a cada momento debía captarse como la verdad revelada. En palabras de Radek: “Al votar esta resolución, siento que también podría ser utilizada en nuestra contra, y, sin embargo, la apoyo…Que el Comité Central en un momento de peligro tome las medidas más severas contra los mejores camaradas, si así lo considera necesario…¡aunque el Comité Central esté equivocado! Eso es menos peligroso que la indecisión que se empieza a observar”.[2]

Víctima infantil de la hambruna  

Tanto los levantamientos campesinos como la rebelión de Kronstadt fueron ahogados en sangre, pero los problemas que les dieron origen requerían algo más que fuego y retórica para poder hacer viable el mantenimiento del régimen bolchevique en el poder. Es así que Lenin, con la vista siempre puesta en el objetivo principal ─la sociedad comunista─, pero con la gran capacidad táctica de rehacerse (y desdecirse), modificando su esquema para adaptarse a las circunstancias reinantes, decide virar en la dirección contraria de marcha: suspensión de las confiscaciones de alimentos y sustitución de las mismas por un impuesto en especie, reanudación de la actividad industrial y comercial privada, libertad de que los campesinos puedan vender sus excedentes en el mercado y abandono de la idea utópica de la abolición del dinero por la implementación de medidas de política monetaria. En suma, un retorno al detestado “capitalismo”. Estas medidas, bautizadas como “Nueva Política Económica”, constituían una suerte de “pacto” con la clase más numerosa del pueblo ruso: el campesinado. Y, para fines de los años veinte, su efecto sería el de una espectacular recuperación de la agricultura soviética, alcanzando y sobrepasando los niveles anteriores a la Primera Guerra Mundial.


Uno de los numerosos casos de canibalismo humano durante la hambruna

Pero, en lo inmediato, las nuevas medidas económicas llegaron demasiado tarde: dos sequías sucesivas colocaron a unas 30 millones de personas al borde del hambre, no quedaba excedente alguno (pues todo había sido confiscado), y la superficie de cultivo ya se encontraba severamente disminuida. La zona más afectada era precisamente aquella que en tiempos de normalidad generaba las mayores cosechas, la región de las tierras negras del Volga, que abarcaba las provincias de Kazán, Ufa, Oremburgo y Samara. En julio de 1921, la situación era tan catastrófica que al Kremlin no le quedó más opción que reconocer lo que estaba pasando, aunque inicialmente lo hiciera a través de un actor privado, el escritor Máximo Gorki, quien, el 13 de julio, emite un comunicado a la comunidad internacional, solicitando ayuda con alimentos y medicinas. El 23, el secretario de comercio de los Estados Unidos, Herbert Hoover, responde el pedido de Gorki, ofreciendo la asistencia de la American Relief Administration (ARA), que él mismo creara, con la finalidad de brindar ayuda a los países europeos de la postguerra. Dicha asistencia se ofreció bajo dos condiciones: que las organizaciones de la ARA pudieran operar de manera independiente en las zonas afectadas y que se liberara a ciudadanos americanos recluidos en prisiones soviéticas. Ambas condiciones fueron aceptadas por Lenin, quien, en privado, llamó a Hoover “mentiroso e impertinente”, digno de ser “abofeteado”. Durante la máxima extensión de su esfuerzo, la ARA (junto a otras organizaciones, como la Cruz Roja, representada por el filántropo noruego Fridtjof Nansen) llegó a alimentar a 10 millones de personas diarias, totalizando una ayuda de 61,6 millones de dólares (más de 900 millones de dólares actuales) para todo el período de su actuación. En junio de 1923, las relaciones entre la ARA y los bolcheviques se tornaron prácticamente insostenibles, debido a la desconfianza mutua y a los rumores de que por entonces el gobierno soviético estaba exportando parte de su propia producción de cereales, lo que volvía dificultosa una nueva campaña de obtención de fondos para continuar con la ayuda humanitaria. Al mes siguiente la ARA ya no operaba en suelo soviético.

