PANAM POST - Para pasar unas buenas fiestas, se necesita una economía pujante.
Una joven argentina termina el año repleta de tareas. Salió tarde de la oficina toda la semana, tuvo tres reuniones sociales para despedir el año y, por supuesto, dejó para último momento la compra de regalos de Navidad.
Por suerte, uno de los shoppings vecinos a su vivienda iba a permanecer casi toda la noche abierto durante el día 23.
¡Ideal! Compraría todos los regalos el 23 a la noche y, encima, ¡con un suculento descuento!
Buena idea, salvo que no contó con que muchos habían pensado de manera similar. El shopping desbordaba de gente y comprar una sola prenda de vestir se convirtió en una lucha despiadada.
Al volver a casa, su reflexión fue la siguiente: “¡Cuánta gente había en el shopping! ¡Esto realmente le va a dar un impulso a la economía de nuestro país!”.
¿Será realmente así?
El boom de diciembre
Por una parte, sin dudas que sí. Todos los meses de diciembre, y especialmente en la semana de las fiestas, las ventas en supermercados y shoppings se disparan. El año pasado, en Argentina las ventas en diciembre crecieron un astronómico 68,2% en términos reales contra el mes anterior.
El observador desprevenido podría pensar que aquí descansa la llave del progreso. Si todos gastáramos más de nuestros ingresos, los vendedores de bienes van a incrementar el suyo. Eso no solo los llevará a invertir y producir, sino también a demandar otros bienes y servicios, impulsando la producción de otros sectores.
Evidentemente, Papá Noel no es solo bueno para los niños, sino también para toda la economía.
Esta forma de pensar es la que lleva a algunos políticos a pedir la sanción de días festivos que cancelen las actividades laborales y lleven a la gente a gastar más en esparcimiento, restaurantes, hoteles y regalos. Más consumo es más demanda y más demanda es más producción.
No obstante, los economistas no ven las cosas de la misma forma.
Es que, en primer lugar, el aumento de las ventas en diciembre respecto de noviembre no dice nada sobre la salud de la economía. De hecho, siempre en enero las ventas en supermercados y shoppings se desploman. ¿Quiere decir que llegó la crisis?
No. Lo que sucede es que algunos gastos de consumo tienen lo que se llama “estacionalidad”. En algunos meses se gasta más que en otros, pero eso siempre es así. Todos los meses de diciembre las ventas suben respecto de noviembre. Ahora si queremos saber cómo le fue a la economía a partir de este dato, como mínimo deberíamos observar la variación contra el mismo período del año anterior.
Así, le estamos sacando el factor “estacional” al análisis. Sabemos que siempre se vende más en diciembre, por eso lo relevante es comparar esos meses entre sí. De acuerdo con los datos preliminares de la Cámara Argentina de la Mediana Empresa, las ventas navideñas de 2017 superaron en 0,8% a las de 2016, una señal de incremento lento del consumo.
Producir primero, consumir después
Ahora al margen de la estacionalidad, existe un tema más profundo. Es que no podemos decir que sea el consumo el que estimula la producción.
De hecho, las ventas navideñas son la consecuencia de inversiones y producción previas, no la condición para que éstas existan.
Es que imaginemos que producto de lo bueno que creemos que es para la economía la navidad, decretamos que todo el año sea 25 de diciembre.
Si eso sucediera, todos los días habría que comprar regalos navideños. Para mejor, ningún día del año habría que trabajar ya que estaríamos de festejo, celebrando el infinito aniversario del nacimiento del Niño Jesús.
No hace falta ser muy experto para entender que eso generaría un colapso económico. Claro que aumentaría la demanda de juguetes, prendas de vestir, fuegos de artificio y el tradicional Pan Dulce.
Pero sin nadie que los produzca producto del feriado navideño: ¿qué terminaría pasando? Además, ¿quién fabricaría los autos, la electricidad, los medicamentos, la educación superior?
