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La revolución bolchevique: un siglo de fracasos

Hace 100 años triunfó la revolución bolchevique en Rusia. Para quien quiera entender qué sucedió y cómo, todo lo que debe hacer es leer Lenin y el totalitarismo (Debate, 2017), un breve ensayo histórico, lleno de información y juicio crítico lúcido, publicado por el profesor chileno Mauricio Rojas, ex militante marxista, quien descubriera en Suecia el error intelectual en el que había incurrido. La revolución rusa fue uno de los momentos estelares del siglo XX. Muchos intelectuales y grandes masas de trabajadores se llenaron de ilusiones. Se hizo invocando las ideas de Karl Marx, en lo que parecía ser la primera vez en la historia que la racionalidad y la ciencia orientarían las labores del gobierno.el efecto del comunismo en las economías Supuestamente, el pensador alemán había descubierto las leyes que explican el curso de la sociedad por medio del materialismo dialéctico e histórico. Se había percatado de la funesta división en clases que se adversaban para hacer avanzar la historia por medio de encontronazos. Denunció, indignado, la forma de explotación empleada por los dueños de los medios de producción a los proletarios, a quienes les extraían cruelmente la plusvalía. Al mismo tiempo, señaló la inevitabilidad del triunfo de los trabajadores en lo que sería el final de una etapa histórica nefasta y el comienzo de la era gloriosa del socialismo en el trayecto hacia el comunismo definitivo. Era la época de las certezas científicas. Darwin había explicado el origen evolutivo de las especies. Mucho antes, Isaac Newton había contado como se movían los planetas y formulado la Ley de Gravitación Universal. Dios había dejado de ser necesario para entender la existencia de la vida. Todavía no habían comparecido la física cuántica ni el Principio de Indeterminación de Werner Heisenberg. Cada hecho tenía su causa y su antecedente. Marx, simplemente, había extendido esa atmósfera al campo de las Ciencias Sociales. Con el objeto de consumar el grandioso proyecto de transformar la realidad, Lenin asumió con dureza la necesidad de establecer una dictadura para el proletariado, dirigida por la cúpula del partido comunista, como fase inicial del camino hacia una sociedad sin clases, feliz y solidaria, como prometía Marx al final del proceso revolucionario. Una sociedad, en la que no serían necesarios ni los jueces ni las leyes, porque las conductas delictivas eran producto del sistema de las relaciones de propiedad capitalista de la malvada era prerevolucionaria. Sin embago, el experimento comunista se saldó con millones de muertos, prisioneros, torturados y exiliados, en medio de un indiscutible atraso material relativo evidenciado en casos como las dos Alemania y las dos Corea. Sencillamente, los sueños se frustraron en un sinfín de fracasos y violencias, mientras las ilusiones se transformaron en un cinismo petrificado por el doble lenguaje que obligaba a esconder todos los horrores y errores en nombre de la sacrosanta revolución. La planificación centralizada por el Estado resultó ser infinitamente menos productiva que el crecimiento espontáneo generado por el mercado y los precios libres, como había advertido que ocurriría Ludwig von Mises en sus ensayos publicados, precisamente, en los primeros años de la revolución bolchevique, acaso con el objetivo de señalarle a Lenin cuál sería el obstáculo insalvable de su vistosa (y sangrienta) revolución. Finalmente, a principios de los años noventa del siglo XX, el experimento comunista implosionó, se deshizo la Unión Soviética, los satélites europeos rectificaron el rumbo, retomaron el curso democrático, privatizaron las empresas del Estado, optaron por el mercado y se encaminaron, cada uno a su ritmo, por la senda trazada por la Unión Europea. En todos los casos la puerta electoral quedó abierta para el regreso de los comunistas al poder por la vía democrática, pero, hasta ahora, ningún país ha incurrido en ese loco retroceso, aunque hay en ellos un pequeño porcentaje de comunistas irredentos, casi todos ancianos, que sienten cierta nostalgia por un pasado en el que ellos fueron relevantes a costa de los sufrimientos indecibles de la mayoría. ¿Por qué todo salió tan mal? Seguramente, porque el punto de partida era erróneo: los seres humanos estaban dotados de una cierta naturaleza que no encajaba con el pobre esquema marxista. Eso explica que las revoluciones comunistas hayan fracasado en todas las latitudes (norte, sur, trópico) en todas las culturas (germánicas, latinas, asiáticas) y bajo todo tipo de líderes (Lenin, Mao, Castro). Es una regla que no admite excepciones. Siempre sale mal. Hace 100 años comenzó esa tragedia.
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Colegios tomados: educar también es enseñar valores

