Para Ariel Enrique Gutiérrez, que en medio del huracán inició una recaudación por medio de GoFundMe para auxiliar a sus compatriotas.
Por Carlos Alberto Montaner
La devastación es absoluta. El gobierno federal declaró a Puerto Rico zona de desastre total. Lo es con creces. Antes del ciclón la deuda puertorriqueña bordeaba los 120.000 millones de dólares, de la cual la mayor parte era del sector público. Tras el paso de este monstruo, la destrucción causada tal vez triplique esos costos. Solamente rehacer las infraestructuras eléctricas y viarias está mucho más allá de las fuerzas económicas isleñas.
No obstante, Puerto Rico tiene soluciones a medio y largo plazo. De acuerdo con el CIA World Facebook, el manual de estadísticas internacionales más visitado del mundo, posee, medido en poder adquisitivo, el mayor PIB per cápita de América Latina: US$ 38.400, pese a que el 13.7% de la fuerza laboral está desempleada. PIB per cápita más alto, por cierto, que los de España, Nueva Zelanda e Italia. Exporta 70 mil millones de dólares e importa 71 mil. El doble de lo que exporta Venezuela. Más que Argentina y Chile. En América Latina, sólo Brasil y México poseen un comercio internacional más intenso, pero no puede olvidarse que Puerto Rico apenas cuenta con 3.300.000 habitantes, mientras Brasil excede los 200 y México los 120 millones.
El presidente Donald Trump le prestará todo su apoyo a Puerto Rico. Ése es un buen síntoma. El Congreso, bajo cuya responsabilidad recaen los asuntos de la Isla del Encanto, seguramente responderá con largueza a los pedidos de ese territorio. Al fin y al cabo, desde hace 100 años los boricuas son ciudadanos norteamericanos.
Ésa es la clave. En 1917, cuando mandaba Woodrow Wilson y en la Isla vivían, más o menos, 1.250,000 personas, el Congreso aprobó lo que se conoce como Ley Jones o Acta de Puerto Rico. Si no se hubiera promulgado, Washington hoy hubiera podido otorgarle la independencia unilateralmente a los puertorriqueños y desembarazarse del problema, como hicieron con los filipinos en 1946. La Ley Jones les concede a los puertorriqueños toda la protección legal con que la Constitución norteamericana ampara a los suyos, y, naturalmente, las limitaciones que impone a los Estados de la Unión.
USA no declaró a Puerto Rico un Estado, como luego hiciera con Hawaii en 1959, porque –sospecho- tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico prevalecía cierta indefinición con relación a la identidad de los habitantes de la Isla. Todavía en nuestros días, hace unos tres años, recuerdo una conversación con un diplomático estadounidense, nacido en Puerto Rico, absolutamente patriota y comprometido con la política exterior de Washington, que se refería a su (técnicamente) país como “ellos”, no como “nosotros”.
Probablemente, esta enorme catástrofe que le ha traído el huracán María a Puerto Rico contribuya a corregir ese desencuentro identitario que es, fundamentalmente, una cuestión de percepciones subjetivas. Los casi cinco millones de puertorriqueños avecindados en USA continúan clasificándose así en el censo americano, pese a que la mayoría ha nacido en EE.UU, algo que no sucede con otras etnias como los italianos, los irlandeses o los polacos.
Puerto Rico necesita la ayuda masiva que Estados Unidos les brinda a los 50 Estados regulares que conforman la Unión y no sólo la que les ofrecerá a los ciudadanos nacidos en un territorio controlado por el Congreso, por muy generoso que éste sea. Con toda probabilidad, dentro de la Isla aumentará sustancialmente el número de personas que se decantan por la estadidad, es decir, por convertirse en el estado número 51 de la Unión.
Es cierto que el gran argumento para estimular esa opción es de carácter económico, pero han sido los intereses y no el patriotismo abstracto lo que forjó a Estados Unidos. La creación del país como una suma de los 13 territorios originales fue el resultado del miedo al poderío de Gran Bretaña, aunque cada una de las porciones se dedicó a salvaguardar casi todas sus prerrogativas soberanas en la Constitución de 1787. Crearon una República de Estados confederados en la que Puerto Rico cabe perfectamente .
