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Soy Fiscal en Córdoba

Sábado frío con un sol glorioso en las sierras cordobesas. En Villa General Belgrano, el pueblo está tranquilo, lejos de la alta temporada mientras se aproxima el invierno; temprano por la mañana hace la temperatura es de 2°, pero todavía calienta el sol al mediodía.

Unas 30 personas provenientes de 15 provincias nos encontramos para colaborar con la organización de la fiscalización de las elecciones. Fiscalistos, Esperanzadores Cívicos, Coalición Cívica, Soy Fiscal...

Claudio Bargach presentó el libro “Ser Fiscal”, prologado por Lilita Carrió, y por Bettina Solinger, representante en Argentina de la Fundación Friedrich Naumann Para la Libertad. Se trataron diversos temas sobre cómo recuperar el entusiasmo del 2009, el reclutamiento de voluntarios, la recaudación de los modestos fondos indispensables para la logística del día D, los vericuetos de la nueva reforma electoral y se contaron entretenidas anécdotas de las fiscalizaciones pasadas.

Un repaso de lo que ocurre en las provincias y en la Capital mostró que todavía la gente parece un poco aletargada con respecto a las elecciones de 2009. Sin embargo, todos confían en que en los próximos días se pondrá nuevamente en marcha la maquinaria de fiscalización, porque la importancia de una sana fiscalización durante las elecciones es crucial para que cada elección sea una fiesta de la democracia, gane quien gane.

Retornamos con la misión de despertar a todos los que trabajaron en el 2009 para que se pongan en marcha y para que cada uno traiga nuevos voluntarios para completar las filas de los fiscales. Se necesitan más de 70.000 y cuando faltan poco más de 70 días para las elecciones internas del 14 de Agosto, solo contamos con unos pocos miles.

De modo que los invitamos a colaborar, pueden registrarse en www.soyfiscal.org

 
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¿Hay que ser optimista o pesimista?

Frente a justificadas críticas por mucho de lo que ocurre en nuestro mundo, hay quienes reprochan a los críticos manteniendo que hay que ser optimista y ver el lado bueno de las cosas. Continúan diciendo que el color con que se mira la vida depende de cómo se percibe la realidad, lo cual ilustran con el vapuleado ejemplo del vaso con líquido hasta la mitad: unos lo verán medio vacío y otros medio lleno. Esto último dicen, es lo que le da salsa a la vida, lo contrario es puro derrotismo inconducente.

Ahora bien, este tema del optimismo y el pesimismo requiere análisis más cuidadoso. El apresuramiento nunca conduce a buen puerto. Partamos de la premisa que la crítica es lo que empuja las cosas a mejorar, mientras que el aplauso a rajatabla conduce al estancamiento. Como la perfección no está al alcance de los mortales, todo es susceptible de criticarse lo cual revela estados de inconformidad y pretensión de alcanzar metas más elevadas.

Un paso más en esta indagación, actividad detectivesca o arqueología interior nos muestra que quien es pesimista respecto al presente es porque piensa que se pueden lograr objetivos mejores, situación que en verdad lo convierte en un optimista respecto del futuro. En cambio, el optimista respecto al presente de hecho estima que no pueden obtenerse marcas mejores, apreciación que lo convierte en un pesimista respecto del futuro. En otros términos el conformista se oculta tras una pantalla de optimismo pero es pesimista por naturaleza, mientras que el crítico del presente tiene esperanzas en lograr un horizonte más promisorio.

Y este no es un mero juego de palabras, encierra una profunda visión filosófica de la vida. Junto con muchos otros he insistido que quien se siente completo en su vida tiene una mirada liliputense de si mismo. La verdadera visión optimista (que comparte la raíz de óptimo) apunta más allá de lo logrado, es crítico y autocrítico. Ve la vida como una aventura y un desafío para mejorar. No se estanca y se “sienta sobre sus (supuestos) laureles”. Esto trasmite entusiasmo y alegría al contrario del optimista a ultranza que en realidad tiene una visión lúgubre de la vida por más que dibuje una perpetua sonrisa en su rostro y se ria como la hiena.