Pasaron varios días desde el fin de la toma de colegios en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) que puso en discusión un proyecto de reforma educativa que, en vez de comunicarse oficialmente, se conoció a través de la prensa, en un momento insólito por lo políticamente inadecuado: entre las PASO y las elecciones de octubre.

Más allá de las virtudes y los defectos del proyecto, que como tal es lógicamente perfectible, hoy es tiempo de balance. Al fin y al cabo, alrededor de treinta escuelas secundarias estuvieron prácticamente un mes sin clases por decisión de sus propios alumnos, apoyados en no pocos casos por sus padres. La ministra de Educación de la CABA, Soledad Acuña, consideró correcto recibir a los denominados delegados de las escuelas tomadas, en las cuales, es bueno recordar, los alumnos que así lo deseaban no podían ejercer su derecho a la educación.toma de colegios

Las tomas de colegios no son nada nuevo en nuestra tremenda realidad educativa. Veamos tan sólo algunos ejemplos.

En mayo de 2011 señalé que la renuncia del rector del Carlos Pellegrini, pírrica victoria de los alumnos que tomaron la institución desde marzo de ese año en protesta por la designación de profesores, marcaba un hito en la educación argentina. Luego, los alumnos levantaron la toma, medida que fue avalada por la Asociación Gremial Docente (AGD), que brindaba apoyo.

En julio de 2011, la semana anterior a la elección de jefe de gobierno en la CABA, se realizaron tomas en 11 colegios porteños, que contaron con el apoyo y la participación de estudiantes del Nacional Buenos Aires. El argumento en este caso era por defectos de infraestructura que supuestamente atentaban contra la vida de los estudiantes. Es claro que, de ser así, las escuelas deberían haber sido clausuradas y enjuiciados los responsables, pero, como es de imaginarse, nunca nada de ello habría de suceder.

En agosto de 2012, el ministro de Educación Alberto Sileoni apoyó la toma del Nacional Buenos Aires, motivada por el absurdo del funcionamiento de un bar: "La toma es un triunfo de la democracia y un triunfo de la educación. Lo primero que me sale es celebrarlo".

Veamos un último ejemplo. El lunes 16 de septiembre de 2013 alumnos de varias escuelas iniciaron tomas en protesta por la potencial adecuación de la secundaria de la CABA a la ley federal de educación. Alumnos del Carlos Pellegrini señalaron que la reforma "degrada los títulos, destruyendo la riqueza de la educación pública en la Ciudad". Diez días después, los sucesos tomaron una inusitada gravedad al incendiar estudiantes del Nacional Buenos Aires parte de la Iglesia de San Ignacio de Loyola.

Como muestra es más que es suficiente. Nuestro país requiere una revolución educativa, pero debe ir más allá de verse reflejada en una clara mejora en el resultado de los exámenes PISA. La revolución que la Argentina requiere es de mayor envergadura: debemos educar a nuestros jóvenes en los valores que son relevantes para su convivencia en una sociedad normal.

En septiembre de 2006, Nicolás Sarkozy expresó en un discurso: "La escuela no es deliberativa, no es un coloquio permanente. La escuela es la transmisión del saber, de las normas y de los valores y, en el primer lugar, del respeto". Valores, he aquí la cuestión. Vivir en una sociedad normal, en una sociedad donde cada hombre sea libre de realizarse tomando los riesgos que desee afrontar, accediendo al fruto de sus decisiones acertadas y pagando los costos de sus errores, ¿de qué depende sino de la educación? De la educación formal, que nadie duda que debe mejorar y mucho, pero también de la educación en valores.

