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La economía y la política: ¿Rivales o socios?

En esta oportunidad centro mi atención en una cuestión que estimo es muy de fondo respecto a una aparente tensión entre los procesos de mercado y la legislación. En este sentido se dice que no es cierto que los recursos que destina el gobierno fuera de sus misiones específicas necesariamente van en dirección distinta de la que hubiera elegido la gente libremente. Se continúa diciendo que para eso está el proceso electoral, precisamente para que la gente exprese lo que quiere. Esto constituye un fenomenal mal entendido. La estructura gubernamental se concibió desde los Fueros de Toledo de 1085, las leyes leonesas de 1188, la Carta Magna de 1215, los juicios de manifestación aragoneses, el habeas corpus, los principios constitucionales estadounidenses, la declaración de derechos de la Revolución Francesa antes de la contrarrevolución y las Cortes de Cádiz, se concibieron decimos para limitar las atribuciones del monopolio de la fuerza a proteger derechos y la legislatura para administrar el presupuesto y ejercer la prudencia en materia tributaria.Análisis político económico Si el gobierno se desborda, inexorablemente entra en campos donde las tensiones son inevitables. No solo es altamente inconveniente para los gobernados que los aparatos estatales se inmiscuyan en sus vidas y haciendas sino que pretendan abarcar un terreno donde habrá perdedores y ganadores ya que las votaciones son en bloque y no pueden aludir al caso por caso y, mucho menos, a situaciones permanentemente cambiantes. El proceso electoral en tal o cual tema es por la positiva o la negativa en bloque, por eso es que estaba diseñado para proteger y garantizar derechos también en bloque. En cambio, en el proceso de mercado no resulta incompatible que unos adquieran lechuga y otros compren bicicletas. En este campo no hay las batallas a las que se refieren los políticos desbocados que habría que liberar en toda ocasión y enemigos que habría que destruir. Como decimos, en el mercado no hay tales cosas, la coordinación a través de los precios permite establecer un sistema que no es confrontativo ni mutuamente excluyente. La votación en el supermercado y afines es de una naturaleza completamente distinta de la votación política, por eso es que esta última se la concibió para proteger derechos y no, como queda dicho, para meterse en el caso por caso en las vidas y cambiantes haciendas del prójimo. Hoy en el terreno político están los ansiosos por imponer sus gustos personales a otros y fabrican campañas electorales en las que se prometen las cosas más atrabiliarias que no solo no protegen derechos sino que los conculcan a cada rato, con la manía de trasladar a las esferas políticas procedimientos que son inherentes a los arreglos contractuales que, reiteramos, estuvieron concebidos para otros propósitos bien distintos a los que luego se han encaminado, con los resultados por todos conocidos. Tampoco se diga que los conflictos se atenúan al contar con la represtación parlamentaria de distintos partidos con lo que se abre el juego que presenta un abanico de posibilidades. Esto no es así ya que ese abanico cuando alude a mayor o menor agresión a los derechos de la gente se sale en mayor o menor medida del ámbito de protección de derechos. El proceso de mercado, esto es, el proceso en el que participan millones de personas cotidianamente, hace a la esencia de la flexibilidad para atender gustos y necesidades que son cambiantes no solo diariamente sino de momento a momento. Resulta indispensable esa elasticidad y esa posibilidad de atender demandas que no solo se modifican permanentemente sino que se refieren a muy distintos bienes y servicios que no son incompatibles sino complementarios. Juan González Calderón explica en su obra sobre derecho constitucional que la democracia que solo centra la atención en los números sin tomar en cuenta su aspecto medular (cual es el respeto a los derechos de las personas), ni siquiera de números entiende puesto que parte de la falsa ecuación que el cincuenta por ciento más el uno por ciento es igual al cien por cien, mientras el cincuenta por ciento menos el uno por ciento sería igual a cero. También, como han señalado innumerables tratadistas, es pertinente volver a las fuentes romanas durante la República y el inicio del Imperio y durante las fases antiguas del derecho inglés del common law en cuanto a procesos de descubrimiento de la norma a través de jueces en competencia al efecto de reducir el radio del legislativo. En este mismo contexto es de utilidad repasar las ventajas de este sistema frente al encorsetamiento de los códigos, puesto que como se ha indicado la previsibilidad es mayor si no resulta posible el zigzagueo legislativo en lugar del progreso del derecho vía largas etapas de estabilidad exenta de ingeniería social y diseño en el contexto del antedicho descubrimiento de valores preexistentes, extramuros de la norma positiva. En este último sentido, es del caso enfatizar que igual que en el mundo vegetal y animal hay propiedades y características que hacen a la naturaleza de las cosas, del mismo modo decimos hay propiedades y características del ser humano. El eje central de la especie humana es su libre albedrío, la única especie conocida que cuenta