Si todo el año fuese navidad, el país en cuestión se gastaría todos sus recursos en determinados bienes de consumo presente, pero a costa de todos los demás bienes de consumo presente y futuro.
Probablemente, producto de la riqueza acumulada, ese año se vería como un verdadero boom económico, pero en un momento el dinero se acabaría y el país estaría sumido en la más profunda de las depresiones.
El consumo de navidad no estimula la economía, sino a la inversa. Una economía saludable permite a los ciudadanos tomarse algunos días del año para celebrar y regalarse cosas inundando los shoppings. Pero sin producción y trabajo, no es posible el festejo navideño.
Las compras de navidad no estimulan la economía, sino que son el reflejo de una economía productiva y vibrante. A eso tenemos que apuntar, entonces, ya que cuanto más productiva sea, más personas podrán pasar mejor esta etapa de festividades.
¡Felicidades!
Publicado originalmente en PanAm Post.
LA NACIÓN - Argentina acarrea una historia de larga decadencia económica. De encontrarse entre los primeros países del mundo a comienzos del Siglo XX, pasamos a ocupar el puesto setenta y tantos.
En 1895, nuestro país tenía el 97% del PBI per cápita de Australia. Hoy tenemos solo el 43%.
El proceso de decadencia es largo. Pero la caída se profundiza en el período de 1975 a hoy.
¿Quiere saber por qué?
La respuesta es la inflación.
Salvo en 1978 y 1986, desde 1973 y hasta 1990 la tasa de inflación nunca bajó del 100% anual. Gustavo Lázzari y Pablo Guido explicaron que ése constituyó “el período de inflación alta más prolongado de la historia del mundo”.
La inflación es un cáncer para la economía. Destruye el poder de compra del salario, arruina el ahorro, impide planificar y distorsiona el sistema de precios generando falsos auges y posteriores depresiones.
A la Argentina, la inflación la borró del mapa.
Después de 1990 tuvimos 10 años de estabilidad, pero el gasto y la deuda generaron una nueva crisis sin precedentes. El resultado fue volver a probar con la receta inflacionista, que con los Kirchner terminó en el cepo y un estancamiento económico que se prolongó por 6 años.
¿Quién querría tener más inflación?
Curiosamente, no son pocos y acaban de obtener una victoria dentro del equipo económico del gobierno.
Es que para algunos, incluido el ex Ministro de Economía, Alfonso Prat-Gay, el ritmo planteado de desinflación era excesivamente veloz, lo que obligó a tener tasas “demasiado altas que generan atraso cambiario”.
Para atacar estos problemas, pidió elevar las metas de inflación.
Es decir, tener más inflación para que haya tasas más bajas y un dólar más competitivo. O sea, lo que efectivamente anunciaron Peña, Dujovne, Caputo y Sturzenegger el jueves pasado.
Hay dos problemas con esta propuesta.
El primero es que la tasa de interés de la política monetaria no es “alta”, como se dice. Al 30 de octubre de este año, y en el mejor de los casos, la “espectacular inversión” en los títulos del Banco Central rindió 3,2 puntos en términos reales.
Una tasa de interés de 3,2 puntos no parece ser problemática para la inversión. De hecho, de acuerdo con Orlando Ferreres, la Inversión Bruta Fija creció 13,4% interanual en octubre y promedia un aumento de 11,1% en los últimos 6 meses. Es decir, crece al mayor ritmo de los últimos 4 años, cuando la tasa era negativa contra la inflación.
Lo mismo pasa con el crédito. Está volando en términos reales, poco afectado por la “alta” tasa de interés.
El segundo punto es el tipo de cambio.
Según la mirada más heterodoxa, la apreciación del tipo real de cambio es preocupante y desinflar más lento ofrecería un dólar más competitivo.
¿Es esto realmente así?
A priori, no parece. Si la tasa de interés baja de su nivel actual, el dólar puede subir, pero igual subirían los precios, de manera que no se revertiría la apreciación real.
