Skip to main content

Marxismo y religión

Por Alberto Benegas Lynch (h) El camino más efectivo para la penetración de las ideas colectivistas es a través de la religión ya que la feligresía en general se encuentra con las defensas bajas y dispuesta a aceptar lo que le digan desde el púlpito aunque sea de contrabando y en dirección contraria a todos los preceptos religiosos estudiados hasta el momento. En este sentido, referido al marxismo, como ha escrito el gran teólogo católico Miguel Poradowski “Karl Marx, quien tiene que disfrazar su afán de esclavizar al hombre mediante un lenguaje de liberación”. Los llamados “teólogos de la liberación” como Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Juan Luis Segundo, Hugo Assman, Rolando Muñoz, Pablo Richard, James Cone, Jermiah Wright y Jim Wallis usan la religión al efecto de penetrar con el totalitarismo marxista. Muy paradójico es por cierto que, en estos ámbitos, se recurra a un sujeto que sostenía que “la religión es el opio de los pueblos” (aunque también hay líderes religiosos que entusiastamente han deglutido todos los preceptos marxistas, salvo su ateísmo). Estos sucesos que ahora parecen reverdecer después de haber sido eclipsados por un tiempo van para los ingenuos que, a partir de la caída del Muro de la Vergüenza en Berlín, piensan con Fukuyama que la postura liberal es inexorable y el marxismo ha muerto. Nada hay inexorable en los asuntos humanos, las cosas ocurrirán en un sentido u otro según lo que cada uno de nosotros seamos capaces de hacer. Esta inexorabilidad es una manifestación de marxismo al revés. La historia está plagada de muertes y resurrecciones. Paul Johnson bien ha escrito que “Una de las lecciones de la historia que uno debe aprender, aunque resulte muy desagradable, es que ninguna civilización puede considerarse garantizada. Su permanencia nunca puede darse por sentada; siempre habrá una era oscura esperando a la vuelta de cada esquina”. Es curioso, pero el primer trabajo en colaboración de Marx con Engels titulado La sagrada familia (en referencia peyorativa a la familia de los hermanos Bauer o los jóvenes hegelianos) la embiste contra el libre albedrío al sostener el más crudo determinismo, es decir, la embiste contra la columna vertebral de la condición humana tan proclamada por todas las religiones monoteístas y en el Manifiesto Comunista resumen toda su filosofía con la “abolición de la propiedad privada” a pesar de que dos de los Mandamientos enfatizan el valor de la propiedad: “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. Debido a que la mencionada teología de la liberación tiene lugar principalmente en las diversas denominaciones cristianas, es de interés repasar algunos pasajes bíblicos con esto en mira. En Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Javeh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas xii-21), lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”  y que “ la clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11-18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62-11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos x, 24-25) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo vi-24). Como expresé en la conferencia inaugural que pronuncié en el CELAM -Consejo Episcopal Latinoamericano- el 30 de junio de 1998, en Tegucigalpa  (invitado por Monseñor Cristián Precht Bañados y la Fundación Adenauer de Argentina): “si de acuerdo a la retorcida interpretación que le atribuyen los teólogos de la liberación, sacerdotes para el tercer mundo y sus compañeros de ruta, la pobreza de espíritu fuera en verdad la pobreza material, esto de plano resultaría en una fulminante condena a la caridad ya que al entregar recursos al prójimo lo estaríamos contaminando, entonces, para ser consistentes con esta versión degradada del antedicho precepto bíblico, habría que patrocinar las hambrunas, las pestes y la miseria generalizada”. Por eso es que la referida enciclopedia subraya que “la propiedad, concepto jurídico derivado del legítimo domino, aparece en la Biblia como inherente al hombre” (tomo v, pág.1294) y que “los Hechos de los Apóstoles refieren en la que los fieles vendían sus haciendas para provecho de todos, pero no hacen de tal conducta -que en sus consecuencias fue catastrófica, ya que hizo de la Iglesia Madre una carga para las demás iglesias- una norma, ni menos pretende condenar la propiedad particular” (ibid.), lo cual, de más está decir, en nada se contrapone con voluntarios votos de pobreza material. Por todo ello es que la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede en su Declaración sobre la promoción humana y la salvación cristiana ha consignado el 30 de junio de 1977 que “De por sí, la teología es incapaz de deducir de sus principios específicos normas concretas de acción política; del mismo modo, el teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates fundamentales en materia social […] Las teorías sociológicas se reducen de hecho a simples conjeturas y no es raro que contengan elementos ideológicos, explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos discutibles o sobre una errónea concepción antropológica. Tal es el caso, por