con ese atributo que le permite razonar, argumentar, evaluar, corregir y decidir entre opciones. En esa línea, el libre albedrío faculta a los humanos a seguir proyectos propios y el hacer o no hacer en libertad otorga derechos que no lesionan iguales facultades de terceros. Como bien ha consignado Montesquieu en su obra más conocida “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley, debe ser ley porque es justa” y Marco Aurelio Risolia ha puntualizado que no existe tal cosa como “el abuso del derecho” ya que “un mismo acto no puede ser conforme y a la vez contrario al derecho”. La contracara de esto último estriba en la pretendida figura de “las limitaciones a la libertad”, lo cual, por los mismos motivos, se confunde con el libertinaje que es ausencia de libertad. En otras palabras, el derecho es anterior y superior a la existencia del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno cuya finalidad consiste en proteger y garantizar ese derecho a todos por igual. El ser humano no inventa derechos, los descubre. Cuando decimos “a todos por igual” implica la igualdad ante la ley, concepto anclado e inseparable a la noción de justicia. Según la definición clásica, la justicia se traduce en el “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad, por lo que la referida igualdad no puede darse en una situación injusta. Esto es ignorado por el redistribuicionismo coactivo de ingresos ya que al tiempo vulnera derechos y contradice las votaciones de la gente en el mercado con lo que se derrocha capital y, por ende, se reducen salarios e ingresos en términos reales ya que las tasas de capitalización constituyen la única causa de la elevación en el nivel de vida. De allí es que Friedrich Hayek haya insistido en que “la única igualdad compatible con una sociedad libre es la igualdad ante la ley”. Por otra parte, la guillotina horizontal crea incentivos perversos: los que se encuentran bajo la línea del igualitarismo no se esforzarán en mejorar a la espera de la redistribución que en a práctica no llegará ya que los que se encontraban arriba de esa marca dejarán de producir la diferencia puesto que serán expoliados. En otros términos, es indispensable comprender la muy distinta naturaleza de los procesos políticos y diferenciarla de la naturaleza del proceso de mercado. La primera está pensada para atender la protección de derechos, mientras que la segunda sirve para atender los requerimientos múltiples y cambiantes a través de la coordinación de conocimiento disperso y fraccionado. Confundir ambos planos conduce a problemas de imposible solución tal como se observa y se ha observado a través de la historia cuando los gobiernos se extralimitan en sus funciones específicas. Como ha dicho Benjamin Constant, en gran medida “la libertad de los antiguos” consistía en la participación de los gobernados en la elección de los gobernantes, por su parte “la libertad de los modernos” consiste en la protección de sus derechos. En los momentos en que vivimos parecería que nos retrotraemos a aquella concepción antigua de libertad circunscribiéndola al proceso electoral, además, habitualmente lleno de trampas para que los politicastros del momento puedan contar con un rebaño cautivo al efecto de succionar con mayor eficiencia los recursos del prójimo. “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente” ha sentenciado Lord Acton, en otros términos, cuanto mayor la esfera de poder mayor la degradación de la libertad contractual en pos de estructuras políticas perversas. El mercado (es decir, todos nosotros), debe ser preservado si se quiere el progreso moral (el respeto recíproco) y material (el mejoramiento en el nivel de vida) y el plano político debe limitarse a la protección de los derechos de todos. Resumamos el tema: en el terreno político, las batallas, las diatribas, los discursos enojados y a los alaridos mezclados con las sonrisas obscenas de las campañas electorales se deben a que los políticos no cumplen con la función de proteger derechos y se entrometen en áreas que no le competen, mientras que en los procesos de mercado cada cual elige lo que necesita sin denuestos, batallas ni incompatibilidades. Proceso que, en la medida en que se lo deja, funciona en dirección a incrementar las tasas de capitalización que, a su vez, aumenta salarios. Entonces, en esta instancia del proceso de evolución cultural, la economía y la política son aliados y socios cuando cada área se mantiene en el radio de sus misiones específicas pero cuando la política se mete a hurgar en la economía esos dos planos se convierten en antagónicos con resultados nefastos para ambas partes. La política debe mantener su ojo en la calidad de los marcos institucionales y dejar que la economía cumpla su papel de asignación libre de recursos y solo intervenir donde haya lesiones al derecho. Finalmente y en esta misma línea argumental consignamos la incoherencia de sostener que se es liberal en lo político pero no en lo económico como si se pudiera respetar el continente pero vulnerar el contenido, sin comprender que, precisamente, el continente es para proteger el contenido. No tiene sentido proclamar la libertad en el continente y cuando las personas se disponen a usar y disponer de los suyo (el contenido) resulta que los políticos se abalanzan sobre el fruto del trabajo ajeno.