Yendo a lo más fundamental, el concepto en sí mismo es desacertado. Es que países como Chile, Perú, Colombia e incluso Brasil, han vivido un largo proceso de apreciación real de su moneda desde 2003 a 2013, sin que eso resultara en un obstáculo para su crecimiento.
Para sorpresa de algunos, en paralelo con el “dólar barato”, la economía de estos países creció, con baja inflación, bajo desempleo y aumento del salario real.
¿Por qué en Argentina debería ser diferente?
El Banco Central es la institución pública cuyo único rol en Argentina y cualquier país serio del mundo es tener una inflación baja y estable. No se puede imprimir crecimiento.
A corto plazo, es posible que una mayor laxitud monetaria tenga como contrapartida una mayor actividad, pero a largo plazo sabemos que solo trae inflación, crisis y pobreza.
Argentina debe crecer mirando el largo plazo. Y ahí el camino son las reformas estructurales. Más libertad económica, más inversión, crecimiento y reducción de la pobreza. Bajar la inflación es un componente más en ese combo de cambios profundos.
Ya probamos el atajo inflacionista. Nos fue peor que mal. Es una lástima que hayamos vuelto a caer en el error.
Originalmente publicada en La Nación.
AGRO VOZ - En junio de 2015, a través de una comunicación a la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, el economista Manuel Solanet dimensionó la relación que la inflación tiene con la economía argentina. “Desde hace 70 años, con la excepción del período 1992-2001, la inflación se constituyó en una enfermedad endémica de nuestra economía. En los 70 años en que la hemos padecido, excluyendo los de la Convertibilidad, hubo sólo cuatro años en los que no alcanzó el 10 por ciento, pero en trece oportunidades fue de tres dígitos o más. Padecimos dos episodios hiperinflacionarios: el primero a mediados de 1989 y el segundo, muy cercano, a comienzos de 1990”, describió.
Con semejante protagonismo, no hubo en ese período sector o actor económico que no haya padecido sus efectos, incluso hasta los más competitivos, como es el sector agropecuario.
El año que acaba de terminar volvió a ratificar que, más allá de su leve pérdida de fuerza, la inflación sigue sin rival y que cualquier mejora en los márgenes económicos de una actividad debe ser significativa para ganarle en magnitud.
Durante el año pasado, los resultados debieron superar en términos nominales al 23,5 por ciento de inflación que el Banco Central de la República Argentina estimó para los últimos 12 meses.
Con esa marca por superar, la mayoría de las producciones agropecuarias quedaron por debajo de ese registro.
Precios “versus” costos
La soja, el producto que lidera la producción y las exportaciones agrícolas, acumuló durante el año una mejora del precio del 13,2 por ciento. La tonelada había arrancado 2017 con un valor de 4.170 pesos la tonelada y lo terminó en 4.720 pesos por tonelada. El trigo tampoco pudo con la inflación. Si cotización durante el año subió 21 por ciento, por debajo de la expectativa inflacionaria del Central. Ni hablar del maíz, cuyo precio permaneció casi estable durante el año, con apenas una mejora del uno por ciento, de acuerdo con los valores informados por la Cámara Arbitral de Rosario.
En lo que hace a la rentabilidad del negocio agrícola, el ciclo 2016/2017 resintió sus números respecto anterior. De acuerdo con el Ieral de la Fundación Mediterránea, la rentabilidad en campo alquilado (pagando alquileres de mercado y logrando rindes medios zonales) habría quedado muy cerca o por detrás de la tasa de inflación. “La tonelada de soja, a nivel de productor, perdió 13 por ciento de su valor en relación al costo de una canasta básica en 2017”, indicó el Ieral. El precio de la hacienda logró acercarse bastante a la inflación. Pero no le alcanzó. En el Mercado de Liniers, el novillo promedió un alza durante el año de 23 por ciento.