El pesimista del presente pretende más de la vida, tiene expectativas más altas y por eso es un optimista del futuro. En cambio, el optimista de cuanto ocurre en el presente al renunciar al espíritu crítico está renunciando a la condición humana. Solo es posible progresar si se está disconforme con el presente. En otra oportunidad, en este contexto, lo he citado a Miguel de Unamuno quien escribe que permanentemente lo llaman “pesimista, cosa que, por otra parte, no me tiene en gran cuidado. Sé todo lo que en el mundo del espíritu se ha hecho por eso que los simples y los sencillos llaman pesimismo”. Es por eso que Antonio Machado ha sentenciado que “de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.

Los que no son capaces de ver un futuro mejor y se acomodan a lo que ocurre con optimismo se quedaron sin proyectos, están anquilosados y padecen un espíritu de ancianos, aquél estado que André Maurois definía como “la sensación de que es demasiado tarde”.

Este es el sentido por el que Octavio Paz insistía que “Si los intelectuales latinoamericanos desean realmente contribuir a la transformación política y social de nuestros pueblos, deberían ejercer la crítica”. Este es el sentido por el que los autores de todas las grandes obras imprimen un sello crítico al statu quo, es porque llevan en el alma la ambición irrefrenable del mejoramiento y con sus contribuciones corren el eje del debate hacia posiciones más elevadas, como lo destacan con especial vehemencia Longfellow, Andre Gide, Jonathan Swift, Erik von Kuehnelt-Leddihin, Albert Camus y tantos otros escritores de gran calado. Esto ocurre en todas las manifestaciones del arte; acabo de ver la formidable producción cinematográfica El niño con el traje a rayas, relato que me conmovió profundamente. Ese pequeño -hijo de uno de los criminales nazis del ejército de Hitler- ofrece un magnífico ejemplo de cordura al acercarse a otro compinche de su edad encerrado en uno de los campos de concentración y luego clandestinamente al trasponer los feroces alambrados para encontrarse con su amiguito con el que muere en una de las tantas cámaras de gas (resulta impresionante la toma de  un primer plano de las  manos entrelazadas de los dos chiquitos en camino a la muerte). En aquellos momentos trágicos para la humanidad, el revivir escenas escabrosas como las mencionadas, con todo el dolor y el espanto del caso, nos transmiten una visión optimista en el sentido de que condenas sin reservas de esas montruosidades vividas constituyen un signo alentador y hacen que las víctimas no hayan sido exterminadas inútilmente, precisamente debido a la profunda crítica que la película genera en toda mente con un mínimo de razonabilidad. Y el régimen nazi terminó merced al pesimismo que mostraron opositores respecto al presente de aquellos momentos.

Es que no vamos a ninguna parte con los tilingos que todo les parece bien y son siempre optimistas de lo que ocurre, y si vamos a alguna parte es al cadalso. Son los que dicen que “no hay que juzgar” sin percibir que eso es también un juicio como lo es todo lo que hacemos o decimos cotidianamente. Los que ejercen el espíritu crítico y luchan diariamente por mayores dosis de libertad y respeto recíproco en última instancia son, por naturaleza, optimistas respecto a las potencialidades del hombre. En cambio, los optimistas de cuanto tiene lugar, operan con una muy escasa y estrecha expectativa de lo que puede y debe hacer el hombre, cuentan con un plafón que no supera la altura de sus cuerpos, son incapaces de mirar al cielo, deambulan por los zócalos de la vida, si fuera por ellos aún rugiríamos en las cuevas.