ejemplo, de una notable parte de los análisis inspirados por el marxismo y leninismo […] Si se recurre a análisis de este género, ellos no adquieren suplemento alguno de certeza por el hecho de que una teología los inserte en la trama de sus enunciados”. Es que, independientemente de las religiones, la superlativa confusión sobre la noción de la riqueza y la propiedad se encuentra hoy en día extendida en prácticamente todas las manifestaciones de la vida cultural. Debido a que los bienes no aparecen en los árboles y, por ende, no hay de todo para todos todo el tiempo, la propiedad privada permite asignar los escasos recursos para que sean administrados por las manos más eficientes para producir lo que demanda la gente. De este modo, el empresario, para mejorar su situación patrimonial, no tiene más remedio que servir a su prójimo, sea en la venta de zapatos, alimentos o equipos de computación. Esta asignación de recursos no significa posiciones irrevocables sino que van cambiando según la capacidad de cada cual para atender los requerimientos de los demás. El que acierta gana, el que se equivoca incurre en quebrantos. Por supuesto que esto ocurre si el mercado es libre y competitivo. Si los empresarios se convierten en cazadores de privilegios que en alianza con gobernantes -los amigos del poder-hacen negocios en los despachos oficiales, se convierten en ladrones de guantes blancos que explotan miserablemente a sus congéneres vendiendo a precios más elevados, calidad inferior o ambas cosas a la vez. Por otra parte, en los mercados libres, al incrementarse las inversiones los salarios e ingresos en términos reales aumentan puesto que con ello la productividad se multiplica. Esa es la diferencia medular entre Uganda y Canadá: los salarios no son más elevado en el segundo lugar porque allí los empresarios son más generosos, se debe a que las tasas de capitalización son mayores, lo cual fuerza los salarios a la suba. La capitalización se concreta en equipos, maquinarias, instalaciones, nuevos procedimientos y más conocimiento aplicados que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento. Esta es la razón por la que en países donde prevalecen grandes dosis de inversión no puede contratarse lo que se conoce como “servicio doméstico”; no es que el ama de casa en Estado Unidos no le gustaría contar con ayuda, es que los salarios son muy elevados de personas ubicadas en otras labores consideradas más productivas y, por ende, no permiten afrontar ni justifican esas tareas. No es cuestión de decretos gubernamentales, si fuera así seríamos todos millonarios. Se trata de ahorro interno y externo que permite inversiones mayores en un contexto de marcos institucionales civilizados que respeten derechos. En economía no hay alquimias posibles, ni siquiera son relevantes las intenciones, lo importante son los resultados y éstos, tal como lo señalan numerosos autores como por ejemplo Imad-ad-Dean Ahmad, solo se logran donde tienen lugar los mercados libres y el imperio del derecho para todas las personas. La riqueza o la pobreza de las diversas regiones nada tiene que ver con etnias (a menos que se sea racista), ni con altitudes ni latitudes geográficas, ni con los recursos naturales disponibles. Japón es un cascote cuyo territorio es habitable solo en un veinte por ciento, mientras África concentra la mayor parte de los recursos naturales del orbe. El asunto es de los sistemas que se adoptan, tal como se ha podido verificar en el pasado al comparar la situación de Alemania del Este con Alemania del Oeste o la comparación actual entre los niveles de vida entre Corea del Norte y Corea del Sur. En otras latitudes, Argentina era la admiración del mundo mientras regia la Constitución liberal de 1853, período en que los inmigrantes iban a esas tierras para “hacerse la América” hasta que nos volvimos fascistas en la década del treinta y más autoritarios y estatistas aún a partir de la década siguiente, situación en la que el país pasó a integrar el conglomerado de naciones poco creíbles. Juan Bautista Alberdi -el inspirador de aquella Constitución liberal- resumía su filosofía al preguntarse y responder de esta manera “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra” y también escribió que nosotros (y en otros lares latinoamericanos) “Después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional: he aquí toda la diferencia. Después de ser colonos de España lo hemos sido de nuestro gobiernos patrios: siempre Estados fiscales, siempre máquinas serviles de rentas, que jamás llegan porque la miseria y el atraso nada pueden redituar”. Sería cómico si no fuera dramático que en los aniversarios de “la independencia” una buena parte de la gente se envuelve en banderas y escarapelas sin tener idea de que significa la independencia y las consiguientes autonomías individuales. En estos debates, se ha popularizado el “Dogma Montaigne” lo cual significa que la pobreza de los pobres es debida a la riqueza de los ricos sin ver que no se trata de un proceso estático de suma cero sino de características eminentemente dinámicas de creación de riqueza. Este dogma proviene de la peregrina idea de que el que vende se