Personal y vehículo de la ARA  

La hambruna de 1921-22 fue la peor calamidad que azotó a Rusia hasta ese momento, desde la época de las grandes plagas medievales. A pesar de que las hambrunas se producían con cierta regularidad en territorio ruso, nunca se había llegado a un extremo tal de horror ni de letalidad: la última gran hambruna, la de 1891-92, se había cobrado unas 400 mil víctimas; las de 1921-22 se estiman en varios millones, aunque la cifra exacta jamás podrá saberse, porque sencillamente nadie llevaba la cuenta (la oficina central soviética de estadística calculó el déficit poblacional entre 1920 y 1922 en 5,1 millones de personas). Y quienes llevaron la peor parte fueron (como también lo serían 10 años después, en la hambruna de 1932-33) los campesinos, que, a pesar de las nuevas apariencias, seguían siendo vistos por el régimen como la detestada semilla de la cual tendía siempre a brotar el capitalismo, a menos que se les impidiera por la fuerza abastecerse y actuar por sí mismos, como intentaría Stalin durante la colectivización de la agricultura. En cuanto a Lenin (de quien ya se ha resaltado su aguzado sentido de la oportunidad táctica), la hambruna no fue para él otra cosa que una ocasión para doblegar a uno de los pocos enemigos del régimen que aún quedaba en pie: la iglesia ortodoxa. Así como no había mostrado compasión alguna con los hambrientos de 1891-92, tampoco la mostraba ahora, impertérrito en su obsesión por desplazar a cualquier posible obstáculo en su carrera hacia el poder absoluto:

…”Es precisamente ahora y sólo ahora, cuando en las regiones golpeadas por el hambre la gente está comiendo carne humana y cientos, si no miles, de cadáveres atestan las rutas, que podemos (y por tanto, debemos) llevar adelante la confiscación de objetos valiosos de las iglesias con la energía más salvaje y despiadada, sin dejar de aplastar cualquier tipo de resistencia. Es justamente ahora y sólo ahora que la enorme mayoría del campesinado estará a favor nuestro, o al menos no estará en condiciones de apoyar de ningún modo significativo al puñado de clérigos de las centurias negras ni a los pequeñoburgueses reaccionarios de las ciudades, que quieren y pueden llegar a resistirse de manera violenta a la autoridad soviética”…[3]

Cuerpos infantiles retirados de un orfanato  

[1] Schapiro, Leonard, The Communist Party of the Soviet Union, Vintage, New York, 1971, p. 206.

[2] Íbid., pp. 215 y 216.

[3] Carta secreta de Lenin a Molotov para los miembros del Politburó, 19 de marzo de 1922, RTsKhIDNI, F.2, op. I, d. 22.947, citado en Pipes, Richard, The Unknown Lenin, From the Secret Archive, Yale UP, New Haven, 1998, p.252.

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Índice de Calidad Institucional 2011

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Dinamarca mantuvo el liderazgo en el índice de Calidad Institucional de 2011, seguido por Nueva Zelanda, Suiza, Finlandia y Canadá. Este último país presenta un importante avance desde 2007, cuando se ubicaba en el lugar número 11 y, además, hace punta entre las 36 naciones de América, seguido por EE. UU. (9 a nivel mundial) y Chile (22). El siguiente país sudamericano en la lista es Uruguay en el puesto 10 en América y 46 entre los 194 países relevados en el mundo. Por su lado, la Argentina se ubica en el lugar el puesto 29 y en el 125 respectivamente.

En tanto,  la Argentina presenta una caída en el ranking de 32 lugares desde 2007, cuando el índice comenzó a elaborarse; lo que la ubica como el quinto país que más posiciones ha perdido en ese período.

Los análisis realizados muestran que si uno divide los países en dos grupos entre aquellos que tienen un buen indicador de calidad institucional o están mejorándolo y aquellos que no, los primeros coinciden con los que le dan un mejor nivel de vida a su población o que muestran avances en la generación de oportunidades de progreso de sus habitantes. En tanto, los segundos suelen ser naciones con altos niveles de pobreza o que, analizados largos períodos de tiempo, muestra una tendencia a la decadencia económica y social.

El Índice de Calidad Institucional es realizado en la Argentina, por el Dr. Martín Krause, Consejero Académico de la Fundación “Libertad y Progreso” y Director General del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina-ESEADE. Está conformado por dos índices.

a) Índice de Calidad Política

  • “Voz y rendición de cuentas” del Banco Mundial
  • “Vigencia del derecho” del Banco Mundial
  • “Percepción de la corrupción” de Transparencia Internacional
  • “Libertad de Prensa” de Freedom House

b) Índice de Calidad Económica

  • “Haciendo negocios” del Banco Mundial
  • “Competitividad Global” del Foro Económico Mundial
  • “Libertad Económica” de Heritage Foundation & Wall Street Journal
  • “Libertad Económica en el Mundo” del Fraser Institute
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La filosofía política de Jorge Luis Borges

Borges y  la política han dado mucho que hablar, pero la atención que sus opiniones generaran se ha centrado generalmente en la anécdota de aquél personaje que poca atención le prestaba a las noticias diarias, y que basaba buena parte de su consideración en criterios estéticos, y particularmente épicos: desde su admiración por los militares patrios y su lucha por la independencia y libertad argentinas hasta su afiliación al Partido Conservador porque sólo los caballeros se suman a las causas perdidas.

Lamentablemente estas opiniones políticas le costaron el premio Nobel[1], negado por quienes prefirieron dar prioridad en la entrega de un premio literario a lo “políticamente correcto” en lugar de lo literariamente extraordinario.