La posterior adquisición sin grandes dificultades de Lousiana, Alaska y algunos de los Estados del Oeste fue la consecuencia del interés de sus habitantes en beneficiarse con los dones de la estadidad, sumado al interés de Washington de ampliar sus márgenes para proteger mejor las fronteras y enriquecer al país. Exactamente como sucedió con la incorporación de la República de Texas, frente a la cual, por cierto, hubo una gran resistencia.
A los puertorriqueños, sin duda, les conviene abandonar la indefinición de ser un Estado Libre Asociado y transformarse en un Estado más de la Unión, con sus dos senadores y siete u ocho congresistas que defenderían sus intereses en un Congreso muy dividido en el que ellos pueden inclinar la balanza.
Pero, ¿qué le conviene a Estados Unidos? Sin duda, lo mismo. ¿Por qué? Porque si los puertorriqueños no logran rehacer sus vidas en la Isla, emigrarán masivamente a Estados Unidos. De los tres y un tercio millones que hay en Borinquen, dos comprarán sus boletos y se largarán a Estados Unidos, y serán los dos millones mejor educados y productivos. Eso quiere decir que Washington, si no propicia la estadidad, sufrirá lo peor de ambos mundos: una Isla cada vez más empobrecida, y un torrente de inmigrantes a los que habrá que acomodar a un inmenso costo.
De nada vale lamentarse ahora de la guerra hispanoamericana de 1898 o de la Ley Jones de 1917, promulgada en el momento en que Estados Unidos entraba en la Primera Guerra y necesitaba soldados. Los países deben cargar con el peso de su historia. O Estados Unidos y Puerto Rico reconstruyen la Isla e inician una nueva etapa sobre bases definitivas y sólidas o las dos partes sufrirán terriblemente. Los puertorriqueños no emigran frívolamente. Lo hacen porque no consiguen una vida grata en su terruño. Eso es lo que hay que conseguir.
Infotechnology - La tecnología refleja el deseo del hombre de hacer la vida más sencilla. Las innovaciones tecnológicas están principalmente destinadas a mejorar nuestra salud, facilitar la comunicación, y producir más cantidades a menor costo… ¿por qué será que tienen tanta mala prensa?
A pesar de que nadie niega los beneficios del avance tecnológico, no son pocas las voces que advierten sobre sus riesgos. El primero, por supuesto, es el desempleo que traerá la automatización. Como Karl Marx modernos, muchos anuncian que “la maquinaria, dondequiera que se implante, va a desalojar a los obreros en pequeños pelotones.”
Esta preocupación no es la única pero, como las demás, posee poco fundamento. A continuación, una lista de los mitos más comunes sobre la relación entre la tecnología, el empleo y la calidad de vida.
Mito número uno: Los robots compiten con el trabajo humano, por tanto, destruyen empleo.
Este debe ser el temor más difundido acerca del avance tecnológico. Sin embargo, se choca con los datos. En Estados Unidos, por ejemplo, la cantidad de puestos de trabajo pasó de 31,5 millones en 1939 a 144,6 millones en 2016, un período en que difícilmente pueda argumentarse que no hubo “automatización”.
Por otro lado, un informe de la consultora internacional Deloitte refleja que, si bien las nuevas tecnologías modifican la estructura del empleo, durante los últimos 144 años han sido creadoras netas de puestos de trabajo. Algunos tipos de trabajo sin duda mermaron, o incluso desaparecieron. Pero esta merma se vio más que compensada por los nuevos empleos creados gracias a la tecnología.
Mito número dos: El “x%” de los empleos podría ser automatizado en los próximos años.
De acuerdo a un estudio reciente divulgado por el Diario La Nación, “no hay ningún sector de la actividad en el que sea menor al 50% la proporción de puestos laborales con probabilidad de ser reemplazados por la fuerza de una máquina o la inteligencia artificial”. Ahora bien, ¿qué novedad es ésta? ¿Desde cuándo el trabajo no tiene riesgo de reemplazo? Para la persona cuyo trabajo está amenazado no hay diferencia si la amenaza proviene de un robot, un inmigrante o, simplemente, otra persona de su mismo país.