enriquece a costa del que compra puesto que se transfiere al primero la suma de dinero correspondiente, sin comprender que el que entrega dinero a cambio de un bien es porque prefiere ese bien al dinero entregado. No debe verse un solo lado de la transacción. Un comerciante puede tener muy poco dinero en caja y un gran patrimonio y otro contar con mucha liquidez y estar en quiebra. Por otra parte, es menester destacar que todos somos pobres o ricos según con quien nos comparemos. Por momentos parecería que se usa a los pobres para fines subalternos puesto que cuando estos logran salir de esa condición se los vitupera como si se quisiera que volvieran a la situación de pobreza para poder usarlos en arengas vacías de contenido al efecto de justificar puestos de trabajo de quienes vociferan aparentando la defensa de los más necesitados. Desafortunadamente en muchas cátedras que se imparten en diversos institutos religiosos y no pocos sermones se analiza mal la idea de la solidaridad y las obras filantrópicas en el contexto de erradas concepciones sociales. La sagrada noción de la caridad que, por definición, significa el uso de recursos propios, realizado voluntariamente y, si fuera posible, de modo anónimo, se pervierte con la idea del uso compulsivo del fruto del trabajo ajeno. Así se habla de la “redistribución de ingresos” lo cual significa volver a distribuir por la fuerza lo que libre y pacíficamente se distribuyó diariamente en el supermercado y similares. Cuando el Leviatán se apropia de recursos para entregarlos a otros, no está llevando a cabo un acto de solidaridad sino que se trata de un atraco. En esta misma línea argumental se recurre a la “justicia social” que en el mejor de los casos es una grotesca redundancia puesto que los minerales y vegetales no son sujetos de derecho y, en el peor, constituye una afrenta a la clásica definición de Ulpiano de “dar a cada uno lo suyo” ya que significa sacarles a unos sus propiedades  para entregar a otros lo que no les pertenece. He sido testigo directo de cátedras que, muchas veces sin proponérselo, apuntaban a lo que la teología de la liberación no hizo más que llevarlo a sus últimas consecuencias. Esto me ocurrió en repetidas ocasiones en clases que recibí en la Universidad Católica Argentina en la carrera de grado de economía y luego en el doctorado que aprobé en la misma disciplina en esa casa de estudios. Incluso se ha machacado hasta el cansancio que la noción de que la salvación cristiana es colectiva y grupal, en lugar de enfatizar la relación personal con Dios y la consecuente responsabilidad por lo que cada uno hizo o dejó de hacer, tal como lo explica magníficamente, entre muchos otros, el Pastor Stephen Broden principalmente en base a las enseñanzas de San Pablo. El deber primero es la salvación de la propia alma. Por esto es que Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica apunta respecto al amor al prójimo que “por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo moldeado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo” (2da. 2da, q.xxvi, art.iii). Por otra parte, quien se odia a si mismo es incapaz de amar a otro puesto que el amor proporciona satisfacción personal. También en mi caso, destaco al margen que los alimentos intelectuales de mayor calado los recibí en estudios fuera de la Facultad de la Universidad Católica Argentina por parte de judíos de origen o practicantes (“nuestros hermanos mayores” para recurrir a una expresión de Juan Pablo ii) tales como Ludwig von Mises, Israel M. Kirzner, Murray N. Rothbard, Milton Friedman y Friedrich A. Hayek, lo cual, de más está decir, no significa que la religión tenga algo que ver con la ciencia, son dos planos independientes y, por otro lado, la religión debe estar absolutamente separada del poder político según indica el sabio principio jeffersoniano que se ilustra en la “doctrina de la muralla”. En muchos lugares se hace una parodia bastante patética de la democracia ya que las mayorías arrasan sin la menor consideración por los derechos de las minorías contrariando las bases elementales del sistema a que tanto aluden maestros como Giovanni Sartori, por ejemplo, en su obra en dos tomos titulada Teoría de la democracia. Igual que antes Hitler y ahora los Chávez del momento, los votos con la pretensión del poder ilimitado no se condicen con la democracia sino con los demagogos de la kleptocracia, es decir, el gobierno de ladrones de propiedades a través de impuestos expropiatorios y deudas insostenibles, ladrones de libertades y ladrones de vidas que se destruyen debido a los reiterados arrebatos estatales, por lo que las funciones gubernamentales de “proteger la vida, la propiedad y la libertad” se convierten en completas quimeras. Es indispensable revisar los fundamentos de una sociedad abierta y entender la compatibilidad con la libertad y la responsabilidad individual presente en las religiones más difundidas en nuestro planeta, si es que deseamos el progreso de los más débiles lo cual solo puede lograrse en un marco de  estricto respeto recíproco como eje central de la cooperación social y la conducta digna.
*Publicado en Diario de América, Nueva York.
  • Hits: 6