El que sí aventajó a la inflación anual fue el precio de la leche. Luego de un 2015 en el cual su valor cayó 20 por ciento –en un escenario en el cual la inflación superó 30 por ciento–, durante el año pasado la cotización que recibió el productor por la materia prima creció 30 por ciento.
La puja podría quedar zanjada este año en favor de la producción agropecuaria. Si es que el Gobierno logra cumplir la meta, acordada con el Banco Central a finales del año pasado, de que la inflación no supere el 15 por ciento.
INFOBAE - La conferencia de prensa del jueves pasado fue un fiasco desde el punto de vista de las expectativas que había generado
La conferencia de prensa del jueves pasado fue un fiasco desde el punto de vista de las expectativas que había generado. En rigor, los tres ministros y el presidente del BCRA se limitaron a decir una sola cosa clara: la inflación no va a ser del 10% en 2018 como inicialmente se había anunciado sino que será del 15%. El resto fue un discurso confuso que lejos estuvo de generar expectativas positivas en los agentes económicos.
A esta altura del partido, me parece que nunca terminan de transmitir en forma clara las medidas económicas y tienen tantas marchas y contramarchas por la sencilla razón que ni ellos tienen en claro qué quieren hacer con la economía. O, para ponerlo de otra forma, no tienen en claro cómo lograr ciertos objetivos como bajar la pobreza, la inflación, generar más inversiones, etc. Como se niegan a tener un plan económico, se mueven por impulsos y se presentan inconsistencias en la política económica que producen estas contradicciones. Ejemplo, tuvieron que cambiar de estimación de inflación porque ya la pifiaron en 2017 e iban a volver a pifiarla en 2018 porque no hay consistencia entre la política fiscal y la política monetaria.
Es claro que Macri no quiere tener un ministro de economía que lleve adelante un plan económico completo. Prefiere ir tomando medidas aisladas y sin que un ministro tenga mucho poder como ocurrió con varios ministros de Economía en décadas pasadas. En ese sentido sigue la misma estrategia de Néstor Kirchner, que nunca quiso tener un ministro de economía fuerte. Recordemos que tuvo un ministro de Economía, Fernández, que si mal no recuerdo, nunca llegó a hablar en público.
Sin embargo, Macri tiene un ministro fuerte, que es su jefe de gabinete a quien parece confiarle el manejo de la economía, pero no tenemos evidencias que esté preparado para esa tarea. En todo caso podrá lograr que el gobierno aguante a fuerza de endeudamiento. Ahora, a la hora de dominar y corregir la herencia k y 70 años de decadencia, hay una gran distancia. Una cosa es tener habilidad para ganar elecciones y luego durar en el cargo y otra, muy distinta, es ganar elecciones para cambiar el rumbo de decadencia de décadas.
Lo cierto es que el gobierno anunció algo más de inflación en 2018 con un tipo de cambio que seguramente va a subir. Todo parece indicar que están apuntando a incrementar las exportaciones para tratar de mover la economía dado que las inversiones siguen demorando su llegada y el consumo no puede ser el motor de actividad artificial que fue durante la era k.
De los anuncios que formuló el gobierno la semana pasada, quedan varias dudas. Si bien el presidente del BCRA dijo que esa institución iba a emitir solo lo que el mercado aceptara como demanda de moneda, lo cierto es que el tesoro va a seguir endeudándose en el exterior para cubrir el déficit fiscal. Por lo tanto, esos dólares van a tener que ser transformados en pesos para pagar los sueldos, las jubilaciones, etc. Para transformar los dólares en pesos hay dos opciones: a) que el tesoro los venda en el mercado a particulares a cambio de pesos, con lo cual bajará el tipo de cambio nominal generando más problemas en el sector externo o b) seguir como hasta ahora. Entregarle los dólares al BCRA, para que los ponga en las reservas y el Central le entregue pesos a cambio de esos dólares. Cuando el tesoro pague con esos pesos que entrarán en circulación, habrá presiones inflacionarias y aquí viene el interrogante. ¿Cómo hará el Central para retirar la cantidad de pesos que no quiere la demanda? ¿Subirá los encajes bancarios o seguirá con la fiesta de LEBACs?