La fórmula “x% del empleo puede ser sustituido” suena a puro amarillismo para llamar la atención. Ahora en un mundo en continuo cambio, como lo es el de la economía capitalista, nada está asegurado. Nuestro futuro depende de nuestra capacidad para hacer bien las cosas y adaptarnos al contexto. Nada nuevo bajo el sol.
Mito número tres. La sociedad no debe mantenerse pasiva frente al avance de nuevas automatizaciones.
Esta frase desconoce de manera profunda quiénes son los responsables y verdaderos beneficiarios de automatizar. Después de todo: ¿quién automatiza sino la sociedad y para beneficio de ella?
Debe comprenderse que todo lo que existe y prospera en una economía de mercado, lo hace porque los individuos, de manera libre y voluntaria, lo encuentran conveniente. Si una empresa ofrece un nuevo producto y éste tiene éxito, la empresa se beneficiará, pero también sus clientes, que la retribuyen por eso. Lo mismo sucede con las nuevas tecnologías: unas personas las descubren, las ofrecen a otras personas y, si a éstas le satisfacen alguna necesidad relevante, entonces “todos ganan”.
El mejoramiento tecnológico muestra un “deseo” de la sociedad, no algo exógeno a ella.
Mito número cuatro. La sustitución tecnológica concentrará la riqueza en pocas manos.
La idea de la tecnología como concentradora de riqueza tampoco resiste mucho el análisis.
Si miramos lo que pasa con la tecnología de la información podremos entender más este punto. La caída de los precios de los dispositivos electrónicos no solo igualó los patrones de consumo del mundo entero (antes tener un celular era solo “para ricos”), sino que redujo de manera sistemática las barreras de entrada al emprendedurismo. Hoy las computadoras son el insumo productivo número uno en cualquier establecimiento comercial o de servicios. Abaratarlas y mejorar su eficiencia es facilitar la posibilidad de emprender.
La tecnología, lejos de concentrar la riqueza, la democratiza, nos iguala en el consumo y nos ofrece cada vez más posibilidades de progreso.
Mito número cinco. La solución la tiene el estado.
Para los temerosos del devenir tecnológico, el estado es el principal responsable de resolver los problemas generados. He aquí un nuevo error. Es que es el estado -con sus regulaciones y asfixia fiscal- el que hace que la sustitución del caroempleado por la barata máquina luzca económicamente beneficiosa. Es lo que Hayek denominó el “efecto Ricardo”. A mayor costo de contratar personas, más incentivo para contratar robots.
Además, es el mercado el que, con sus precios libres, indica a la gente en qué actividades especializarse. Los trabajos amenazados por la tecnología darán paso, gradual pero armónicamente, a nuevas actividades y los individuos irán adaptándose a los cambios de manera espontánea. No debe el estado interrumpir este proceso.
La mejora tecnológica le permitió a la humanidad aumentar 40 años la esperanza de vida y multiplicar su ingreso per cápita. En lugar de afligirnos, deberíamos construirle un monumento y fomentar su desarrollo.
Publicado originalmente en InfoTechnology.
EDITORIAL DE LA NACIÓN - El Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires ha decidido desplazar el trazado de la autopista Illia en el tramo comprendido entre la estación de peaje y la Avenida del Libertador. La obra consiste en la construcción de 2100 metros de autopista, que, a diferencia de la actual, transcurrirá a nivel del terreno en un área de playas ferroviarias. El tramo que se reemplaza de la actual autopista Illia será convertido en un parque lineal recreativo, que algún urbanista en un exceso imaginativo ha comparado con el High Line de Nueva York. El puente que permite el cruce sobre el nivel de la Avenida del Libertador dejaría de ser utilizado para el tránsito y pasaría a formar parte de ese parque.
El ingreso del tráfico al centro de la ciudad se resolverá con cruces semaforizados de la Avenida del Libertador en las calles Cerrito, Libertad, Rodríguez Peña y Callao. El ingreso desde la ciudad hacia la dirección norte de la autopista se realizará, semáforos mediante, por Carlos Pellegrini y desde la Avenida del Libertador. Se perderá la continuidad entre la autopista y la avenida 9 de Julio, que no sólo constituye hoy una importante ventaja para el tráfico, sino también un destacado rasgo urbanístico. El costo de esta obra podría llegar a los 150 millones de dólares.