British Petroleum

Por Alberto Benegas Lynch (h) En el clima intervencionista que vivimos, cada crisis es aprovechada para que el Leviatán de un paso más en dirección al aplastamiento de las libertades individuales. Ahora se trata de un calamitoso accidente de la cuarta empresa más grande del mundo en facturación: la British Petroleum de la que el gobierno inglés, durante la administración Thacher, se desprendió del poder accionario que detentaba debido a los reiterados desaciertos que la politización implicaba. A partir de entonces hubieron varias fusiones, la más importante con Amoco en 1998 y la empresa mostró balances en general atractivos para los accionistas y para emprendimientos estrechamente vinculados a esos activos. El 20 de abril del corriente año se produjo una explosión en la plataforma de la BP para la explotación de petróleo “off-shore” que produjo once muertos y diecisiete heridos y un desastre ecológico de proporciones colosales en las costas estadounidenses y sus aledaños en la zona del Golfo de México. Del mismo modo en que ha ocurrido con otros accidentes, en esta y en otras industrias, los perjudicados en sus derechos (lucro cesante y daño emergente) deben tener expedito el camino ante la justicia para reclamar y ser satisfechos con los recursos de la empresa responsable. Solamente en el Golfo de México hay actualmente cuatro mil plataformas petroleras en operaciones con una superficie cubierta promedio de veinte mil pies cuadrados cada una. En este caso, intervino el gobierno debido a la manía de que el aparato estatal “debe hacer algo” aunque no se sepa a ciencia cierta que es lo que se debe hacer ni se tenga el menor conocimiento tecnológico en la materia. Ahora Obama habló por primera vez en su gestión desde el Salón Oval y recurrió a terminología de guerra y combate al aludir a su “plan de batalla” frente al “asalto a nuestras costas” en paralelo con “los armamentos necesarios para la Segunda Guerra Mundial”. Y no fueron meras metáforas, sino que le declaró la guerra a la energía basada en el petróleo, manifestó que el gobierno adoptará las medidas necesarias para encarar fuentes de energía alternativas y decidió apropiarse de la BP veinte mil millones de dólares que se manejarán desde las esferas políticas para hacer frente a los daños (con lo cual, en caso de quiebra de la empresa en cuestión, colocará a los perjudicados en una posición de privilegio respecto a otros acreedores), todo lo cual no significa un tope al pasivo de la empresa para estos fines de reparación. Al mismo tiempo, el Comité de Energía y Comercio del Congreso increpó a los ejecutivos de la empresa, no para resolver el problema sino para aprovechar la oportunidad de pronunciar discursos rimbombantes que los congresistas en cuestión estiman les redituarán beneficios políticos ante la opinión pública, a pesar de que esos mismos gobernantes no pueden siquiera administrar bien el correo a su cargo y son responsables de la situación lamentable de Estados Unidos en cuanto al déficit que muestra una relación con el producto nacional superior al de Grecia, una deuda pública que significa el noventa por ciento de lo que se produce anualmente y una inflación en marcha que pone en serio riesgo al futuro del dólar (excepción hecha en el Congreso de J. Barton quien le pidió disculpas al CEO de la empresa porque consideraba el antes referido monto como “una extorsión” aclarando luego que eso no significaba excusar a la empresa por su responsabilidad en el siniestro y declaraciones como las del ex congresista N. Gingrich que estima que lo realizado hasta ahora por el gobierno “se asemeja a la política venezolana”). Debe hacerse notar que la Minerals Management Service del Departamento del Interior, entre otras funciones, es el agente regulador de las actividades “off-shore”, la cual no solo no ha servido para prevenir el desastre de marras sino que su fenomenal burocracia bloqueó medidas precautorias entre las que se contaba el pedido del gobernador de Luisiana al efecto de construir vallas de contención en caso de accidentes de este tipo que, en menor medida, han ocurrido en el pasado en diferentes partes de mundo. Algunos de esos miembros del Poder Legislativo y otros que integran el Ejecutivo han propuesto seriamente -a lo Bananas de Woody Allen- prohibir las explotaciones “off-shore” debido a los riegos que implican; en la misma línea argumental deberían prohibir el uso de automóviles o las operaciones quirúrgicas por los mismos motivos. Respecto al discurso de Obama, debe señalarse que el Ejecutivo es para ejecutar las norma existentes y no para inventar e improvisar legislación sobre la marcha. Al mismo tiempo, el Presidente revela un desconocimiento superlativo del funcionamiento de la economía, puesto que las fuentes alternativas de energía se desarrollan en la medida en que los precios de la existente justifican esa investigación e implementación, lo cual no ocurre en la medida en que el aparato estatal se inmiscuye en el tema. Precisamente, este problema se puso en evidencia durante la administración Carter en los setenta cuando decidió imponer controles de precios, lo cual incrementó exponencialmente el consumo de petróleo al tiempo que no permitió que los precios incentivaran la exploración de fuentes eólicas, nucleares y solares. En el caso de Obama, también llama poderosamente la atención que su gobierno acaba de aprobar en estos días un préstamo de dos mil millones de dólares para operaciones “off-shore” a Petrobras de Brasil (donde invierte fuertemente George Soros, el empresario anti-capitalista que apoya a Obama y sugiere la inmediata estatización de todos los bancos y sandeces de tenor equivalente). A través de los antedichos mecanismos judiciales deben resarcirse los daños de la forma más expeditiva posible, pero las regulaciones serán siempre un problema mientras no se resuelva el asunto de fondo, a saber, lo que en economía se conoce como “la tragedia de los comunes”: lo que es de todos no es de nadie y las medidas de prevención se degradan en la negociación política. Si alguien desea hacer un experimento en un campo de mi propiedad, tomaré todos los recaudos necesarios que las circunstancias permitan para evitar accidentes, pero si la propiedad es “de todos” como el mar, naturalmente no solo se extinguirán las riquezas marítimas (puesto que nadie se ocupará de reproducir para que saquen partida los free-riders), sino que los resguardos respecto de accidentes y otros riesgos se tratarán de modo desaprensivo. Esto en modo alguno significa que se eliminarán errores humanos, se trata de buscar incentivos para minimizarlos. Se ha sostenido que el mar es un caso distinto porque a ojos vista se mueve, pero, como se ha explicado en la copiosa literatura disponible, el caso no es distinto para la asignación de derechos de propiedad en tierra firme. En la situación que nos ocupa, debemos estar atentos puesto que como hemos consignado al abrir esta nota, toda crisis es utilizada para una embestida adicional de los gobiernos para asaltar la privacidad y las autonomías individuales. Eso ocurrió después de la masacre del 11 de septiembre de 2001, oportunidad en la que se promulgó la fatídica Patriot Act que abiertamente vulneró el debido proceso y facultó a escuchas telefónicas e intervención en el secreto bancario sin autorización de juez competente y, ahora, con esta catástrofe ecológica, se acentúa el cercenamiento de los procesos competitivos abiertos en el mercado, lo cual incrementa la ya de por si precaria situación de Estados Unidos, y, por ende, pone también en riesgo al resto del mundo libre. Como ha escrito Frédéric Bastiat, el célebre pensador decimonónico “Cuando la expoliación se comete en forma habitual para un grupo de hombres que viven juntos en sociedad, crea para si mismo un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica”.
*Publicado en Diario de América, Nueva York.
  • Hits: 428