Sin embargo, y pese a que pueden encontrarse en su historia decisiones y opiniones políticas diversas, y hasta contrapuestas, es opinión de quien escribe que existe una clara filosofía política en Borges, consistente y reconocida, la que se mantuvo durante el transcurso de su larga vida sin modificaciones y es intención de este artículo presentarla.  ¿Cómo puede una filosofía política consistente llevar a decisiones políticas que no lo son e incluso algunas contradijeran a esa misma filosofía? La respuesta que se propone es que si la primera era consistente las segundas se basaban en esos otros criterios que las llevaron, lamentablemente, a diferir de los principios.

Los elementos centrales de la filosofía política de Borges se ajustan en forma muy clara a principios filosóficos asociados con el liberalismo clásico e incluso con un sesgo de lo que ahora se ha dado en llamar “libertarianismo”, el que, a diferencia del primero, no propone un Estado limitado sino que cuestiona hasta su misma existencia sin que esto signifique caer en el anarquismo, entendido éste como “ausencia de normas”. Algo más cercano a lo que ahora suele denominarse “anarco-capitalismo”,  que propone la eliminación del “monopolio” del Estado y la provisión de sus servicios en competencia. Estos elementos son los siguientes:

Libre albedrío e individualismo

Sorprendía a muchos el escepticismo de Borges sobre la existencia del libre albedrío, sin el cual no podría haber moral ni libertad individual, pero esto nunca significó que cayera por eso en las redes del determinismo. Su posición podría sintetizarse de la siguiente forma: el ser humano no existe fuera de las relaciones causa-efecto que rigen el Universo; está determinado por ellas, pero le resulta imposible saber qué es lo que lo determina entre las innumerables causas existentes. En sus palabras:

“Uno siente que el Universo responde a un dibujo. Las cosas no son absolutamente arbitrarias: hay cuatro estaciones, nuestra vida va pasando por etapas: nacimiento, niñez, juventud… Podrían ser indicios de que hay una trama, de que este mundo no es caótico sino laberíntico. Es como el libre albedrío. Posiblemente no exista, pero uno no puede pensar que en este momento no es libre, ¿no?”[2]

Y también:

“… si me dicen que todo mi pasado ha sido fatal, ha sido obligatorio, no me importa; pero si me dicen que yo, en este momento, no puedo obrar con libertad, me desespero”[3]

Esta capacidad de accionar libremente se complementa en Borges con lo que en las ciencias sociales se denomina individualismo metodológico, el cual basa todo su análisis en la acción humana que no puede ser sino individual y descarta de plano la “hipóstasis” de ciertos conceptos; es decir, hacer sujetos de existencia real a ideas tales como “la sociedad”, “el pueblo”, “la nación”, “la clase obrera” y otros:

“…la muchedumbre es una entidad ficticia, lo que realmente existe es cada individuo”[4]

“Yo creo que solo existen los individuos: todo lo demás, las naciones y las clases sociales son meras comodidades intelectuales”[5]

“Las masas son una entidad abstracta y posiblemente irreal. Suponer la existencia de la masa es como suponer que todas las personas cuyo nombre empieza con la letra ‘b’ forman una sociedad”[6]

Inclusive tiene una página literaria específica sobre el tema, “Tú”, que comienza:

“Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos importante que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anoche soñaste”[7]

Este enfoque se extiende a su idea de “patria”, más venerada por Borges por la epopeya histórica que como concepto social de “nación”. Así, en la “Elegía de la Patria” culmina:

“Cifras rojas de los aniversarios,

Pompas de mármol, arduos monumentos,

Pompas de la palabra, parlamentos,

Centenarios y sesquicentenarios,

Son la ceniza apenas, la soflama

De los vestigios de esa antigua llama”[8]

Patria, País, Estado

Borges tuvo muchas patrias, si bien nunca pensó en desprenderse de ésta, llevando la concepción individualista también a este campo. Le preguntan:

“¿Cuántas Argentinas hay? ¿Más de una?”,  y contesta

“Muchas, tantas como individuos. Los países son falsos, los individuos quizás no lo sean –si es que el individuo es el mismo al cabo de muchos años”[9]

Gustaba de “coleccionar” patrias (Argentina, Uruguay, Suiza, Inglaterra, entre otras) y descreía de las fronteras y los países:

“Desdichadamente para los hombres, el planeta ha sido parcelado en países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de una mitología particular, de derechos, de agravios, de fronteras, de banderas, de escudos y mapas. Mientras dure este arbitrario estado de cosas, serán inevitables las guerras.”[10]

“Soy un cosmopolita que atraviesa fronteras porque no le gustan”.[11]