Entre las 7 y las 11 de los días hábiles acceden por esta autopista unos 50.000 vehículos, que, a pesar de gozar de tiempos predominantes en los cruces semaforizados de Arroyo y las calles siguientes, acumulan colas de hasta dos kilómetros. En esas mismas horas, la Avenida del Libertador en dirección al centro, cuyos semáforos se programan con preferencia, también se congestiona. La supresión del puente que actualmente salva a distinto nivel el cruce de estas dos vías principales afectará la capacidad de ambas para evacuar sus intensos tráficos y agravará la congestión. Lo mismo ocurrirá por las tardes con Libertador en dirección norte y con la calle Carlos Pellegrini.
Surge la pregunta de cuáles son el motivo y la justificación de esta inversión. Según el secretario de Integración Social y Urbana porteño, Diego Fernández, "el proyecto de ley se motiva ante la necesidad de readecuar urbanísticamente el sector comprendido por los barrios 31 y 31 bis, contemplando una solución que brinde a sus habitantes una mayor cantidad de espacios públicos y por ende una mejora sustancial en sus condiciones de vida". Y además el mismo funcionario afirmaba que la actual traza de la autopista "se presenta como una barrera física que divide los barrios 31 y 31 bis, separándolos del entramado urbano del resto de la ciudad y generando una situación de constante inseguridad para los vecinos que viven linderos" y por debajo de aquélla.
No obstante, algunas agrupaciones villeras que militan en la oposición han rechazado el proyecto. Resulta claro que la razón oficial de ejecutarlo se apoya en un sentimiento percibido en las relaciones humanas y sociales de los habitantes de la villa 31. Asistentes sociales, sacerdotes y funcionarios que han trabajado en loable ayuda a sus habitantes con el tiempo han hecho de ese ámbito un universo excluyente. Así, esos sentimientos adquirieron valores absolutos y, por su carácter, no pudieron ser considerados por los gobernantes de la ciudad en un contexto más amplio y razonable. Pero para el resto de los ciudadanos resulta difícil comprender que exista un disgusto social tan intenso por una alegada falta de integración entre quienes habitan la villa de uno y otro lado de la autopista. En su tramo elevado se evidencia por debajo del viaducto una continuidad de las edificaciones y las calles de la villa. Muy pocos podrían responder cómo se distinguen las villas 31 y 31 bis. No debe desconocerse, además, que gran parte de quienes con sacrificio y esforzado ahorro han logrado su vivienda propia y pagan todos los impuestos y servicios consideren injusto que otros no lo hagan y que hayan intrusado terrenos sin penalidad y más bien con premio.
El costo del traslado de la autopista Illia será afrontado por los contribuyentes de la ciudad, que ya han sido fuertemente exigidos con incrementos en sus impuestos. Además, los usuarios de esa vía verán agravadas sus demoras, sus costos y su paciencia. El exceso de gasto público es uno de los principales problemas que debe resolver nuestro presidente, cuyo partido gobierna también la ciudad. Hace falta una explicación. Y si fuera como realmente parece, debería abandonarse este proyecto.
EL CRONISTA - Qué difícil es competir..., si no pregúntele a Sampaoli. Mucho mejor es el dedazo, dejar a la competencia afuera con alguna decisión administrativa. Es lo que parecen pensar los sindicatos de la actividad aeronáutica ante el probable ingreso de las llamadas low cost.
El término lo entendemos todos, pero no es preciso, deberíamos decirles low price, porque ése es el rasgo que más nos llama la atención de sus servicios, muchas veces limitado al transporte en avión, y punto. Es cierto, los costos son también precios, pero sería mejor no usar esa palabra para el precio del servicio final y dejarlo para los insumos (empleados, combustible, mantenimiento, etc.).
Tal vez por eso los sindicatos hacen tanta bulla contra las low cost, porque creen que éstas van a reducir uno de sus costos, los salarios de sus trabajadores. Difícil. En verdad, las nuevas aerolíneas van a aumentar la demanda de trabajadores en el sector, para lo cual van a tener que ofrecer mejores condiciones.