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Bitcoin: boom con peligro de colapso

El bitcoin fue sin dudas una tecnología disruptiva. La genial idea de crear una moneda fiduciaria virtual con un crecimiento limitado de la oferta. Pero para llegar a ser una moneda real necesitaba tener varias características, como ser reserva de valor, servir como unidad de cuenta y medio de cambio aceptado. La primera podía ser asegurada mientras la demanda sea creciente o estable y la oferta fuera limitada. La segunda es más compleja, dada la alta volatilidad de la nueva moneda. Pero la clave estaba en la tercera. La capacidad de usar de medio de cambio, eso requiere que el uso de la moneda virtual se fuera expandiendo, idealmente hasta hacerla universal. Así nacieron los sacerdotes del bitcoin, los predicadores en las redes sociales de esta nueva moneda. El atractivo es inmenso, porque a medida que se expande el uso del bitcoin, aumenta su demanda, con una oferta que promete ser limitada (aunque muy pocos sean capaces de demostrar que esto sea cierto), el resultado pronosticado es el aumento del precio de esta moneda, incluso hasta niveles exhorbitantes. Así la persona que vendió unas pizzas por 10.000 bitcoins, si no hubiera vendido sus bitcoins, hoy tendría USD 48.000.000. Genial!... pero no tanto. El problema es que efectivamente la expansión del conocimiento y del uso del Bitcoin hizo crecer su demanda y su precio. Pero todo está basado en un mito. El mito es la limitación de la oferta de Bitcoins. Este mito ya está destruido, porque en realidad lo que uno tiene es una cryptomoneda, y lo que no tiene límites es la creación de las cryptomonedas. De modo que ahora las cryptomonedas compiten, esto hará que sean muy volátiles, porque la demanda puede fluctuar entre unas y otras, de acuerdo a modas que pueden ser muy pasajeras. La especulación será intensa, hasta un momento en que colapsarán. El colapso se dará justo cuando el mercado de cryptomonedas llegue a su plenitud. En ese momento, los Estados tendrás sus propias cryptomonedas y pondrán trabas para la competencia de las cryptomonedas privadas. La demanda en algún punto colapsará y volverá a un lugar marginal, dejando millones de personas frustradas. Lo que va a quedar como riqueza para la humanidad es la genial tecnología del Blockchain. Publicado en Ámbito.
