Skip to main content

Libertad educativa

EDITORIAL LA NACIÓN Interpreta, a nuestro juicio equivocadamente, que la libertad educativa, con un rol fundamental de los padres, implica el abandono del Estado. En los países que mejor educan ocurre exactamente lo contrario: el Estado garantiza el acceso, pero no monopoliza el modelo. Finlandia, citada en el editorial, justamente permite la educación en casa como forma de cumplir la escolaridad obligatoria, con supervisión pública, y mantiene una amplísima autonomía curricular. Ese país lidera las pruebas PISA. Lo mismo ocurre en países como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y el Reino Unido, donde el homeschooling es legal bajo distintos regímenes y convive con sistemas educativos de alto desempeño. El sistema de subsidio a la demanda o de vouchers promueve la igualdad de oportunidades y no lo contrario. Además, incentiva la competencia entre escuelas, con beneficio para todos. Discrepamos en que más libertad implique más desigualdad. La igualdad entendida como rigidez -un único modelo, un único ritmo, un único método- termina perjudicando especialmente a quienes aprenden distinto. Los sistemas educativos más desarrollados ofrecen múltiples propuestas que permiten elegir según habilidades, capacidad e inclinaciones, evitando anular la motivación, la imaginación y la creatividad de los chicos, y dando mejores respuestas a quienes tienen dificultades específicas o talentos particulares.

Gastar más sin reformar no ha funcionado. Seguir defendiendo un mayor rol del Estado sobre los padres tampoco. El debate educativo debería ir más allá de consignas y miedos, y basarse en evidencia internacional, criterios objetivos y resultados.

Manuel A. Solanet

Agustin Etchebarne

Educación, análisis político

  • Hits: 366

El camino a seguir en Venezuela

CATO Ian Vásquez dice que administrar Venezuela y conducirla hacia una transición democrática solo funcionará si la tarea recae en un gobierno legítimo, sin serios problemas de credibilidad para colaborar con Estados Unidos.

Todos los amantes de la libertad podemos celebrar la caída del dictador Nicolás Maduro, aunque existan serias preocupaciones sobre la legalidad y constitucionalidad de la acción militar ordenada por el presidente Donald Trump, así como sus implicancias para la política exterior más allá de Venezuela.

Un cuarto de siglo de socialismo derivó en un autoritarismo brutal que perpetró crímenes de lesa humanidadterrorismo de Estado y todo tipo de atropellos a los derechos básicos, convirtiendo a Venezuela en uno de los países menos libres del mundo. El resultado ha sido una sociedad sumida en una profunda crisis económica, humanitaria y social.

Pero la intervención militar, oficialmente ejecutada para combatir el narcotráfico y de la que se esperaba un cambio definitivo del régimen chavista, parece haber devenido en algo distinto. Estados Unidos ha decapitado al régimen, pero la estructura dictatorial sigue en pie. Trump ha declarado que Estados Unidos dirige actualmente Venezuela y que trabajará con Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro, para administrar el país. Esto incluye, según el mandatario estadounidense, la reconstrucción de la infraestructura nacional, especialmente la petrolera, hasta que se produzca una transición adecuada en un futuro indeterminado.

Proseguir de esta manera constituye un error estratégico y moral. Rodríguez ha sido una figura clave de un sistema que ha reprimido al pueblo; es repudiada por los venezolanos y, al igual que los otros líderes del régimen, carece de legitimidad. Entre estos figuran el criminal Diosdado Cabello, actual ministro del Interior, y Vladimir Padrino López, ministro de Defensa. Ambos han sido acusados de tráfico de drogas por Estados Unidos y son quienes poseen las armas y mantienen el poder real.

Si Trump desea lograr sus objetivos, lo mejor para ambas naciones es iniciar una transición hacia la democracia con líderes que posean legitimidad, en lugar de involucrarse en una misión de reconstrucción nacional mediante intervenciones torpes o una ocupación militar, opción que Trump no ha descartado.

Quienes gozan del apoyo abrumador de los venezolanos son la lideresa de la oposición, María Corina Machado, y Edmundo González, quien obtuvo casi el 70% de los votos en la elección del 2024 que Maduro robó. Increíblemente, Trump ha descalificado a Machado al declarar que ella no cuenta con el apoyo del pueblo venezolano, afirmación contraria a la realidad.