*Publicado por Diario América, Nueva York.
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SOBRE LA EDUCACIÓN

En verdad se comprende mucho de lo que ocurre actualmente en la Argentina si se tienen en cuenta los antecedentes en materia educativa. No es mi intención involucrarlo a Carlos Newland en las conclusiones a que arribo en estas líneas, pero de uno de sus trabajos obtuve algunas informaciones para el primer tramo de esta nota  las cuales se consignan a continuación (Buenos Aires no es Pampa: La educación elemental porteña 1820-1860).

Muy tempranamente se tomaron como base, entre otros, escritos y enseñanzas de autores como Fray Benito Jerónimo Feijó de 1726, de Rodríguez Campomanes de 1775, de Gaspar Melchor de Jovellanos de 1795, y ya localmente, del obispo de Córdoba José Antonio de San Alberto a fines del siglo xviii, y a principios del siglo siguiente  Juan Hipólito Vieytes, Petrona Rosende de Sierra, Bernardino Rivadavia, los padres Francisco Castañeda y Juan Ignacio de Gorriti y Manuel Belgrano. Todos ellos apuntaban a la educación dirigida por el aparato estatal como un factor de homogenización y de respeto a la autoridad. Se mezclan aquí personajes autoritarios con quienes mantenían una devoción por la libertad pero que en temas educativos pensaban que el gobierno debía estar presente como actor principal.

Basta citar un ejemplo de cada una de estas dos vertientes para ilustrar el punto. El antes mencionado obispo de Córdoba preparó una suerte de catecismo en 1784 en forma de preguntas y respuestas en el que se lee lo siguiente:

“Pregunta, ¿Qué nombres da la Escritura a los Reyes?; Respuesta, Llámalos Dioses, Cristos, Potestades, Príncipes y Padres; Pregunta, ¿El Rey está sujeto al pueblo?; Respuesta, No, que esto sería estar sujeto la cabeza a los pies; Pregunta, ¿Para que obliguen las leyes reales es menester que el pueblo las acepte?; Respuesta, No porque esto sería gobernarse por su voluntad que por la del Soberano; Pregunta, ¿Cuándo la ley parece gravosa, que ha de hacer el vasallo?; Respuesta, Obedecer y suplicar humildemente”.

La segunda vertiente está representada nada menos que por el librecambista Manuel Belgrano quien en sus Escritos Económicos dice que “Obliguen los jueces a los padres a que manden a sus hijos a la escuela por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar, y si hubiere algunos que desconociendo tan sagrada obligación se resistieren a su cumplimiento, como verdaderos padres que son de la patria, tomen a su cargo los hijos de ella y pónganlos al cuidado de personas que los atiendan y ejecuten lo que debían practicar aquellos padres desnaturalizados”.

El mismo Sarmiento que aunque era en cierto sentido partidario de la descentralización educativa debido a la influencia de Horace Mann, depositaba la mayor confianza en las escuelas estatales (y no digo “públicas” porque las instituciones privadas son también para el público).  Salvo Juan Bautista Alberdi y sus seguidores, de uno u otro modo predominaba la inclinación de que los gobiernos se ocuparan de la educación. Antes de la irrupción del aparato estatal en la educación las instituciones privadas eran muchas y obligadas a prestar buenos servicios en competencia y bajo la supervisión de los padres e interesados. Al irrumpir con tanta fuerza las entidades estatales, naturalmente le quitó preponderancia a las privadas ya que quienes las atendían debían hacerse cargo de los impuestos para sufragar la estatal y las cuotas y matrículas para financiar la privada que se escogía. Sin embargo, las casas de estudio privadas continuaron prestando servicios.