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Curas K, otra vez el mito de la nación católica

Por Loris Zanatta. LA NACIÓN - La carta de un grupo de sacerdotes kirchneristas "ante las próximas elecciones legislativas" dió mucho de qué hablar. No tanto por la originalidad de su contenido, sino por su violencia. La Argentina que describen es un país dominado por un gobierno opresor, explotador, vendepatria. Como si el tiempo se hubiera detenido, el texto recuerda los mediocres panfletos que se distribuían en los años 70. Tiene, sin embargo, algo inquietante: revive miasmas que se creían borrados, pero que aparentemente se siguen incubando en algunos ambientes; los miasmas del mito de la nación católica. Un cristiano, dicen, "no puede darle el voto a un gobierno como éste". Qué raro: hace décadas que ningún episcopado pretende imponer a los fieles un específico comportamiento electoral. Por respeto a la autonomía política de los creyentes, porque la Iglesia reconoce que ningún orden político corresponde al Reino de Dios, porque tales formas de clericalismo alimentan el anticlericalismo. Pero no: los curas k pretenden decirles a los cristianos a quién no votar para ser cristianos. Como si les tocara a ellos establecerlo. Torquemada instruía al menos un proceso. Ellos ni siquiera eso. El hecho merecería ser liquidado con una broma, si no causara asombro: ¿cómo es posible que unos sacerdotes humildes y pacíficos, dedicados a obras meritorias, exhiban tanta arrogancia y violencia? Arrogancia en nombre de la humildad, violencia en nombre del amor. ¿Qué demonio ideológico los posee? ¿Qué convierte a un buen católico -como a un piadoso islámico- en una máquina de odio, en una incubadora de fanatismo? ¿No es arrogante la pretensión de poseer el monopolio del bien, de distribuir credenciales de pureza cristiana? ¿Pretender tener la receta exclusiva para un país justo? ¿No es violento acusar al Gobierno de "matar de hambre, desamparo o indiferencia al pobre"? Si fuera así, el gobierno argentino sería criminal e ilegítimo. Y la consecuencia debería ser obvia: la guerra (¿santa?) para derrocarlo. Me niego a creer que crean eso. Es absurdo, y sin embargo está ahí, en negro sobre blanco. Hay dos argentinas opuestas entre sí, escriben los curas k, dignos herederos del viejo nacionalismo católico: la primera quiere un país "injusto y dependiente"; la segunda, un país "distributivo, soberano e inclusivo". ¿No será simplista? ¿Algo maniqueo? En fin: de un lado el mal; del otro, el bien. He ahí la famosa grieta, sin ambages. Y he ahí también el mito de la nación católica: la primera es la Argentina liberal, ahora llamada neoliberal, sin matices; es enemiga de la nación y del pueblo, por lo tanto no es cristiana. La segunda es la Argentina nacional y popular, por lo tanto cristiana. Que esa grieta exista en el país, además de existir en la cabeza del clero que la convierte en bandera ideológica es dudoso. La Argentina, al igual que los otros países, es un lugar plural donde coexisten, en armonía o en tensión, diferentes intereses, gustos, culturas, religiones, ideologías. Las instituciones democráticas sirven para gobernar este pluralismo garantizando el gobierno de la mayoría y los derechos de las minorías. Pero las instituciones se basan en una premisa clave: nadie puede elevarse por encima de los demás blandiendo una verdad absoluta. Si así fuera, adiós a la democracia y a la paz social. Sin embargo, esa es precisamente la premisa de los curas k: existe la Argentina católica, la del pueblo de Dios, y es la única Argentina legítima. Y hay otra Argentina, que es ilegítima, y su gobierno, que es pecador. ¿Por qué? ¿Por violar la ley y la Constitución? No: porque no es cristiano. Al menos como ellos creen debe ser un gobierno cristiano. Podrían argumentar que la promoción de la inversión extranjera, la abolición del cepo cambiario, la limitación de los subsidios, la reforma de la escuela y del mercado de trabajo están mal por tal o cual razón. Esta sería la normal dialéctica política. Pero no; para ellos todo esto es ilegítimo porque no es cristiano y al no ser cristiano no es nacional. Intentan hacer pesar un veto religioso sobre la política y anteponer el pueblo de Dios, del que se arrogan la representación, al pueblo de la Constitución que elige los gobiernos. Esto pasó ya muchas veces en la historia argentina, donde esos vetos han inhibido la adopción de políticas más liberales y menos demagógicas, políticas que quizás hubieran hecho más próspera a la Argentina. Sobre esas políticas, aunque fueran moderadas como las del gobierno actual, siempre pesó el chantaje moral de que el mercado es pecado, la prosperidad vergüenza, la pobreza virtud. Cristiano, en cambio, era distribuir la riqueza que no se producía, otorgar subsidios insostenibles, alimentar la inflación que mataba el crecimiento económico, inflar el gasto público dejando a las generaciones futuras la cuenta para pagar. Hasta que un día los argentinos eligieron a un gobierno no cristiano, según los curas k. ¿Y ahora? ¿La Argentina ha dejado de ser una nación católica? ¿O la mayoría de los argentinos no ve contraste entre su fe y su opción política? A los curas k no les importa que su pueblo sea minoría: es el favorito de Dios, dicen, por lo tanto es moralmente superior al pueblo de la Constitución. No son ellos quienes deben someterse al resultado electoral, sino los argentinos quienes deben redimirse de su ofensa a la nación católica. Hay, en esto, un impresionante déficit de cultura democrática. Y su orígen está en la obesesión de proyectar la lógica religiosa sobre la esfera política. Los curas K citan a monseñor Hesayne, pero harían bien en estudiar la lección de monseñor Zazpe: la simbiosis entre fe y nación, escribió en una etapa dramática de la historia argentina, ha sido nefasta porque convirtió la dialéctica política en guerra de religión. Con sus consecuencias: violencia, intolerancia, ilegalidad, pobreza. Los curas k creen tener la solución, pero sus esquemas vetustos son parte del problema.