Pero si van a bajar la tasa de interés para que suba el tipo de cambio para impulsar algo más las importaciones que hasta noviembre tuvieron un magro incremento de solo el 1,2% respecto a los primeros 11 meses de 2016, la estrategia luce muy complicada porque hay un stock de LEBACs de $ 1,1 billones. Esto quiere decir que si van a bajar la tasa, es posible que haya una toma de ganancias dando vuelta la posición de LEBACs a dólares si el mercado espera que el tipo de cambio va a subir.
El Central tiene U$S 56.280 millones de reservas brutas, pero propias son U$S 42.554 millones ya que U$S 13.726 millones son encajes en dólares que los bancos constituyen en el BCRA. En otras palabras, esos U$S 13.726 millones son propiedad de los depositantes en dólares en los bancos. Con esos U$S 42.554 millones, el BCRA tiene que afrontar el pasivo que son la base monetaria: $ 1 billón y las LEBACs $ 1,1 billones. El poder de fuego del BCRA para controlar el mercado de cambios en caso que la baja de la tasa para reactivar la economía se traslade a mercado de cambios es de U$S 42.554 millones para enfrentar $ 2,2 billones. En rigor, la cuenta es más complicada pero desde el punto de vista del BCRA es responsable por la foto de esos dos pasivos. De manera que ojo con lo que van a hacer con la tasa. Una vez que uno montó este tipo de arbitrajes, salir es complicado y, particularmente, cuando no hay un plan económico detrás que genere confianza en los agentes económicos.
El dato que no me cierra en la estrategia del gobierno es que la reducción del déficit primario sigue al mismo ritmo, 1 punto del PBI por año, pero el costo financiero de financiar el gradualismo es de 2,3 puntos del PBI de acuerdo a los datos del presupuesto y, suponiendo que bajen la tasa al 25% y logren retener un stock de LEBACs de $ 1 billón, el costo cuasifiscal será de 2 puntos del PBI. En el bote entran 4 baldes de agua mientras gradualmente achican 1 balde por vez. No me cierra. Y esta cuenta es sin considerar los intereses intrasector público, que, como dice Nicolás Cachanosky (mi sobrino), es como no computar la deuda que tengo con mi primo.
Veremos si esta estrategia es efectiva para domar la herencia k, porque a esta altura del partido ya no va a servir insistir con la herencia recibida si no logran domar la inflación y mostrar tasas de crecimiento más importantes que el magro 3,5% anual, una tasa más acorde a países desarrollados con alto PBI que a un país que viene del fondo del pozo y, por una sola cuestión estadística, debería estar mostrando tasas de crecimiento sustancialmente mayores a las que parece conformarse el gobierno para cumplir con la meta que se puso el presidente: bajar la pobreza.
ESTA NOTA ORIGINALMENTE FUE PUBLICADA EN http://www.infobae.com
El tema elegido para el VI Encuentro Inter Académico “Las universidades y la investigación en la Argentina del mañana” refleja una inquietud compartida por las academias nacionales respecto del impacto de los acelerados cambios tecnológicos sobre los métodos de la enseñanza, en particular la terciaria. El solo planteo de este tema llevó a considerar la cuestión de la investigación como el eslabón necesario para que esos cambios puedan ser acompañados sin que la Argentina quede al margen de un mundo que avanza rápidamente.
Son quince las academias nacionales que participaron en el VI Encuentro y que colaboraron cada una de ellas con uno de los capítulos de este libro. Los enfoques responden naturalmente a las ciencias tratadas por cada institución. Esto es justamente lo que enriquece el resultado y amerita que se haya logrado una convocatoria tan amplia. Encontramos en estas páginas la visión de académicos en humanidades y ciencias sociales, en ciencias exactas, en medicina y ciencias naturales, en ciencias aplicadas tales como la ingeniería, la geografía, la farmacéutica o la empresa. También han dado su opinión las academias de bellas artes y de periodismo.