El libre albedrío y el individualismo le permitían desplegar una preocupación ética, individualista, como no puede ser de otra forma:

“… creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo la suma de las conductas depende de cada individuo”.[12]

Y al pretender buscar lo máximo de individuo inevitablemente chocaba contra el Estado, del que descreía profundamente

“El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes”.[13]

“…se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y no que todo ‘quede abandonado al caos, o a circunstancias individuales’; y se llega al nazismo o al comunismo, claro. Toda idea empieza siendo una hermosa posibilidad, y luego, bueno, cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión”. [14]

Sin por ello dejar de ser optimista, pensando que algún día esos Estados ya no existirían más. Pregunta el personaje Eudoro Acevedo:

“¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”.[15]

Y dice Borges:

“…para mí el Estado es el enemigo común ahora; yo querría –eso lo he dicho muchas veces- un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero, quizá sea preciso esperar… no sé si algunos decenios o siglos –lo cual históricamente no es nada-, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética, y además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir, por eso estoy de acuerdo con la frase: ‘Yo creo dogmáticamente en el progreso’.”[16]

“Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”.[17]

Política y democracia

El descreimiento del Estado no podía sino estar acompañado por una baja consideración de la política, algo que comparten muchos de los argentinos de hoy. Le dicen que no tiene una buena opinión de los políticos, y contesta:

“No. En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad… La profesión de los políticos es mentir. Es caso de un rey es distinto, un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no, , un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles,  a los actos oficiales, a las fechas patrias”. [18]

“Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dicen lo que esperan que diga. En el caso de una discurso político los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa”. [19]

“…yo diría que los políticos vendrían a ser los últimos plagiarios, los últimos discípulos de los escritores. Pero, generalmente con un siglo de atraso, o un poco más también, sí. Porque todo lo que se llama actualidad es realmente… y, es un museo, usualmente arcaico. Ahora estamos todos embelesados con la democracia; bueno, todo eso nos lleva a Paine, a Jefferson, a aquello que pudo ser una pasión cuando Walt Whitman escribió sus Hojas de Hierba. Año de 1855. Todo eso es la actualidad; de modo que los políticos serían lectores atrasados, ¿no?, lectores anticuados, lectores de viejas bibliotecas”.[20]

Su acendrado individualismo lo llevaba hasta dudar de la posibilidad de la representación, y de la misma democracia, pero no por promover las dictaduras o las monarquías sino porque pensaba que lo importante no eran los sistemas políticos sino los individuos y sus valores. Abordando literariamente lo que en economía se llama “teoría de la agencia”, la que trata sobre el problema de fondo que se presenta entre el contratante y el contratado, el representante y el representado, teniendo en cuenta que por definición han de tener cada uno sus propios intereses, plantea el dilema fundamental de la representación. Un grupo de personas se propone organizar un Congreso que represente a toda la humanidad:

“Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelanda?”[21]

Es la misma opinión que se encuentra en la obra magna del economista austriaco Ludwig von Mises (La Acción Humana), respecto a las acciones individuales y a la pertenencia de un individuo a muy diferentes grupos.

La opinión de Borges sobre la democracia más citada es: “Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”.[22] Nuevamente, creyendo más en los individuos que en los gobiernos:

“Tengo la sospecha de que la forma de gobierno es muy poco importante, de que lo importante es el país. Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos”.[23]

Borges libertario

En sus propias palabras, Borges se consideraba un anarquista, si bien pacífico: “actualmente yo me definiría como un inofensivo anarquista; es decir un hombre que quiere un mínimo de gobierno y un máximo de individuo”.[24]

“Soy anarquista. Siempre he creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados”.[25]

Pero esa definición de “anarquista pacífico” era presentada para diferenciarse del anarquismo violento de fines del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad, su posición sería clasificada como de “libertario”, ya que el ideal de su admirado Spencer ha sido recreado en este siglo por pensadores que sostienen la idea de un Estado pequeño y limitado, tal el caso de los filósofos Karl Popper y Robert Nozick y los economistas Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek o Milton Friedman; y también una variante que incluso cuestiona el monopolio de la fuerza de ese Estado aunque sea mínimo, tal el caso de Murray Rothbard o David Friedman.

El diccionario define la anarquía como “falta de todo gobierno en un estado”, o “desorden, confusión, por ausencia o flaqueza de la autoridad política”. Teniendo en cuenta esto, Borges no sería estrictamente “anarquista” si interpretamos el término como el que pretende la falta completa de normas y orden, sino un “libertario”, palabra que define actualmente a un rango amplio de posiciones como las mencionadas antes.