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El mito del Che

EL COMERCIO- Perú -  El próximo lunes marca el aniversario 50 de la muerte de Ernesto ‘Che’ Guevara, ese revolucionario romántico que llegó a ser, para muchos, un símbolo noble de la lucha por la justicia social y contra la pobreza mundial. Su vida se celebrará, entre otros lugares, en Rosario, Argentina, ciudad donde nació y donde una estatua suya adorna una plaza. Hace muchos años, quienes profesaban admiración por el Che lo hacían con cierto conocimiento y hasta convicción por la ideología comunista que él promovía. Hoy hay pocos que realmente creen en el comunismo, pero la imagen del Che se encuentra en todas partes. Su imagen se ha comercializado a tal punto que quienes usan la camiseta o cualquiera del sinfín de productos en los que figura, típicamente no saben a qué ideas y valores dedicaba su vida el rebelde.Análisis político La ignorancia acerca del Che lleva frecuentemente al absurdo. La modelo Gisele Bündchen, por ejemplo, lució un bikini con la imagen del revolucionario en una pista de modelaje, a pesar de que el Che fue enemigo declarado del capitalismo. Unos años atrás vi en Hong Kong a uno de los líderes pro democracia arropado en la camiseta clásica del argentino; eso, a pesar de que el Che odiaba la democracia. En cierto sentido, el Che, o por lo menos sus ideas, se han vuelto banales. Pero las ideas importan, y el mito del Che dista enormemente de la realidad. Por eso, la Fundación Bases en Rosario ha llevado una campaña para remover la estatua del Che de su ciudad. No lo logrará porque no tiene el apoyo político suficiente en la municipalidad, pero sí ha logrado estimular un debate necesario acerca del Che. La verdad es que la crueldad y la intolerancia extrema es lo que más caracterizaba al Che. Eran cualidades que definían su ideología, metodología y personalidad. Fue responsable, antes y después del triunfo de la revolución cubana, de ejecutar a cientos de individuos a sangre fría sin debido proceso alguno y a veces en juicios sumarios, frecuentemente por pensar diferente de él o por ser meramente sospechosos. “Ante la duda, mátalo”, instruyó el Che a uno de sus súbditos. En un discurso ante las Naciones Unidas en 1964, aseguró que “sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando”. En una carta que el Che escribió a su padre, le confesó “realmente me gusta matar”. Ese sentimiento también fue parte de su “Mensaje a la Tricontinental” en 1967 en que destacó “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Y, por supuesto, el Che fue figura clave en la instalación del sistema totalitario comunista cubano que asesinó a más de 10.000 personas sin contar los miles de muertos en aventuras militares en el extranjero o los más de 70.000 que fallecieron al intentar fugarse de Cuba. Fue el Che quien estableció el primer campo de concentración en Cuba para los homosexuales, religiosos y demás “contrarrevolucionarios”. Dada la realidad, vale la pena preguntarse: ¿por qué persiste el mito del Che? El profesor Paul Hollander observa que suele haber simpatía hacia el comunismo –y no hacia el fascismo, que es igual de repugnante–, porque los comunistas profesan ideales nobles y el apoyo a ellos sirve como crítica a la sociedad de uno y señal de la supuesta superioridad moral de uno. En todo el continente deberíamos agradecer a la Fundación Bases en la ciudad natal del Che por impulsar una discusión basada en los hechos Este artículo fue originalmente publicado en El Comercio (Perú) el 3 de octubre de 2017.