Ahora bien, decimos nosotros, con esta cuadro de situación en el que, por una parte, la enseñanza privada se encontraba desbordada por el embate de las estatales y, por otra, la filosofía predominante era que, en gran medida, debían formarse buenos ciudadanos para servir y respetar a las estructuras gubernamentales, el resultado inevitable fue bifronte: en primer término un poder creciente de las burocracias y, en segundo lugar, y como consecuencia, la mala educación de muchas generaciones. Carlos Escudé en un libro titulado El fracaso del proyecto argentino refiere los distintos proyectos educativos de las sucesivas autoridades estatales en base al patroterismo, al nacionalismo xenófobo y al cretinismo moral en el que el estudiante es conducido a diluirse en un colectivo amorfo e indiferenciado, lo cual subraya con preocupación, entre otros, Enrique de Gandía en su “La enseñanza elemental de la historia argentina” de 1932, todo lo cual, tal como estos mismos autores han señalado reiteradamente, llegó a extremos inauditos de sumisión al partido gobernante y asfixia cultural durante el peronismo.

Este recorrido histórico, en mayor o menor grado, encuentra un correlato en diversos países. Es que como ha escrito Ludwig von Mises “En realidad hay solo una solución: el estado, el gobierno, las leyes no deben ocuparse de los colegios ni de la educación. Los fondos públicos no deben ser utilizados para esos fines. La crianza y la instrucción de la juventud debe dejarse enteramente en manos de los padres y de las asociaciones e instituciones privadas”. Y por eso es que, en las antípodas, Marx y Engels, conociendo la importancia de la politización en la educación aconsejaban en el punto décimo del Manifiesto Comunista de 1848 “Educación pública y gratuita para todos”.

Veamos esto por partes. En primer término la evidencia nos muestra que los seres humanos somos todos diferentes desde el punto de vista anatómico, bioquímico, fisiológico y, sobre todo psicológico. Todos tenemos muy diversas potencialidades, inclinaciones, vocaciones y talentos. Por tanto, para poder desarrollar esas unicidades lo ideal sería la relación un profesor-un alumno al efecto de lograr la mayor atención personalizada. No sabemos que facilidades nos proporcionará en el futuro la cibernética pero, por el momento, ese ideal resulta extremadamente costoso. De allí es que la enseñanza se hace en grupos para sacar partida de la economía de escala, pero de ese hecho no se sigue que todos deben ser tratados como una producción en serie imponiendo programas y bibliografías uniformes desde el vértice del poder. La competencia resulta en una formidable auditoria y permite un sistema donde las puertas y ventanas estén abiertas de par en par para permitir el delicado proceso de prueba y error inherente a la educación.

Esta individualidad queda aún más resaltada a raíz de la demostración de los errores que encierran los llamadas pruebas de inteligencia ya que ha quedado claro que todos somos inteligentes pero para muy diversas tareas y no hay tal cosa como la posibilidad de establecer una jerarquía en abstracto de inteligencias.

Por tanto, un primer capítulo en el camino a la sociedad libre consiste en permitir que las entidades educativas privadas sean realmente privadas (y no privadas de independencia como sucede cuando las reparticiones oficiales imponen pautas y programas). Un segundo paso consiste en la venta de todas las instituciones estatales de educación al claustro existente en cada caso puesto que constituyen una severa injusticia para los más pobres. Todos pagan impuestos, especialmente aquellos que nunca vieron una planilla fiscal debido a que sus salarios se ven disminuidos como consecuencia de reducciones en las tasas de capitalización debidos a los pagos impositivos realizados por otros. Imaginemos una familia muy pobre, tan pobre que no puede afrontar los costos de oportunidad de enviar sus hijos al colegio porque se mueren por inanición. Ellos se ven forzados a financiar los estudios de personas más pudientes. En el caso de que apenas puedan enviarlos al colegio, si realizan un análisis fiscal correcto lo harán a una entidad estatal, de lo contrario, como se ha apuntado, estarían obligados a pagar doble costo. Por otra parte, los estudios realizados de las erogaciones por año por alumno en instituciones estatales es siempre muy superior a las privadas debido a los incentivos que en este último caso existen para cuidar y aprovechar los recursos, lo cual no sucede cuando se politiza la educación.