Dicha filosofía política coloca a Borges a contrapelo de la sociedad argentina, la que ante la bancarrota del Estado demanda más acciones de su parte. Borges pensaba que el argentino es contradictoriamente individualista:

“El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar; porque el valor cifrado en aquel por las tradiciones orales no está al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”.[26]

Pero un individuo contradictorio porque demanda del Estado servicios “suizos” sin estar dispuesto a pagar impuestos “suizos”. El espíritu del gaucho ha cambiado, porque éste era rebelde y no demandaba ni esperaba nada del Estado, solamente que lo dejara tranquilo. El gaucho estaba más cerca del pensamiento político borgiano de lo que está el ciudadano argentino de hoy.


 
[2] Pilar Bravo y Mario Paoletti, Borges Verbal (Buenos Aires: Emecé, 1999), p. 179.
[3] Ibid, p. 152.
[4] Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1985), p. 36.
[5] Revista Siete Días (Buenos Aires, 23 de Abril de 1973, año VI, № 310, pp. 55-59, en Fernando Mateo, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997).
[6] Bravo y Paoletti, Borges Verbal, p. 126.
[7] “El Oro de los Tigres”, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires: Emecé Editores, 1996), p. 489.
[8] “La Moneda de Hierro”, Obras Completas, Tomo II, p. 129.
[9] Revista Ambiente (Buenos Aires, Febrero de 1984), pp. 27-32, en Mateo, El Otro Borges (op. cit.).
[10] Bravo y Paoletti, Borges Verbal, p. 147.
[11] La Gaceta del Fondo de Cultura Económica (México, № 8, Agosto de 1986), p. 92 en Mateo, El Otro Borges (op. cit).
[12] Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, Reencuentro: Diálogos Inéditos (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1999), p. 157.
[13] “Nuestro pobre individualismo”, en Obras Completas II (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 37.
[14] Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, En Diálogo II (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998), p. 207.
[15] “El Libro de Arena”, Obras Completas, Tomo III (Barcelona, Emecé Editores, 1996), p. 55.
[16] Borges y Ferrari, En Diálogo I, p. 220.
[17] “El Informe de Brodie”, Obras Completas II, p. 399.
[18] Roberto Alifano, El humor de Borges (Buenos Aires: Proa, 1995), pp. 132-33.
[19] Diálogos Borges-Sábato, compaginados por Orlando Barone (Buenos Aires: Emecé Editores, 1976), p. 75.
[20] Borges y Ferrari, En Diálogo II, p. 129.
[21] Obras completas, tomo III, p. 24.
[22] Ibid., p. 121
[23] Fernando Sorrentino, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (Buenos Aires: El Ateneo, 1996), p. 119.
[24] Borges y Ferrari, En Diálogo I, p. 59.
[25] Entrevista con Vicente Zito Lima, Revista Semana Gráfica (Buenos Aires, 12 de marzo de 1971), pp. 42-45, en Mateo, El Otro Borges (op. cit.).
[26] “Evaristo Carriego”, Obras Completas I (Barcelona: Emecé Editores, 1996, p. 162.

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Mi recuerdo de Borges

Cuando era rector de la Escuela Superior de Economía y Administración (ESEADE) los alumnos me pidieron tenerlo a Borges entre los invitados. Intenté el cometido por varios caminos indirectos sin éxito, incluso almorcé en su momento con mi pariente Adolfo Bioy Casares con quien en aquel entonces éramos miembros de la Comisión de Cultura del Jockey Club de Buenos Aires, pero me dijo que “Georgie se está poniendo muy difícil de modo que prefiero no intervenir en este asunto”. Finalmente decidí llamarla por teléfono a la famosa Fanny (Epifanía Uveda de Robledo) quien actuaba como ama de llaves en la casa de Borges desde hacía más de un cuarto de siglo. Ella me facilitó todo para que Borges fuera a hablar a ESEADE y arregló los honorarios conmigo.

La velada fue muy estimulante y repleta de ironías y ocurrencias típicamente borgeanas todo lo cual se encuentra en la filmación de ese día en los archivos de esa casa de estudios, acto al que también nos acompañó por unos instantes Adolfito antes de ir a la regular sesión de masajes para aliviar su dolor de espalda. Cuando nos dirigíamos al aula Borges me preguntó “¿Dónde estamos Benegas Lynch?” y cuando le informé que en el ascensor me dijo “¿por qué ascensor y no descensor?”.

Cuando lo dejé en su departamento en la calle Maipú me invitó a pasar y nos quedamos conversando un buen rato atendidos por Fanny que nos sirvió una tasa de té que al rato repitió con la mejor buena voluntad. Hablamos de los esfuerzos para difundir las ideas liberales y las dificultades para lograr los objetivos de la necesaria comprensión de la sociedad abierta. Se interesó por la marcha de mis cátedras y especialmente por la reacción de los estudiantes. Volvió a sacar el intrincado tema del arte objetivo o subjetivo que habíamos tocado en el automóvil cuando lo buscamos con María, mi mujer, ocasión en la que al intercalar la relación entre el arte y la religión señaló que la referencia religiosa más sublime que había escuchado era que “el sol es la sombra de Dios”.