¿Un Gobierno Universal?

Por Alberto Benegas Lynch (h) En estos días -cada vez con mayor insistencia- son muchos los dirigentes políticos que reiteran la imperiosa necesidad de contar con un gobierno universal, especialmente Barak Obama, algunos de los integrantes de su gabinete, el ex vicepresidente estadounidense Al Gore, varios de los miembros de la Naciones Unidas y de otros organismos internacionales financiados con recursos detraídos coactivamente de los bolsillos de la gente. Desde la perspectiva del liberalismo clásico, los gobiernos deben fraccionarse para atenuar y mitigar el poder. En esta línea de pensamiento, un gobierno universal representa el mayor de los peligros debido a la concentración de poder que esto implica. Esta es la razón central que esgrime esta corriente intelectual para la existencia de múltiples naciones que, a su vez, se dividen en provincias y, nuevamente se subdividen, en municipios. En el caso de un gobierno universal no hay defensas frente al abuso del poder. Con todas las complicaciones del momento, la competencia que de hecho se presenta entre las diversas naciones se traduce en alguna escapatoria para las personas y sus propiedades y, asimismo, alguna posibilidad de comparación. De lo dicho para nada se sigue que debamos tomarnos las fronteras como alambrados y cercos infranqueables. Muy por el contrario, la única misión de las fronteras es el referido reaseguro para las libertades individuales puesto que se trata de artificios que en ningún caso deben bloquear el movimiento de personas ni el comercio libre. Nada hay más repugnante que expresiones como “el ser nacional” y otros adefesios conceptuales y nada más atractivo como la idea de “ciudadanos del mundo”. Los patrioterismos xenófobos constituyen probablemente la bazofia más hedionda de cuantas existen, pero de allí a eliminar las vallas de contención que implica el fraccionamiento del poder hay un salto lógico inadmisible. Los megalómanos de siempre están al acecho para encontrar una vía más efectiva para la expansión del Leviatán y así clavar sus venenosas garras en la carne de los sufridos gobernados y para ello nada más expeditivo y contundente como la idea de un gobierno universal, en cuyo contexto las personas no tienen escapatoria a las redadas feroces del monopolio de la fuerza instalado con carácter planetario. En ese supuesto ya no habría que lidiar con comparaciones antipáticas entre signos monetarios de diverso origen, ni con fugas de capitales ni con expatriaciones que revelan disgustos con sus países de origen. En el supuesto del gobierno universal, la sombra tenebrosa y macabra de un monstruo gubernamental abarcaría y abrazaría cual oso hambriento todos los recovecos imaginables. En el supuesto del gobierno universal se allanaría el camino para la expropiación a los ciudadanos de New York para entregarles graciosamente el fruto del trabajo ajeno a los ciudadanos de Uganda y así sucesivamente. En ese supuesto, la kleptocracia planetaria disfrazada de democracia permitiría con más facilidad  atropellos brutales a los derechos de las minorías. En ese supuesto, los burócratas consolidarían sus fechorías y se reservarían los mejores lugares del mundo para vivir fastuosamente sin que los corra pedidos de extraditación por parte de otros gobiernos. Como ha reiterado Edmund Burke, “The greater the power, the more dangerous the abuse”. En este supuesto, se habrá eliminado de cuajo el único sentido de las fronteras, puesto que como ha puntualizado Aldus Huxley no hay otro modo de definir a las naciones. En este sentido, escribe Huxley en La situación humana que “Ahora nos corresponde considerar brevemente esa pregunta ¿cómo se define un país? […] No podemos decir que un país sea una población que ocupa un área geográfica determinada porque se dan casos de países que ocupan áreas vastamente separadas […] No podemos decir que un país está necesariamente relacionado con una sola lengua porque hay muchos países en que la gente habla muchas lenguas […] Tenemos la definición de un país como algo compuesto de una sola estirpe racial, pero es harto evidente que esto resulta inadecuado; aun si pasamos por alto el hecho de que nadie conoce exactamente que es una raza […] Por último, la única definición que la antigua Liga de Naciones pudo encontrar para una nación (supongo que la misma ha sido ahora adoptada por las Naciones Unidas) era que una nación es una sociedad que posee los medios para hacer la guerra”. Sin duda que el nacionalismo constituye un peligro superlativo -una vez escribí un largo ensayo titulado “Nacionalismo: cultura de la incultura” que se publicó en una revista académica chilena (Estudios Públicos)- pero la eliminación de naciones para establecer un gobierno universal significaría el fin de las libertades individuales y la entronización de la tiranía planetaria con que sueñan los sicarios del poder ilimitado.
*Publicado en Diario de América, Nueva York.
  • Hits: 459