Se ha sostenido que los vouchers estatales podrían ser un buen método. Este procedimiento facilita que se vea el non sequitur, es decir, que del hecho que se admita que los contribuyentes se vean forzados a financiar la educación de terceros no se desprende que deban existir instituciones estatales de educación ya que el candidato elige, de todas las casas de estudio  privadas, cual es de su agrado y aplica con el voucher correspondiente. Pero lo que hemos dicho recién en materia fiscal es del todo aplicable a esta caso con el agregado de que en vista de las ofertas educativas existentes, los más aptos intelectualmente para recibir vauchers se financian con recursos de los menos aptos que, por esa razón no pueden aplicar con éxito.

Frecuentemente se alega el “derecho a la educación” lo cual no tiene el menor asidero jurídico. La contrapartida de todo derecho es una obligación. Si alguien percibe 1000 pesos mensuales, hay la obligación universal de que se respete ese ingreso. Pero si esa persona que gana 1000 pesos mensuales, alega que tiene un derecho a que le entreguen 2000, si el gobierno concede semejante “derecho” quiere decir que otro u otros tendrán que hacerse cargo de la diferencia, lo cual, a su turno, implica que se ha lesionado el derecho de ese otro u otros, por ende se trata de un pseudoderecho. En otros términos, no hay un derecho a disponer del bolsillo ajeno contra la voluntad del titular al efecto de que otros estudien.

En el mismo sentido, en una sociedad abierta no hay tal cosa como la “igualdad de oportunidades” puesto que inexorablemente significa desigualdad de derechos. La igualdad ante la ley es mutuamente excluyente con la llamada igualdad de oportunidades Si a un amateur en tennis se le pretende otorgar igualdad de oportunidades con un profesional habrá que obligar a este último a que, por ejemplo, juegue con la mano con la que no está acostumbrado a jugar y así sucesivamente. La igualdad es ante la ley no mediante ella. La sociedad abierta hace posible que existan mayores oportunidades pero nunca iguales.

John Rawls ha sugerido que se proceda a compensar en base a los diferentes talentos naturales de las personas, liberando los talentos adquiridos debido a que “no nos merecemos los primeros”. Pero esto debe analizarse desde diversos ángulos. En primer lugar, no nos merecemos la vida y no por ello puede quitarse, además, los talentos adquiridos se deben a los naturales en cuanto al carácter para lograrlos. En segundo lugar, este planteamiento se traduce en una quimera puesto que ex ante no se sabe (incluso el sujeto en cuestión) cual es el stock de talentos, solo se revelan frente a la oportunidad concreta de manifestarse. Por otro lado, la supuesta compensación será utilizada según el talento del receptor con lo que habría que, a su vez, compensar la compensación sin solución de continuidad y sin perjuicio de señalar que las retribuciones coactivas operan en dirección distinta a la productividad con lo que las tasas de capitalización necesariamente merman, situación que se traduce en menores salarios e ingresos para todos, muy especialmente para los más débiles.

Se ha dicho, por último, que la educación en un bien público en el sentido técnico de la expresión lo cual es un error puesto que no atiende las condiciones de no-rivalidad y de no-exclusión. En realidad la extensión y multiplicación de los sistemas de home-schooling se deben a los controles, interferencias y reglamentaciones de los gobiernos en la esfera educativa. De más está decir que en esta línea argumental que apunta a la apertura de los canales hacía una sociedad abierta, deberían abrogarse todos los cargos referidos a secretarias, direcciones y ministerios en el área educativa. Del mismo modo que no se debe depositar la confianza en las supuestas bondades de un monopolista para proveer pan, no debe implantarse un sistema en el que se confía en la buena voluntad de maestros que operan en un contexto de enseñanza dirigida por el monopolio de la fuerza. Como se ha expresado, se necesitan los controles y las auditorias que proporciona un sistema genuinamente abierto y en competencia. Solo así se habrá eliminado el riego mayor de politización en la educación y se habrán maximizado las posibilidades de la excelencia académica

*Publicado por Diario de América, Nueva York.