Los chicos se comportan como tales y tienen todo el derecho a hacerlo; al fin y al cabo son adolescentes, educarlos es nuestra responsabilidad como adultos. No ponerles límites no es la forma adecuada de hacerlo.

Por ello, cerraré esta breve nota con otra cita de aquel discurso de Sarkozy: "Quiero decirles a los pedagogos que, aunque no hay que aplastar la personalidad de los niños ni ahogar su espontaneidad, no por ello hay que renunciar a instruirlos". Es claro que permitir tomas de colegios, por razones legítimas o ilegítimas, no es una forma de hacerlo.

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Tired young man on his laptop

Cicatrices del cansancio moral

Alfredo Orgaz renunció como miembro de la Corte Suprema de Justicia argentina alegando “cansancio  moral”, en 1960, por discrepancias con propuestas para modificar el sistema judicial propiciado por el Ejecutivo de entonces. Salvando las distancias y las circunstancias, a veces irrumpe aquí y allá ese cansancio por parte de quienes baten el parche en diversos ámbitos académicos y periodísticos sobre la necesidad de respetar las bases de una sociedad abierta. Cansa el tener que repetir la importancia de considerar valores y principios inherentes a un sistema republicano. Cansa la actitud de aplaudidores que una vez que se derrumban sus falsas expectativas, miran para otro lado con cara de “yo no fui” para en la próxima ronda volver a repetir la misma farsa. De vez en cuando me encuentro entre los que perciben ciertos rasgos de aquel cansancio aunque es indispensable recomponerse y redoblar esfuerzos en la esperanza de contar con nuevos signos de recuperación en todos los frentes. Bajo ningún concepto pueden abandonarse alumnos, colegas y nuevas generaciones que se incorporan a instituciones que hacen de apoyo logístico al efecto de lograr los antedichos objetivos a través de escritos, conferencias y seminarios de gran provecho. [caption id="attachment_24404" align="alignright" width="432"]Pr Tired young man on his laptop[/caption] De todos modos recapitulo lo que ilustro con algunos de los últimos cimbronazos en nuestro país que producen desgastes de cierta envergadura. Los voy a mencionar en sentido inverso en el tiempo, desde el episodio actual hasta el primero, desde lo más cercano y en regresión hacia lo más alejado. Me limito a siete casos más cercanos en la larga historia de frustraciones argentinas sobre los que no puedo extenderme en una nota periodística por razones de espacio pero que sirven para ilustrar los motivos del cansancio de marras puesto que todos implicaron desgastes enormes en reiteradas discusiones. En primer lugar, el gobierno actual en el que, para variar,  irrumpen los antes mencionados  aplaudidores que están comprometiendo el futuro. El eje central de los que nos viene ocurriendo en las pasadas siete décadas consiste en un creciente y persistente gasto público hasta llegar a niveles astronómicos de lo cual deriva una presión impositiva inaguantable, un creciente endeudamiento estatal y un déficit fiscal de dimensiones colosales a lo cual se agrega un sistema previsional quebrado que se asemeja al esquema Ponzi que curiosamente se han extendido a los llamados “piqueteros”, subsidios en todas direcciones y un acercamiento a estructuras sindicales basadas en legislaciones perversas, a pesar de lo cual se avisoran nuevos juegos políticos con bandos en pugna. Los problemas derivados del tamaño del aparato estatal no solo no se han corregido en la actualidad sino que han empeorado en varios guarismos. Como he escrito antes, las buenas intenciones y la decencia no son suficientes para una gestión adecuada. No se trata de hacer más eficiente el gasto, puesto que si algo es inconveniente si se lo hace eficiente es peor. Tampoco se trata de recortar gastos ya que, igual que con la jardinería, la poda hace que se crezca con más fuerza, se trata de eliminar funciones que se dan de bruces con el republicanismo. Lo mismo va para la pretensión de que crezca la economía para disimular la ratio respectiva con el producto, sino, como decimos, dejar sin efecto facultades que se han arrogado los gobiernos pero que son privativas de la gente. También debe recordarse que el significado de operar en la Justicia tal como lo denunció una miembro de la coalición gobernante desde el Congreso y, antes que eso, el ejecutivo pretendió designar a dos miembros de la Corte Suprema por decreto, lo cual no ayuda al efecto de contar con la debida transparencia que es uno de los requisitos del sistema republicano. Como se  ha dicho, el actual gobierno depende de los movimientos de la ex   presidente ya que la población en gran medida ha quedado escarmentada de su administración y apoya cualquier cosa con tal de no retornar a esa pesadilla. Pero una vez aplacada esa amenaza sea por derrotas electorales o por cuestiones judiciales (o por ambos factores), el escudo desaparece con lo que surgirá en un primer plano cada decisión que será escrutada de una manera distinta de la realizada que hasta el presente. Y si no se avanza en los puntos antes señalados, se repetirá la frustración del pasado. La crítica constructiva ayuda a enderezar las cosas en la buena dirección. Todavía estamos muy a tiempo para tomar el toro por las astas. No he tenido que discutir permanentemente durante el período kirchnerista debido a que sus políticas han sido tan extremadamente suicidas para una sociedad libre y, por tanto, indefendibles desde cualquier ángulo sensato. Por su parte la Alianza fue tan fugaz que no hubo tiempo de mucha confrontación. En segundo término, el Papa argentino simpatizante de la guardia de hierro peronista que sostiene que “el mercado mata”, que “el dinero es el estiércol del diablo” al tiempo que propicia “la redistribución de ingresos” y una mayor intervención estatal sin percatarse de los daños del estatismo que invade por doquier debido a que la asignación coactiva de los siempre escasos recursos conduce indefectiblemente a la contracción de salarios e ingresos en términos reales como consecuencia de reducir las tasas de capitalización y, por ende a la pobreza que, dicho sea de paso por momentos la alaba y por momentos  la condena, confundiendo la pobreza material con la evangélica del espíritu. El Papa Francisco acepta las posturas de uno de sus mentores Monseñor Enrique Angeleli quien celebraba misa bajo las insignias de los terroristas Montoneros y es un admirador de sacerdotes tercermundistas como Carlos Mugica y tantos otros. De a ratos no parece que tenga presente los Mandamientos de no robar y no  codiciar los bienes ajenos.  