Curiosamente, los sindicatos, que no parecen preocuparse mucho por los pasajeros que quedan varados en los aeropuertos, se preocupan por el destino de las empresas. Así, dicen que la política de relativa apertura a nuevas compañías "asfixia financieramente a las empresas que ya están operando en el país, mientras les cercena desmesuradamente sus ingresos abriendo el mercado aerocomercial en forma indiscriminada a numerosos nuevos explotadores a los que les otorga cientos de nuevas rutas, la mayoría superpuestas con las operadas por empresas nacionales, generando una expansión de la actividad aérea, que no podrá ser soportada por nuestro colapsado sistema de seguridad operacional de tráfico y control aéreo".
Es decir, puede asfixiar financieramente a empresas que tengan high costs y ahora trasladan esos costos a los consumidores.
Ese temible fantasma de la apertura parcial del mercado (que está lejos todavía de su desregulación), comenzó en 1978 en los Estados Unidos. Entonces, la Air Transportation Association presentó un estudio diciendo que 1198 rutas aéreas podían ser abandonadas en un mercado desregulado, basándose en el supuesto de que los subsidios federales sobre 826 rutas finalizarían y que otras 372 no serían rentables. También decían que bajo la desregulación las líneas aéreas tratarían de mejorar significativamente sus ganancias reduciendo el número de vuelos disponibles, con lo cual elevarían el promedio de los factores de carga (el porcentaje del total de asientos utilizados efectivamente). Estas mayores ganancias provendrían del mismo número de pasajeros que volarían en menos vuelos. Por último, llegaban a la conclusión de que para mantener los niveles de servicio de 1973 en las rutas principales se requerirían unos u$s 1000 millones de subsidios.
Las cosas, sin embargo, fueron muy diferentes. El número de pasajeros pasó de 250 millones en 1978 a 815 millones en 2012, las tarifas cayeron un 67% en relación a las del período regulado. La cantidad de empleos en la industria ya había crecido en 30.000 puestos a los dos años de desregular. ¿Acaso están haciendo piquetes todavía los empleados de Eastern, Braniff o Pan American?
Algunas low price fueron estrellas pasajeras (Tower Air, Vanguard), pero Southwest impuso un modelo competitivo que se extendió a las grandes. Algo similar ocurrió en Europa tras la firma del Tratado de Cielos Abiertos en 1992. Ya todos aquí bien saben que Ryanair o Easyjet pueden tener algunas ofertas de menos de 10 Euros. Hoy, hay unas sesenta aerolíneas de este tipo en Europa, incluyendo algunas de las grandes aerolíneas.
Los sindicatos aeronáuticos pueden estar contra el gobierno, pero los consumidores sienten que, como cuando cierran todos los vuelos o no entregan las valijas, en realidad están contra ellos. Sobre todo los consumidores potenciales. High cost significa hoy para una señora de Jujuy que quiere visitar a sus nietos en Buenos Aires por un fin de semana un pasaje de avión que le cuesta u$s 150 o 23 horas en ómnibus que no le salen mucho menos.
High cost es High Price y la mayoría de los argentinos mirando cómo pasan los aviones por arriba pero con pocas chances de subirse a uno. Muchachos, para ir al Mundial hay que competir. No tengan miedo. Tal vez ganamos.
Al analizar algunos problemas socio-políticos la distancia espacial puede jugar una mala pasada. A veces se simplifican los problemas y se tiende a ver con buenos ojos simplemente aquello que “suena bien”. Además, desde una perspectiva liberal clásica, frente a los casi todopoderosos estados de bienestar europeos contemporáneos, fácilmente se anhela pensar que la escisión y formación de una comunidad política de menores dimensiones haría posible un gobierno limitado, más dinámico, transparente y respetuoso de la sociedad civil. El sentido común también parece impulsar hacia este lado y uno bien puede preguntarse: ¿qué tiene de malo que un grupo de personas quiera votar? Como en muchas cosas de la vida, pues depende de qué sea lo que se quiera decidir por elección popular, qué tipo de mayoría se exige, y, más importante aún, si se han respetado las reglas de juego y procedimientos específicos establecidos al efecto. Nada de ello ha sucedido en Cataluña, y estas proyecciones desiderativas no son el mejor modo de aproximarse a este juego perverso.