Cualquier cambio exitoso en la dirección de Venezuela requerirá legitimidad, algo que Machado y su equipo poseen. Más aún, cuentan con un plan de gobierno elaborado y una estrategia de transición bien estructurada que contempla acciones para las primeras 100 horas y los primeros 100 días en materia de seguridad, infraestructura, servicios públicos y gobernabilidad. Asimismo, se prevé la convocatoria a elecciones prontas para legitimar dicha transición.

Machado y González proponen reformas de largo alcance para restaurar la libertad y modernizar el país. Contemplan la apertura económica, la privatización del monopolio estatal petrolero, el fomento de la libre competencia, la limitación del poder estatal y el restablecimiento del Estado de derecho. Estas políticas son consistentes con los objetivos de la política exterior estadounidense.

Administrar Venezuela y conducirla hacia una transición democrática solo funcionará si la tarea recae en un gobierno legítimo, sin serios problemas de credibilidad para colaborar con Estados Unidos. Manejar el país manteniendo al régimen al mando y enfocándose en el sector petrolero es una receta para el fracaso que restará legitimidad a toda la misión. Sería más acertado que Estados Unidos colabore con Machado y su equipo para lograr una transición a la democracia y permitir que los venezolanos reconstruyan su propio país. 

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 6 de enero de 2025.

análisis político

  • Hits: 254

Financiamiento educativo: salir del simulacro y debatir reglas que funcionen

AGROSITIO Desde hace casi dos décadas, la Argentina discute el financiamiento educativo alrededor de una consigna: destinar al menos el 6% del Producto Bruto Interno (PBI) a la educación. Ese objetivo, incorporado primero en la Ley de Financiamiento Educativo y luego en la Ley de Educación Nacional, buscó expresar una prioridad política compartida entre la Nación y las provincias. Sin embargo, la evidencia acumulada muestra que ese esquema no logró cumplir su objetivo central: proteger, ordenar ni mejorar de manera sostenible el sistema educativo.

Desde su sanción en 2006, la meta del 6% solo se cumplió plenamente una vez, en 2015. En los demás años, su aplicación fue parcial, discutida o directamente incumplida. En la práctica, como explica Agustín Etchebarne, "el Presupuesto anual, aprobado cada año como una ley posterior, fue dejando sistemáticamente sin efecto esa obligación, sin sanciones, mecanismos automáticos de corrección ni responsabilidades claramente asignadas entre niveles de gobierno". Como resultado, este incumplimiento sostenido permitió la acumulación de una brecha de inversión que, según estimaciones del economista Mariano Narodowski, asciende a USD 26.000 millones entre 2006 y 2020.

Esta experiencia histórica deja una enseñanza clara: una meta agregada, dependiente del PBI y sin reglas operativas no funciona como garantía efectiva de financiamiento. A ello se suma otro dato relevante: el aumento del gasto no se tradujo en mejores resultados educativos. Las evaluaciones nacionales (Aprender y ONE) e internacionales (PISA) muestran, en términos generales, estancamiento o deterioro en los aprendizajes, incluso durante los años de mayor expansión presupuestaria. Esto refuerza la idea de que el problema no es solo cuánto se gasta, sino cómo se asignan los recursos y qué incentivos genera el sistema.

Los datos más recientes confirman este diagnóstico. En 2024, aun con la obligación legal del 6% formalmente vigente, el gasto educativo cayó en términos reales en 21 provincias. En 11 de ellas, la reducción del gasto educativo fue mayor que la del gasto público total, lo que sugiere que, en esos casos, la educación fue una de las principales variables de ajuste, aunque este comportamiento no fue homogéneo en todas las jurisdicciones. La existencia de una meta legal, una vez más, no funcionó como blindaje efectivo, ni siquiera en un esquema federal.

A este cuadro se suma un cambio estructural que vuelve aún más relevante la discusión: el colapso de la natalidad. En los próximos años habrá menos alumnos en el sistema educativo y una población envejecida, con más jubilados y menos aportantes. Persistir en esquemas rígidos de financiamiento atados a porcentajes del PBI, sin revisar la asignación por alumno ni los incentivos del sistema, no solo es ineficiente, sino fiscalmente insostenible.

En este contexto, el debate abierto en el Congreso en torno al Presupuesto 2026 no debería reducirse a la defensa o eliminación de un porcentaje que, en la práctica, nunca logró ordenar el sistema. Desde Fundación Libertad y Progreso consideramos necesario correr el eje del debate: el problema no es si se financia o no la educación, sino cómo se la financia y con qué reglas.

