La Clave de la Libertad, sobre el libro de Agustín Etchebarne
Agustín Etchebarne conversa sobre su libro con Gus Yurgel, que en particular fue un antes y después para mí con respecto a dónde nos ubicamos en cuanto a evolución humana.
- Hits: 478
Agustín Etchebarne conversa sobre su libro con Gus Yurgel, que en particular fue un antes y después para mí con respecto a dónde nos ubicamos en cuanto a evolución humana.
LA NACIÓN El 7 de octubre de 2023 marcó un quiebre. La masacre perpetrada por Hamas, con una brutalidad que no condice con la condición de ser humano, evocó los capítulos más oscuros de la historia. Sin embargo, lo que sucedió después fue igualmente revelador. Mientras muchos lo observaban con horror, otro fenómeno emergía, menos explícito pero no menos inquietante: el antisemitismo del silencio.
No se trata del antisemitismo burdo de quienes justifican o celebran la violencia contra quien es judío. Tampoco del que se manifiesta en pintadas, profanaciones de tumbas, ataques físicos o discursos inflamados, como los vergonzosos eventos acaecidos en prestigiosas universidades norteamericanas. Se trata de una forma más sutil, más insidiosa, pero igualmente corrosiva: el antisemitismo de quienes eligen callar.
En la Argentina, país con una de las comunidades judías más grandes del mundo, el silencio se hizo sentir con una intensidad dolorosa. Intelectuales, referentes sociales y políticos que, en otras circunstancias, no dudan en repudiar cualquier manifestación de violencia o discriminación, de pronto se tornaron esquivos. Muchos callaron ante la masacre de civiles israelíes, ante la toma de rehenes, ante las atrocidades documentadas por los propios perpetradores, aún ante un hecho puntual que emocionalmente podría haberlos afectado por su cercanía, como los sádicos asesinatos de Kfir y Ariel Bibas, un bebe de pocos meses y un pequeño, cuya única culpa fue haber nacido judíos.
El antisemitismo del silencio es particularmente peligroso porque, a diferencia del odio abierto, se disfraza de neutralidad, de equilibrio, o peor aún de afirmar que el antisemitismo no existe. Pero, ¿desde cuándo el asesinato de niños, la violación de mujeres y la tortura de ancianos son justificables? Es absurda la pregunta en sí misma; intentar justificar lo injustificable no es más que un ejercicio de hipocresía e insensibilidad.
Este silencio no es ingenuo ni inocente. Es un mensaje. Comunica que la vida judía tiene un valor relativo, que su sufrimiento es menos digno de ser repudiado, que su asesinato puede ser contextualizado.
El peligro del antisemitismo del silencio radica en su capacidad de normalizar lo inaceptable. Cuando las voces que deberían marcar un límite se apagan, los extremos avanzan. La historia nos ha mostrado repetidamente lo que ocurre cuando la indiferencia se convierte en la norma: la violencia se vuelve tolerable, el odio se institucionaliza y, finalmente, se traduce en acción.
¿Cómo enfrentarlo? La educación de nuestros niños y jóvenes es el único antídoto contra uno de los prejuicios más antiguos de la humanidad. El gobierno argentino, al decretar duelo nacional envió un mensaje claro: las atrocidades llevadas a cabo por Hamas no son un hecho más, sino un inimaginable crimen que debe ser recordado y repudiado.
Sin embargo, cabe preguntarse: ¿se explicó en las escuelas el motivo del duelo? ¿Se aprovechó la ocasión para reflexionar sobre el antisemitismo y sus peligros, o se optó pasar el tema por alto?
Lamentablemente, en muchas aulas, la respuesta ha sido el silencio. Si bien hubo excepciones, en gran parte del sistema educativo el duelo transcurrió sin explicación alguna. No hubo un esfuerzo sistemático por utilizar el contexto con el fin de educar sobre el antisemitismo. La omisión no puede ser vista como un simple descuido, tiene un significado en sí mismo.
Sin una enseñanza clara y comprometida, el antisemitismo seguirá reproduciéndose generación tras generación. No es un problema nuevo ni una mera cuestión coyuntural, es uno de los prejuicios más antiguos de la humanidad y que, como quedó en evidencia tras los ataques del 7 de octubre de 2023, sigue latente en el mundo y en nuestra propia sociedad. Si queremos que las nuevas generaciones crezcan en una cultura de respeto y tolerancia, las instituciones educativas deben asumir un rol fundamental en la enseñanza de la verdad histórica y la condena inequívoca de la barbarie.