Descontamos que está imbuido de las mejores intenciones pero resultan irrelevantes a los efectos de los resultados de las recetas que proclama. En tercer lugar el menemanto con su colosal corrupción, el sideral aumento en el gasto público y el endeudamiento estatal junto a una desfachatada justicia adicta. En cuarto lugar el alfonsimismo que si bien contribuyó a reparar los procedimienteos aberrantes de los militares en su guerra contra los terroristas y su condena también a estos últimos, finalmente engrosó el Leviatán y terminó entregando el poder anticipadamente debido a una hiperinflación galopante. Quinto, la demencia indescriptible de la invasión a las Malvinas por parte de la gestión  militar de entonces que fue ruinosa también en esta materia. “El que no salta es un inglés” fue el alarido del momento aunque hoy parece que nadie estuvo en aquella multitudinaria Plaza de Mayo en apoyo a la locura de marras. Sexto, el referido gobierno militar autodenominado Proceso de Reorganización Nacional cuya característica medular fue el antedicho método a todas luces inaceptable para combatir la guerrilla y, en otro plano, también el aumento exponencial del gasto, la deuda, el déficit gubernamentales y la manipulación cambiaria. Siempre en regresión, el séptimo y último motivo para el cansancio moral se refiere a la cantinela del “tercer Perón” como si ese sujeto hubiera modificado su tradición autoritaria. Dado el peso que aun mantiene el peronismo en el escenario argentino, es menester dedicarle más especio antes de finalizar este racconto. Echó a los Montoneros de la plaza cuando se percató que querían copar su espacio de poder pero no porque hubiera modificado su larga trayectoria en la defensa y promoción de grupos terroristas, secuestros, atentados y matanzas, alentando y premiando a los asesinos como el caso del general Aramburu. Esta postura se revela también en la carta de Perón a Mao Tse Tung  donde expresa su admiración por ese tirano (misiva publicada por Claudia Peiró en Infobae, julio 8, 2017). En una columna reciente (“El caso del peronismo”) me detuve en otros aspectos de Perón, especialmente la demolición en el nivel de vida y su terrorífica correspondencia con su lugarteniente John William Cooke donde el primero invita a tomar cuarteles y matar a los superiores, asesinar a los dueños de estancias para que queden en manos de los asesinos, sus frases sobre que “al enemigo, ni justicia”, colgar a los opositores, que hubiera sido el primer Fidel Castro si la Unión Soviética lo hubiera ayudado, y sobre todo resalté en esa columna los engaños y trapisondas en la llamada cuestión social, el unicato fascista sindical y sus ataques a la prensa libre. También puntualicé en esta tercera irrupción al poder, la corrupción de su ministro de economía José Ber Gelbard en el contexto de una inflación galopante y la vuelta al establecimiento de precios máximos de los primeros gobiernos peronistas donde ni siquiera había pan blanco debido a la escasez generalizada. Su estímulo a las bandas criminales de su ministro de bienestar social, José López Rega, y su ascenso en un día de cabo a comisario general y su abrazo con el ya por entonces peronizado Ricardo Balbín quien en su momento lideró la oposición, se ve que sin los necesarios fundamentos en cuanto al contenido de la política peronista centrando su atención en el amordazamiento de la prensa, en la persecución policial a opositores, a las torturas, adhesiones obligatorias al partido gobernante  y el escandaloso adoctrinamiento en las escuelas. Todo eso pasó por alto Balbín con intenciones pacificadoras pero a esta altura suscribía  la patraña del tratamiento nefasto de la antes referida cuestión social y no previó la repetición del vandalismo que se avecinaba en la tercera gestión. Ya hay bastantes obras muy bien documentadas sobre estos latrocinios como para detallarlos nuevamente. Estos autores que escribieron sobre los daños causados por Perón son, por ejemplo, respecto a su alarmante corrupción, Ezequiel Martínez Estrada y Américo Ghioldi, sobre su fascismo, Joseph Page y Eduardo Augusto García, sobre su apoyo a los nazis, Uki Goñi y Silvano Santander, sobre su censura a la prensa, Robert Potash y Silvia Mercado, sobre sus reiteradas mentiras, Juan José Sebreli y Fernando Iglisias, sobre la cooptación de la Justicia y la reforma inconsitucional de la Constitución, Juan González Calderón y Nicolás Márquez, sobre su destrucción de la economía, Carlos García Martínez y Roberto Aizcorbe, sobre sus ataques a estudiantes, Rómulo Zemborain y Roberto Almaraz, sobre sus ordenes para torturar y matar, Hugo Gambini y Gerardo Ancarola y sobre su unicato sindical adicto, Félix Luna y Damonte Taborda. Es de desear que no se repitan los agotadores debates sobre lo señalado ya que en definitiva se trata de comprender las ventajas de la tradición alberdiana y rechazar la idea de que el gobierno puede manejar prepotentemente vidas y haciendas ajenas. En otras palabras, para tomar lo dicho en la novela de Ray Bradbury Farenheit 451 donde los bomberos incendiaban en lugar de apagar incendios, los gobiernos deberían proteger derechos en lugar de atropellarlos.                  
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Derrape institucional de políticos en campaña