Se que María Kodama ha tenido serias desavenencias con Fanny (y con algunos allegados y allegadas a Borges) pero no quiero entrar en esos temas, solo subrayo que con María tenemos una muy buena relación y ella me invitó a exponer en el primer homenaje a Borges que le rindió la Fundación que lleva su nombre junto al sustancioso y extrovertido español José María Álvarez y a otros escritores. Mi tema fue “Spencer y el poder: una preocupación borgeana” lo cual fue muy publicitado en los medios argentinos (a veces anunciado equivocadamente como Spenser, por Edmund, el poeta del siglo xvi, en lugar de aludir a Herbert Spencer el filósofo decimonónico anti-estatista por excelencia). Con Maria Kodama nos hemos reunido en muy diversas oportunidades solos y con amigos comunes pero siempre con resultados muy gratificantes.

Son muchas las cosas de Borges que me atraen. Sus elucubraciones en torno a silogismos dilemáticos me fascinan, por ejemplo, aquel examen de un candidato a mago que se le pide que adivine si será aprobado y a partir de allí como el consiguiente embrollo que se desata no tiene solución. Por ejemplo, su cita de Josiah Royce sobre la imposibilidad de construir un mapa completo de Inglaterra ya que debe incluir a quien lo fabrica con su mapa y así sucesivamente al infinito. Por ejemplo, la contradicción de quienes haciendo alarde de bondad sostienen que renuncian a todo, lo cual incluye la renuncia a renunciar que significa que en verdad no renuncian a nada.

He recurrido muchas veces a Borges para ilustrar la falacia ad hominem, es decir quien pretende argumentar aludiendo a una característica personal de su contendiente en lugar de contestar el razonamiento. En este sentido, Borges cuenta en “Arte de injuriar” que “A un caballero, en una discusión teleológica o literaria, le arrojaron en la cara un vaso de vino. El agredido no se inmutó y dijo al ofensor: esto señor, es una digresión; espero su argumento” y la importancia de saber conversar a la que alude Borges quien ilustra la idea con la actitud hospitalaria y receptiva de Macedonio Fernández que siempre terminaba sus consideraciones “con puntos suspensivos para que retome el contertulio”, a diferencia de Leopoldo Lugones que “era asertivo, terminaba las frases con un punto y aparte; para seguir hablando con él había que cambiar el tema”.

Siempre me ha parecido magnífico el modo en que Borges comienza “La biblioteca de Babel”: “El universo (que otros llaman la biblioteca)…”. Una afirmación que encierra el secreto de toda biblioteca bien formada que representa un fragmento de la cultura universal, una porción de los amigos del conocimiento, un segmento de los alimentos más preciados del alma.

A mis alumnos les he citado frecuentemente el cuento borgeano de “Funes el memorioso” para destacar la devastadora costumbre de estudiar de memoria y la incapacidad de conceptualizar y de relacionar ideas. Recordemos que Funes, con su memoria colosal después del accidente, no entendía porque se le decía perro tanto a un can de frente a las cuatro de la tarde como a ese animal a las tres y de perfil.

Es casi infinito el jugo que puede sacarse de los cuentos de Borges (un periodista distraído una vez le preguntó cual era la mejor novela que publicó, a lo que el escritor naturalmente respondió: “nunca escribí una novela”). Las anécdotas son múltiples: en una ocasión, al morir su madre, una persona, en el velorio, exclamó que había sido una lástima que no hubiera llegado a los cien años que estuvo cerca de cumplir, a lo que Borges respondió “se nota señora que usted es una gran partidaria del sistema decimal”. Con motivo del futbol en una ocasión se preguntó en voz alta la razón por la que ventidós jugadores se peleaban por una pelota: “sería mejor que le dieran una a cada uno”. Un joven se le acercó en la calle y con gran euforia le entrega un libro de producción propia y Borges le pregunta por el título a lo que el peatón responde Con la patria adentro, entonces el  escritor que siempre rechazó toda manifestación de patroterismo exclamó “¡que incomodidad amigo, que incomodidad!”. En otra ocasión se arrima una joven entusiasta que afirma casi a los alaridos “Maestro, usted será inmortal” a lo que Borges respondió “no hay porque ser tan pesimista hija” y cuando Galtieri era presidente argentino le dijo que una de sus mayores ambiciones era parecerse a Perón: Borges (seguramente conteniendo sus primeros impulsos) replicó lo más educadamente que pudo, “es imposible imponerse una aspiración más modesta”. Poco antes, en esa misma época militar, se convocó a una reunión de “la cultura” a la que lo habían invitado reiteradamente por varios canales y a la salida los periodistas le consultaron sobre el cónclave a lo que Borges contestó con parquedad y con un indisimulado tono descalificador: “no conocía a nadie”. A poco de finiquitada la inaudita guerra de las Malvinas, Borges publicó un conmovedor poema donde tiene lugar un diálogo entre un soldado inglés y uno argentino que pone de manifiesto la insensatez de aquella guerra iniciada por Galtieri al invadir las mencionadas islas (tantas personas perdieron el juicio en esa guerra que un miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina sugirió se lo expulsara al premio Nobel en Economía F. A. Hayek como miembro correspondiente de la corporación debido a que declaró con gran prudencia y ponderación que “si todos los gobiernos invaden territorios que estiman les pertenecen, el globo terráqueo se convertirá en un incendio mayor del que ya es”…afortunadamente aquella absurda e insólita moción no prosperó).