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La pobreza no es excusa para no hacer reformas

Al contrario de lo que se cree, la delicada situación social no debería frenar los cambios, sino acelerarlos. La semana pasada estuve en el XII Foro Económico y de Negocios organizado por Thomson Reuters. En uno de los primeros paneles, el experto en finanzas y Gerente de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, Claudio Zuchovicki, invocó una interesante analogía para describir la situación del país. Nos invitó a imaginar a una persona que tenía un ataque al corazón y que era intervenida de urgencia por un equipo médico. Los especialistas, gracias a su talento y dedicación, lograban salvarle la vida, por lo cual el paciente podía volver a su hogar. La reflexión de Claudio fue la siguiente:
Los médicos lograron salvarle la vida y el paciente superó el ataque. Buena noticia, pero ahora comienza lo más difícil. Es que el paciente cardíaco tiene que cambiar su estilo de vida para que esto no le vuelva a suceder.
La analogía es perfecta para describir la situación económica de la Argentina. Después de casi estrellarnos contra un iceberg por culpa de un populismo irracional, la economía vuelve a crecer y baja la inflación… Ahora la pregunta es: ¿cómo evitar volver a tropezar con las mismas piedras del pasado? Aquí las aguas se dividen. Algunos pedimos políticas estructurales que reduzcan el peso del estado en la economía, recortando gastos, eliminando regulaciones y abriéndonos al comercio internacional. Otros son más escépticos y, si bien pueden coincidir con el norte al cual apuntar, discrepan en cuanto a la velocidad de implementación de los cambios. A menudo, dentro de este grupo, se escucha el siguiente razonamiento:
Es cierto que el gobierno debe hacer dichos cambios, pero con el 30% de la población por debajo de la línea de pobreza, eso no se puede.
¿Es esto así? ¿Es que la situación de pobreza en la cual está sumida la Argentina impide que se realicen reformas profundas? ¿O, en realidad, lo que indica es que esos cambios son más necesarios que nunca?

Un primer dato alentador

Antes de dar respuesta a la pregunta, cabe mencionar algunos datos que se conocieron recientemente sobre la pobreza en Argentina. De acuerdo con las últimas estadísticas del INDEC, la cantidad de personas consideradas pobres por sus ingresos ascendieron a 7,8 millones en el primer semestre del año. Si se comparan estos datos con los del semestre inmediato anterior, se observa que cerca de 480.000 personas abandonaron la pobreza en la primera mitad de 2017. El fin del populismo cristinista había implicado un salto en estos registros, ya que la liberación de algunos precios dejó al descubierto una situación social que había logrado mantenerse “debajo de la alfombra”. Ahora con las pocas medidas liberalizadoras que se encararon, la economía comenzó a crecer y los mayores salarios contribuyeron a mejorar la situación económica de los más vulnerables. Es decir, si las pocas medidas de liberalización económica (como el fin del cepo, la eliminación de retenciones y la reducción de la inflación), ya están dando resultados positivos: ¿por qué tomar más de ellas será nocivo para los pobres?

La pobreza es culpa del populismo

Volviendo a la pregunta inicial, es totalmente erróneo pensar que, porque la situación social es delicada, no se pueden tomar medidas de fondo para encauzar el crecimiento del país. Es que lo que tenemos que entender es que la pobreza en Argentina es 100% producto del intervencionismoestatal populista. Desde 1975 que el país atraviesa, cada 5 o 10 años, una crisis derivada del exceso de gasto público. A veces la crisis es hiperinflacionaria, otra es un default de la deuda pública. Pero el resultado es siempre el mismo: la pobreza salta y luego no vuelve a su nivel inicial. A las crisis cíclicas se suman una carga fiscal insoportable, que desincentiva el empleo y la producción, y unas leyes laborales que generan mafias enquistadas en el poder por décadas. En dichas condiciones, invertir en Argentina se convierte en un verdadero deporte de riesgo. Y el problema es que sin inversión, no hay crecimiento económico, y sin crecimiento económico no se baja la pobreza. La preocupante situación social en Argentina es resultado de décadas de políticas económicas erradas, marcadas por el populismo fiscal, el intervencionismo regulatorio y la heterodoxia monetaria. La pobreza, entonces, no puede transformarse en una excusa para no encarar reformas estructurales, sino que debería ser el motivo más relevante para que abracemos la libertad económica cuanto antes.
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