EL CRONISTA - Francamente me resulta cada vez más difícil absorber la cantinela de políticos en campaña y en funciones al reiterar que su deseo es "solucionarle los problemas a la gente". Dejando de lado que desconocen en todos sus aspectos la Teoría de la Elección Pública del premio Nobel en Economía James Buchanan que consigna los fines de los políticos, no se percatan de que precisamente los problemas que todos enfrentan en la vida no es de su incumbencia. Su misión más relevante es proteger los derechos de las personas. Ese es el sentido de los aparatos estatales en una sociedad abierta. Cuando el gobierno se inmiscuye en las vidas y haciendas de la gente comienzan los problemas. Esa fue la idea de Ronald Reagan cuando asumió la presidencia en Estados Unidos al señalar que "el Gobierno no es la solución, el Gobierno es el problema".política argentina Cuando se dice que el Estado debe hacer tal o cual cosa fuera de sus misiones específicas, debe tenerse en cuenta que el Estado es el vecino. Ningún gobernante pone jamás de su peculio. El deseo irrefrenable de megalómanos empedernidos de manejar el fruto del trabajo ajeno conduce a tensiones inevitables. Los impuestos insoportables, el gasto público sideral, el déficit fiscal persistente, el endeudamiento creciente y la indomable inflación son los resultados inevitables del engrosamiento del Leviatán y el populismo que carcome el nivel de vida de todos, especialmente de los más débiles. Tal vez todo haya comenzado hace tiempo con Rousseau con su idea de la Voluntad General. Así este autor sostuvo en "El contrato social" que "puesto que el gobierno soberano está formado por los individuos que lo componen no puede tener intereses contrarios a ellos". Esto lo completa con lo dicho en su propuesta de reforma constitucional de Córcega: "En una palabra, pretendo que la propiedad del Estado sea lo más grande y poderosa posible y que la de los ciudadanos lo más débil que sea posible". Pero esta línea argumental se da de bruces con toda la tradición constitucional de una sociedad abierta desde Cicerón en adelante, donde se explicita la imperiosa necesidad de limitar los poderes del gobierno en un sistema republicano. Giovanni Sartori sostiene que la democracia se traduce en un aspecto meramente formal que son las votaciones y un aspecto de fondo que es el respeto a los derechos individuales. El derecho no es una declaración en cualquier sentido, su contrapartida constituye una obligación y cuando se proclama la facultad de que unos dispongan coactivamente del bolsillo de otros se trata de un pseudoderecho, puesto que lesiona las facultades de terceros. Entre nosotros, Juan González Calderón ilustra la idea al apuntar que los demócratas que se circunscriben a los números de los procesos electorales, ni de números entienden puesto que operan en base a las siguientes ecuaciones falsas: el cincuenta por ciento más el uno por ciento es igual al cien por cien y el cincuenta por ciento menos el uno por ciento es igual a cero.  
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“Al impuesto a la renta financiera lo pagaremos todos los ciudadanos, no sólo los que más tienen”