En ese sentido, la Ley de Libertad Educativa abre una oportunidad para discutir esquemas superadores, que aborden no solo el financiamiento, sino también el funcionamiento institucional del sistema, mejorando los incentivos, la transparencia y el control por resultados. Propuestas como el financiamiento por alumno y la combinación de aportes a la oferta y a la demanda permiten que los recursos públicos lleguen efectivamente a los estudiantes, involucren a las familias y fortalezcan la rendición de cuentas.

La experiencia de los últimos veinte años demuestra que prometer porcentajes no alcanza. Si el objetivo es mejorar la calidad, la equidad y la previsibilidad del sistema educativo, el desafío es avanzar hacia mecanismos de financiamiento efectivos, adaptados a la realidad demográfica y con resultados evaluables.

Educación, análisis político

  • Hits: 204

El drama venezolano

EL CATO Ian Vásquez dice que Machado presenta un mensaje universal que se contrapone a la dictadura y propone realizar una visión de libertad plena, una que América Latina no ha poseído durante toda su historia.

El Premio Nobel de la Paz será otorgado este miércoles y la galardonada líder de la oposición venezolana, María Corina Machado, ha dicho que saldrá de la clandestinidad en su país para recibirlo en Oslo, Noruega. Mientras tanto, el presidente Donald Trump ha reunido una fuerza militar formidable en el Caribe y declarado que Maduro lidera un grupo narcoterrorista que amenaza la seguridad de Estados Unidos.

Los días del régimen chavista sí parecen estar contados. Lo ideal sería que tal desenlace ocurra debido a divisiones internas y al abandono de apoyo a Maduro dentro del mismo régimen. 

No es irreal pensar que el colapso pueda suceder así. Sabemos que el descontento en Venezuela es amplio y que, sin cierta colaboración de elementos dentro de la estructura de poder, Machado y sus equipos no podrían haber comprobado de manera tan eficaz su victoria en las elecciones presidenciales fraudulentas del año pasado. Tampoco los miembros clave del equipo de Machado podrían haber escapado de la embajada argentina en Caracas este año sin colaboración alguna de las fuerzas de seguridad venezolanas.

Pase como pase, el fin del chavismo en el poder será un momento clave en la historia venezolana y latinoamericana. Ese fin y sus consecuencias se parecerían más al colapso del comunismo en Europa del Este que al derrumbe de regímenes autoritarios en Medio Oriente y el caos, antiliberalismo y violencia que le siguieron. Así como fue el caso en la Alemania Oriental o Polonia de los años ochenta, el pueblo venezolano está unido en su odio por el socialismo. En el caso venezolano, están unidos también por una cultura y religión común, y en su apoyo por la oposición política que representa Machado. 

Esto no quiere decir que no habrá retos importantes para cualquier gobierno democrático de transición. A diferencia del caso europeo oriental, podrá haber focos de resistencia armados y financiados por los carteles de drogas ilícitas. Pero, tristemente, eso es una realidad en numerosos países latinoamericanos con la que los gobiernos democráticos tienen que tratar.

Para enfrentar ese y otros retos, Machado a lo largo de más de dos décadas ha sido muy clara acerca del ideario que debe guiar las políticas públicas de la nación. Según su reciente “Manifiesto de Libertad”, ella sostiene: “Que la dignidad sea la fuerza motriz de nuestra revitalización nacional: la fuerza que establezca un mercado libre de ideas y de empresa, que promueva el desarrollo pleno de cada persona y que limite la autoridad del Estado a su función legítima: la de ser el firme guardián de nuestros derechos inalienables”. 

En la nueva Venezuela, la libertad juega un papel central: “La libertad no es un privilegio concedido por el gobierno, sino un derecho inherente a la naturaleza misma de nuestra humanidad. Todo venezolano nace con derechos inalienables otorgados por nuestro Creador, no por los hombres. Ningún régimen, sistema político o tiranía tiene el poder de arrebatarnos lo que es divinamente nuestro: el derecho a vivir con dignidad, hablar con libertad, crear, soñar y prosperar como individuos”.

Machado se dirige al pueblo venezolano, pero su mensaje es universal. Se contrapone a la dictadura y propone realizar una visión de libertad plena, una que América Latina no ha poseído durante toda su historia. La propuesta de Machado vale para toda la región; entre otras razones, para prosperar como nunca antes y no caer tan fácilmente en la tiranía de manera recurrente. Y tal como fue el caso de la caída del muro de Berlín, la caída del régimen chavista podría incluso iniciar el fin de otras dictaduras regionales y ser un saludable estímulo para la libertad en toda la región. 

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 9 de diciembre de 2025.

análisis político

  • Hits: 158
Donate