Borges tenía una especial aversión por todas las manifestaciones de los abusos del poder político por eso, en el caso argentino, sostuvo en reiteradas ocasiones (reproducido en El diccionario de Borges compilado por Carlos R. Storni): “Pienso en Perón con horror, como pienso en Rosas con horror” y por eso escribió en “Nuestro pobre individualismo” que “El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo” y en el mismo ensayo concluye que “el Estado es una inconcebible abstracción”.

Pronostica Borges (lo cual queda consignado en el antedicho diccionario) que “Vendrán otros tiempos en que seremos ciudadanos del mundo como decían los estoicos y desaparecerán las fronteras como algo absurdo” y en “Utopía de un hombre que estaba cansado” se pregunta y responde “¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”.

Borges nos arranca la angustia del absurdo perfeccionismo al intentar la administración de la pluma en el oficio de escribir cuando al citarlo a Alfonso Reyes dice que “como no hay texto perfecto, si no publicamos nos pasaríamos la vida corrigiendo borradores” ya que un texto terminado “es fruto del mero cansancio o de la religión”.

Y para los figurones siempre vacíos que buscan afanosamente la foto, escribió Borges en El hacedor: “Ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien para que no se descubriera su condición de nadie” y también, en otro tramo de esa colección, subrayaba la trascendencia de la teoría al sostener que “La práctica deficiente importa menos que la sana teoría”. Se solía mofar de la xenofobia y los nacionalismos, así definió al germanófilo en la segunda guerra, no aquel que habían abordado a Kant ni habían estudiado a Hoelderin o a Schopenhauer sino quien simplemente  era “anglófobo” que “ignora con perfección a Alemania, pero se resigna al entusiasmo por un país que combate a Inglaterra” y, para colmo de males, era antisemita. En el ensayo anteriormente mencionado sobre el individualismo enfatiza que “el nacionalismo quiere embelesarnos con la visión de un Estado infinitamente molesto”.

Sus muy conocidos símbolos revelan distintas facetas del mundo interior. Los laberintos ponen de manifiesto el importante sentido de la perplejidad y el asombro como condición necesaria para el conocimiento y el sentido indispensable de humildad frente a la propia ignorancia. Los espejos -cuando se mira en profundidad la propia imagen- “atenúa nuestra vanidad” y, simultáneamente permite ver que “somos el mismo y somos otros” en el contexto de las variaciones que operan en el yo a través del tiempo. Los sueños como anhelos y como fantasía. La manía borgeana por los tiempos circulares si se partiera de la premisa que todo es materia y el universo finito, lo cual conduce a permutaciones repetitivas (noción que, entre otros textos, la adopta en “La biblioteca total”, en conformidad con una conjetura que comenta Lewis Carroll dado “el número limitado de palabras que comprende un idioma, lo es asimismo el de sus combinaciones posibles o sea el de los libros”). Y, por último, el color amarillo del tigre como su primer recuerdo “no físicamente, sino emocionalmente” que se une al color que frecuentemente veía en su ceguera.

Ante todo, Borges se caracterizó por su independencia de criterio y su coraje para navegar contra la corriente  de la opinión dominante y detestaba “al hombre ladino que anhela estar de parte de los que vencen” tal como escribió en la antes menciona nota sobre los germanófilos...“a un caballero solo le interesan las causas perdidas” recordó con humor nuestro personaje en el reportaje conducido por Fernando Sorrentino.

En el prólogo a unas pocas de las obras de Giovanni Papini (otro cuentista y ensayista extraordinario con una prodigiosa imaginación) dice Borges: “no se si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector”.