 

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El dueño de la lapicera

Que la política intente recurrir a mecanismos detestables, está dentro de lo previsto. No puede sorprendernos nada de eso, cuando la dinámica cotidiana nos muestra aberraciones por doquier. Sucede esto, al menos en países como los nuestros donde, parafraseando a Ángel Soto, convivimos con “frágiles democracias”. Y no es que las normas no contemplen un sistema con instituciones fuertes, sino que la sociedad no está suficientemente convencida aun de su importancia, y acepta con excesiva naturalidad lo absolutamente inadmisible.

Es que ya nos hemos acostumbrado a este patético mal hábito de digitar candidatos para una elección, nos venimos adaptando a esto de que el mérito no sea el esperable sistema de premios y castigos, y que con ser parte del entorno, o simplemente un adulador crónico, resulta suficiente.

Alguien, circunstancialmente decide. Es un mecanismo tácito, que pocos se animan a desafiar. No está escrito, pero la patológica búsqueda de un líder omnipotente, hace que se despliegue la delegación como esquema central, erigiendo a una persona como la propietaria del poder para cederle mansamente la acumulación de determinaciones y convertirlo demencialmente en el “elector” lógico, en el decisor único.

El que tiene la lapicera definirá los candidatos, establecerá quienes sí y también quienes no, aprobará o rechazará los nombres propuestos, pondrá su pulgar hacia arriba, o hacia abajo, siguiendo la más cruel tradición de los emperadores romanos.

El detentador de ese poder se ufana de ello, sabe que todos lo buscan para obtener su aprobación, porque saben que alcanza con tener el beneplácito del mandamás para ser tenido en cuenta y aspirar a alguna posición significativa.

El ungido, el proclamado, se siente especial, porque fue seleccionado entre tantos. El líder vio en él, los atributos que en otros no. Es tan escasa su autoestima, que poco le importa la dignidad, la legitimidad del método que se ha utilizado para ponerlo en ese nuevo lugar, mucho menos aun la moralidad del estilo de decisión.

Se trata del mismo que exigiría en otros, prácticas pulcras, prolijas y ajustadas a derecho. Pero para sí, admitirá la utilización de recursos más básicos, menos formales, pero por sobre todo, marcadamente autocráticos.

Es que en este mundo del presente, algunas sociedades viven a espaldas de las formas. Para muchos, son cada vez menos relevantes, y los modos, los caminos, tienen poca significación. En todo caso el fin superior lo justifica y el resto es solo un trámite sin importancia.

El consagrado, no se siente humillado, muy por el contrario, está entusiasmado con ese reconocimiento que entiende razonable, apropiado, justo y se enorgullece de su habilidad para sobrevivir al descarte natural que dejo afuera a los desleales. Sabe que no necesariamente fue seleccionado por sus dotes intelectuales, su preparación técnica, mucho menos por su integridad moral. Pero tampoco le preocupa en demasía.

Pesaron en la decisión, aspectos más elementales, de esos que valoriza la política en su extraña escala de valores, cuando prioriza lealtad, militancia y complicidad. Después de todo, para los códigos del partido, el talento, la inteligencia, el profesionalismo, la vocación de servicio, la creatividad y el compromiso no son atributos que deban ser considerados como trascendentales.

Tenemos lo que tenemos, porque hacemos lo que hacemos. Existen autócratas, por la baja calidad de los entornos, porque es más fácil halagar que criticar, pero fundamentalmente por la falta de integridad de los miembros de una sociedad que aceptan dócilmente las imposiciones del iluminado de turno.

En muchos casos, no solo terminan aceptando lo improcedente como normal, sino aplaudiendo hechos que son totalmente objetables. La teoría del “mal menor” nos está invadiendo y una ciudadanía repleta de individuos dispuestos a quejarse pero no a ser protagonistas del cambio, termina siendo funcional a los que están y que pretenden perpetuarse hasta el infinito, renovando sus perversas prácticas.