La búsqueda de la felicidad

Si tomamos una perspectiva histórica para alejarnos de la crisis coyuntural podemos afirmar que el mundo occidental jamás ha conocido una prosperidad mayor a la actual. La cantidad de bienes y servicios en ninguna época ha sido tan abundante y jamás llegó a un sector tan amplio de la población. Los avances de la medicina han permitido alargar la esperanza de vida hasta los 74 años en países latinoamericanos y hasta 85 años en los países nórdicos. Sin embargo, el mundo sería aburrido si con el mero hecho de alcanzar cierto grado de bienestar todos fuéramos “felices”. Por el contrario, los hombres toman por sentado la baja de la mortalidad infantil, el crecimiento de la expectativa de vida al nacer y el acelerado crecimiento de la productividad y permanecen siempre críticos, mirando la parte del vaso medio vacío. Esa insatisfacción natural del hombre es el motor del progreso.

La felicidad no es tema sencillo, ha ocupado siempre un lugar central en las reflexiones de los filósofos sin que hayan logrado ponerse de acuerdo ni en su definición ni en cómo se consigue. Tal vez toda la tarea de la filosofía sea ayudarnos a ser felices. Aristóteles la veía como el objetivo central del ser humano, aquella única cosa que elegimos por sí misma y no como medio para lograr un bien ulterior. Sócrates creía que para alcanzarla la única vía era la virtud, la búsqueda del conocimiento, del bien y la justicia.  Los hedonistas la buscan a través del placer y el goce. Más específicos, los tántricos la buscan por medio de ritos sexuales. Del lado casi opuesto, o tal vez complementario, los estoicos, los budistas y Compte de Sponville pretenden encontrar la felicidad aceptando la realidad tal cual es, apagando en lugar de satisfaciendo los deseos del “ego” y cultivando la desesperanza. Witgenstein creyó encontrar la solución cuando en sus “Cuadernos de guerra” escribió “Sólo un hombre que vive no en el tiempo sino en el presente puede ser feliz”. El tiempo sería el enemigo de la felicidad, pensar en el futuro o en el pasado puede ser causa de infelicidad. No muy lejos de ese sentimiento se encuentra el concejo romano Carpe Diem. … y así el debate sigue abierto.

Tan importante resulta el tema que la “búsqueda de la felicidad” es incluída junto con el derecho a la “vida” y la “libertad” en la Declaración de Independencia de los EE.UU. La sabiduría de la declaración deja en claro que cada individuo tiene el derecho de buscar, a su manera, tan preciado y esquivo bien. Es decir, no tenemos derecho a ser felices sino a actuar buscando la felicidad. “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness.”