¿Habrá finalmente referéndum el próximo 1 de octubre? ¿Qué sucederá después? Estas preguntas flotan hoy sobre la ciudadanía española y catalana. Al hilo de las detenciones a funcionarios de segunda línea –no aforados– de la Generalitat y los diversos reveses que está jurídicos que sufriendo el proceso, que adolece de graves problemas de legitimidad procedimental, se han ido produciendo diversas manifestaciones ciudadanas en apoyo al referéndum. En los últimos días también se han visto algunas manifestaciones de catalanes no independentistas en diversos sitios de Catalunya.
Otras preguntas que flotan en el aire están relacionadas con la potencial escalada de violencia que pueda generar el actual conflicto político. Existe cierto temor a que la escalada pueda materializarse en episodios de violencia. En los últimos días, diversas fuentes policiales y de la Guardia Civil han dado cuenta del desplazamiento hacia Catalunya de grupos radicales del País Vasco, y se observan iniciativas similares desarrollándose en Navarra y Galicia. Se teme que si estallara un conflicto de proporciones se produjera un efecto llamada atrayendo a radicales de Francia, Italia y Grecia.
Independientemente de cómo se materialicen los acontecimientos la próxima semana (¿habrá urnas? ¿habrá centros habilitados? ¿habrá afluencia ciudadana masiva?, etc.) madura la sospecha de que cualquiera sea el escenario que se produzca, lo que ocurra el primero de octubre no estará revestido de una legitimidad digna de consideración. El pulso ahora se encuentra entre el intento del gobierno español de que la Generalitat anuncie la desconvocatoria del referéndum y el intento del gobierno de la Generalitat por escenificar algo de mediano impacto que le permita salvar las formas.
Entonces, ¿por qué la Generalitat no da marcha atrás y desconvoca el referéndum del próximo 1 de octubre? Difícil saberlo, pero toda la situación tiene un gran parecido con lo que en teoría de juegos se denomina equilibrio de Nash (por referencia al famoso premio Nobel de Economía): un escenario en el que cada uno de los jugadores considera que ha adoptado su estrategia más efectiva y, además, conoce las estrategias de sus rivales. Existen algunos indicios que permiten intuir que poco cambiará luego del 1O (salvando que no se produzcan episodios de violencia que lleven la escalada del conflicto a un nivel imprevisible). Por una parte, en una especie de confesión inconsciente, el actual vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras admitió que las acciones de la Guardia Civil están alterando la organización del referéndum. Por otra parte, la Generalitat había decidido dejar de informar a la Hacienda Pública española de sus gastos y como respuesta ha visto sus cuentas intervenidas por el Gobierno central, a fin de evitar que ningún pago de las más de 300 asociaciones y entidades vinculadas al gobierno catalán se utilizara para financiar los gastos del referéndum. La Generalitat ha dado marcha atrás y ha vuelto a enviar las certificaciones de los pagos a Hacienda, aunque, en principio, sus cuentas seguirán intervenidas hasta fin de año.
Al final, estamos frente al viejo “clamor popular” de siempre, manipulado por quienes se arrogan la definición del “pueblo catalán”. Todo parece haberse reducido a cómo seguir aceitando la usina extractiva de recursos económico-financieros en ese múltiple y complejísimo juego de transferencias cruzadas que se observa en el actual estado de las autonomías en España. Pocas cosas hay más alejadas de los principios de la tradición liberal que las ideas y actores que están detrás del movimiento independentista catalán en la actualidad. Sea que se logre impedir el referéndum o sea que este se produzca de modo muy menguado, el movimiento independentista cuenta con obtener, al menos, una mayor cuota de beneficios y prebendas del gobierno de Madrid a fin de apaciguar la previsible convulsión social que se producirá en las próximas semanas. Como suelen confesar algunos catalanes con algo de sorna: “contra España, se vive mejor”.