El dueño de la lapicera, ya está preparado para hacer su trabajo. Una sociedad timorata le dará el marco adecuado, los intelectuales de siempre protestaran desde la comodidad de sus sillones, una dirigencia servil se pondrá a sus pies preparada para bajar la cabeza si no es favorecida en esta ocasión, aceptando como regla esta aberración moral, este engendro democrático, esta deformación institucional.

El líder, y sus sumisos colaboradores, construirán una línea argumental para explicar porque en “este caso” es correcto evitar internas, someter a la consideración pública las decisiones, dejar participar a la comunidad. Ellos se ocuparán de levantar los cimientos de sus retorcidas aclaraciones para poder sortear, una vez más, lo que consideran el ridículo proceso de hacer las cosas del modo correcto.

Pero lo más importante es entender que si estos modos nos parecen adecuados, el derecho al pataleo se agota en sí mismo. No podemos pretender mejorar la calidad institucional, reclamar una clase dirigente de mayor nivel, de la mano de metodologías tan burdas.

Es cierto que está mal, muy mal, pero estos personajes del presente no tienen el monopolio de este despropósito, se trata de una tradición enquistada que se ha venido validando por años, que no encuentra límite. Una sociedad adormilada, cómplice, participe indiscutible, se viene ocupando de que este círculo vicioso no se interrumpa. No sea cosa que el dueño de la lapicera se enfade.

*Publicado por Existe otro camino, Corrientes.
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¿Por qué las cárceles?

Publicar esta entrada, hoy, en Argentina, es ponerse a tiro de todo tipo de malentendidos. Me preocupa el tema de la seguridad, creo que es uno de los problemas más graves no sólo de nuestro país sino de muchas latitudes. Sin embargo ello no me impide tomar distancia crítica de una supuesta solución que sólo empeora las cosas.

Como muchos saben yo creo en el Evangelio. Verdaderamente creo que sólo Dios es juez de los corazones y que corresponde sólo a él juzgar. Todo el sistema penal humano me genera una gran sensación, no de inseguridad, sino de escepticismo, sobre todo cuando un tribunal humano decide si alguien es culpable o inocente.

Sin embargo, siempre le encontré una obvia justificación: la disuasión del delito. De algún modo, en este mundo, cuando alguien, y nunca sabemos bien por qué, no ha logrado adaptarse al “malestar de la cultura” (Freud), es necesario algún tipo de incentivo a NO cometer el delito. Y ha surgido entonces, evolutivamente, la pérdida de la libertad y las cárceles.

Claro que estamos mejor que antes. El derecho penal liberal, el debido proceso, es uno de los grandes logros de la civilización occidental: forma parte del denostado liberalismo sin el cual estaríamos aún en las barbaridades del Antiguo Régimen.

Pero las cárceles lejos están de ser un aporte civilizado. Si, sé que hay varias acciones heroicas y encomiables de re-educación y trabajo dentro de las cárceles, o de mejoras de las condiciones internas de vida, pero, igual que el sistema educativo formal (¿otra cárcel obligatoria?) hay algo intrínseco que no funciona. Y no faltan las voces vengativas que lo que piden es precisamente el sufrimiento del convicto.

La naturaleza humana, huelga decirlo, es muy compleja. La transformación moral de una persona no depende del castigo impuesto, sino de la incorporación intelectual y volitiva de los valores. Nada sencillo, precisamente. Huelga decirlo también. Frente a ello, nada ayudará el encierro entre rejas, por más diferencias de grado que queramos poner.

Para colmo, la mayor parte de las veces, dada la naturaleza humana, la crueldad y la corrupción más terribles reinan entre reos y carceleros, convirtiendo a las cárceles en un infierno en vida y en una “escuela” de mayor degradación y consiguiente delito potencial. Son espantosas retroalimentaciones de lo peor de lo humano, para todos los que están involucrados en ello.