Al escribirlo en el idioma inglés original podemos percibir una nueva veta de matices. “Happiness” tiene una raíz diferente de la que “Felicity” comparte con “felicidad” o con la palabra “fe”. El adjetivo “happy” tiene la misma raíz que el verbo “happen”, que marca una acción en el tiempo. Es decir, “happiness” estaría referido a la felicidad que produce el resultado de determinadas acciones, las realizaciones combinadas con los eventos que ocurren. Según el Oxford English Dictionary, en inglés antiguo la raíz “Hap” significa “suerte” o “fortuna”, y puede ser buena o mala. Entonces su “happiness” depende de la prosperidad o el éxito de las acciones, que tanto dependen del esfuerzo y la creatividad como de la buena (o mala) suerte. Así Enrique VIII, de Shakespeare dice: “I am glad I came this way so happily.”

En cambio,  “felicidad” comparte la misma raíz que la palabra “fe”. Hace algunos miles de años los indoeuropeos crearon la palabra dhe o dhe(i) (pronunciada fei) que significa chupar, amamantar; y de la cual derivan palabras como fecundo, fértil, feto, fémina, hijo (filius). Si bien en nuestra lengua corriente la palabra fe significa “creer sin ver” como contraposición a algo racional, Tresmontant demuestra que no existe tal contradicción ya que bíblicamente la palabra hebrea original era “emounah”, que precisamente tiene el mismo sentido de amamantar.

De allí, entonces “fe” y “felicidad” derivan del mismo sentimiento de plenitud, saciedad, confianza ciega, protección, certeza absoluta, que tiene un bebé al momento de ser amamantado.

Tal vez, esa diferente concepción hizo que los pueblos anglosajones persigan la felicidad por medio de sus creaciones, sus inventos, su producción, sus realizaciones. Mientras que  con una visión más latina de “felicidad” se haya creado una nueva religión que podemos llamar el “Estatismo”, donde el Estado es en quien el pueblo confía ciegamente para ser alimentado, vestido y protegido.

Tal vez, la historia de las civilizaciones no sea más que la diferencia de matiz de una misma palabra.