Las escuelas tienen la responsabilidad ineludible de formar ciudadanos críticos, capaces de identificar y rechazar las manifestaciones del odio. Esto implica no solo estudiar el Holocausto como un evento histórico, sino también analizar el antisemitismo en sus distintas formas: el que se expresa abiertamente en ataques violentos y el que se oculta tras eufemismos, dobles estándares o indiferencia cómplice.
Hoy, más que nunca, es urgente que el sistema educativo aborde estos temas con seriedad y profundidad. Nuestros chicos y jóvenes deben aprender que la negación del sufrimiento judío, el silenciamiento de su dolor y la relativización de crímenes atroces son expresiones de antisemitismo. Deben comprender que la convivencia democrática se sustenta en el reconocimiento del otro, en la empatía y en la defensa intransigente de los derechos humanos.
No hay atajos ni soluciones mágicas, la educación es el único antídoto contra el antisemitismo. Solo la educación puede sentar las bases de una sociedad libre de prejuicios y de odios ancestrales. Depende de nosotros garantizar que las generaciones futuras no repitan los errores del pasado. Porque el antisemitismo no desaparecerá solo: es necesario combatirlo con memoria, con conocimiento y con una educación que no deje margen para la indiferencia.
El vergonzoso silencio no es una opción. No condenar el antisemitismo, en cualquiera de sus formas, es explícitamente justificarlo, es hora de admitirlo, pues está sucediendo hoy en todo el mundo y también en la Argentina, antes de que la indiferencia allane el camino a nuevas atrocidades.
No hay excusas ni margen para la neutralidad. Si la educación no asume su papel en la transmisión de la memoria y la condena del antisemitismo, las imágenes de Shiri, Kfir y Ariel Bibas, cuyas vidas fueron destruidas por una barbarie que no condice con la condición humana, se desvanecerán en el olvido. No debemos permitir que ello nunca suceda.
Miembro de la Academia Nacional de Educación y Rector de la Universidad del CEMA

El discurso inaugural del Presidente deja claro que no estamos simplemente ante un Capitán de Tormentas que logró sortear la crisis fiscal, la inflación descontrolada y el desbarajuste fenomenal heredado del gobierno anterior.
Es cierto que dedicó varios minutos a demostrar que efectivamente esquivamos el peligro de la hiperinflación, algo que desde la Fundación Libertad y Progreso veníamos advirtiendo desde hace años. Es cierto que logró bajar la inflación del 211% al 24% proyectado para este año. Que, contra el pesimismo keynesiano, el ajuste del gasto público permitió una recuperación en “V” de la actividad económica que pocos pronosticaban. Que la pobreza, según la UTDT, cayó del 56% al 33% (o al 35,5% según la UCA). Que la economía ya crece al 5% anual, un dato ratificado por el Banco Mundial, el FMI y la mayoría de los informes de bancos y economistas independientes.
También es cierto que los titulares destacarán que en poco tiempo enviará al Congreso el acuerdo que se está cerrando con el FMI, lo que permitirá salir del “cepo” cambiario antes de fin de año. Y que, en retrospectiva, la volatilidad de estas semanas habrá resultado una oportunidad de compra.
Sin embargo, la clave del discurso de ayer es que nos encontramos ante un presidente reformista que está impulsando un “cambio profundo”, con una visión clara de una Argentina liberal basada en el respeto a la vida, la libertad y la propiedad privada. Un presidente que se niega a aceptar que lo mejor de la Argentina quedó en el pasado.
La clave del discurso de ayer es que nos encontramos ante un presidente reformista que está impulsando un “cambio profundo”
Podemos destacar que transformó un enorme déficit fiscal en superávit financiero y que ha puesto un torniquete a la emisión monetaria, lo que terminará por desplomar la inflación. También que ya comienza a reaparecer progresivamente el crédito a 30 años.
Pero lo más relevante es lo que proyecta para los próximos años. Su objetivo sigue siendo reducir el gasto público consolidado al 25% del PBI (incluyendo el gobierno federal, provincias y municipios). No se conforma con haber cerrado 200 reparticiones gubernamentales, despedido a 40.000 empleados públicos, eliminado entes descentralizados y fondos fiduciarios, terminado con la obra pública y reducido la pauta publicitaria. La “motosierra” seguirá operando cada año de su mandato, privatizando todas las empresas estatales, no solo para sanearlas, sino para que dejen de ser una carga para los contribuyentes.