EL COMERCIAL - “Algunos creen que ese impuesto recaería en los dueños de los bancos y no es así. Suponen que el sector financiero es un grupo de millonarios imaginados al estilo “Tío Rico”. Según la Fundación Libertad y Progreso, la propuesta de gravar la renta financiera a las personas físicas sería una iniciativa que, por su impacto, perjudicaría al propio fisco, aunque su principal problema sería afectar el ahorro y la inversión. “Un impuesto sobre los intereses de los depósitos a plazo fijo, los bonos y otros activos financieros afectará mecanismos de la economía que influyen en las posibilidades de financiamiento de las personas, el sector productivo y el Estado”, señaló Manuel Solanet, director de Políticas Públicas de la Fundación. “Algunos creen que ese impuesto recaería en los dueños de los bancos y no es así. Suponen que el sector financiero es un grupo de millonarios imaginados al estilo “Tío Rico”. Argumentan que el impuesto sobre la renta financiera recaerá sobre ellos en beneficio del resto menos afortunado. Lo real es que el sistema financiero es donde ahorran las personas, y las empresas (cuyas rentas ya están gravadas), y ese dinero sirve para préstamos que van a otros ciudadanos o empresas, para comprar autos, casas o para inversiones productivas. Un impuesto sobre los intereses mueve al ahorrista a exigir una tasa de interés más elevada para compensar el nuevo impuesto. Los bancos, por su lado, trasladarán esa mayor tasa a los que pidan créditos”, arguyó por su lado Agustín Etchebarne, director general de Libertad y Progreso. “Así, habrá menor demanda de crédito, menos oportunidades para inversiones y ergo, menos empleo. Por eso creemos que es inconveniente impulsarlo”, coincidieron desde Libertad y Progreso.
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