Y agreguemos a ello los obvios errores del sistema penal, donde muchas veces son condenados inocentes, o los jueces establecen la “prisión preventiva” de personas muchas veces inocentes, o culpables, no importa, el asunto es que sin condena firme las personas igual son encarceladas por el sistema. Agreguemos –la lista de dramas sería larga- que muchas veces los “delitos” en cuestión son sumamente cuestionables desde un punto de vista del respeto a la libertad personal. Desde prostitutas hasta quienes consumen drogas, cosas que no deberían ser delitos civiles en absoluto (para algo está el art. 19 de la Constitución Argentina) son tirados a las cárceles, como deshechos humanos, personas que en todo caso deben ser juzgadas por la misericordia divina pero que en nada han molestado al resto de la sociedad.

Y no olvidemos la pobreza como fuente del delito, no necesaria, claro, pero plausible. Niños abandonados por sus padres que a su vez están mendigando por las calles, imposibilitados de incorporar psicológicamente normas, por carecer de figura paterna, que se transforman luego en casi psicópatas, son también tirados como basura a una cárcel inhumana, cuando todos nosotros podríamos haber terminado de igual modo en iguales condiciones.

Frente a semejante espanto, frente a esos basurales hechos de rejas y de muros, indignos de seres humanos, olvidados para siempre excepto a veces por sus familiares más íntimos, damos vuelta la mirada, no nos importa en absoluto o, para colmo, gozamos con ese sufrimiento, que no sólo no conduce a nada sino al contrario, es una retroalimentación del delito y el reforzamiento de lo más terrible de lo humano. No se nos ocurren soluciones porque ni siquiera las pensamos. Pero no, no puede ser. Pensemos, pensemos movidos por la misericordia y la convicción intelectual de que puede haber otros incentivos más inteligentes para no cometer delitos. En primer lugar hemos olvidado que el derecho a la autodefensa no puede ser monopolizado por el gobierno, y que por ende toda persona tiene el derecho natural a auto-defenderse como le parezca. Ya sabemos que los delincuentes no tienen ningún inconveniente en violar las absurdas leyes que “prohíben” la portación de armas. Y lo dice alguien que sólo portó un arma cuando tenía 18 años, en el servicio militar coactivo, con un casco que parecía una cacerola en mi flaco rostro con anteojos y un fusil más pesado que mi propio cuerpo que me convertía en el más peligroso de los peligros.

Pregunto: ¿no hay otros incentivos a no cometer delitos? ¿Por qué tiene que ser sólo un sistema carcelario que, como vimos, no sirve sino para retroalimentar el problema?

Me van a decir: ¿y qué hacer con los asesinos seriales, los violadores seriales, y mafiosos peligrosos que al parecer seguirán cometiendo sus crímenes? ¿Cómo detenerlos?

No sé, pero, ¿se los detiene en las cárceles? ¿Pena de muerte entonces? Tampoco. ¿Qué propongo entonces? No sé, excepto TOMAR CONCIENCIA DEL PROBLEMA. Me van a decir: Gabriel, hoy estás delirando. En estos temas, estás diciendo estupideces. (¿Hoy? ¿Sólo en estos temas? :-)) Volvé a tu Mises y a tu Hayek, a tus clases y a tu Woody Allen. Ok, puede ser. Pero les voy a decir una cosa: en el conocimiento humano, muchas veces estamos delante de una pared, que nos impide el progreso, y ni siquiera nos damos cuenta de la pared. Si nos diéramos cuenta, al menos pensaríamos cómo derribarla o saltarla. Pero no, seguimos caminando como si fuéramos hacia adelante y no nos damos cuenta de que estamos detenidos en el mismo lugar. Ok, no tengo una solución. No sé cómo saltar esta pared. Pero sé que es una pared. Sé que es un problema. Espero que encontremos una solución.

*Publicado en Filosofía para mí, Buenos Aires.
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