La ciencia y el conocimiento avanzan al impulso de la investigación. A su vez, la enseñanza transmite esos logros y permite que sean aplicados en la producción y en los servicios, que luego por sus resultados retroalimentan la investigación y la orientan más eficazmente. Si no hubiera una interacción entre investigación, enseñanza y aplicación, se malgastarían esfuerzos o se perdería su eficacia. Esto no quiere decir que no pueda haber notables descubrimientos como fruto de la tarea individual de científicos brillantes sin que los mueva un objetivo preconcebido. La caída de una manzana abrió la mente de Isaac Newton para enunciar la ley de la gravedad o el flotar en una bañera permitió a Arquímides descubrir su famoso principio. El genial Albert Einstein ha sido probablemente uno de los mayores exponentes de la investigación individual y creativa. Desde su enunciado de la Teoría de la Relatividad, los tiempos han evolucionado hacia la investigación como una tarea en equipos. El solo hecho de que los instrumentos de apoyo se hayan sofisticado y de que faciliten la transmisión de información a límites impensados hace que ya nadie pueda alegar individualidad y que tampoco esta tenga sentido. Esto es así en todas las áreas y especialidades del conocimiento. Desde la física hasta la composición musical, desde el derecho hasta la literatura o desde la historia hasta la psicología.
En este libro se discute el rol de los principales actores en las tareas de la investigación. Principalmente, los gobiernos, las universidades, las empresas y las organizaciones no gubernamentales (ONG). La conclusión es que todos ellos tienen un papel que cumplir, cada uno con particulares ventajas y desventajas. El documento elaborado para este libro por el académico de Medicina doctor Eduardo Charreau expone que en nuestro país el 63% de los investigadores realiza sus actividades en universidades; el 31%, en el ámbito del gobierno; el 5%, en empresas privadas, y solo el 1%, en ONG. El total invertido en investigación y desarrollo (I&D) en la Argentina es de 0,6% del producto bruto interno: muy bajo cuando se lo compara con los países más desarrollados (entre 2 y 4%) o aun con nuestros vecinos Brasil y Chile.
El Estado debe asumir una responsabilidad en los países cuyo sector privado no ha alcanzado dimensión y capacidad económica para cubrir áreas de investigación que no redundan en lo inmediato en retornos económicos. Claramente, esto ocurre con las ciencias básicas más que con las aplicadas. También con las ciencias sociales, aunque en este caso los gobiernos deben cuidar de evitar sesgos ideológicos o políticos. El Conicet (Comisión Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) es el principal brazo del Estado en la Argentina para la investigación. Con su creación, se materializó la carrera de investigador y su contribución es relevante aunque ha sido objeto de críticas, algunas de ellas fundadas. En varias ocasiones este organismo no ha sido impermeable a las orientaciones ideológicas de gobiernos de turno, en particular en lo referente a las investigaciones en ciencias sociales. También se ha objetado la falta de planificación previa de las líneas de trabajo, que han respondido en mayor medida a la elección y las preferencias de los propios investigadores y no necesariamente a un programa de interés para el organismo y el país. El Conicet depende del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, que administra los fondos destinados a la investigación (Fontar y Foncyt). En la órbita del Estado nacional se encuentran también los institutos de investigación industrial y agropecuaria (INTI e INTA).
La investigación en las universidades ha tenido un desarrollo importante aunque heterogéneo. En sus inicios hubo casos notables como el del Instituto de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, fundado por Bernardo Houssay, en 1919. Este centro de investigación adquirió prestigio mundial y fue la cuna de dos premios Nobel: Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir. El primero recibió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1947 por sus descubrimientos referidos a la distribución de la glucosa en el cuerpo humano, una cuestión clave en la diabetes. Leloir recibió el Nobel de Química en 1970 cuando ya era director del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Fundación Campomar, que él había fundado en 1947 con apoyo empresario.