Edwin Williamson, Victoria Ocampo, Rodríguez Monegal, Norman Thomas di Giovanni, María Esther Vázquez, Alicia Jurado y tantísimos otros han escrito sobre Borges y otros tantos lo han entrevistado (apunto al margen que le dijo a Osvaldo Ferrari que “cuando uno llega a los ochenta y cuatro años uno ya es, de algún modo, póstumo”) y una cantidad notable de tesis doctorales producidas en todos los rincones del orbe sobre este firme patrocinador del cosmopolitismo. De cualquier manera, no por reiterado es menos cierto y necesario decir que este autor constituye una invitación portentosa y renovada a la pregunta y al cuestionamiento creador.

*Publicado en Diario América, Nueva York.
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Macristina

Hace poco más de un año, cuando inauguré mi blog con el artículo “La Boheme Vs. Kapanga” planteé la idea de que los progresistas (que festejaban el bicentenario con rock nacional) por un lado, y los conservadores (que conmemoraron el bicentenario con música clásica y la reapertura del Colón) por el otro, se diferenciaban sólo en la superficie pero compartían sus premisas filosóficas básicas. A un año de esa situación, ni la superficie los diferencia.

En el pasado, cuando Macri eligió reabrir el Colón para festejar los dos siglos de la Revolución de Mayo, no dudó en gastar millones de pesos cobrados a la ciudadanía porteña, para refaccionar un teatro que -si bien tiene características aparentemente únicas en el mundo- sólo disfrutan unos pocos.

En contraste, la Presidenta Cristina Fernández se inclinó por financiar actividades más populares como espectáculos de rock que acapararon la atención del público.

Sin lugar a dudas (y más allá que la reapertura del Colón también tuvo su público) los espectáculos de la 9 de Julio fueron mucho más masivos. No obstante, la diferencia entre los dos actos fue sólo superficial ya que, en ambos casos, los dirigentes no dudaron en utilizar dineros públicos, que son de todos, para financiar y proveer la música, el arte y los espectáculos que disfrutan sólo algunos.

Un año después, ni siquiera queda la hipocresía de la diferencia superficial.

Este sábado 11 de Junio, “Los Pericos” (una banda que lleva vendidos más de 2,5 millones de discos) darán un recital con entrada libre y gratuita en el marco de la inauguración del“Distrito Tecnológico” de Parque Patricios.

Así es, como si Steve Jobs, Bill Gates y Mark Zuckerberg hubieran sido productos de la exención impositiva y la planificación municipal, el Gobierno de la Ciudad decidió delimitar un área propicia para que se instalen las empresas “tecnológicas” y, para darse un poco de autobombo, regalarán a los presentes un espectáculo del grupo “Los Pericos”.

Ergo, la pregunta obligada es: ¿Por qué Los Pericos? ¿Por qué no Los Cafres, Nonpalidece, u Otro Mambo? ¿Qué han hecho Los Pericos para que los ciudadanos de la Ciudad de Buenos Aires los premiemos con los 10.000, 20.000 o 100.000 pesos que cobrarán por su Show? ¿Quiénes son Macri o el Ministro de Cultura Hernán Lombardi para decidir que son ellos mejores que alguna alternativa similar? ¿O acaso se trata de todos pagándoles la fiestita particular a los funcionarios?

Cuando un productor musical elige una banda para financiarla y difundirla, generalmente trata de encontrar una que le guste a la gente. ¿A toda la gente? Sabiendo que eso es imposible, no busca que le guste a todos, pero sí a una cantidad suficiente de modo que pueda hacer un buen negocio. Como colateral, el buen negocio resulta en beneficio para él, para la banda y para todos aquellos que encuentren placer al escucharla.

Cuando el gobierno es el que decide el show del día, el proceso es distinto. En lugar haber un productor que apuesta por un grupo que tiene potencial, lo que hay es un funcionario eligiendo la banda que tiene más potencial electoral –es decir, una banda consagrada que no tiene ninguna necesidad de seguir creciendo. Nada que ver con el aclamado “fomento a la cultura”.

Más aún, cuando el gobierno es el organizador de este tipo de eventos, se termina dando una situación que deberíamos reprobar entre todos:

José, el almacenero del barrio, que muere por la música de Cacho Castaña, paga todos los meses el impuesto a los Ingresos Brutos. Si no tuviera que pagarlo, tendría más dinero disponible que podría destinar a la compra de un nuevo disco de Cacho, comprar un nuevo equipo de música para escuchar mejor los discos viejos, o bien, comprarse una computadora para bajarse de internet la discografía completa en formato mp3.

Sin embargo, el capricho del gobierno, disfrazado de “Agenda Cultural”, se mete en el bolsillo de José (y le impide escuchar a Cacho Castaña) para que un tercero, que José no conoce y a quien no le debe nada, disfrute de un espectáculo que nunca se ganó en base a su mérito, sino que accede a él porque Mauricio aprendió de Cristina que las bandas taquilleras te suben en las encuestas.

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