Su meta es bajar impuestos y desregular la economía para liberar a los argentinos. Ya eliminó el impuesto PAIS, las retenciones a las economías regionales y empezó a reducir las retenciones a los principales cultivos, prometiendo que “tarde o temprano, las vamos a eliminar por completo”. También eliminó el impuesto a la transferencia de inmuebles, redujo Bienes Personales y comenzó a bajar aranceles e impuestos internos. Su visión es que Argentina termine con solo seis impuestos (hoy existen más de 150), y que las provincias compitan entre sí para atraer inversiones con menores cargas fiscales.
El proceso de desregulación será continuo. No alcanza con la Ley Bases recortada y el Decreto 70, limitado por las trabas judiciales. Las 1.700 reformas implementadas hasta ahora son solo la primera etapa de un programa mucho más ambicioso.
Un punto crucial de su discurso fue su convicción de que Argentina tiene una “oportunidad histórica” para concretar un tratado de libre comercio con Estados Unidos
El cambio también es cultural y se refleja en su política de seguridad y defensa, que ya está mostrando resultados concretos. Esto se vio en la ovación a la ministra Patricia Bullrich, quien, junto con Sandra Pettovello, aplica una política firme bajo el principio de “el que las hace, las paga”. Apartándose de la doctrina Zaffaroni, logró reducir los piquetes “de 8.200 a cero en los últimos diez meses” y llevar el índice de homicidios al más bajo en 25 años.
Este año continuará con reformas clave. Su equipo trabaja en “12 nuevas leyes”, que no solo abarcan cuestiones comerciales, económicas y financieras, sino también reformas laboral, penal, civil, de seguridad y de defensa de la propiedad privada.
Un punto crucial de su discurso fue su convicción de que Argentina tiene una “oportunidad histórica” para concretar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, incluso si eso implica flexibilizar o salir del Mercosur. Quiere poner fin a 80 años de proteccionismo empobrecedor.
También busca modificar el Código Civil para fortalecer la propiedad privada y la libertad de asociación, recuperar la igualdad ante la ley eliminando los cupos y reformar el Código Penal y Procesal para garantizar que los delincuentes cumplan condenas para proteger la vida de los inocentes.
Su equipo trabaja en “12 nuevas leyes”, que no solo abarcan cuestiones comerciales, económicas y financieras, sino también reformas laboral, penal, civil, de seguridad y de defensa de la propiedad privada
Como afirmó el presidente, “Roma no se construyó en un día”, pero estamos presenciando el liderazgo de un hombre con una visión clara de una Argentina liberal, que recupere los valores que hicieron grande a Occidente. Su visión es tan nítida que está generando entusiasmo en todo el mundo, incluyendo Estados Unidos, donde la motosierra en manos de Elon Musk se ha convertido en un ícono de la desregulación y la reforma del Estado.
Sin embargo, sabemos que los escollos son innumerables, todo el sistema corporativista de empresarios y sindicalistas que se ve amenazado por la nueva visión y están dispuestos a hacer todo lo que esté en sus manos para evitar los cambios y mantener sus privilegios.
Tal vez por eso, el presidente cerró su discurso parafraseando al de Winston Churchill en tiempos de guerra. Dejó en claro que “va a hacer posible lo que los políticos decían que era imposible”. Librará la batalla en todos los frentes, en todas las provincias y municipios. “Jamás nos rendiremos. Vamos a hacer grande a la Argentina nuevamente”.
El autor es director de la Fundación Libertad y Progreso
Una primera solución a esta interminable sucesión de reinicios es otorgar a las escuelas de gestión privada la autonomía para diseñar sus planes de estudio, en lugar de estar sujetas a los vaivenes políticos, integrando las necesidades y demandas de la sociedad contemporánea, así como las expectativas de las familias que confían en ellas, permitiendo que distintas visiones y enfoques pedagógicos coexistan y ofrezcan alternativas reales a las familias y estudiantes.
En lugar de retrotraer todo a fojas cero cada vez que cambia un gobierno, esta reforma permitiría a las instituciones educativas de gestión privada generar un ciclo continuo de mejora y evolución, basado en la experiencia acumulada y la capacidad de innovación, y serían los propios padres, ya no los expertos coyunturalmente a cargo de delinear las políticas educativas, quienes fiscalicen a las escuelas a partir de la imprescindible publicidad de toda evaluación que se lleve a cabo.
¿No vale la pena evaluarlo? Yo creo que sí. De lo contrario continuaremos volviendo a recomenzar una y otra vez, cuan el mito de Sísifo. Pero no es una tragedia griega de lo que estamos hablando, sino del futuro de generaciones de niños y jóvenes que transcurren años críticos de su formación en medio de continuos experimentos que nos han conducido a la vergonzosa realidad educativa que hoy nos toca vivir.