Las 55 universidades nacionales cuentan en su conjunto con más de 500 institutos dedicados a la investigación. Muchos de ellos están coordinados con el Conicet, como es el caso de 33 institutos de los 50 existentes en distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires. Aun más amplia es la red de investigación de la Universidad Nacional de La Plata, que cuenta con 152 centros de investigación y desarrollo y 44 institutos.
La Coneau (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria) establece los niveles de exigencia de investigación tanto en universidades públicas como privadas. Estas últimas han ido ampliando su actividad de investigación, aunque con limitaciones de recursos. Algunas instituciones privadas han logrado distinciones internacionales por trabajos de docentes-alumnos, como el caso del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA).
La participación de las empresas y ONG en la investigación en la Argentina se muestra muy reducida en comparación con lo que ocurre en los países más avanzados. Esto no impide que haya habido una importante transferencia de tecnología hacia nuestro país a través de empresas multinacionales, que se extendió y motivó luego también a firmas locales. El fenomenal impulso de la producción agrícola se debe a las innovaciones desarrolladas en la genética de semillas y su combinación de agroquímicos, que hicieron posible la siembra directa, la reducción de los costos y el aumento de los rendimientos. La rápida difusión y aplicación de estos avances se apoyó a su vez en los grupos CREA (Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola), ejemplo de colaboración entre productores tras la notable iniciativa de Pablo Hary.
La Argentina que imaginamos en el futuro deberá incrementar notablemente la inversión en I&D. Además, deberá lograrse una mayor proporción y responsabilidad de las empresas e instituciones no gubernamentales. Ellas deberían ser actores principales en la investigación aplicada, acompañando a las universidades. Estas por su lado deberán resolver la forma de financiar la investigación que exige equipamientos valiosos y docentes-investigadores de altas calificaciones y dedicación a tiempo completo. Sin duda, esto se dificulta por la gratuidad general de la enseñanza universitaria estatal. Debido a ese marco referencial y al crecimiento notable de la cantidad de nuevas universidades nacionales y provinciales, las universidades privadas deben competir dificultosamente y con reducidos espacios de fijación de aranceles.
Debe decirse que la expansión del conocimiento por el trabajo de investigadores individuales y equipos reducidos, pero en cooperación con avances realizados en el resto del mundo, está cada vez más facilitada por el avance de la tecnología en el procesamiento y la transmisión de información. El procesamiento de datos es el campo de la investigación que año tras año, día tras día, asombra con sus avances en rapidez y capacidad. La digitalización de las grandes bibliotecas y archivos, y del conocimiento en general, pone la información al alcance inmediato de quien lo requiera. Un historiador o un jurista pueden investigar un tema accediendo a archivos, leyes, códigos, tratados y jurisprudencia a través de Internet. Lo mismo ocurre para otros campos de la ciencia. De hecho, el procesamiento, la modelización y el análisis de datos han adquirido la categoría de una especialidad altamente valorada. Con la denominación de “Analytics”, las universidades más calificadas ofrecen carreras de grado o posgrado altamente perfeccionadas en matemáticas, estadística y sistemas, pero que además incluyen materias de derecho, medicina, economía o ingeniería. Es una indicación de la aproximación entre ciencias que permite el avance de la tecnología que ya se mostraba, por ejemplo, con la bioingeniería.
Las academias nacionales están integradas por personas que ya han escalado en el conocimiento y en la aplicación de las ciencias en las que se han destacado. Sus opiniones en el tema “Las universidades y la investigación en la Argentina del mañana” han sido recogidas en el VI Encuentro Inter Académico y en este libro. Creemos que deben ser consideradas por quienes tienen la responsabilidad de gobernar como un valioso aporte para la elaboración de políticas de Estado en un campo tan esencial para el progreso.