  • Hits: 417

Putin y el terror verde

Por Alberto Benegas Lynch (h) El que fuera un gran periodista y escritor, Ryszard Kapuscinski, brindó citas muy elocuentes de las que ahora seleccionamos algunas. Primero, una referida a lo que hoy ocurre en Rusia escrita por Alexander Solzenitsin: “El régimen que nos gobierna no es sino una amalgama de vieja nomenklatura, de tiburones financieros, de falsos demócratas y de  KGB. No puedo llamarlo democracia, es un híbrido repugnante que no tiene precedentes en la historia […] si esta alianza vence nos explotarán no setenta sino ciento setenta años”. En segundo lugar, otras citas que son aplicables al momento que vive esa nación: Dostoievski consignaba que “Rusia ha vomitado la bazofia con que la alimentaban”, Antón Chéjov apuntó que “La vida rusa machaca al ruso hasta tal punto que este no logra reponerse” y Vasily Grossman concluye que “Rusia ha visto mucho a lo largo de sus mil años de historia. Hay una sola cosa que Rusia no ha visto jamás en esos mil años: la libertad” (¿se puede decir algo más horrendo de un pueblo?). Cuando este proceso mostraba su cara putrefacta después del derrumbe del Muro de la Vergüenza, escribí un artículo en El Comercio de Lima titulado “La Rusia de las mafias” donde señalaba los peligros de enmascarar la libertad con las cadenas de ladrones de guante blanco (y no tan blanco) donde se sustituye el comunismo con agentes de la ex nomenklatura jugando al empresario pero en verdad se trata de monopolistas favorecidos por el aparato estatal. Vladimir Bukovsky -el más destacado disidente junto son Solzenitsin y Sajarov- a quien tuve el gusto de conocer cuando lo invité a pronunciar conferencias en Buenos Aires, declara que “el monstruo que crearon nuestros Frankensteins mató a sus creadores pero el está vivo, muy vivo. A pesar de los informes optimistas de los medios de comunicación occidentales, que en los años transcurridos desde entonces han proclamado que Rusia entró en la era de la democracia y la economía de mercado, no hay evidencias, ni siquiera perspectivas, de que así sea. En lugar de un sistema totalitario ha surgido un estado gangster, una tierra sin ley en la cual la antigua burocracia comunista, mezclada con el hampa, se ha convertido en una nueva elite política, así como en una nueva clase de propietarios”. Bukovsky escribe en su autobiografía titulada To Built a Castle My Life as a Dissenter que “Miles de libros se han escrito en Occidente y cientos de diferentes doctrinas creadas por los políticos más prominentes para arribar a un compromiso con los regimenes totalitarios. Todos evaden la única solución correcta: la oposición moral. Las democracias mimadas de Occidente se han olvidado de su pasado y su esencia, es decir, que la democracia no es una casa confortable, un automóvil elegante o un beneficio de desempleo, pero antes que nada la habilidad y el deseo de defender nuestros derechos”. En aquél artículo que escribí para tierras peruanas decía que los tilingos de Occidente celebraron las políticas de Gorbachov sin percibir que se trataba de una nueva vuelta de tuerca para implantar el “verdadero socialismo” tal como el mismo lo proclamó en su libro sobre la perestroika que muchos compraron pero pocos se tomaron el trabajo de leer. Gari Kasparov informa que Valdimir Putin celebra insistentemente la historia de la KGB y elimina el debate sobre Lenin porque “hacerlo sería decirles a los rusos que han venerado valores falsos” y que en la Universidad de Moscú se tergiversan los hechos más importantes de la historia soviética. Ahora Putin procede como el dueño de Rusia y en una parodia notable cambia de posición con un Presidente títere pero es el quien en estos días ha convocado a una ampulosa reunión a los así llamados “empresarios” más prominentes para impartirles directivas de modo prepotente, lo cual aceptan quienes son socios del gobierno al efecto de poder amasar fortunas colosales al calor oficial. También ha sido llamativa la forma arrogante que se dirigió al Comité Olímpico a raíz de la pobre perfomance de los deportistas rusos en los Juegos de Invierno en Vancouver durante este último mes de febrero, evento para el que el gobierno (los contribuyentes) gastaron tres billones y medio de rublos con lo que se adueñan de los atletas, enrostrándoles con indisimulada furia que han desmejorado grandemente desde las competencias en Turín. Los rusos han padecido el terror blanco, luego el terror rojo y ahora el terror verde, esto es, la angurria por acumular dólares en cuentas del exterior a cualquier costo y recurriendo a chantajes, fraudes y mercados cautivos de diverso calibre. Pobre pueblo ruso que de tanto en tanto se intenta salvar por personajes como los corajudos disidentes, y más recientemente por periodistas como la extraordinaria Anna Polikovskaya, asesinada a balazos en un ascensor por bandas gubernamentales porque denunciaba la colosal corrupción de Putin y sus sicarios hambrientos de lo que en esta columna bautizamos como “el terror verde”. En Rusia, durante los últimos tiempos se clausuraron veintiocho periódicos, se arrestaron cuarenta y siete periodistas y se confiscaron veintitrés editoriales que osaron criticar al régimen. La sociedad abierta tiene como eje central la libertad para que los humanos podamos estar a la altura de nuestra condición y encaminarnos hacia donde cada cual juzgue pertinente. No prioriza el ingreso material, esta es una de las tantas consecuencias de liberar la energía creadora. Nadie ha expresado mejor que Alexis de Tocqueville esta idea básica en su obra sobre el antiguo régimen francés: “De hecho, aquellos que valoran la libertad por los beneficios materiales que ofrece nunca la han mantenido por mucho tiempo […] El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”  y Wilhelm Roepke en su libro sobre los necesarios marcos institucionales subraya la importancia de alimentar el intelecto al efecto de evitar el totalitarismo y afirma que éste “prospera más en almas vacías que en estómagos vacíos”. Es de desear que nuestros sufridos hermanos rusos tengan mejor suerte que esta kleptocracia en la que se encuentran sumidos, porque nos retumba en la mente el pensamiento de Grossman antes citado, para lo cual es menester retomar aquel atisbo de reacción cuando, en el siglo dieciocho, dos rusos de la Universidad de Moscú (Ivan Trethyakov y Semyon Desnitsky) fueron a estudiar con Adam Smith a Galsgow y a su vuelta congregaron notables discípulos y publicaron medulosos ensayos hasta que el régimen zarista los expulsó de los claustros universitarios por “extremistas”. Una misión de funcionarios bolivianos acaba de regresar de Moscú donde el embajador en La Paz, Leonid Golubev, destacó que Bolivia “es ideal” para construir una estación de lanzamiento de satélites a lo que agregó el anuncio de un préstamo de 150 millones de dólares al gobierno “multicultural”, la entrega de un avión presidencial y el equipamiento de las Fuerzas Armadas bolivianas. Mientras, a principios del mes pasado, Vladimir Putin se reunió con Evo Morales en Caracas oportunidad en la que el primero también anunció que intensificará la creciente ayuda militar a Venezuela (para regocijo del bufón del Orinoco que acentúa el socialismo empobrecedor y que cada vez hace mayores despliegues en desfiles con sus aviones modernos y tanques recién adquiridos a Rusia). Según Yuri Yarmin Agaev al derrumbarse el sistema comunista se reunió un grupo de distinguidos intelectuales que estaban en su mayoría en el exilio y que tuvieron la posibilidad de influir sobre los acontecimientos pero fueron desplazados bruscamente por la espesa maraña de burócratas del Fondo Monetario Internacional quienes entregaron sumas millonarias a matones que  provenían de la nomenklatura para que se alzaran con el poder. Ahora, en la clandestinidad, hay seminarios, publicaciones y reuniones para debatir ideas liberales que constituyen una esperanza a pesar de la embestida de Putin y sus satélites del terror verde.
*Publicado por Diario de América, Nueva York.
  • Hits: 416
Donate